Amnesia
Capítulo 12
Dos días después me desmoroné. Todo comenzó con una llamada de Darla
para decirme que el viernes 15, es decir, diez días después, celebrarían en su
casa el cumpleaños de Mark. Darla era una excelente anfitriona y cuidaba de
cada detalle, y lo cierto es que durante los últimos tres años las fiestas se
habían ido superando unas a otras.
Con Darla, no obstante, no siempre congeniamos de la mejor manera.
Cuando nos conocimos yo estaba en mi peor momento con el alcohol y eso
sin duda influyó de un modo determinante. La consideré siempre una mujer
pendiente de las apariencias —algo que sigo pensando, en parte— y que me
veía como una mancha en su idea de familia perfecta. Una carga. Al principio
mi hostilidad hacia ella fue notoria, pero Darla fue paciente. Un día vino a mi
casa y mantuvimos una conversación franca; me habló de su vida, del tío que
la había criado: un hombre solitario con severos problemas de alcoholismo
que de buenas a primeras se vio en la obligación de criar a su sobrina de tres
años. Resultó que Darla sabía batallar con esos demonios incluso mejor que
yo. En su caso nunca había cometido excesos con la bebida, pero los había
visto día tras día desde que era una niña.
Nuestra relación se consolidó rápidamente y en poco tiempo llegué a
considerarla una buena amiga y confidente.
—¿Te encuentras bien, John?
Algo en su tono de voz me hizo suponer que sabía la respuesta a esa
pregunta.
—¿Mark te ha dicho algo?
—Sólo que no has tenido una buena semana. No me ha dicho nada más y
yo no se lo he preguntado; Mark está un poco ansioso con todo el asunto de
Meditek, así que prefiero que resuelva sus cosas a su tiempo.
—Sí, me ha dicho que tienen intenciones de vender.
Darla guardó silencio. Conociéndola, supuse que no aprobaría que Mark
se desprendiera del laboratorio. Pensé que me diría algo al respecto pero me
sorprendió con algo diferente.
—De hecho me iré unos días a Nueva York, con Lenna. Estos días siento
que soy un estorbo en mi propia casa. —Darla cambió el tono de voz—.
Escucha, John, debo ir a Lindon Hill a buscar el regalo para Mark. ¿Quieres
acompañarme?
Mi primera reacción fue negarme.
—Te vendrá bien, y a mí también —dijo Darla—. Le he comprado a un
coleccionista un tablero de ajedrez de hace más de cien años; podría decirle
que me lo envíe, pero me apetece tomar un poco el aire.
—Supongo que me vendrá bien despejarme un poco.
Darla pasó a buscarme quince minutos después. Lindon Hill estaba a
cuarenta minutos en coche con la carretera despejada, y ese martes por la
tarde ciertamente lo estaba. Durante el trayecto ella no volvió a preguntarme
cómo me sentía; sabía que si yo había tenido una recaída le hablaría de ello
cuando estuviese en condiciones. En cambio procuró mantenerme animado
hablándome del costoso tablero de ajedrez que había conseguido para mi
hermano. Me dijo que lo había comprado en una subasta y que había sido
utilizado en un campeonato mundial en Argentina, a principios del siglo
pasado.
—¿Crees que a Mark le gustará? —me preguntó con cierta preocupación
—. Viene con una carta de autenticidad.
—Le encantará.
También hablamos de Meditek. Contrariamente a lo que había supuesto,
Darla sí aprobaba la venta y me confió que era algo de lo que Mark le venía
hablando desde hacía tiempo. No me contó por qué pensaba de esta forma y el
hecho me intrigó.
—He tenido algunos roces con Tricia últimamente, por Jennie —dije de
repente.
Darla me miró. El desconcierto en su rostro me confirmó que
efectivamente Mark no le había dicho nada al respecto.
—Ha sido mi culpa —completé.
—Amas a esa niña, John. Créeme, eso es todo lo que cuenta. Y Tricia no
es una mala mujer, intenta hablar con ella.
—No ha sido sencillo —repliqué—, con Morgan siempre en el medio. Y
yo…, bueno, no he hecho bien las cosas.
Darla guardó silencio.
—No ha sido eso —dije con la vista en el frente—. No he vuelto a beber.
—Lo sé.
—Hablé con Tricia hace un rato y finalmente la convencí de que me
permitiera ver a Jennie mañana.
—Eso es genial.
No sé qué tan genial era tener que pedirle permiso a tu ex para ver a tu
hija, pero así eran las cosas.
La casa de antigüedades Morrison & Sons estaba ubicada en una parte de
la ciudad que había gozado de cierto prestigio en el pasado. Todavía podía
advertirse un dejo de glamur en los amplios escaparates y en las leyendas
doradas en los cristales, pero lo cierto es que la zona había ido perdiendo su
encanto durante los últimos años. Las tiendas más modernas y los nuevos
diseñadores se habían ido instalando en la avenida Lincoln, al norte de la
ciudad, y allí ya casi no quedaban tiendas de prestigio.
Aparcamos casi en la puerta y Darla me dijo que después podríamos
tomar un café antes de regresar. Me señaló una cafetería en la acera de
enfrente. Se llamaba Fabrizzio y parecía limpia y agradable.
—¿Prefieres acompañarme o quedarte aquí en el coche?
—Si te acompaño voy a descomponerme en cuanto me entere de cuánto
has pagado por ese tablero de ajedrez.
Darla rio.
—Es menos de lo que piensas. Conseguí un buen acuerdo.
—Te espero aquí, no te preocupes.
Ella no pareció del todo convencida pero finalmente se quitó el cinturón
de seguridad y salió del coche. La vi entrar en la tienda y hablar con un
hombre mayor vestido de otra época. Juntos franquearon una puerta lateral y
los perdí de vista.
Miraba por la ventanilla cuando vi aparecer la furgoneta.
La misma furgoneta que había visto en el promontorio del reptil, sin
ningún tipo de dudas. Mi primera reacción fue sumergirme en el asiento del
acompañante hasta que mis ojos apenas asomaban por la ventanilla.
La furgoneta venía en sentido contrario, avanzando despacio. No pude ver
al conductor pero sí al acompañante, un hombre de barba, boina azul y gafas
de lectura. Su perfil de nariz afilada se me grabó a fuego.
Cuando pasaron de largo me volví y alcancé a ver como la furgoneta
doblaba, un poco más allá de Fabrizzio. Sin pensarlo me bajé del coche y
corrí. Al llegar a la intersección no vi a la furgoneta, que seguro ya había
alcanzado la siguiente esquina, pero sí al hombre de la boina azul. Tenía más
o menos mi edad y aspecto intelectual, vestía una camisa entallada color azul
y llevaba una bolsa de cuero. Me oculté detrás de un buzón y advertí como el hombre miraba desde la esquina en dirección al coche de Darla, aparcado
calle arriba. Parecía dudar respecto a qué hacer.
No sabes que te estoy mirando desde aquí, grandísimo hijo de puta.
El hombre entró en la cafetería y al cabo de un momento vi que ocupaba
uno de los reservados junto a la ventana, desde donde tenía una visión
perfecta de la tienda de antigüedades. Estimé que no era capaz de darse
cuenta de que yo ya no estaba en el coche así que debía aprovechar esa
pequeña ventaja. Ese tipo tenía las respuestas que yo necesitaba y no iba a
dejarlo escapar.
Crucé la calle y entré en Fabrizzio. El hombre estaba de espaldas a mí, sus
hombros estrechos y la boina asomando por encima del asiento corrido. La
cafetería no estaba llena pero había varias mesas ocupadas. Un par de
camareras caminaban por el salón con bandejas y jarras de café. Una de ellas
le servía una taza al hombre de la boina en ese momento. Me senté a una
mesa y esperé a que la mujer terminara de servirle. No iba a esperar
demasiado. En cuanto la camarera se retiró me levanté y fui directo a la mesa
con decisión.
Me acerqué por la espalda, de modo que no podía verme. No tenía un plan
trazado, pero sí sabía que iba a sentarme enfrente del tipo para ver su reacción
y exigirle explicaciones. Si hubiera estado atento a los detalles, hubiera
advertido de inmediato que algo estaba fuera de lugar. Pero no estaba
pensando con claridad, de hecho, estaba haciendo exactamente lo opuesto.
Me encontraba justo detrás de él cuando mi precario plan empezó a salirse
de curso. El hombre de la boina había sacado un sobre de su bolsa y en ese
momento examinaba su contenido: una fotografía de estudio de una
muchacha a la que reconocí de inmediato. Llevaba el cabello recogido en un
moño y tenía una media sonrisa enigmática, pero no tuve ninguna duda de
que aquélla era la chica que había muerto en mi casa.
Me quedé helado. El hombre siguió contemplando la fotografía un rato y
la volvió a guardar en el sobre. Y entonces perdí la compostura. Me adelanté
y cogí al tipo de la camisa. La sorpresa del hombre fue tan grande que levantó
las piernas y golpeó las rodillas con fuerza. La mesa se sacudió y la taza
derramó prácticamente todo el café. De una mesa contigua un grupo de chicas
empezaron a chillar.
—¡¿Quién mierda eres?! —grité en dirección al extraño. Lo levanté de la
camisa y luego lo empujé contra el asiento. La boina se cayó dejando al
descubierto una incipiente calvicie.
El tipo no reaccionaba. O el pánico que sentía era genuino o sus
capacidades actorales eran sobresalientes, pensé.
—¿Qué… qué…? —balbuceaba.
El encargado de la cafetería se me acercó e intentó agarrarme del brazo
pero se lo impedí.
—Llama a la policía ahora mismo —le dijo a la muchacha que estaba en
la caja.
Las muchachas seguían chillando y varios de los presentes se habían
levantado de sus mesas y alejado de mí lo máximo posible.
—¡Estabas siguiéndome con la furgoneta! —increpé al tipo con un dedo
acusador—. ¡¿Quién eres y quién es la chica?!
La mandíbula del tipo temblaba.
—¿Qué… qué chica?
Señalé el sobre.
—¡Ésa, hijo de puta!
El rostro del hombre se transformó.
—Es… mi hija —dijo.
Ese tipo tenía mi edad, a lo sumo dos o tres años más. Era imposible que
fuera el padre de la chica muerta. ¡Lo tenía! Estaba mintiendo
descaradamente. Me lancé sobre él y el tipo se encogió. Iba a golpearlo
cuando dos brazos me apresaron. El encargado a mi derecha y otro hombre
corpulento a mi izquierda. Este último llevaba un delantal blanco por lo que
supuse que había salido de la cocina.
—Se terminó el show —dijo el cocinero.
—Largo de aquí, ya mismo —dijo el encargado—. La policía está en
camino.
Forcejeé para liberarme pero no pude.
—¡Ésa no es tu hija! —espeté—. Abre el puto sobre y muéstranos la
fotografía a todos, cabrón hijo de puta.
—No tiene que hacer nada, caballero —dijo el encargado—. La policía
está en camino.
Y entonces lo vi. Sobre la mesa estaba la taza con parte del café
derramado, el sobre blanco, y también las llaves de un coche. Eran de mando
a distancia, similares a las de Darla. No había forma de que le hubiesen
instalado a la vieja furgoneta un sistema de ese estilo. No tenía sentido. Mis
dos captores debieron de advertir mi estado porque lentamente me soltaron.
Yo no dejaba de observar las llaves.
—No tengo una furgoneta —dijo el hombre. Era la primera vez que
hablaba con cierta fluidez. Agarró las llaves y presionó el botón del sistema
de apertura de puertas.
A través de la ventana pudimos ver cómo las luces de un Ford Focus se
encendían intermitentemente al tiempo que sonaba la bocina.
Me quedé de piedra. Ese tipo había bajado de la furgoneta, yo lo había
visto con mis propios ojos.
Pero entonces comprendí; el coche tenía que haber estado aparcado allí
antes, ¡claro que sí!
Lo usaría para seguirte de regreso a Carnival Falls.
—Abre el puto sobre —mascullé.
Un policía franqueó la puerta de la cafetería y todos se volvieron en esa
dirección, incluido yo. Las muchachas chillonas ahora celebraban la llegada
del oficial.
Antes de que el policía llegara a nosotros el hombre de la boina se inclinó
y habló en voz baja.
—Amigo, son fotografías de mi hija, me has confundido con otra persona.
—Muéstramelas —le espeté.
El policía se acercaba, sopesando la situación que no parecía ser más que
un simple altercado entre dos clientes.
El hombre agarró el sobre y extrajo dos fotografías, que colocó con
cuidado sobre la mesa, lejos de la mancha de café y de mi alcance.
Sentí que el mundo se derrumbaba bajo mis pies.
Eran las fotografías de una niña de unos ocho o nueve años. En una de
ellas llevaba el cabello recogido en un moño.
—Es mi hija —decía el hombre.
—¿Qué está sucediendo aquí? —dijo el policía con voz de trueno.
Yo seguía con la vista puesta en las fotografías. No podía entenderlo.
Había visto a la chica muerta, y sin embargo ahora la fotografía era la de una
niña. ¿Cómo podía haberla confundido?
—¿Caballero?
A mi alrededor apenas podía percibir una amalgama de sonidos. Varios de
los comensales murmuraban cosas, algunos incluso reían. Capté algunas
palabras sueltas. Loco. Hija. Policía.
—No…, no me siento bien.
—Me ha confundido con alguien —dijo el hombre, mientras volvía a
colocarse la boina—. No ha pasado nada.
—¿Está seguro?
Escuchaba todo como si sucediera detrás de un grueso telón. Incluso
cuando el hombre de la boina volvió a guardar las fotografías de su hija en el
sobre yo seguía mirando el sitio donde habían estado.
—¡¿John?! —La voz de Darla me arrancó de mi ensimismamiento.