Amnesia

Federico Axat · Capítulo 59 de 86

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Amnesia

Capítulo 59

 

 

Tenía la convicción de que esa noche no podría conciliar el sueño. Eran las

nueve o las diez, y en vez de cenar me senté en el porche trasero y escruté el

bosque. Quieto, tan quieto que el detector de movimiento que activaba la luz

se olvidó de mí y permitió que la oscuridad me envolviera. Mis ojos se fueron

acostumbrando lentamente. ¿Había estado Mark en casa esa noche antes de

que habláramos por teléfono? La pregunta me perturbaba. Llevaba más de

media hora envuelto en sombras cuando un recuerdo se me clavó en el pecho

como una flecha. Di un respingo y las luces se encendieron de inmediato. Me

puse de pie, alerta, y repasé el incidente que mi cabeza había sepultado en la

catarata de sucesos de aquella fatídica noche de sábado.

Cuando fui a arrojar la botella de vodka a Union Lake había creído ver

una cara fantasmal en la orilla, no demasiado lejos de donde yo estaba. El

rostro desapareció casi de inmediato, al punto de hacerme dudar de su

existencia.

Las luces volvieron a apagarse.

El extraño no sólo estuvo en mi casa sino que permaneció allí,

observándome.

¿Por qué se quedó?

¿Por qué te niegas a verlo?

El motor de un coche me devolvió a la realidad. Esperé, dando por

sentado que se alejaría, pero instantes después el lento andar por el camino

privado me confirmó que el coche en realidad venía a mi casa. Rodeé la casa

despacio, pendiente de los ruidos: el motor que se apagaba, el abrir y cerrar de

la puerta. Todavía no había dado el último giro cuando escuché el timbre. Al

llegar al jardín del frente reconocí primero el coche, luego la figura que

esperaba de pie en el porche.

—¿Maggie?

Se asustó al escuchar mi voz. Me acerqué con rapidez hasta que el cono

de luz me envolvió. Sólo entonces la expresión de Maggie se suavizó.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta surgió de forma espontánea y me arrepentí apenas terminé de

formularla.

—Yo…

—No quise decir eso. —Moví las manos hacia uno y otro lado como si

eso pudiera borrar mis palabras—. Estoy sorprendido de verte, es todo.

Llegué a su lado. Maggie se abrazaba los codos, desviaba la vista. Abrí la

puerta y la invité a pasar.

—¿Quieres un té? No son las cinco, pero quizás…

Mi gracia le dibujó una sonrisa efímera. Se sentó en el sillón.

—Maggs, ésta es tu casa, puedes venir cuando quieras.

Ella volvió a sonreír. Era el tipo de sonrisa que las mujeres dedican a los

hombres cuando tenemos un elefante delante y no podemos verlo.

—¿Vamos a tomar algo? —dijo como si la idea se le hubiese cruzado por

la cabeza en ese instante.

En ese momento reparé en el hecho de que Maggie no llevaba la misma

ropa que hacía unas horas. Los jeans eran los mismos, porque reconocí la

rotura a la altura de la rodilla derecha. Sin embargo, la camiseta con la

leyenda «Be Here Now» había sido reemplazada por una camisa blanca con

bordados. También se había retocado el maquillaje de los ojos.

—Llegué a casa y me sentí mal —dijo, todavía sin levantarse—. No me

gustó como fueron las cosas en casa de Ross.

—No tienes que…

—Sí, John —me interrumpió—, se supone que debemos estar contigo en

este momento, no alimentar teorías sobre las que no tenemos certezas. Siento

que desde que he venido no hemos podido… no sé, ser simplemente tú y yo.

Dejar un minuto todo de lado, ¿me entiendes?

Entendía perfectamente a qué se refería.

—Me cambio de ropa y en diez minutos estaremos camino al Lonely

Heart, te lo prometo.

Su rostro se transformó. Lonely Heart era un bar de mala muerte en la

calle Graham, en las afueras de la ciudad. La zona se había reconvertido a lo

largo de la última década pero el Lonely Hart había resistido como último

bastión de la decadencia de aquella exzona fabril.

—Pensaba que me sorprenderías con algún sitio nuevo.

Trepé las escaleras a toda velocidad, sin responder. Me puse una camisa

limpia e hice una parada rápida en el baño para lavarme las manos, la cara,

peinarme y ponerme un poco de perfume.

Lo cierto es que el Lonely Heart había sido completamente renovado. Lo

único que conservaba del viejo bar para camioneros y obreros era el nombre.

La última fábrica se había mudado unos cuatro o cinco años atrás y con ella la

poca clientela que mantenía el comercio a flote. El dueño, un anciano

testarudo de apellido Stillson, que había hecho de la supervivencia del Lonely

Heart una cuestión casi personal, finalmente se vio obligado a deshacerse de

él agobiado por las deudas y los problemas de salud. Stillson, no obstante, lo

vendió a precio de oro a un inversor con visión que lo transformó. Conservar

el nombre fue una decisión arriesgada, porque el Lonely Heart se había

convertido en sinónimo de decadencia en Carnival Falls. Sin embargo, resultó

ser una de las decisiones más acertadas, porque la noticia corrió como reguero

de pólvora y nadie quiso perderse el resultado. Cuando llegamos el sitio

estaba lleno a rebosar.

—Guau, es increíble. Realmente no queda ni rastro de lo que era este

tugurio.

El aparatoso y zumbante letrero de neón había sido reemplazado por una

sutil leyenda minimalista en el frente. Las antiguas ventanas de pequeños

cristales sucios eran ahora inmensos ventanales que invitaban a entrar, con

sus marcos curvos y amplios alféizares. La barra conservaba su ubicación

original pero era completamente nueva; las mesas, los reservados, todo era de

una calidad exquisita. La iluminación dotaba al flamante Lonely Heart de un

ambiente acogedor. La música era cuidadosamente seleccionada, y prueba de

ello fue la guitarra de Here comes de Sun que nos recibió apenas franqueamos

la puerta.

Maggie me agarró del brazo.

—Esta noche se trata de divertirse —me dijo al oído.

Una camarera sonriente se nos acercó y nos dijo que podíamos sentarnos

afuera o esperar una mesa adentro, que serían diez o quince minutos.

Optamos por esperar en la barra.

El barman, un joven de rasgos asiáticos y movimientos enérgicos, nos

preguntó qué nos apetecía beber. Yo pedí una Coca-Cola y Maggie, tras un

momento de vacilación y un ligero asentimiento de mi parte, se decidió por

una Victory Storm.

La noche fluyó como uno de esos trenes ultraveloces que flotan sobre los

rieles. Hablamos de música, de cine, de tonterías. La conversación entre

nosotros tenía esa familiaridad que habíamos descubierto durante las últimas

semanas, la misma de siempre, ahora con un elemento adicional

peligrosamente seductor: esa conexión innegable que nos había arrastrado a un amor juvenil, y la que yo jamás había experimentado con Tricia y mucho

menos con Lila. Con nadie en realidad.

Conduje de regreso a casa pasada la medianoche, y ése fue quizás el único

momento ligeramente incómodo. El coche de Maggie (que en realidad

pertenecía a su madre) nos esperaba en el camino privado. La carrocería negra

del Crown Victoria se mimetizaba con la noche, como la pregunta que

comenzaba a tomar forma. La escuchaba en mi cabeza, un tímido pero

persistente susurro, pero también podía verla en los ojos de Maggie.

—Mi madre va a necesitarlo mañana —dijo Maggie señalando el coche.

Aquello zanjaba la cuestión. No obstante, me vi en la obligación de decir

algo.

—Ha sido una gran idea. Esto.

Abrí los brazos. Estábamos de pie en un punto equidistante entre los dos

coches y la puerta de la calle. Los grillos repetían un patrón constante que

parecía presagiar que algo sucedería de un momento a otro.

—Cualquier cosa era mejor que quedarse solo en el porche —dijo

Maggie.

Sonreí.

—No cualquier cosa.

Maggie me sostuvo la mirada un segundo y empezó a revolver su bolso en

busca de las llaves. Un mechón de cabello le cubrió el rostro y se lo apartó de

un modo despreocupado, haciendo equilibrio un momento sobre la pierna

derecha y apoyando el bolso en la rodilla. Dio con las llaves y las exhibió de

modo triunfal.

Me gustaría que te quedaras, Maggie.

Entró en el coche y bajó la ventanilla. Me acerqué y me incliné

ligeramente. Apoyé una mano sobre la puerta, otra en el marco.

—Gracias.

Ella encendió el motor y se colocó el cinturón de seguridad. Su mano se

posó sobre la mía, un contacto sutil para decirme que lo mejor sería que me

alejara del coche, y eso hice, por supuesto. Había sido una noche perfecta y lo

mejor sería que terminara de esa forma.