Estudos Territoriais no Brasil e na Costa Rica

Glaucio José Marafon · Capítulo 10 de 14

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Estudos Territoriais no Brasil e na Costa Rica

9. Geografía de las juventudes: corporeidad y espacialidad urbana

9. Geografía de las juventudes:

 

corporeidad y espacialidad

 

urbana

 

Iliana Araya Ramírez 1

 

Introducción

 

La juventud es una categoría de análisis de lo social, situada en

un tiempo histórico particular y en un espacio cultural definido;

donde los jóvenes son una construcción sociocultural de

determinada sociedad que se expresa en sus prácticas sociales y

culturales. Este grupo etario se apropia de los espacios que

devienen en lugares en la cotidianidad, la experiencia de habitar los

lugares conforma un conjunto de relaciones, y a la vez, éstas se

explican por las estructuras y las prácticas socio-espaciales de cada

ciudad en particular. De acuerdo a la localización geográfica, la

juventud participará en la vida urbana para apropiarse de los

lugares, aunque algunas veces podrá ser excluido de estos

(Horschelmann y Van Blerk, 2013).

De acuerdo con Aguilera (2009) la categoría de juventud asume

diferentes enfoques: el sociodemográfico, el psicológico y el

sociocultural. El primer enfoque, se alude desde el campo biológico

muy vinculado con la edad, al estado y las capacidades del cuerpo;

también se aborda como un proceso de aprendizaje de las normas

sociales en tránsito hacia la integración social. Según Feixa (2008),

la juventud se la considera “una fase de la vida individual

comprendida entre la pubertad fisiológica (condición natural) y el

reconocimiento del estatus adulto (condición cultural), la juventud es

una condición universal” (Aguilera, 1999, p. 16) que se encontrará

en todas las sociedades y momentos históricos. La crítica a este enfoque consiste en que la juventud no es un concepto universal,

dadas las diferencias culturales, de clase y género; de igual forma,

la edad restringe la complejidad de los significados de juventud

debido a que las fronteras entre la juventud, la infancia y la edad

adulta son ambiguas y cambiantes de acuerdo con cada tiempo y

lugar (Rodó y I Castany, 2016). De igual forma, los ritos de pasaje

van desapareciendo en los distintos contextos culturales (Margulis,

2001).

El enfoque psicológico se asocia con las etapas de la psicología

del desarrollo y los procesos de maduración psicobiológica;

asimismo, se encuentran otras perspectivas centradas en la

estructuración de la identidad individual y colectiva. Por su parte, el

enfoque sociocultural conceptualiza la juventud como una

construcción que articula miradas generacionales, enfoque de

derechos, acción colectiva y de cultura; y la sociabilidad juvenil

(Aguilera, 2009). En este enfoque, la juventud está cruzada por la

diversidad en sus acciones sociales y manifestaciones culturales,

especialmente, en los espacios públicos de las ciudades

(Domínguez, 2010).

Para Castillo et al. (2010), la juventud muestra algunas

particularidades:

 

Es situacional, responde a contextos delimitados en un tiempo y espacio

concretos. Es construida, a partir de procesos de disputa y negociación de

los significados con el grupo de adultos más próximos; los cuales delimitan la

pertenencia o exclusión al grupo juvenil. Es variable. Se construye y

reconstruye permanentemente en la interacción social. Se produce en lo

cotidiano. Sus ámbitos de referencia son íntimos, cercanos, familiares: el

barrio, la escuela, el trabajo, la música, los estilos, la moda, Internet, los

medios de comunicación, entre otros. Es transitoria. Depende de los tiempos

biológicos y socioculturales que los integran o expulsan de la condición

juvenil, está construida a partir de las relaciones de poder evidenciadas en

las construcciones discursivas dominantes y totalizadoras, que cuestionan

otras formas subjetivas de vivir la juventud.

 

La diversidad de la sociedad actual en los ámbitos económicos,

sociales, políticos y culturales conducen la heterogeneidad de las

personas jóvenes, ya sea por su clase social, el género, raza o

etnia, creencias religiosas, adscripciones políticas o lugar de procedencia. Además, el pluralismo, el estallido cultural de los

últimos años se manifiestan, privilegiadamente, entre los jóvenes

que ofrecen un panorama sumamente variado y móvil que abarca

sus comportamientos, referencias identitarias, lenguajes y formas de

sociabilidad (Domínguez, 2010 y Margulis, 2001).

El objetivo de este ensayo consiste en analizar las perspectivas

teóricas en la construcción de la espacialidad urbana desde la

corporeidad y las emociones por parte de las personas jóvenes. En

la primera parte se aborda la espacialidad urbana desde la

perspectiva de la juventud y su diferenciación según sean sus

características respecto al género, la clase y el lugar de

precedencia. En el segundo apartado se conceptualiza al espacio

público y su función social como un lugar donde la juventud

establece relaciones sociales a partir de las cuales cimenta su

espacialidad; destaca la importancia de la alfabetización callejera

como parte de las formas de apropiarse de los lugares. En el tercer

aparatado plantea la relación entre corporalidad, espacialidad y

emociones y la forma que esta deriva en prácticas socio espaciales,

ya sea de permanecer o desplazarse; en este sentido la

experimentación del lugar deviene de la actuación y la convivencia

en la ciudad. Finalmente, el último apartado se propone las

relaciones proxémicas en las escalas de la espacialidad urbana

elaboradas a partir de las relaciones sociales que inician en la

escala del cuerpo, la casa, la calle, el barrio, la ciudad y el ámbito

metropolitano.

 

Juventud y espacialidad urbana

 

La juventud ha sido muy poco estudiada dentro de las

espacialidades urbanas y el análisis de las ciudades, a pesar de ser

uno de los mayores grupos demográficos a nivel global. Al

constituirse el mayor grupo demográfico, las personas jóvenes son

capaces de hacer y rehacer, crear y destruir, transformar,

transgredir, negociar y apropiarse de los espacios. Estos jóvenes

viven, trabajan, estudian reconstruyen la ciudad mediante sus

actividades cotidianas (Skelton y Gough, 2013). De ahí, la importancia de estudiar este grupo etario, entender la espacialidad

urbana. La forma en que construyen la ciudad conduce a la

interrogante:

 

¿Qué es una ciudad? Un lugar con mucha gente. Un espacio público, abierto

y protegido. Un lugar, es decir, un hecho material productor de sentido. Una

concentración de puntos de encuentros. En la ciudad lo primero son las

calles y plazas, los espacios colectivos, sólo después vendrán los edificios y

las vías (espacios circulatorios) (Borja y Muxí, 2000, p. 13).

 

Los espacios públicos de la ciudad no son espacios neutros, ni

asexuados; al contrario, las lógicas temporales y espaciales

designan el acceso al espacio público de acuerdo a la condición

etaria, de género, de clase, del lugar de proveniencia, entre otras.

La presencia en la calle no es la misma para una mujer que para un

varón; el patriarcado determina unos roles para cada género y

disciplina los cuerpos para comportarse de una forma adecuada en

el espacio público. Por lo tanto, el uso del espacio público y la

experiencia del mismo en el barrio o en la ciudad variarán en función

del género, y los significados que se otorguen a los espacios

también podrán ser distintos (Rodó y I Castany, 2016; I Guitart et al.,

2014).

Actualmente, la mayor parte de las personas jóvenes crecen,

habitan y trabajan en las ciudades. La juventud conforma el grupo

etario más demandante y generador de espacios; estas condiciones

están dadas por la transición que enfrentan al querer autonomía en

el hogar y las dificultades para establecer su propio espacio privado.

La espacialidad urbana que se asume para este grupo proviene de

la concepción de espacio como un producto social, “[…] el resultado

de la acción social, de las prácticas, las relaciones, las experiencias

sociales, pero a su vez es parte de ellas” (Lefebvre y Nicholson-

Smith, 1991, p. 11) donde se muestra una relación indisociable entre

las acciones y los sujetos que construyen el espacio público, o sea

la ciudad, la cual está materializada en sus objetos materiales e

inmateriales ¿Cuál es la relación de las personas jóvenes con la

ciudad? El espacio público y la ciudad se transforman por medio de

las prácticas socio espaciales de apropiación de los lugares, tales

como las de permanecer en casa, de trabajo, de estudio, de consumo, actividades culturales, sociales, recreativas, deportivas.

Este conjunto de relaciones entre las acciones o prácticas de los

sujetos jóvenes recrean las ciudades y sus dinámicas espaciales de

formas complejas y variadas.

 

Uso y apropiación de espacios

 

públicos: una mirada desde las

 

personas jóvenes

 

La literatura muestra relación compleja y contradictoria entre las

personas jóvenes y el espacio público. Si bien la apropiación del

espacio deviene en los lugares “Lo que define el lugar son las

prácticas socio espaciales, las relaciones sociales de poder y de

exclusión; por eso los espacios se superponen y entrecruzan y sus

límites son variados y móviles” (McDowell, 2000, p. 15). De esta

forma, los espacios públicos son lugares concretos y simbólicos,

construidos por medio de las prácticas socio espaciales y

territorializados por los diferentes grupos sociales (Gough Y Franch,

2005). Para Massey (1998), el control de la espacialidad, por parte

de la juventud, añade un ingrediente activo en los procesos sociales

de disputa respecto a la apropiación del espacio.

El espacio público está diseñado para adultos, según sus

necesidades e intereses, y por adultos: un espacio ordenado, limpio

y purificado. Por lo tanto, prevalece una visión hegemónica del

espacio, donde la juventud queda excluida o restringida. Este

proceso de producción del espacio como espacio adulto es lo que

se llama “adultificación del espacio público”, dado que tales

espacios se relacionan con comportamientos inapropiados, por

ejemplo, el uso de drogas. Prevalece la concepción dicotómica que

se tiene acerca de los jóvenes, como personas a proteger y/o como

una amenaza; lo cual conduce a su exclusión del espacio público (I

Guitart et al., 2014; Rodó y I Castany, 2016).

Las investigaciones mencionadas definen el espacio público,

como un lugar construido por la cultura y la sociedad, con una importante función social en la construcción de la diferencia, la

semejanza y la identidad, porque su acceso es una condición

necesaria para el ejercicio de la ciudadanía (Van Lieshout y Aarts,

2008). El espacio público sirve para normalizar y naturalizar ciertos

comportamientos. La hegemonía cultural de una nación o de una

sociedad se constituye en el poder de la mayoría, y se restablece a

través de la práctica social. El grupo dominante de la sociedad

asume el poder de definir usos apropiados del espacio y los

comportamientos públicos. A menudo, la sociedad civil no está

consciente de la forma que están normadas las prácticas (Ehrkamp,

2008).

La tipificación del espacio público utilizado por las personas

jóvenes fue clasificada en espacios abiertos y espacios cerrados.

Los primeros corresponden a aquellos donde la gente joven se

siente bien, los límites son indefinidos, el sistema de valores es

diverso; existe tolerancia a la diversidad, incluso es celebrada; sus

límites no siempre están vigilados y la multiculturalidad es

dominante. Incluyen lugares como complejos deportivos, los

carnavales y festivales. Por su parte, en los espacios cerrados los

límites están muy bien definidos, el sistema de valores está

normalizado con valores dominantes, la diferencia y la diversidad no

son toleradas; prevalece la preocupación con el mantenimiento de

los límites, con altos niveles de vigilancia, prevalece lo monocultural.

Ejemplos de estos lugares son los centros comerciales, iglesias,

escuelas, espacios donde sólo son bienvenidos aquellos que

pertenecen y se comportan (Malone, 2002). A partir de esta

tipificación se derivan prácticas socio espaciales de exclusión social

en los espacios cerrados.

Los espacios públicos cerrados donde interactúan los jóvenes son

lugares con protocolos regulatorios; ya que los adultos muestran

incomodidad cuando las personas jóvenes transgreden y cuestionan

la hegemonía espacial de la edad adulta, creando un “tercer

espacio” que refleja su lugar entre la adultez y la infancia (Matthews

et al., 2000). El “tercer espacio” corresponde al espacio vivido por

las personas jóvenes, un lugar de hibridación cultural que se

encuentra en la moda, la música, la gastronomía y las prácticas

socio espaciales específicas de este grupo etario. La aspiración de un espacio público abierto, con escasa supervisión y de libertad

para encontrarse con otras personas de forma no controlada, o por

lo menos no al mismo nivel que dentro del hogar.

Los estudios realizados sobre la relación de la juventud con el

espacio público urbano destacan la relevancia que tiene la calle,

como lugar de autonomía, de construcción de identidades

personales y colectivas. En las sociedades occidentales se ha

demostrado que para muchos jóvenes la calle sigue siendo una

parte importante de su vida cotidiana y de hecho el espacio de la

calle es a menudo el único espacio autónomo que los jóvenes son

capaces de obtener por sí mismos. En un estudio realizado con los

jóvenes de Recife se concluyó que la calle es un importante espacio

para reunirse con amigos y pasar el rato, aunque se mostraron

diferencias muy claras respecto a la clase social (Gough y Franch,

2005). En otro estudio con jóvenes en Sao Paulo se señala de

nuevas formas de sociabilidad entre los jóvenes que habitan los

barrios periféricos de las grandes ciudades, la socialización se

origina en las calles, las esquinas y lugares de encuentro; ahí se

crean relaciones de amistad y ocio, además de enfrentar la violencia

urbana y la lucha por la supervivencia (Sposito, 1993).

El espacio público es un lugar para hacer amistades, mientras que

durante la infancia las amistades se conforman por medio de redes

sociales basadas en el parentesco y la condición de clase, género,

lugar de origen. En la juventud las tecnologías propician amistades

en otras esferas por medio de las redes sociales (Bunnell et al.,

2012).

El espacio público y la calle asumen una función central en

formación de sujetos. El espacio público, en general, y la calle, de

manera más específica, tiene un papel fundamental en la juventud

como lugar de aprendizaje y de construcción del yo (Rodó y I

Castany, 2016).

De ahí que la calle es un lugar relevante en la vida de las

personas jóvenes, donde pueden conservan autonomía sobre el

espacio. La calle se transforma en un universo impersonal, un lugar

de autonomía y de construcción de identidades personales y

colectivas. A su vez, la presencia de los jóvenes en estos lugares es

visto como una molestia o incluso una amenaza. Aquí aparecen una serie de regímenes reguladores y de vigilancia por parte de los

padres, los vecinos, la policía y otros. El temor a la violencia es el

principal argumento utilizado por los padres para intentar controlar

los movimientos de sus hijos (Gough y Franch, 2005).

La calle es un lugar donde se transforma y consolida la identidad

de las personas jóvenes; por tanto, permanecer fuera de la casa les

otorga a los jóvenes un sentido de libertad. El concepto de

“aprendizaje de la calle” (“street literacy”) hace referencia a “los

procesos dinámicos de producción experiencial de conocimiento y la

construcción del yo en un contexto específico, el espacio urbano

público” (Cahill, 2000, p. 252). Es un proceso que consiste en

entender el mundo a través de la interacción y experiencia en el

ambiente, el cual privilegia el conocimiento local informal, basado en

las experiencias personales y conforma un saber de la calle que se

transmite a través de las generaciones. La “alfabetización callejera”

en esta investigación se abordará como una práctica socio espacial

que expresa la adquisición de habilidades para el desarrollo social y

experiencial del conocimiento informal, una práctica social y

compartida.

El concepto de alfabetización callejera está inspirado en las

teorías interaccionistas sociales de Lev Vygotsky, quien afirma que

el lenguaje produce y reproduce formas culturales de

comportamiento. Así, el lenguaje es el puente conceptual que la

persona utiliza para mediar su relación externa e interna con el

entorno; por medio de este organiza y construye el yo. Vygotsky

argumenta que los sistemas de signos, como el lenguaje son el

producto del desarrollo social; no está dado de forma natural, sino

que media la manera en que nos expresamos y nos comprendemos

a nosotros mismos (Vygotsky, 1978). De esta forma, la experiencia

en el espacio público está mediada por la producción y reproducción

de las formas culturales de comportamiento (Cahill, 2000).

 

Corporalidad, espacialidad y

 

emociones

La discusión contemporánea que gira en torno a la corporalidad,

el espacio y la afectividad emerge con intensidad en los últimos

años y ocupan un lugar central en la reflexión en la teoría social

(McDowell, 2000; Lindón, 2011; Lindón, 2012a; Aguilar, 2013; e

Aguilar, 2014). Dentro de la teoría social y el feminismo emerge el

estudio del cuerpo, desde la perspectiva de clase, consumo y las

relaciones sociales entre personas y lugares a través de los trabajos

de (Baudrillard, 2009; I Guitart, 2012; Bourdieu, 2008).

La relación entre corporalidad y espacialidad está abordada en La

producción del espacio (1974), donde señala que la práctica

espacial “engloba producción y reproducción, lugares específicos y

conjuntos espaciales propios de cada formación social; práctica que

asegura la continuidad en el seno de una relativa cohesión”

(Lefebvre y Lorea, 2013, p. 92). Las prácticas socio espaciales están

referidas a las actividades cotidianas incorporadas en la experiencia

espacial de las personas.

Si bien, las investigaciones más consolidadas hacen referencia al

cuerpo, la corporeidad y las emociones, estas dejan de lado la

espacialidad. El estudio de las prácticas socio espaciales, la

subjetividad y lo imaginario necesariamente deben integrar la

corporalidad y las emociones (Lindón, 2012). Esta autora recurre al

betweenness, entendido como una zona de transición y de

intersección del conocimiento social, para aproximarse al estudio del

cuerpo, las emociones y la dimensión espacial. De igual manera

analiza las interacciones entre el cuerpo, la corporeidad, las

emociones, la cotidianidad y los espacios de vida de los sujetos.

Para esto, intersecta los conceptos de cotidianidad, subjetividad, las

biografías y el sujeto a partir del lugar y la cotidianidad. Los sujetos

que habitan los lugares configuran lo social y protagonizan la

cotidianidad, la cual adquiere diversas formas según las prácticas

espaciales que cada sujeto despliega. En tanto, la subjetividad se

configura en las experiencias del sujeto social y son

interdependientes de las prácticas, que a su vez son movilizadas en

la cotidianidad. Por su parte, el sujeto corporizado por medio de la

corporeidad deviene en emoción en un contexto socio-cultural

particular en su espacio vivido (Lindón, 2012).

La aproximación al cuerpo desde la espacialidad proviene de las

prácticas socio espaciales que configuran la subjetividad, así la

memoria se activa en los recuerdos de tales prácticas. La relación

entre la espacialidad y la corporeidad surge de la experiencia en la

construcción activa del espacio, a partir del cuerpo. Desde la

espacialidad destacan las prácticas de desplazamiento y las de

permanecer. El cuerpo adquiere corporeidad en sus prácticas, en la

experiencia de hacer, sentir, pensar y querer, la corporeidad

 

[…] es sentir y vivir el cuerpo en cuanto a saber pensar, saber ser y saber

hacer. Es mediante la corporeidad que el individuo se apropia del espacio y

el tiempo que le acontece, lo transforma y le da cierto valor. Por ello la

corporeidad permite saber pensar, ser y hacer el espacio vivido (Lindón,

2012, p. 706).

 

De tal manera que esta construye la ciudad en la interacción

social y la emoción es siempre corporeizada. Por lo cual, la

construcción social de la ciudad desde la corporeidad conlleva la

paradoja emocional de experimentar la ciudad, “actuar en ella,

disputarla, marcarla, siempre en los contextos socioculturales

específicos, en mundos intersubjetivos peculiares, en territorios

particulares, en medio de ciertas formas materiales y encarnando

así las diversas posibilidades históricas” (Lindón, 2015, p. 9).

Aprender a convivir y vivir la ciudad conlleva una transformación de

la corporalidad; así, el medio configura las diferencias individuales

en las interacciones con los padres, familiares y grupo de

compañeros y amigos.

 

En este espacio de convivencia el cuerpo va cambiando como resultado de

esa historia, y siguiendo un curso contingente a esa historia […] Esto se

debe a la inercia corporal y no a que el cuerpo sea un lastre o constituya una

limitación, es nuestra posibilidad y condición de ser (Maturama, 2008, p. 67).

 

La constante interacción entre la corporeidad, la emoción y la

espacialidad produce cambios en la estructura urbana que perturban

y a la vez gatillan la construcción social de la ciudad desde las

personas jóvenes que la habitan.

En esta investigación, la construcción de la ciudad por parte de

los jóvenes se elabora desde diferentes escalas: el cuerpo, la casa, el barrio, la ciudad, la metrópolis y las prácticas espaciales que

realizan en la cotidianidad Hopkins (2013), a partir de las cuales

construyen sus identidades expresadas en los lenguajes del cuerpo,

donde se adaptan o se resisten.

 

Escalas de proximidad en la

 

construcción de la espacialidad: el

 

cuerpo, la casa, el barrio, la ciudad y

 

la metrópolis

 

La aproximación a la corporalidad es analizada desde la

proxémica, entendida como la ciencia “que estudia el uso del

espacio y la distancia corporal como una señal que regula las

interacciones sociales” (Martínez, 2004, p. 138). En el libro La

dimensión oculta de Hall (1987), el autor establece una clasificación

de las distancias entre el uso del espacio y los cuerpos: a) la

distancia íntima está reservada para contactos cercanos; en su fase

cercana corresponde a “la distancia del acto de amor y de la lucha,

de la protección y el confortamiento” (p. 143). En la fase lejana, con

distancias entre 15 y 45 cm, los cuerpos no entran fácilmente en

contacto. b) La distancia personal “es el término que empleó

Heidegger para designar la distancia que separa constantemente los

miembros de las especies de no contacto” (p. 46). En la fase

cercana de 45 a 75 cm la proximidad permite agarrar o retener a

otra persona; en la fase lejana de 75 a 120 cm queda establecido el

límite de la dominación física. c) La distancia social que mantiene

situaciones normales de interacción se define como “la línea que

pasa entre la fase lejana de distancia personal y la fase cercana de

distancia social y señala el límite de dominación” (p. 148). En la fase

cercana, de 120 cm a 2 m, se trabajan asuntos impersonales, es

empleada en reuniones sociales improvisadas e informales; en la

fase lejana, de 2 a 3.5 m tiene un carácter más formal. La distancia

social en la fase lejana es empleada para aislar o separar unas

personas de otras. d) La distancia publica válida para actuaciones públicas “es la transición de la distancia social y personal a la

distancia pública que está fuera del campo de la participación o la

relación” (p. 152). En la fase cercana de 3.5 a 7.5 m se utiliza para

ámbitos muy formales; en la fase lejana a 9 m queda reservada a

los personajes públicos o actos públicos.

La proxémica posee un valor comunicativo, dado que las acciones

e interacciones de las personas en el espacio permiten desarrollar

las actividades y constituyen un lenguaje que puede ser analizado

(Sánchez, 1990). En los espacios públicos la relación de proximidad

entre la distancia íntima y personal conlleva a conflictos por la

territorialidad y apropiación de los espacios. En consecuencia, el

concepto de proxémica es clave para abordar la corporalidad desde

las relaciones interpersonales.

La conceptualización de proxémica de Hall cambia dada la

aceleración de la sociedad actual; un fenómeno característico de la

sociedad global en la expansión del sistema capitalista, es una

forma manifiesta de la compresión espacio temporal propuesta por

Harvey, en donde las personas y los lugares que antes estaban

distanciados ahora se aproximan. En este contexto de aceleración,

las prácticas socio espaciales se abordan desde la vida cotidiana,

así, las “dimensiones de la cotidianidad son consideradas junto a la

corporeidad/ emocionalidad del sujeto y a su espacio-temporalidad

[…] La espacialidad del sujeto lo hace necesariamente habitante de

diversos lugares en temporalidades específicas” (Lindón, 2011, p.

17). Las estrategias proxémicas asumen un carácter

multidimensional de lo social, lo espacial y lo corporal; los

acercamientos se concretan por dos caminos: el viaje y las

tecnologías de la comunicación. En este caso,

 

Los territorios de la proximidad son practicados, recorridos; devienen en los

lugares de encuentro con conocidos, representan seguridad y así son

cargados de sentidos. Corporalmente son experimentados como los lugares

de nuestro cuerpo, los lugares en los que corporalmente no emerge el

estado de alerta, sino la confianza ante lo conocido (Lindón, 2011, p. 19).

 

Las personas jóvenes disfrutan tanto el contacto cara a cara como

el mediado por las tecnologías en procura de la proxemia corporal y

afectiva. La reducción experiencial del espacio vivido se manifiesta en las escalas de la casa, el barrio, la ciudad y la metrópolis. Es por

esta razón, que habitar ciudades pequeñas favorece estrategias

proxémicas relacionadas con la alfabetización del espacio

construida desde la corporeidad para resolver su andar cotidiano. El

cuerpo es la primera escala corporal entre yo y el otro. “[…] el

cuerpo y sus movimientos, la forma en que ocupa un lugar, la

legitimidad de los usos, la movilidad y las posturas, son regulaciones

impuestas por un orden social determinado, así ocupar un lugar

puede ser interpretado de forma concreta o simbólica” (Aguilar y

Soto, 2013, pp. 6-7).

En las ciencias sociales, los usos sociales del cuerpo lo refrieren

“como un objeto de consumo y signo a la vez y el lenguaje del

cuerpo” (Martínez, 2004, p. 134). En la geografía el cuerpo es un

lugar “Un cuerpo, aunque no todos los estudiosos de la geografía lo

crean, es un lugar. Se trata del espacio en el que se localiza el

individuo, y sus límites resultan más o menos impermeables

respecto a los restantes cuerpos” (McDowell, 2000, p. 59). Mientras

que el cuerpo remite a su dimensión material, la noción de

corporeidad apunta su dimensión simbólica, a la forma de

representar los diferentes valores, alude a una forma de

conocimiento experiencial “incorporado” como lenguajes (Aguilar,

2014). A su vez, la corporalidad expresa la personalidad de los

sujetos jóvenes, sus formas de relacionarse y los procesos de

socialización. “La proximidad corporizada respecto al entorno barrial,

desborda el territorio y el propio cuerpo, haciéndose extensiva a los

otros que habitan el barrio”. Sin embargo, esa otredad es difusa”

(Lindón, 2011, p. 21).

A partir del cuerpo los sujetos jóvenes construyen los lugares

donde habitan en interacción con otros; así, desde la escala del

cuerpo se transita hacia otras como la casa, el barrio, la ciudad, la

metrópolis. En este sentido, el cuerpo y las emociones organizan

“una ventana para comprender la construcción social de la ciudad,

de lo urbano y sus lugares, a través de los sujetos que la habitan

corporal y emocionalmente” (Lindón, 2009, p. 6).

Por su parte, la casa constituye un referente a partir del cual las

personas jóvenes construyen su relación con el entorno, con el

barrio y de forma simultánea con aquello más allá del barrio, es decir, la ciudad (Lindón, 2006). La dicotomía entre la casa o el hogar

y el mundo exterior es expresada por Tuan (2005), en el libro

Cosmos y hogar: Un punto de vista cosmopolita. En el primer

capítulo, Dos escalas y una autobiografía, el autor trabaja con dos

escalas: hogar y cosmos; por medio de Topo, un personaje

fundamental de la literatura inglesa clásica infantil: El viento en los

sauces, de Kenneth Grahame (1908),

Yi-Fu Tuan identifica la expresión ¡que agradable es volver a

casa! (Tuan, 2005, p. 11) que afirma Topo cuando regresa a su

madriguera. De acuerdo con Tuan, el ser humano alberga

sentimientos contradictorios entre el hogar y el mundo exterior. Para

los jóvenes, la casa significa un espacio familiar y de contención

afectiva; a veces un refugio y otras un espacio de disputa fraternal,

intergeneracional vinculado al género y la edad (Bastán y Paulín,

2016). La casa posee una doble expresión física y simbólica dada la

interactividad entre las personas que la habitan, como institución

asume los procesos de socialización, especialmente, en las

primeras etapas de la infancia, básicas en la construcción de la

identidad, lo que incluye la internalización de rol de género

(Pacheco, 2001).

De acuerdo con Lindón (2006), el espacio vivido de la casa se

expresa como “la entronización de la casa”, es decir, la casa en un

trono, donde la importancia de la casa adquiere un papel central

respecto a la vida urbana. Para esta autora, la casa organiza la vida

de las personas y está llena de recuerdos, de memoria, fantasías y

aspiraciones (Lindón, 2011). En esta escala de proximidad la

corporalidad está muy integrada a la percepción del espacio de la

casa, a partir de un espacio egocéntrico (Pacheco, 2001).

La construcción de la espacialidad inicia en la infancia, desde la

casa en relación con el barrio. El conocimiento directo o el

conocimiento práctico espacial están construidos en la práctica de

desplazamiento y manipulación de objetos mediante el lenguaje

kinésico y lenguaje verbal en el aprendizaje de los lugares y objetos.

Para Souto (1998), el lenguaje y el movimiento fortalecen el

razonamiento y el aprendizaje de conceptos que conducen al

dominio espacial de los niños.

En la escala geográfica del barrio las estrategias de proxemia

corporal y afectiva están orientadas hacia una forma de regreso al

barrio. En algunos casos la revalorización del barrio está asociada

con la aceleración actual de la vida urbana. De igual forma, la

reducción de la espacialidad cotidiana es una forma de contrarrestar

la fatiga de la aceleración, por esta razón, la identificación con el

barrio constituye una alternativa o forma de enfrentar la compresión

espacio-temporal. El barrio podía devenir en territorios que otorgan

seguridad (Lindón, 2011).

El barrio como categoría social urbana posee una delimitación

geográfica y un sentido de pertenencia de las personas con ese

lugar; también puede definirse por la forma en que las personas

indican pertenecer a un barrio y les permite diferenciarse de otras

que no pertenezcan a esa categoría social. Otras formas de

pertenecer a un barrio y diferenciarse son: a) que no pertenezcan a

nuestro barrio, b) que conozcan nuestro barrio, c) que sean también

capaces de definirse en relación a su barrio (Valera y Pol, 1994).

Para las personas jóvenes, esta escala de proximidad favorece los

procesos de socialización por medio de las reuniones en las calles,

las esquinas y otros puntos de reunión; a la vez permite un

distanciamiento de la escala del hogar al enfrentar algunas

situaciones que quizás no puedan controlar. Por tanto, la

socialización en el barrio le permitirá madurar y entablar amistades

que enriquezcan su proceso de identidad territorial.

En el ámbito metropolitano, los desplazamientos de las personas

son cada vez mayores dada la aceleración de la vida cotidiana, la

escala del barrio está circunscrita a la ciudad. Es aquí, donde se

distingue con claridad la corporalidad contemporánea

 

[…] en esta el cuerpo muestra sus maneras de procurarse y crear una

espacialidad: sea desde la sumisión, y apego a las normas o desde sus

rasgos creativos e innovadores […] La estructura, la forma y las normas

urbanas inciden en la elaboración de la corporeidad porque la urbe configura

y legitima la forma en que los habitantes portan el cuerpo, el acto de

sentarse, andar, los movimientos, las posturas, los gestos las estrategias de

orientación (Aguilar y Soto, 2013, p. 8).

La práctica socio espacial de andar por la ciudad expresa la

manera en que los jóvenes han construido su espacialidad, la cual

queda plasmada en las formas de mostrar sus cuerpos, la

indumentaria, los itinerarios que realizan, la música, sus hábitos de

consumo y las formas de apropiarse de los lugares. Asimismo, las

escalas proxémicas se traslapan y son difusas, ya que desde la

infancia las experiencias de lugares lejanos forman parte de la

espacialidad de los niños, mediante los viajes fuera del barrio y la

ciudad.

 

Consideraciones finales

 

La juventud como categoría de análisis constituye un constructo

socio cultural que está expresada en sus prácticas socio espaciales

donde articulan los espacios públicos de las ciudades. A su vez

estos espacios han sido configurados por la cultura y la sociedad; y

cumplen la función social de construir la diferencia, la semejanza y

la identidad de este grupo etario.

La espacialidad urbana respecto al uso del espacio público

presenta variantes según sean las escalas de proximidad y las

experiencias de las personas jóvenes con su cuerpo, la casa, el

barrio, la ciudad y el ámbito metropolitano. De ahí que cabe plantear

la interrogante ¿cómo varía la espacialidad según la condición de

género y la escolaridad? ¿Cuáles prácticas socio espaciales

configuran la espacialidad urbana de estos sujetos jóvenes?

En estas escalas de proximidad, la centralidad de la calle asume

rasgos definitorios en la construcción de la espacialidad urbana ya

que constituye un lugar de aprendizaje, de interacción y

socialización para las persona jóvenes. De ahí que el concepto

“alfabetización callejera” devela la adquisición de conocimientos

informales y estrategias de sobrevivencia en el espacio urbano y

presentan variantes según sea el nivel educativo o el lugar de

proveniencia. En consecuencia, los conceptos de alfabetización

callejera y corporeidad se interrelacionan mediante el lenguaje

corporal; la calle constituye el lugar donde los sujetos jóvenes

concretan los procesos de socialización.

Aunado a lo anterior la aceleración de la sociedad actual en la

expansión del sistema capitalista transforma las dimensiones

espacio temporales; también cambian las nociones de proximidad.

Las relaciones entre corporeidad y emocionalidad asumen

características distintivas; dado que el acercamiento y el alejamiento

están mediados por las tecnologías de la comunicación.

Si bien la espacialidad urbana está configurada en diferentes

escalas de proximidad que inicia en el cuerpo para luego traslaparse

con las otras escalas de la casa, la calle, el barrio, la ciudad, el

ámbito metropolitano, también hay un recorrer biográfico que inicia

en la infancia. Aquí las practica socioespacial de andar y transitar se

conjuga con el lenguaje kinésico y lenguaje verbal.

Finalmente, las formas de apropiarse del espacio están asociadas

con aquellas maneras de pertenecer y relacionarse con los lugares;

la calle y el barrio son los lugares donde los sujetos jóvenes y

elaboraran una nueva espacialidad urbana como parte de un

proceso dialéctico vinculado a los ambientes socioculturales,

cargados de un alto valor simbólico por decodificar.

 

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