Tierra de dioses
Capítulo 13. Los recuerdos del jefe Moshe
CAPÍTULO 13
LOS RECUERDOS DEL JEFE MOSHE
Fue al día siguiente cuando Genet nos despertó apenas amanecido. Habíamos quedado algo más tarde, alrededor de las siete y media, pero no eran más que las seis. Nos pidió perdón, pero dijo que teníamos algo importante que hacer. La tarde anterior volvió a última hora a la casa de Addisu Bale, había comprobado que apenas le quedaban provisiones y quiso llevarle algunas. Comentaron acerca de la visita que había tenido, y por algún motivo le habló de Gebre Bekele, el explorador indígena de mi padre. En aquellos momentos se encontraba una tía de Genet con Addisu, pues iba algunas tardes a hacerle compañía y a limpiarle la casa. Sorprendentemente dijo que ella había oído hablar de aquel hombre en Debre Birhan, donde según ella, había nacido. Debre Birhan era un pueblo situado a unos ochenta kilómetros hacia el norte de Addis Abeba. Tardaríamos tres o cuatro horas en llegar y decidimos ir de inmediato, porque la suerte se nos había puesto de cara y debíamos aprovecharla.
El Chevrolet de Genet se negó a funcionar. No hacía ni la más mínima señal de arrancar, como si hubiese llegado al límite de sus fuerzas. No teníamos otra solución que tomar el autobús, que salía media hora más tarde desde la estación situada en el centro de la ciudad, por lo que fuimos caminando con rapidez, acompañados de una bandada de chiquillos que nos rodearon en la primera esquina. Para ellos éramos un verdadero hallazgo, pues en aquellos días no se veía a un solo europeo por las calles de Addis Abeba, y ello significaba una presa fácil para sacarnos unos bolígrafos y unas pocas monedas. Pero ni aun así se contentaron y nos siguieron hasta el autobús, tras el que corrieron alborozados mientras pudieron.
Tardamos casi cuatro horas en llegar a Debre Birhan, porque el vehículo paraba constantemente para recoger o dejar gente en el camino, y cada parada era interminable. Por otra parte, no se podía llamar carretera a un camino salteado de enormes agujeros llenos de agua a causa de las últimas lluvias, que en algún caso incluso habían arrastrado parte del terreno. Era un país enorme comparado con Italia y con aquella pésima infraestructura, no se podían hacer planes para ir de un sitio a otro. Cualquier trayecto se convertía en una aventura y reflexionamos que llegar hasta el lago Tana podría llevarnos varios días, sin contar la posibilidad de tener algún problema.
A pesar de todo, antes de mediodía nos hallábamos en Debre Birhan. Para Genet no había nada anormal, todo estaba bien. Eran diferentes puntos de vista entre Occidente y África.
En cuanto nos bajamos del autobús comenzó a preguntar. Como no sabían darle razón decidió ir a buscar al jefe Moshe Mula, al que encontramos en un huerto, sembrando una especie de grandes boniatos, pero a pesar de ello nos atendió con gran cordialidad. Había conocido a Gebre Bekele, pero nos explicó que hacía mucho tiempo que no lo veía. En cualquier caso, debíamos comer algo para reponer fuerzas y lo hicimos allí mismo, porque el jefe Moshe se empeñó en que no podíamos irnos sin comer.
El jefe Moshe pertenecía a la tribu de los Beta-Israel, conocidos también como los falashas, es decir, los judíos negros de Etiopía. De hecho, la comida que nos ofreció no era kosher, pero nos explicó que no podían mezclar la leche con la carne, así que comimos una especie de sopa de verduras, pan, queso y fruta. Nos pareció frugal pero suficiente. Más tarde, Genet nos aseguró que había sido un festín comparado con la dieta diaria que ellos solían tomar.
Nos habló de Gebre, que efectivamente era natural de aquel lugar, pero manteniendo las distancias, hasta que en un momento dado, Genet le dijo, como de pasada, que el motivo de encontrarnos allí era que yo andaba tras la pista de mi padre, el comandante Marsala.
Al mencionar aquel nombre, el jefe Moshe se levantó casi de un salto y visiblemente emocionado se dirigió a mí, mientras lanzaba una perorata ininteligible, cogiéndome al tiempo ambas manos.
Hice un gesto de que no entendía y Genet me pidió paciencia con la mano, aguardando a que terminara.
Resultó que aquel hombre mantenía que había conocido a mi padre. Aquella revelación me puso muy nervioso y le pedí a Genet que le transmitiera mi enorme interés. El jefe Moshe nos dijo que entrásemos en su cabaña de madera, cubierta de hojas de palmera atadas entre sí.
—El hombre llamado Marsala vivió en nuestro pueblo durante un tiempo, luego desapareció, pero algunos opinan que los italianos se lo llevaron a la fuerza.
Al escuchar aquellas palabras me quedé atónito. ¡El jefe Moshe aseguraba que mi padre no había muerto en la acción que mantenía el ejército italiano! ¡Iba a resultar que la intuición de mi madre era cierta! Absolutamente emocionado me dispuse a escuchar, mientras Grazia, que sabía lo que debía estar pasando por mi mente en aquellos instantes, me observaba nerviosa, sobrepasada por las circunstancias.
—Yo también participé en la escaramuza de Addis Zemen. Queríamos obligar a los italianos a retirarse de Gonder, pero nuestras fuerzas se encontraban muy dispersas y apenas disponíamos de armamento moderno. Yo era un afortunado porque disponía de un fusil de un solo tiro, fabricada en Yemen por el más famoso constructor de armas, Muhammad El Quantari; podía hacer una por mes y se consideraba afortunado al que las poseía. La mía la obtuve en Eritrea después de mandar al paraíso al árabe que quería matarme.
»Quiero explicarle que había mucha diferencia entre ambos ejércitos. De hecho, a nosotros no se nos podía considerar como tal. Nuestra única ventaja era la sorpresa, la audacia y que no nos importaba morir en el combate. Los italianos no deseaban lo mismo, por lo visto en Italia la vida merece la pena y nadie allí quiere perderla.— Comprendí la ironía de sus palabras, mientras le devolvía la sonrisa. El jefe Moshe era un hombre singular, pero aquel país me estaba resultando sorprendente en todas sus facetas.
»En Addis Zemen nos jugábamos mucho. Se estaba produciendo un gran reagrupamiento en la región de Agaumdar, al sur del lago Tana. Si conseguíamos asestar un golpe que tuviera resonancia entre los nuestros, tal vez ello influyera en el curso de la guerra.
»Aún no les he dicho que soy judío, despectivamente nos llaman falashas, que viene a significar extranjeros o gente ajena, o también los separados, los exiliados, pero nosotros nos conocemos como los Beta-Israel, porque en Israel tenemos nuestro hogar…, y algún día venceremos todas las dificultades para volver allí. Entre nosotros, como en todos los lugares del mundo, donde hay dos judíos, se sigue diciendo año tras año el año que viene en Jerusalén. Yo tal vez no lo veré, dudo que mis hijos lo consigan, pero estoy seguro de que alguien de mi sangre podrá llegar al Muro de las Lamentaciones y orar por nosotros.
»Pero les hablaba de la batalla que tuvo lugar en Addis Zemen. Sabíamos que los italianos volvían de realizar un ataque con artillería sobre la zona de Ebbenat. Nos advirtió de ello precisamente Gebre Bekele…, quiero explicarles que él no era un traidor por servir con los italianos, sino precisamente así servía mejor a nuestro pueblo. Nos informaba continuamente de las intenciones del ejército invasor.
»Aquel día aniquilamos a todos los italianos, que volvían convencidos de que nadie iba a hacerles frente, con sus cañones, al menos una docena de grueso calibre y unos doscientos cincuenta soldados y oficiales… Caíamos sobre ellos de repente, como plaga de langosta, y puedo decirles que fue más fácil de lo que habíamos imaginado, pues a causa de la niebla, no se apercibieron de nuestra presencia hasta que casi podíamos tocarlos.
»El comandante Marsala se salvó porque sufrió una herida en la cabeza y Gebre Bekele pudo sacarlo de allí en su propio caballo…, de los otros no quedó ni uno. Nuestra gente estaba en una situación límite, habían visto morir a sus compañeros, envenenados por los aviones italianos y ello les había hecho olvidar sus sentimientos humanos. Tengo que reconocer que fue una carnicería…, queríamos hacer un escarmiento… ¿Comprenden?
»Entonces no sabíamos nada del ras Ebbenat…, pues así comenzó a conocer el comandante Marsala todo el mundo. Tuvo que huir de sus antiguos compañeros, pero eso se lo explicará mejor Gebre Bekele si consiguen dar con él. Sabe muchas cosas que nunca ha querido contarme. En cuanto al ras Ebbenat, durante el tiempo que vivió entre nuestra gente tuvo que permanecer escondido, porque los italianos siguieron buscándolo casi hasta el final…, pero permítame que le aclare algunas cosas.
»Nuestro pueblo, los Beta-Israel habíamos tenido siempre problemas con los amhara y con su administración. Ya sabe, persecuciones, violencia, desprecio, solo por ser judíos, como si nuestra religión fuera un estigma. Pero cuando llegaron los italianos dejamos esas cosas de lado y les hicimos frente como los más leales servidores de su majestad. En esta guerra…, y en la dominación que siguió, vimos muchas cosas y tuvimos que resistir mientras tuvimos fuerzas. Los Beta-Israel, han soportado a lo largo de la historia lo que nadie puede imaginar. Pero sabíamos que no éramos los únicos y que en lugares remotísimos, como Polonia, Rusia, Ucrania, también ocurrían pogromos contra nuestros hermanos en la fe. Es cierto que existen algunas diferencias con ellos, porque nuestras escrituras no hablan de la cautividad en Babilonia, ni observamos el Purim, ni las fiestas del Hanukkah…, pero es debido a que nosotros somos unos judíos muy especiales, ya que descendemos del rey Salomón.
»El ras Ebbenat se portó muy bien con nuestro pueblo. A diferencia de otros italianos, él no aceptó cometer un crimen tan horrendo como era bombardear un pueblo indefenso mientras dormía. Eso lo supimos después. Por mediación del propio Bekele lo condujeron a un lugar inaccesible, en las laderas de la montaña más alta de Etiopía, y probablemente una de las más elevadas de la tierra, el Ras Dashan, en un poblado llamado Deresge, desconocido para los italianos, porque ni sus mismos aviones podían llegar a aquella altura.
»La noche del bombardeo en cuestión, el Ras Ebbenat, o si lo prefiere, el comandante Marsala, dio orden de disparar a sus piezas… pero todas erraron el tiro y los habitantes de Ebbenat, apenas al alba vieron como los proyectiles caían sobre unas enormes piedras junto al torrente, que a lo largo de estos años ha arrastrado los fragmentos de esas rocas, ese bombardeo podía haber pulverizado la aldea y todos sus habitantes.
»Luego supimos que fueron Gebre Bekele y el ras Ebbenat los que aposta fallaron el objetivo… Bekele no era judío…, así que la misericordiosa idea tuvo que partir de aquel hombre, al que no conocíamos…, y que pertenecía al ejército enemigo. ¿Por qué lo hizo? Solo él lo sabía, pero sí les puedo decir una cosa, nuestro rabino bendijo después las piedras pulverizadas y todos los habitantes se llevaron un fragmento a su casa. Desde entonces, cuando alguien muere en la comarca, los aldeanos caminan hasta allí para colocar la piedra de respeto, escogida precisamente entre esas piedras ante la tumba.
»Lo que ocurrió en Addis Zemen fue una advertencia para los italianos. Nosotros éramos un pueblo más atrasado, más pobre y peor armado, pero nos sentíamos como un león acorralado, que de un zarpazo puede aniquilar a su cazador. Sabíamos que solo la astucia, la audacia y el valor sin límites podían salvarnos, pero, ¡ay!, no contábamos con que peleábamos contra seres inhumanos, para los que no éramos tan siquiera un adversario a batir, sino algo a lo que se podía aplastar sin compasión, como demostraban un día y otro sus aviones lanzando gases venenosos, o ametrallando poblados indefensos.
»A nosotros los Beta-Israel, o los falashas, como nos siguen llamando los amhara despreciativamente, nunca se nos ha tratado con equidad aquí en Etiopía, donde los señores feudales, azuzados a veces desde la propia corte, nos llegaban a hacer la vida imposible. Pero en aquellos días comprendimos, los unos y los otros, que esas viejísimas rencillas debíamos dejarlas de lado ante lo que se nos venía encima. Todos éramos etíopes, los amhara, con su feudalismo, los Beta-Israel, los tigré, los soan…, hasta los galla y los negros bantúes, que vivían al margen de todo, pudieron llegar a entenderlo.
»Pero aun así, nos resultó imposible detener aquella terrible avalancha de cerca de cuatrocientos mil hombres disciplinados, con suministros adecuados, perfectamente armados y sobre todo, dotados de un armamento letal… la verdad, era una guerra muy desigual, en la que nosotros estábamos destinados a convertirnos en víctimas propiciatorias, por mucho valor que pusiéramos en el combate.
»Me alegro de haber conocido al hijo del Ras Ebbenat. La vida siempre nos sorprende… Debe usted estar orgulloso de su padre. Salvó la vida a casi quinientas personas con aquella acción, que le costó tener que huir de sus propios compatriotas. Todos aquí se sentirán orgullosos de saludarle. Pero ahora deben partir a encontrar a Gebre Bekele. Cuando lo vean, lo abrazan de mi parte…, es con seguridad el mejor amhara que he conocido nunca. Aquí me tienen, otro día podremos seguir hablando de aquella época. Yo ya no puedo moverme apenas, pero mis recuerdos sí que lo hacen todo el tiempo. Han pasado muchas cosas desde entonces, pero les diré una cosa. Aquí, en Etiopía, sentimos una gran satisfacción el día que supimos que el dictador, aquel hombre malo llamado Mussolini, había tenido lo que se merecía, pues según contaron, murió colgado por los pies y escupido por su propio pueblo. Esa es la muerte de los indignos, de los que arrastran a los suyos a la desgracia. ¡Dios es justo!… y ahora vayan con él y suerte.
Nunca antes había sentido una emoción semejante cuando tuve que levantarme para abandonar la cabaña del jefe Moshe. No era capaz de centrar las ideas, que se me agolpaban en la mente intentando comprender. La versión que nos había contado Moshe era sin lugar a dudas auténtica, no tenía la más mínima duda, porque el hombre parecía hablar con pleno conocimiento de causa. En aquel momento comprendí lo importante que era proseguir la búsqueda de Gebre Bekele, pues él y solo él podría completar la historia. Grazia se colgó de mi cuello y comenzó a sollozar, mientras Genet murmuraba que las mujeres eran iguales en todas partes.