Amnesia

Federico Axat · Capítulo 12 de 86

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Amnesia

Capítulo 12

 

Dos días después me desmoroné. Todo comenzó con una llamada de Darla

para decirme que el viernes 15, es decir, diez días después, celebrarían en su

casa el cumpleaños de Mark. Darla era una excelente anfitriona y cuidaba de

cada detalle, y lo cierto es que durante los últimos tres años las fiestas se

habían ido superando unas a otras.

Con Darla, no obstante, no siempre congeniamos de la mejor manera.

Cuando nos conocimos yo estaba en mi peor momento con el alcohol y eso

sin duda influyó de un modo determinante. La consideré siempre una mujer

pendiente de las apariencias —algo que sigo pensando, en parte— y que me

veía como una mancha en su idea de familia perfecta. Una carga. Al principio

mi hostilidad hacia ella fue notoria, pero Darla fue paciente. Un día vino a mi

casa y mantuvimos una conversación franca; me habló de su vida, del tío que

la había criado: un hombre solitario con severos problemas de alcoholismo

que de buenas a primeras se vio en la obligación de criar a su sobrina de tres

años. Resultó que Darla sabía batallar con esos demonios incluso mejor que

yo. En su caso nunca había cometido excesos con la bebida, pero los había

visto día tras día desde que era una niña.

Nuestra relación se consolidó rápidamente y en poco tiempo llegué a

considerarla una buena amiga y confidente.

—¿Te encuentras bien, John?

Algo en su tono de voz me hizo suponer que sabía la respuesta a esa

pregunta.

—¿Mark te ha dicho algo?

—Sólo que no has tenido una buena semana. No me ha dicho nada más y

yo no se lo he preguntado; Mark está un poco ansioso con todo el asunto de

Meditek, así que prefiero que resuelva sus cosas a su tiempo.

—Sí, me ha dicho que tienen intenciones de vender.

Darla guardó silencio. Conociéndola, supuse que no aprobaría que Mark

se desprendiera del laboratorio. Pensé que me diría algo al respecto pero me

sorprendió con algo diferente.

—De hecho me iré unos días a Nueva York, con Lenna. Estos días siento

que soy un estorbo en mi propia casa. —Darla cambió el tono de voz—.

Escucha, John, debo ir a Lindon Hill a buscar el regalo para Mark. ¿Quieres

acompañarme?

Mi primera reacción fue negarme.

—Te vendrá bien, y a mí también —dijo Darla—. Le he comprado a un

coleccionista un tablero de ajedrez de hace más de cien años; podría decirle

que me lo envíe, pero me apetece tomar un poco el aire.

—Supongo que me vendrá bien despejarme un poco.

Darla pasó a buscarme quince minutos después. Lindon Hill estaba a

cuarenta minutos en coche con la carretera despejada, y ese martes por la

tarde ciertamente lo estaba. Durante el trayecto ella no volvió a preguntarme

cómo me sentía; sabía que si yo había tenido una recaída le hablaría de ello

cuando estuviese en condiciones. En cambio procuró mantenerme animado

hablándome del costoso tablero de ajedrez que había conseguido para mi

hermano. Me dijo que lo había comprado en una subasta y que había sido

utilizado en un campeonato mundial en Argentina, a principios del siglo

pasado.

—¿Crees que a Mark le gustará? —me preguntó con cierta preocupación

—. Viene con una carta de autenticidad.

—Le encantará.

También hablamos de Meditek. Contrariamente a lo que había supuesto,

Darla sí aprobaba la venta y me confió que era algo de lo que Mark le venía

hablando desde hacía tiempo. No me contó por qué pensaba de esta forma y el

hecho me intrigó.

—He tenido algunos roces con Tricia últimamente, por Jennie —dije de

repente.

Darla me miró. El desconcierto en su rostro me confirmó que

efectivamente Mark no le había dicho nada al respecto.

—Ha sido mi culpa —completé.

—Amas a esa niña, John. Créeme, eso es todo lo que cuenta. Y Tricia no

es una mala mujer, intenta hablar con ella.

—No ha sido sencillo —repliqué—, con Morgan siempre en el medio. Y

yo…, bueno, no he hecho bien las cosas.

Darla guardó silencio.

—No ha sido eso —dije con la vista en el frente—. No he vuelto a beber.

—Lo sé.

—Hablé con Tricia hace un rato y finalmente la convencí de que me

permitiera ver a Jennie mañana.

—Eso es genial.

No sé qué tan genial era tener que pedirle permiso a tu ex para ver a tu

hija, pero así eran las cosas.

La casa de antigüedades Morrison & Sons estaba ubicada en una parte de

la ciudad que había gozado de cierto prestigio en el pasado. Todavía podía

advertirse un dejo de glamur en los amplios escaparates y en las leyendas

doradas en los cristales, pero lo cierto es que la zona había ido perdiendo su

encanto durante los últimos años. Las tiendas más modernas y los nuevos

diseñadores se habían ido instalando en la avenida Lincoln, al norte de la

ciudad, y allí ya casi no quedaban tiendas de prestigio.

Aparcamos casi en la puerta y Darla me dijo que después podríamos

tomar un café antes de regresar. Me señaló una cafetería en la acera de

enfrente. Se llamaba Fabrizzio y parecía limpia y agradable.

—¿Prefieres acompañarme o quedarte aquí en el coche?

—Si te acompaño voy a descomponerme en cuanto me entere de cuánto

has pagado por ese tablero de ajedrez.

Darla rio.

—Es menos de lo que piensas. Conseguí un buen acuerdo.

—Te espero aquí, no te preocupes.

Ella no pareció del todo convencida pero finalmente se quitó el cinturón

de seguridad y salió del coche. La vi entrar en la tienda y hablar con un

hombre mayor vestido de otra época. Juntos franquearon una puerta lateral y

los perdí de vista.

Miraba por la ventanilla cuando vi aparecer la furgoneta.

La misma furgoneta que había visto en el promontorio del reptil, sin

ningún tipo de dudas. Mi primera reacción fue sumergirme en el asiento del

acompañante hasta que mis ojos apenas asomaban por la ventanilla.

La furgoneta venía en sentido contrario, avanzando despacio. No pude ver

al conductor pero sí al acompañante, un hombre de barba, boina azul y gafas

de lectura. Su perfil de nariz afilada se me grabó a fuego.

Cuando pasaron de largo me volví y alcancé a ver como la furgoneta

doblaba, un poco más allá de Fabrizzio. Sin pensarlo me bajé del coche y

corrí. Al llegar a la intersección no vi a la furgoneta, que seguro ya había

alcanzado la siguiente esquina, pero sí al hombre de la boina azul. Tenía más

o menos mi edad y aspecto intelectual, vestía una camisa entallada color azul

y llevaba una bolsa de cuero. Me oculté detrás de un buzón y advertí como el hombre miraba desde la esquina en dirección al coche de Darla, aparcado

calle arriba. Parecía dudar respecto a qué hacer.

No sabes que te estoy mirando desde aquí, grandísimo hijo de puta.

El hombre entró en la cafetería y al cabo de un momento vi que ocupaba

uno de los reservados junto a la ventana, desde donde tenía una visión

perfecta de la tienda de antigüedades. Estimé que no era capaz de darse

cuenta de que yo ya no estaba en el coche así que debía aprovechar esa

pequeña ventaja. Ese tipo tenía las respuestas que yo necesitaba y no iba a

dejarlo escapar.

Crucé la calle y entré en Fabrizzio. El hombre estaba de espaldas a mí, sus

hombros estrechos y la boina asomando por encima del asiento corrido. La

cafetería no estaba llena pero había varias mesas ocupadas. Un par de

camareras caminaban por el salón con bandejas y jarras de café. Una de ellas

le servía una taza al hombre de la boina en ese momento. Me senté a una

mesa y esperé a que la mujer terminara de servirle. No iba a esperar

demasiado. En cuanto la camarera se retiró me levanté y fui directo a la mesa

con decisión.

Me acerqué por la espalda, de modo que no podía verme. No tenía un plan

trazado, pero sí sabía que iba a sentarme enfrente del tipo para ver su reacción

y exigirle explicaciones. Si hubiera estado atento a los detalles, hubiera

advertido de inmediato que algo estaba fuera de lugar. Pero no estaba

pensando con claridad, de hecho, estaba haciendo exactamente lo opuesto.

Me encontraba justo detrás de él cuando mi precario plan empezó a salirse

de curso. El hombre de la boina había sacado un sobre de su bolsa y en ese

momento examinaba su contenido: una fotografía de estudio de una

muchacha a la que reconocí de inmediato. Llevaba el cabello recogido en un

moño y tenía una media sonrisa enigmática, pero no tuve ninguna duda de

que aquélla era la chica que había muerto en mi casa.

Me quedé helado. El hombre siguió contemplando la fotografía un rato y

la volvió a guardar en el sobre. Y entonces perdí la compostura. Me adelanté

y cogí al tipo de la camisa. La sorpresa del hombre fue tan grande que levantó

las piernas y golpeó las rodillas con fuerza. La mesa se sacudió y la taza

derramó prácticamente todo el café. De una mesa contigua un grupo de chicas

empezaron a chillar.

—¡¿Quién mierda eres?! —grité en dirección al extraño. Lo levanté de la

camisa y luego lo empujé contra el asiento. La boina se cayó dejando al

descubierto una incipiente calvicie.

El tipo no reaccionaba. O el pánico que sentía era genuino o sus

capacidades actorales eran sobresalientes, pensé.

—¿Qué… qué…? —balbuceaba.

El encargado de la cafetería se me acercó e intentó agarrarme del brazo

pero se lo impedí.

—Llama a la policía ahora mismo —le dijo a la muchacha que estaba en

la caja.

Las muchachas seguían chillando y varios de los presentes se habían

levantado de sus mesas y alejado de mí lo máximo posible.

—¡Estabas siguiéndome con la furgoneta! —increpé al tipo con un dedo

acusador—. ¡¿Quién eres y quién es la chica?!

La mandíbula del tipo temblaba.

—¿Qué… qué chica?

Señalé el sobre.

—¡Ésa, hijo de puta!

El rostro del hombre se transformó.

—Es… mi hija —dijo.

Ese tipo tenía mi edad, a lo sumo dos o tres años más. Era imposible que

fuera el padre de la chica muerta. ¡Lo tenía! Estaba mintiendo

descaradamente. Me lancé sobre él y el tipo se encogió. Iba a golpearlo

cuando dos brazos me apresaron. El encargado a mi derecha y otro hombre

corpulento a mi izquierda. Este último llevaba un delantal blanco por lo que

supuse que había salido de la cocina.

—Se terminó el show —dijo el cocinero.

—Largo de aquí, ya mismo —dijo el encargado—. La policía está en

camino.

Forcejeé para liberarme pero no pude.

—¡Ésa no es tu hija! —espeté—. Abre el puto sobre y muéstranos la

fotografía a todos, cabrón hijo de puta.

—No tiene que hacer nada, caballero —dijo el encargado—. La policía

está en camino.

Y entonces lo vi. Sobre la mesa estaba la taza con parte del café

derramado, el sobre blanco, y también las llaves de un coche. Eran de mando

a distancia, similares a las de Darla. No había forma de que le hubiesen

instalado a la vieja furgoneta un sistema de ese estilo. No tenía sentido. Mis

dos captores debieron de advertir mi estado porque lentamente me soltaron.

Yo no dejaba de observar las llaves.

—No tengo una furgoneta —dijo el hombre. Era la primera vez que

hablaba con cierta fluidez. Agarró las llaves y presionó el botón del sistema

de apertura de puertas.

A través de la ventana pudimos ver cómo las luces de un Ford Focus se

encendían intermitentemente al tiempo que sonaba la bocina.

Me quedé de piedra. Ese tipo había bajado de la furgoneta, yo lo había

visto con mis propios ojos.

Pero entonces comprendí; el coche tenía que haber estado aparcado allí

antes, ¡claro que sí!

Lo usaría para seguirte de regreso a Carnival Falls.

—Abre el puto sobre —mascullé.

Un policía franqueó la puerta de la cafetería y todos se volvieron en esa

dirección, incluido yo. Las muchachas chillonas ahora celebraban la llegada

del oficial.

Antes de que el policía llegara a nosotros el hombre de la boina se inclinó

y habló en voz baja.

—Amigo, son fotografías de mi hija, me has confundido con otra persona.

—Muéstramelas —le espeté.

El policía se acercaba, sopesando la situación que no parecía ser más que

un simple altercado entre dos clientes.

El hombre agarró el sobre y extrajo dos fotografías, que colocó con

cuidado sobre la mesa, lejos de la mancha de café y de mi alcance.

Sentí que el mundo se derrumbaba bajo mis pies.

Eran las fotografías de una niña de unos ocho o nueve años. En una de

ellas llevaba el cabello recogido en un moño.

—Es mi hija —decía el hombre.

—¿Qué está sucediendo aquí? —dijo el policía con voz de trueno.

Yo seguía con la vista puesta en las fotografías. No podía entenderlo.

Había visto a la chica muerta, y sin embargo ahora la fotografía era la de una

niña. ¿Cómo podía haberla confundido?

—¿Caballero?

A mi alrededor apenas podía percibir una amalgama de sonidos. Varios de

los comensales murmuraban cosas, algunos incluso reían. Capté algunas

palabras sueltas. Loco. Hija. Policía.

—No…, no me siento bien.

—Me ha confundido con alguien —dijo el hombre, mientras volvía a

colocarse la boina—. No ha pasado nada.

—¿Está seguro?

Escuchaba todo como si sucediera detrás de un grueso telón. Incluso

cuando el hombre de la boina volvió a guardar las fotografías de su hija en el

sobre yo seguía mirando el sitio donde habían estado.

—¡¿John?! —La voz de Darla me arrancó de mi ensimismamiento.