Amnesia

Federico Axat · Capítulo 30 de 86

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Amnesia

Capítulo 30

 

 

Conducir durante casi una hora a Lindon Hill en busca del autor de un blog

que podía estar en cualquier parte del mundo era, en apariencia, como buscar

una aguja en un pajar; sin embargo, Maggie y yo teníamos la convicción de

que allí encontraríamos a SpeedRacer95. Viéndolo en retrospectiva, tenía

sentido. Las piezas empezaban a encajar, aunque todavía no fuésemos

capaces de verlas con demasiada claridad.

La pasé a buscar por su casa a las diez de la mañana. Durante el trayecto

intenté hablar de Londres, pero Maggie guardó silencio o respondió con

monosílabos. No quería forzarla. Me sentía culpable por cargarla con mis

problemas y por supuesto ella me importaba. Ensayé una tibia pregunta

acerca de lo que Ross había escuchado de la señora Lloyd: el rumor sobre un

embarazo y la pérdida del niño, a lo que Maggie se limitó a negar con la

cabeza. Le dije que mi intención era sólo ayudarla, que por supuesto la

respetaba si necesitaba más tiempo.

Cuando empezamos a hablar de cómo haríamos para encontrar a

SpeedRacer95 Maggie volvió a ser la misma de siempre. El plan era sencillo:

Maggie localizaría a algún grupo del equipo de esgrima, diría que era una

estudiante que estaba realizando un trabajo sobre la interpretación de los

sueños y se mostraría interesada en las experiencias de un alumno de la

universidad cuyos trabajos había leído online. Si nuestro chico había hablado

con sus conocidos acerca de los sueños, como aseguraba en su blog, era

posible que alguien nos pudiera decir algo al respecto. Convinimos en que

sería mejor que yo no apareciera en escena; Maggie sería mucho más

convincente en su papel de chica universitaria y no tendría problemas en

hacer hablar a un grupo de esgrimistas.

Llegamos al campus de la universidad de Lindon Hill donde yo había

hecho un efímero intento por estudiar historia del arte. Aquellos meses de

frustraciones regresaron en ramalazos nostálgicos. Había algo atrayente en la

vida universitaria que echaba de menos, aunque para mí siempre había sido

un camino que seguí por imitación de mi hermano mayor más que por

convicción propia. Más de una vez pensé en regresar, porque la vida académica me seducía y vivía mi formación autodidacta con cierta

inseguridad, pero entonces llegó Jennie y ese tren se fue definitivamente. No

culpo a mi hija por ello; si hay algún culpable, soy yo.

No recordaba un gimnasio específico de esgrima, por lo que nos dirigimos

al único gimnasio que yo conocía. Entramos por una puerta trasera al inmenso

edificio que albergaba, entre otras instalaciones, un campo de baloncesto con

tribunas para varios cientos de personas. Un estudiante nos confirmó que el

equipo de esgrima practicaba en ese mismo lugar pero que no sabía cuándo.

Cruzamos el campo y llegamos a la parte principal donde había un gran

recibidor con fotografías y exhibidores con trofeos. Un joven nos llamó

inmediatamente la atención porque llevaba en sus manos una máscara de

esgrima. Apresuré el paso, asumiendo que Maggie haría lo mismo para

interceptarlo, cuando el joven abrió una puerta y desapareció. Antes de

seguirlo me volví en busca de Maggie pero mi amiga no estaba a mi lado.

Durante unos segundos no la vi. Los estudiantes que transitaban el salón

en todas direcciones parecían haberse multiplicado. Un ruidoso equipo de

baloncesto vociferaba; uno de ellos botaba el balón. Divisé a Maggie

caminando en dirección opuesta a mí, como poseída. Me apresuré para

alcanzarla.

—Es él —dijo.

Una cortina de muchachas se disipó y un improvisado santuario hizo su

aparición. En el centro había una fotografía de un muchacho.

Stuart Nance

8 de junio de 1995

17 de abril de 2015

 

La muerte del estudiante había tenido lugar veintiún días atrás. Además de

un cuaderno con escritos de sus compañeros había una serie de fotografías del

muchacho, en varias aparecía con la vestimenta de esgrima y en otras en su

motocicleta. Entendí perfectamente por qué Maggie había llegado a la

conclusión de que Stuart Nance podía ser SpeedRacer95. La universidad

correcta, miembro del equipo de esgrima y al parecer un entusiasta de la

motocicleta.

—¿Lo conocíais? —Una voz de mujer hizo que nos girásemos al mismo

tiempo.

Reconocí a la muchacha de inmediato. Acababa de verla en una de las

fotografías abrazada a Stuart.

—No directamente —dijo Maggie, mucho más rápida que yo a la hora de

reaccionar.

La chica asintió. Se acercó al cuaderno y repasó con rapidez los escritos.

—Nada nuevo —dijo en tono neutral—. Vengo todos los días a revisar.

Es increíble que alguien pueda escribir algo inapropiado en una situación así,

pero ocurre. Hay gente estúpida, incluso en la universidad.

Maggie negaba con la cabeza. La conversación era entre ellas.

—Tú eras su novia, ¿verdad?

—Así es.

—Mi nombre es Maggie. —Maggie extendió una mano y me presentó

como su novio—. Lamento mucho tu pérdida.

La chica asintió con un gesto mecánico. Estrechó nuestras manos.

—Soy Katie.

—Katie, somos de Boston; estoy haciendo un trabajo para la universidad.

La chica cambió de actitud inmediatamente. Supongo que imaginó que

podíamos ser periodistas.

—Es un trabajo sobre la interpretación de los sueños.

La expresión de Katie se suavizó.

—Oh sí, Stuart estaba fascinado con el tema.

Intercambiamos miradas. Aquella revelación fue la confirmación de que

Stuart Nance era SpeedRacer95. El esgrima, el motociclismo…, además de la

interpretación de los sueños; eran demasiadas coincidencias.

—Leí algunos de sus escritos online —explicó Maggie.

A nuestro alrededor el bullicio continuaba y Katie empezó a mirar a uno y

otro lado con claras intenciones de marcharse.

—Stuart estaba muy enfrascado en esas cosas. Él y ese chico, Alex. No lo

sé, quizás estaba pensando en eso cuando se cayó de la motocicleta…

La voz se le quebró.

—Perdón, no hemos querido importunarte.

Katie negó con la cabeza y se secó un par de lágrimas que no llegaron a

salir. Cuando Maggie iba a formularle la siguiente pregunta, la muchacha se

disculpó y dio media vuelta.

Nos quedamos en silencio. La muerte de Stuart hacía que nuestra aventura

detectivesca pareciera un poco estúpida. Maggie hojeó el cuaderno sobre la

mesa. Leyó los comentarios y las firmas a toda velocidad.

—Un solo Alex —dijo sin mirarme—. Alex Lange.

Cogió el móvil del bolso.

—Tenemos suerte. —Maggie seguía con la vista puesta en la pantalla del

móvil—. Alex Lange, estudiante de Lindon Hill. Y está online en este

momento.