Amnesia

Federico Axat · Capítulo 1 de 86

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Amnesia

Capítulo 1

 

Encontré a la chica muerta de un disparo en el salón de mi casa.

Desperté envuelto en una bruma de confusión, como solía sucederme cada

vez que me emborrachaba y caía rendido en otro sitio que no fuera mi propia

cama. Mi primer contacto con la realidad fue el chirrido distante del columpio

en el porche delantero; el segundo, un golpe a la lámpara de pie cuando estiré

los brazos para desperezarme, todavía sin abrir los ojos. La fatalidad que

caracterizaba mi vida últimamente hizo que la lámpara cayera al suelo y la

tulipa estallara en mil pedazos.

En ese momento comprendí que estaba en el salón, tendido boca abajo.

Tenía un intenso dolor en el pecho, el brazo izquierdo entumecido y la mejilla

apelmazada. Al levantar apenas los párpados, lo primero que divisé fue la

forma de la botella de vodka en la mesilla baja, a un metro de donde me

encontraba. Desde aquella posición la perspectiva la había transformado en

una obra colosal, un obelisco a la altura de mi fracaso. Hice una mueca de

desagrado y de nuevo me sumí en la oscuridad que empezaba a resultarme tan

familiar. La vocecilla acusadora empezó a hablarme casi de inmediato. He

asumido mi problema con el alcohol y aprendido a escucharla durante esos

primeros instantes de pesadez y culpa. Lo hago en silencio, como un niño que

recibe una merecida reprimenda, recordando cuán lejos han quedado los

tiempos en los que creía tener el control sobre mi vida, y que no importa

cuántas veces se lo haya prometido a mi exesposa, o a mi hija (aunque ella no

lo sepa), o incluso a mi abogada, volveré a caer en la misma trampa una y otra

vez como un idiota. Tengo veintisiete años. Donald, mi mentor en

Alcohólicos Anónimos, dice que me he dado cuenta a tiempo, que él a mi

edad era un necio con una década por delante de excesos y estupidez. No

resulta un pensamiento demasiado reconfortante.

Cuando empecé a levantarme, un dardo con punta de acero se me clavó en

la frente. Los brazos me temblaron y estuve a punto de dejarme caer, pero

finalmente conseguí erguirme en lo que fue la lagartija más penosa de mi

vida. He aprendido a ignorar una resaca leve, incluso a convivir con una moderada; sin embargo, no hay nada que hacer ante una de proporciones

épicas. Me costaba determinar a cuál de ellas me enfrentaba esta vez.

Abrí los ojos.

La ventana era un rectángulo negro; de algún modo me había

teletransportado al futuro y ya había anochecido. ¿Era posible que no

recordara absolutamente nada de las últimas horas? No sería la primera vez,

pero el hecho no dejaba de maravillarme. Normalmente aquí la vocecilla

iniciaba la segunda parte de su discurso habitual, ya no basado en el reproche

aleccionador sino en la culpa y la resignación; desaparecía la vehemencia y la

furia y sólo quedaba la triste aceptación de una causa perdida. Pero esta vez

no hubo tiempo para lamentos, porque mientras me concentraba en la botella,

una forma resplandeciente en el suelo atrajo mi atención, y lo que durante

apenas un instante fue un destello en forma de L no tardó en revelarse como

la pistola Ruger P85 que había pertenecido a mi padre.

Fue entonces cuando con el rabillo del ojo divisé el cuerpo. Todo esto

debió de suceder en menos de medio minuto, pero en mi mente los

acontecimientos se desarrollaron con una lentitud pasmosa. Giré la cabeza,

consciente de que algo no estaba bien, y allí estaba la muchacha, boca abajo,

cubierta con una sábana blanca. Tenía la cabeza ligeramente ladeada hacia la

derecha, hacia donde yo estaba, los ojos abiertos puestos en el infinito.

Me considero una persona fuerte. A los once años encontré a mi madre

muerta tras una larga agonía a causa de una enfermedad terminal. Mi padre

fue detenido, acusado de haberla asfixiado con una almohada, y al poco

tiempo se disparó en la cabeza con una escopeta que le pulverizó el cráneo. A

él no tuve que verlo, pero estaba solo en casa cuando la policía se presentó a

darme la noticia. El cadáver de la chica, a quien más tarde me referiría como

la chica de la gargantilla —aunque en ese momento no llevaba ninguna—, me

afectó de un modo diferente, porque había en su mera existencia algo

espeluznante que me incriminaba inequívocamente.

Fui hacia el cuerpo olvidándome por un momento de las palpitaciones en

la cabeza. Mi vista viajaba de la muchacha al arma. Del arma a la muchacha.

El miedo llegó, y con él la pregunta obvia.

¡¿Qué has hecho?!

Nunca había visto a esa chica en mi vida, de eso estaba seguro; sin

embargo, había algo en ella que me resultaba extrañamente familiar.