Amnesia

Federico Axat · Capítulo 35 de 86

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Amnesia

Capítulo 35

 

 

Harrison y Lauren se marcharon de la fiesta en cuanto pudieron saludar a

Mark, que se presentó con ánimos renovados apenas media hora después de

que yo hablara con él en la terraza.

El resto de la velada la transité en piloto automático. Con Maggie optamos

por no sentarnos en ninguna parte. Fuera del excomisario y su esposa, no nos

apetecía una conversación demasiado extensa con ninguno de los asistentes, y

desplazarnos nos permitía seleccionar mejor a nuestros interlocutores. En dos

ocasiones estuve a punto de decirle a Maggie lo que había escuchado desde el

pasillo de la segunda planta, pero opté por no hacerlo; todavía no había

conseguido establecer la conexión adecuada en mi cabeza. Los puntos estaban

allí, pero unirlos de la manera correcta se me escapaba por completo.

Ian Martins, que también parecía haber adoptado un comportamiento

nómada en el jardín, me divisó en determinado momento y me saludó

levantando la mano. Dos minutos después, en un descuido de mi parte, se

materializó a mi lado y me envolvió en un abrazo.

—¡Johnny, amigo!

Siempre había tenido una buena relación con Ian. No era su amigo, pero le

tenía aprecio, supongo que por carácter transitivo. Lo primero que se me

ocurrió fue preguntarle acerca de la venta de Meditek. Él se llevó un dedo a la

boca.

—Arruinarás la sorpresa —dijo guiñándome un ojo.

Estaba a punto de decir algo más, posiblemente algo inoportuno producto

de mi incomodidad, cuando se escucharon los suaves golpecitos de una

cuchara sobre una copa.

El orador oficial solía ser Chris Murphy, el mejor amigo de Mark, por lo

que me sorprendí al ver a Darla cuando dejaba la copa sobre la mesa y se

llevaba el micrófono a la boca.

—Gracias a todos por venir —dijo Darla. Se tomó unos segundos para

mirar a algunos de nosotros a los ojos—. Muchos de vosotros ya conocéis

parte de la historia, pero hoy me hace ilusión contárosla completa. Cuatro

años atrás estaba en Lindon Hill por casualidad; una chica de Boston que no había cumplido los treinta, persiguiendo el sueño de crear su propia empresa

de negocios inmobiliarios. Hija única, sin padres, estaba sola. Una amiga de

la universidad me dijo que unos conocidos de su padre necesitaban comprar

un edificio de tres plantas y que tenían un cuarto del dinero necesario; el resto

iban a pedirlo prestado al banco. Hablé por teléfono con ellos y les dije que

podía ayudarlos, que nos reuniríamos primero y luego iríamos al banco

juntos. Si la operación se llevaba adelante, cobraría una comisión. —Darla

hizo una pausa y miró hacia el cielo—. Por supuesto, no tenía idea en lo que

me estaba metiendo. En ese momento pensé: no puede ser tan complicado.

Tenía varios días para estudiar las posibilidades.

Todos escuchaban a Darla con atención, yo incluido, pues no conocía esa

parte de la historia.

—Alquilé un coche en el aeropuerto y fui a reunirme con los interesados

—continuó Darla—. Creo que nunca he estado tan nerviosa en mi vida. Había

estudiado la teoría, repasado los textos de la universidad, pero esto era el

mundo real. Se darían cuenta de que estaba improvisando, pensé, los

inversores y también los del banco. Estuve varias veces a punto de regresar,

inventarme cualquier excusa… Pero entonces, a dos manzanas del aeropuerto,

un Mercedes apareció de la nada y choqué con su parte de atrás. —Darla se

inclinó y en tono de complicidad agregó—: Toda la culpa fue mía.

Algunos rieron. Darla se quedó observando a Mark, evocando el accidente

que había hecho que se conocieran. Mark la observaba a su vez con una

expresión entre triste y apesadumbrada.

—Me quedé de piedra tras el volante. Estaba en shock. El hombre se bajó

del coche y apenas se fijó en los daños. Se acercó a la ventanilla y con la voz

más calmada del mundo me preguntó si estaba bien. Le dije que sí y empecé a

llorar desconsoladamente. Aparcó su coche a un costado y me pidió que

hiciera lo mismo. Cuando me tranquilicé le conté que tenía un compromiso,

que no tenía demasiado tiempo, y por alguna razón le expliqué la situación.

Se trataba de un completo desconocido, pero tenía que compartir con alguien

lo inconsciente que había sido al comprometerme a hacer algo que estaba

fuera de mis posibilidades. ¿A quién quería engañar?

Darla no le quitaba los ojos de encima a Mark. Era como si sus palabras

hubiesen conseguido borrar el pasado reciente y verlo como lo había hecho

aquel día.

—Dios me envió a un ángel salvador —dijo Darla con suma seriedad—.

Me dijo que él podía ayudarme, que tenía algo de experiencia.

Darla sonrió.

—Algo de experiencia. —Se burló de sí misma. Por un momento le habló

directamente a Mark—. Estabas tan apuesto, con ese traje azul, es como si

pudiera verte. Me consolaste, me dijiste que todo estaría bien, que no me

preocupara. Llevabas el perfume de Hugo Boss que a mí me hace pensar en

accidentes de coches.

Mark asintió, ahora esbozando una sonrisa. ¿También él lo sentía?

¿También mi hermano estaba viajando en el tiempo?

—Fuimos en tu Mercedes a reunirnos con los inversores. Supe el nombre

de mi nuevo asociado apenas un minuto antes de entrar. Y por supuesto se

quedaron impresionados; Dios, yo misma lo estaba. No dije prácticamente

nada. Reunimos la documentación y fuimos al banco, y otra vez fue Mark

quien llevó adelante la conversación. Tan simple como eso. Un mes después

todo estaba listo para proceder con la compra. Fue la primera vez que alguien

me ayudaba de forma desinteresada.

—No fue del todo desinteresada —dijo Mark, y varios invitados rieron.

Darla y Mark se miraban. Se había generado entre ellos un canal invisible

de comunicación que nos era ajeno al resto. ¿Era posible recuperar aquella

chispa inicial?

—Fuiste bueno conmigo ese día; caballero, protector, atento. Y ese día me

enamoré de ti.

Hubo un breve instante de expectación. Una bola había sido lanzada hacia

arriba y había ascendido sin parar, todavía sin ser vencida por la gravedad.

Podía subir un poco más o permanecer suspendida, para luego empezar a

caer. Darla dudó un momento. ¿Le diría que lo seguía amando como el primer

día? La bola esperaba, en perfecto equilibrio…, y finalmente cayó

estrepitosamente, como los aplausos que vinieron a continuación.

—Feliz cumpleaños, Mark —dijo Darla entregándole el micrófono a

Chris Murphy—. Y ahora sí, las palabras que todos estáis esperando.

Chris hacía un gesto con las manos para indicar que no era para tanto.

—Muchas gracias, Darla.

Los rostros se volvieron hacia Chris.

—Es la tercera vez que Darla me llama para pedirme que diga unas

palabras. La primera vez me entusiasmé mucho, pasé la noche prácticamente

en vela repasando las miles de anécdotas que teníamos juntos, querido Mark.

—Miró al aludido, que levantó la copa que sostenía en la mano—. Fue una

noche muy especial, aquélla. Al año siguiente también me puse contento…,

pero elegir la anécdota no fue tan sencillo. Ustedes la escucharon, ¿verdad?

Nada demasiado impresionante. Esta vez, cuando Darla me llamó, pensé: «¡No de nuevo!»… Resulta que no son tantas anécdotas como creíamos,

amigo. Todos tienen una o dos anécdotas grandiosas, como cuando nos

hicimos pasar por los nietos del señor Meyer…

Hubo un estallido de risas. El señor Meyer había sido un encantador

viejecito con alzhéimer, bastante célebre en Carnival Falls.

—Cuando Darla me llamó, raspé el fondo del tarro mental donde guardo

las anécdotas graciosas y ya no había nada. Lo siento, Mark. Has tenido una

vida aburridísima, entre tubos de ensayo y microscopios, o vaya uno a saber

qué cosas haces en tu trabajo.

Chris hizo una pausa. Caminaba lentamente en un improvisado círculo.

Era un orador magnífico; trabajaba en una organización humanitaria y parte

de su trabajo era hablar en público. Sabía cómo encantar.

—Conozco a Mark desde la escuela primaria, casi desde que tengo uso de

razón. De pequeño pasaba más horas en su casa que en la mía. Cuando

nuestra querida Silvia enfermó, las visitas se hicieron menos frecuentes.

Chris le dio a su voz una inflexión más grave al mencionar a mi madre. El

DJ advirtió de inmediato el tenor de sus palabras y la música, una melodía de

violines, se volvió apenas audible.

—Las visitas se espaciaron por mi culpa —dijo Chris con pesar—.

Podríamos decir que no estaba acostumbrado a lidiar con las adversidades,

ver cómo aquella enfermedad había cambiado la armonía de la familia…, me

perturbaba. No estaba preparado. Silvia no era mi madre, pero la sentía de esa

forma; los Brenner eran mi familia. Lo cierto es que empecé a buscar excusas

para no ir a su casa.

En cuestión de segundos el clima había cambiado por completo. La sola

mención de mi madre generó un profundo pesar en algunos, y quizás cierta

preocupación en otros que no conocían a Chris como yo. Sabía que no diría

nada inadecuado ni caería en una sensiblería gratuita. Aunque no podía ver a

Mark, sabía que él pensaba lo mismo que yo.

—Una de las desventajas de tener un amigo genio es que no puedes

ocultarle nada —dijo Chris—, y Mark desde luego se dio cuenta de lo que me

pasaba. No me lo hizo saber de inmediato, porque eso hacen los amigos, pero

un día me llamó y me dijo que quería que fuera a su casa. Para ese entonces

Silvia no estaba tan bien, pasaba mucho tiempo en su habitación. Fui una

noche. Mark me recibió en la puerta…, lo recuerdo perfectamente; fue una

noche muy similar a la de hoy.

Chris tenía la atención de todos, incluso la mía, que no tenía idea de qué

era lo que iba a relatar a continuación. No conocía ese episodio. Como todo lo que tuviera que ver con mi madre, me movilizaba profundamente. Me sentí

transportado a ese momento…, y por un instante fue como estar con mi madre

de nuevo.

—Mark no se anduvo con rodeos y me dijo que quería que viera a Silvia;

el resto de la familia dormía o no estaba en casa. No me dijo nada más hasta

que llegamos a la habitación, y allí encontramos a Silvia recostada. Para ese

entonces ella se comunicaba con los ojos. Mark le formulaba preguntas y ella

pestañeaba. Tenían un panel muy ingenioso con frases y letras. Silvia empezó

a pestañear y Mark fue señalando las letras en el panel. Primero la A, después

la B…, la R. «Abrazo», dijo Mark. Silvia pestañeó. Le di un fuerte abrazo,

sintiendo su cuerpo frágil, y lo cierto es que no quería despegarme de ella.

Lloré…, y ella también. Fue nuestro momento y estoy seguro de que ella me

entendió. No recuerdo haber dicho una sola palabra esa noche. Nos sentamos

al costado de la cama y Mark me dijo algo que jamás olvidaré: «No todo lo

que huele mal es mierda».

Mark asentía, a punto de quebrarse.

—Se convirtió en nuestra frase, la decíamos todo el tiempo. La recuerdas,

¿verdad? Estoy seguro de que sí…, con ese cerebro de silicio que tienes.

Nunca te lo he dicho en todos estos años, pero siempre recuerdo ese momento

que me regalaste. Porque para mí fue muy importante despedirme de Silvia.

Chris hizo una pausa, emocionado. Buscó con la vista a su esposa, que

estaba entre los presentes, con su hijita en brazos. Los que no conocían a

Chris, en ese momento lo comprendieron todo.

—No todo lo que huele mal es mierda —repitió Chris—. Gracias, amigo

mío, por tantos momentos compartidos, por tu sabiduría, por estar siempre un

paso adelante de todos y por ocuparte de todos, por hacer perfecto lo

imperfecto…, por ser el mejor amigo del mundo.

Todos los invitados, sin excepción, rompieron en un efusivo aplauso.

Chris y Mark se abrazaron. A continuación, mi hermano dirigió unas palabras

de agradecimiento, como solía hacer todos los años. Fue un discurso breve

pero sentido, con su lucidez habitual para encontrar las palabras correctas. Sin

embargo, también creí advertir cierta incomodidad y un hecho llamativo:

nunca me miró a los ojos.