Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 19 de 26

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Tierra de dioses

Capítulo 19. Un verdadero milagro

CAPÍTULO 19

UN VERDADERO MILAGRO

 

Era cierto, milagrosamente cierto, allí estaba Grazia tendida en una especie de hamaca de lona. Tenía el rostro vendado y los ojos tapados, pero al entrar yo en la sala en la que se encontraban al menos otras veinte personas, todos ellos etíopes, muchos rodeados de sus familiares, ella movió la cabeza como si pudiera verme, intentando incorporarse. Comencé a sollozar como un niño, sin poder contenerme y entonces Grazia se sentó en la camilla al tiempo que estiraba sus brazos hacia delante, como si intuyese que me hallaba cerca. Corrí hacia ella y nos abrazamos, sabíamos que habíamos estado a un paso de no vernos nunca más, y que aquello era un verdadero milagro, mientras el médico y todos los que allí se hallaban nos observaban con curiosidad manifiesta.

Hay momentos transcendentales en la vida y aquel era uno de ellos, Grazia permanecía abrazada, respirando entrecortadamente y a decir verdad, yo tampoco era capaz de hablar, conscientes ambos de haber regresado del infierno y temerosos de que aquella situación no fuese más que un sueño que pudiese volver a tornarse en pesadilla, y ninguno de los dos nos atrevíamos a movernos.

Poco a poco fuimos tranquilizándonos y ella me mesaba los cabellos, intentando convencerse. Nos pusimos en pie y me besó en la boca, acompañados de un murmullo de asentimiento, pues en aquel lugar, todos, de una manera u otra, sabían apreciar lo que era vivir, lo que significaba un encuentro entre dos seres humanos y lo fácil que era perder la felicidad en un instante.

—No sabes lo que te he echado de menos. Creí que habías muerto en la avalancha de lodo y rocas, noté que nos separaba la fuerza del agua. ¡Nunca he sentido la muerte tan cerca! —Grazia se abrazaba a mí sollozando y sus manos temblaban entre las mías—. ¡Oh, Alessandro! ¡Quiero que a partir de hoy estemos siempre juntos! ¡Por favor, no me dejes sola nunca más…, no creo que pudiera resistirlo! —Grazia se detuvo, como si hubiese perdido sus fuerzas de repente—. ¡Aún no comprendo como pude sobrevivir! De repente me encontré cubierta de barro, golpeada por un gigante, con medio cuerpo enterrado en piedras y lodo, sin apenas poder respirar a causa del terrible dolor que sentía en el pecho… ¡Me sentía tan asustada que hubiese preferido morir…, y además, creía que tú habías muerto, arrastrado entre aquellas enormes piedras!… ¡Alessandro…, es un milagro que sigamos vivos!

Tuve que abrazarla de nuevo porque la vi desamparada y frágil a causa del vendaje. Entonces me temí lo peor.

—¿Grazia, por qué llevas esas vendas sobre los ojos?

Tardó en contestarme, tenía la impresión de que no quería hacerlo, pero al final lo hizo con un hilo de voz y tuve la sensación de que estaba más preocupada por mi reacción que por ella misma.

—Alessandro, desde que ocurrió aquello…, no veo nada —comenzó a sollozar—. ¡Nada!… el doctor Palla me vendó los ojos…, tuve un fuerte golpe en la frente… no sé qué me pasó, pero estoy ciega.

Di unos pasos hacia ella para intentar consolarla, pero Grazia alargó sus brazos con las manos abiertas hacia mí.

—¡No quiero que me compadezcas! ¡Te amo, pero no quiero tu compasión!… solo tu amor, ¿comprendes?

—Grazia —le contesté—. Te quiero igual, como antes, ciega o no, te amo en cualquier circunstancia y seguiré haciéndolo el resto de mi vida…, ya sabes, en la salud y en la enfermedad… y lo que más temo es perder tu amor.

Aquellas palabras que me salían del corazón la tranquilizaron definitivamente. Volvimos a abrazarnos y así permanecimos un largo rato hasta que oímos los pasos del doctor Palla.

—Tengo que comunicarles que el hombre que la trajo hasta aquí está ahí fuera. Ha dicho que se llama Genet y que le gustaría verles…, por lo visto tiene algo muy importante que decirles.

—¡Genet! Sí, él me trajo aquí, pero luego desapareció.

Cogidos de la mano caminamos tras el doctor Palla hacia la entrada. Allí, sonriente aguardaba nuestro amigo, que se adelantó con las manos extendidas.

—¡Ah! ¡Qué gran alegría, mis queridos compañeros! ¡El milagro se hizo…, pero aún hay otro! ¡Vengan a sentarse aquí en la veranda y escúchenme con atención…, y con serenidad, porque van a oír algo maravilloso!

El doctor Palla nos observaba sonriente y nos acompañó hasta una esquina del porche cubierto de flores…, un lugar idílico pensé si no fuese por la terrible situación que vivía Etiopía.

Genet se colocó delante y se sentó sobre sus talones, al estilo del país. Luego comenzó a hablar lentamente, como si deseara que saboreáramos su increíble relato.