Amnesia

Federico Axat · Capítulo 45 de 86

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Amnesia

Capítulo 45

 

 

Pasamos una tarde magnífica. Jennie cogió confianza con Maggie durante el

almuerzo, y cuando fuimos de excursión al pantano de las mariposas, ya eran

inseparables. Jennie le habló de sus muñecas, de sus amigas del jardín y de

sus programas de televisión favoritos. Como Maggie le dijo que hacía mucho

tiempo que no estaba en la ciudad, Jennie asumió que tenía que explicarle las

cosas como a un extraterrestre.

Cuando llegó la hora de irse, Jennie estaba tan cansada que apenas opuso

resistencia. Ross, que se había quejado durante todo el día de apenas haber

dormido a causa de unos vecinos ruidosos, dijo que también se iría y se

ofreció a llevar a Jennie a su casa. Por supuesto, se encargó de hacer todas las

insinuaciones posibles por el hecho de dejarnos solos a Maggie y a mí.

Con Maggie preparamos café y lo llevamos al salón. En la cadena sonaba

Blur.

—Voy a mudarme a un apartamento aquí —anunció—. Esta semana he

estado buscando algo adecuado.

La casa de los Burke era espaciosa, por lo que la revelación me

sorprendió.

¿Tan pronto?

—No sabía que habías decidido quedarte en Carnival Falls.

—Aparentemente lo hice en algún momento. —Maggie rio de forma

nerviosa.

—Bueno, pues déjame decirte que me alegra mucho. Aquí tienes gente

que te quiere. Sea lo que sea que sucedió en Londres, estás en el lugar

indicado para dejarlo atrás.

Su rostro se ensombreció.

—Respecto a eso…

—No tienes que contármelo si no quieres.

—Es que sí quiero, Johnny. Estos días me he sentido contenida. Como si

no me hubiese ido y mi vida en Londres le perteneciera a otra persona.

¿Entiendes a lo que me refiero?

—Sí.

Durante los años en Inglaterra, Maggie no había regresado una sola vez.

Incluso más llamativo era que sus padres tampoco habían ido a visitarla.

—Al principio fue una cuestión de dinero; Andrew y yo estábamos

intentando abrirnos camino y no tenía sentido dilapidar el dinero en billetes

de avión. Pero eso fue durante los primeros dos años, después empecé a sentir

la necesidad de viajar. ¿Pero sabes qué? Fui yo la que preferí no hacerlo, la

que decía que lo haríamos más adelante, que teníamos una hipoteca y que era

un derroche de dinero innecesario. Con mis padres hablaba casi todo el

tiempo por Skype, así que era como tenerlos cerca.

Maggie se dejó caer en el sillón. Tenía la vista clavada en el techo y los

ojos enrojecidos.

—No te imaginas, Johnny, la cantidad de estupideces de las que me he

convencido durante este tiempo. Creer que no viajar era una buena idea fue

sólo una de ellas.

—Quizás en el fondo sabías que si venías te sería más difícil regresar.

Ella asintió.

—No más difícil —reconoció—, imposible.

Resopló.

—Dicen que las relaciones se ponen a prueba en el tercer año, ¿verdad?

Eso fue exactamente lo que sucedió en nuestro caso. Con Andrew teníamos

una relación muy particular, casi protocolaria diría yo.

—¿A qué te refieres?

El frenesí sonoro de Blur no acompañaba el tenor de nuestra

conversación.

—Protocolaria es quizás un poco exagerado —dijo Maggie—. Andrew no

es afectivo, y tú me conoces, necesito algo de drama. Con él me acostumbré a

otro tipo de vida. De buenas a primeras me encontré planificando qué

haríamos el fin de semana como si fuera la agenda de un político, no había

lugar para la improvisación. Él lo orquestaba todo de forma tan cuidadosa, se

preocupaba por mí de un modo tan calculado, que el efecto terminaba siendo

el contrario.

—Te entiendo. Caísteis en la monotonía.

—Empecé a trabajar como secretaria en un bufete de abogados y eso le

dio un poco más de oxígeno a mi vida. A su vez a Andrew las cosas

empezaron a irle cada vez mejor en su trabajo. Fue entonces cuando

podríamos habernos permitido venir aquí, y sin embargo busqué una y mil

excusas para no hacerlo. Te hablo de hace más o menos dos años, quizás un poco más. Me sentía a punto de colapsar, y entonces cometí el peor error que

puedes cometer cuando estás en pareja.

Sabía lo que iba a decirme. Porque yo también había cometido ese error,

aunque por motivos bien diferentes.

—Creer que un hijo lo solucionará todo mágicamente —concluyó.

Maggie se puso de pie y caminó en dirección a la cadena.

—Voy a traicionarlos un momento —dijo mientras quitaba el disco de

Blur.

Maggie buscó entre mi discografía y encontró un disco de Franz

Ferdinand. Me lo exhibió con orgullo.

—Genial —dije desde el sillón.

Maggie no había tocado su café. Me ofrecí a calentarlo pero ella se negó.

La batería cruda de Franz Ferdinand colmó el salón.

—Me convencí de que la monotonía y el cansancio de la pareja eran

normales —dijo Maggie de regreso al sillón—. He escuchado tantas veces

que un hijo lo cambia todo que pensé que ese cambio borraría todo lo malo

que estaba sucediendo en mi vida.

Me miró.

En mi caso Jennie había transformado mi vida, claro que sí, pero no había

hecho nada por el vínculo con Tricia. En todo caso lo había pulverizado.

—Andrew estuvo de acuerdo, y debo reconocer que al principio eso nos

dio un breve período de felicidad. Los primeros meses. Cuando pasó un

tiempo y no me quedaba embarazada, empecé a preocuparme. El médico nos

dijo que sería cuestión de tiempo, y no se equivocó. Un año después lo

habíamos conseguido.

Me quedé helado. Una cosa eran los rumores que todos habíamos

escuchado, y otra bien distinta, escucharlo de boca de Maggie. No sabía el

final exacto de la historia pero desde luego no sería feliz. No pude más que

reconfortar a mi amiga con una sonrisa triste.

—Mi vida se había convertido en un infierno, Johnny, sólo pensaba en

eso. Cuando el médico o el propio Andrew me hablaban de otras

posibilidades de concebir, incluso de adopción, me cerraba y no quería

siquiera escucharlos. Tú me conoces, posiblemente más que nadie en la tierra,

y sabes que yo no soy así. Ha sido la primera vez en mi vida en la que he

mirado hacia atrás y he visto a una desconocida.

Maggie se puso de pie y vagó por el salón al ritmo hipnótico de Dream

Again.

Si los océanos se han ido y las montañas suspiran, entonces seguiré

soñando.

—Me sentí como si hubiese vivido otra vida, Johnny. Como si alguien

más hubiese tomado el control.

Asentí. La entendía más de lo que ella podía imaginar.

—Andrew es un tipo muy analítico. Me decía: si no te sientes bien, debe

verte un profesional. Así de lineal y simples eran las cosas para él. Ahora

entiendo que no poder quedarme embarazada era apenas la punta del iceberg,

nada estaba bien en mi vida y no podía salir de ese laberinto de trampas y

mentiras en el que me había metido.

Maggie hablaba ahora mirando al suelo, los ojos desenfocados. Me

hubiese gustado acercarme y abrazarla, pero no era el momento. Ella luchaba

para sacarlo todo de una vez y necesitaba hacerlo sola.

—Cuando me quedé embarazada pensé que todo se arreglaría. Se supone

que los milagros son una bendición, ¿no es así?

Su rostro se iluminó.

—Era un niño. Íbamos a llamarlo Christopher. Fue un embarazo

problemático, así que casi no salía de casa. Dedicaba mi tiempo a decorar su

habitación, a comprar ropa, el cochecito, esas cosas. Entonces un día, estando

ya avanzado el cuarto mes, leía un libro en el balcón y una señal de alarma se

encendió en mi cabeza. No sentí dolor ni un movimiento extraño, fue más

bien todo lo contrario. Palpé mi abdomen y me eché a llorar.

No pudo seguir.

—Maggie…

—Necesito contártelo, Johnny.

No pude contenerme y la abracé. Ella lloró en mi hombro. Unos minutos

después me apartó con suavidad y se secó las lágrimas con el dedo.

—Fuimos al médico y confirmó lo que yo sabía. Y a partir de allí fue una

pesadilla. Tener que parir a tu hijo muerto es algo que no le deseo a nadie.

Nada puede prepararte para algo así. Nada.

—Lo siento tanto, Maggie. No sabía que habías pasado por algo tan

terrible.

—Mis padres saben que tuve un aborto, pero no cómo ni bajo qué

circunstancias. No creo que se lo cuente alguna vez; no tiene ningún sentido.

Ellos tampoco saben lo que vino después.

Me miró con seriedad. En sus ojos vi una mezcla de miedo, y algo más

que no pude identificar.

—Seguí recibiendo tratamiento; lo necesitaba más que nunca. Más o

menos hacia la fecha en que Christopher tendría que haber nacido, Andrew

llegó un día a casa y encontró el suelo del salón destrozado y a mí sentada con

un hacha. Había destruido todo el parquet. Cuando me vio abrió tanto los ojos

como tú ahora.

Maggie sonrió.

—Es tan triste, Johnny. Recuerdo la lógica que todo tenía en mi cabeza en

ese momento. Estaba convencida de que mi hijo no había nacido muerto, que

estaba vivo, escondido en mi casa en alguna parte, y que Andrew era el

responsable de no permitirme verlo. Esa tarde lo amenacé con el hacha y le

dije que si no me decía dónde estaba escondido Christopher iba a

descuartizarlo. Debieron internarme y no volví a casa en una semana.

Me costaba reconocer a Maggie en ese relato. Ella siempre había sido una

mujer analítica pero a la vez simple y práctica; la voz de la cordura.

—Nunca volví a hacer algo como romper el suelo con un hacha; la

medicación tuvo mucho que ver, supongo. Estaba controlada. Pero fueron

meses en que la idea rumiaba en mi cabeza sin darme respiro. Me despertaba

en medio de la noche y empezaba a buscar a Christopher por todas partes.

Andrew me explicaba las cosas y me hacía entrar en razón, pero, cuando

finalmente le creía, siempre lo hacía con un mínimo de desconfianza. En el

último año las cosas mejoraron realmente y dejé atrás esos pensamientos.

—Lo siento mucho, Maggs.

—Andrew también sufrió, por supuesto, por la pérdida y también por lo

que vino después. No debe de ser sencillo encontrarse a tu pareja con un

hacha y con intenciones de matarte.

Maggie volvió a esbozar una sonrisa nerviosa. Me partía el alma imaginar

su sufrimiento y no haber estado cerca para ayudarla.

—Gracias por escucharme, Johnny. —Esta vez fue ella la que se acercó y

me abrazó—. Esto es lo que necesito ahora mismo, lo que ambos

necesitamos, creo.

Me aparté. No sabía exactamente a qué se refería. Nuestros rostros

estaban a pocos centímetros, como tantas otras veces en el pasado.

—Necesito a mis amigos —dijo Maggie—. A ti y a Ross. También a mi

familia, por supuesto. Me siento un poco estúpida diciéndolo.

—Para nada. Lo que sea, dímelo con franqueza y sabes que puedes contar

conmigo.

—Necesito poner mis prioridades en orden. Parte de haber regresado tiene

que ver con eso.

—Lo entiendo perfectamente.

Por primera vez desde que nos sentamos en el salón apareció una sonrisa

radiante en su rostro. La sonrisa de la que años atrás me había enamorado

perdidamente.