Amnesia

Federico Axat · Capítulo 57 de 86

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Amnesia

Capítulo 57

 

 

El lunes cité a Maggie y a Ross en el apartamento de mi amigo, a las seis.

Supongo que entendieron de inmediato que no quería dejar constancia en

nuestros teléfonos de nada relacionado con Paula. Como medida preventiva,

ningún tema relacionado con Meditek sería discutido en mi casa. Bastaba

recordar la furgoneta en el camino abandonado para saber que era

perfectamente posible que me estuvieran vigilando.

Aparqué en la calle Madison y me encontré a Maggie sentada en el

escalón del portal del edificio de Ross. Llevaba puesta una camiseta con la

leyenda «Be Here Now».

—Nuestro amigo se ha retrasado en el trabajo —dijo ella—. Acaba de

avisarme.

—Milagro.

Me senté al lado de Maggie. Ross era de los que no le regalaba un solo

segundo a su empleador. En el móvil vi que eran las seis y diecinueve

minutos.

—Alguna catástrofe de proporciones épicas en la oficina de FedEx —dije.

—Eso, o ligó con alguien y no me lo ha dicho.

Esperamos en silencio. Ross llegó media hora más tarde con una caja de

Dunkin Donuts como señal de paz. Se disculpó y nos hizo pasar.

Mientras Maggie y yo nos sentábamos en el sofá, Ross se ocupó de

ordenar algunas cosas que habían quedado fuera de lugar el día antes —todo

bajo los parámetros de Ross, por supuesto—. Lo observé con incredulidad y

asombro, mientras él desplazaba objetos, reubicaba sillas y hacía todo lo

necesario para que el salón se ajustara a sus necesidades particulares. Cuando

terminó, se sentó frente a nosotros y agarró un donut. De un mordisco hizo

desaparecer la mitad.

Durante la siguiente media hora les hablé de mi visita a Ian Martins y del

fortuito hallazgo que vino después.

—¿Se besaron? —dijo Maggie sin ocultar su sorpresa—. No puedo

creerlo.

Me encogí de hombros. Ellos se miraron de un modo particular.

—¿Qué?

—Las cosas se han ido de las manos, Johnny.

—Antes incluso de lo que nos has contado.

—Con ese agente ya teníamos suficiente.

—Y ahora esto.

—Vale, ¿podéis dejar de hablar en estéreo? No hago más que pensar en

eso. He ido a hablar con Harrison también. Me dijo que si Frost aparece de

nuevo le avise de inmediato. A él y a tu padre. —Miré a Maggie.

—Me lo imaginé —dijo Maggie—, ayer el club B estuvo reunido en casa.

Me fui para que no se sintieran invadidos, pero supongo que hablaron de ti.

Mi padre está muy preocupado.

—Y eso que no saben ni la cuarta parte —agregó Ross.

Maggie sacudió la cabeza.

—No puedo creer que Ian y Darla mantengan una relación. ¿Tú

sospechabas algo, Johnny? ¿Alguna vez Mark te insinuó algo?

—Yo no tenía la menor idea. Mark nunca me dijo nada.

—¿Crees que…, pudo influir en su decisión? —Maggie se detuvo al

comprender la gravedad de sus palabras.

—No quiero ver fantasmas donde no los hay. Si Mark sabía que Darla le

era infiel con su socio, y si eso influyó en su decisión, nunca lo sabremos.

Los motivos me los llevaré a la tumba.

Maggie no parecía convencida.

—Es todo muy confuso.

—En eso estoy de acuerdo. No sé si Ian ha sido del todo sincero conmigo,

pero sí me pareció preocupado por la cancelación de la venta.

Ross estaba pensativo. Se había recostado en el sillón, las piernas

cruzadas, con el dedo índice y el pulgar se masajeaba la perilla.

—Lo que quiero decir —insistí— es que nada de esto ha beneficiado a Ian

o a Darla. El accidente de Stuart Nance, la desaparición de Paula Marrel y el

suicidio de Mark no han hecho más que atraer la atención de los federales. Y

no resulta algo descabellado. ¿Quién querría atraer ese tipo de atención? Con

los coreanos fuera, Ian está metido en un problema grande.

Cuanto más le daba vueltas a la cuestión, menos la entendía. Había en la

superficie algo evidente, y era que si Ian y Darla mantenían un romance a

espaldas de mi hermano, eso tarde o temprano iba a suscitar un problema

entre ellos. Problema que había quedado convenientemente resuelto con la

muerte de Mark, por supuesto. Sin embargo, era ridículo suponer que ellos

harían algo así sólo para salir airosos con una relación clandestina. Eso por no mencionar que el suicidio de Mark no estaba en duda, y asumir que había sido

inducido era la más ridícula de las hipótesis. Nadie que hubiese conocido a mi

hermano ni siquiera un poco orquestaría un plan que conllevara forzarlo a

hacer algo en contra de su voluntad.

Ross seguía ensimismado.

—¿En qué piensas?

—Quizás hemos pasado algo por alto… —dijo Ross. Lo conocía y sabía

que en su cabeza se estaba gestando una compleja idea que requería

maduración.

—¿Qué cosa?

—¿Qué te dijo exactamente Ian del chantaje de Stuart?

La pregunta me sorprendió. Me tomé unos instantes para revivir la

conversación con Ian en mi cabeza.

—Ian minimizó el chantaje, dijo que era trabajo de principiantes,

chiquillos jugando a los extorsionadores. Stuart lo llamó por teléfono y más

tarde se encontraron cerca de Meditek. El muchacho sabía del ESH no sólo

por haber participado en las pruebas y experimentado los efectos secundarios,

sino porque disponía de más información, algunos documentos confidenciales

que Paula había robado. No sé qué le pidió a cambio de no revelar la

información en su blog, supongo que dinero. A partir de entonces Paula dejó

de asistir al trabajo y más tarde denunciaron su desaparición.

A veces con Ross teníamos conexiones inexplicables, casi telepáticas, y a

medida que avanzaba en mi relato empecé a experimentar esa extraña

sensación. Era como si me hubiese metido en su cabeza. Resultaba un

misterio quién había asesinado a Paula en mi propia casa y por qué se habían

llevado el cuerpo, si es que el plan original había sido dejarlo allí e

inculparme.

—Quizás Paula no era parte del chantaje —dijo mi amigo poniéndose de

pie—. Lo hemos dado por hecho porque Ian Martins lo supuso de esa forma.

—Los documentos que tenía Nance eran internos —dije haciendo de

abogado del diablo, quería razonar con Ross—. Paula era parte del equipo de

seguridad informática del laboratorio, es obvio que ella era la única que los

podía obtener.

—Y eso no lo dudo. Pero pensemos lo siguiente. —Ross caminó hasta la

ventana y nos dio la espalda—: Stuart Nance estaba fascinado con Paula;

necesitaba entender por qué soñaba con ella. Y finalmente la conoce. Él pudo

tranquilamente haberla convencido de que lo que le decía de los sueños era

cierto, pero qué mejor modo de comprobarlo que verlo por sí misma.

Ross se volvió.

—Hasta aquí estamos casi seguros de que así fueron las cosas. Ahora, ¿y

si el chantaje fue idea de Nance y lo llevó a cabo él solo? Tú has dicho,

Johnny, que Ian asumió que Paula formaba parte de la extorsión porque por

esos días se ausentó del laboratorio y era la que tenía acceso a la información.

Maggie asentía, le gustaba el curso de aquel razonamiento.

—Mark nos dijo que Paula era una muchacha muy valiosa. En ningún

momento creyó que ella estuviera detrás del chantaje.

—No termino de ver en qué cambia esto la cosas —repliqué.

—En mucho —dijo Ross regresando al sillón. Se sentó en uno de los

brazos—. Porque entonces debemos encontrarle a Paula otro rol en esta

historia, otro motivo por el que Paula dejó de ir a Meditek y acudió a tu casa.

—Me gusta —decía Maggie—, me gusta.

Ross hablaba con entusiasmo.

—Si Paula fuese una chantajista, ¿para qué iría a verte a ti? El chantaje

nos ha despistado.

—Paula tiene que haber descubierto algo más, algo que quizás te

concierne a ti…

Me miró con ojos grandes.

—Algo… —completó Ross—, que alguien no estaba dispuesto a que

saliera a la luz. Por eso te estaban espiando desde esa furgoneta. La estaban

esperando para matarla.

Mi cerebro iba a toda velocidad para tratar de alcanzar a Ross.

—Paula fue a decirte algo importante —dijo Ross en tono críptico—.

Algo que le costó la vida.

Si la teoría de Ross era correcta, entonces lo que Paula había ido a

decirme esa noche había sido borrado por el ESH.

—¿Por qué se llevaron el cuerpo?

—Estaba todo dispuesto para señalarte a ti como el culpable del asesinato,

pero algo los hizo cambiar de idea.

—¿No estamos pasando algo por alto? —dijo Maggie.

Ross y yo la miramos.

—Estamos casi seguros de que te administraron el ESH, Johnny —dijo

ella, súbitamente pálida—. Sólo dos personas tenían acceso a la droga.