Amnesia

Federico Axat · Capítulo 55 de 86

Páginas del PDF

Amnesia

Capítulo 55

 

Aparqué en la gasolinera de Paradise Road y la calle Sycamore y entré para

pedirle las llaves del baño al encargado, un joven somnoliento que se movía

con una parsimonia exasperante.

Lo que empezó como una caminata acelerada hasta la parte de atrás se

convirtió en una carrera. Debí valerme de varios intentos hasta introducir la

llave en la cerradura, todo sin dejar de sacudirme frenéticamente. Cuando abrí

la puerta me abalancé a un cubículo al tiempo que me desabrochaba el

cinturón y bajaba la cremallera. Un rayo láser perforó los azulejos hasta que

pude apuntar en la dirección correcta. La presión fue disminuyendo y con ello

sobrevino una sensación de alivio descomunal.

Salí del baño como un hombre apaleado. Me tomé el tiempo para cerrar la

puerta con llave y caminé hacia el frente. Antes de dar la última vuelta me

detuve en seco. A unos cinco metros de donde me encontraba surgió la figura

de una mujer; llevaba un pañuelo en la cabeza, anteojos de sol y hablaba por

teléfono. Su voz era inconfundible. Darla lloraba, le decía a alguien que

estaba muy cerca de su casa y que en unos minutos estaría allí.

En otra circunstancia hubiera asistido de inmediato a Darla. Hubo algo, no

obstante, que hizo que me quedara con la llave en la mano, muy quieto, como

un animal ante una amenaza. Ella dio media vuelta y regresó por donde había

venido.

Caminé lentamente y vi como entraba en la gasolinera. Dudé un instante y

me metí en el coche. Conduje a toda prisa y en cinco minutos estuve de

regreso en la mansión de Ian, sólo que ahora pasé junto al portón —que

seguía abierto— y aparqué a una manzana de distancia. Regresé caminando.

Estaba seguro de que Darla utilizaría la entrada trasera. Me aposté a un lado,

detrás del cerco vivo, desde donde podía ver perfectamente el portal.

El coche de Darla llegó apenas unos minutos después. Avanzó por el

camino privado a una velocidad excesiva y se detuvo exactamente donde yo

lo había hecho hacía un rato. La puerta se abrió y la figura de Ian se recortó

en el umbral. Darla corrió a sus brazos, todavía presa del llanto y la

desesperación.

No dijeron nada. Él simplemente la meció suavemente y le acarició el

cabello. Ian escrutaba el jardín trasero como si se sintiera observado.

Darla se apartó ligeramente y estampó sus labios en los de Ian Martins.