Amnesia

Federico Axat · Capítulo 82 de 86

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Amnesia

Capítulo 80

 

Unos meses después

Necesité superar la barrera de las treinta y una montaña de fracasos para

darme cuenta, finalmente, de cómo tenía que empezar a desatar ese nudo

gordiano en que se había convertido mi vida. Fue un largo proceso en el que

Maggie fue determinante.

La chispa que inició el cambio fue un hecho insignificante y fortuito.

Jennie acababa de cumplir los cinco años y ya evidenciaba capacidades

asombrosas para las manualidades; no se contentaba con dibujos

bidimensionales sino que creaba todo tipo de objetos con papel, cartón, latas y

cualquier cosa que encontrara en casa. Ese día se presentó en mi estudio y me

explicó que había encontrado algo escondido en el bosque. Con toda

solemnidad me enseñó una lámpara mágica hecha con cuatro piezas de cartón

pintado de color celeste.

—¿Cuál es tu deseo, papá?

En cuanto abrí la boca me advirtió que el genio podía leer la mente, así

que no debía decirlo en voz alta.

—Listo —mentí.

Lo cierto es que no sabía qué quería realmente más allá de las cosas

obvias. ¿Cómo era posible que la respuesta no brotara de forma instantánea?

La pregunta ya había estado rumiando en mi cabeza. La lámpara mágica

de Jennie la puso en evidencia. ¿Qué quería hacer con mi vida? Me

maravillaba no tener una respuesta clara y contundente, como los niños que

quieren ser policías, bomberos o astronautas. ¿Por qué yo no tenía esa

respuesta? ¿Cómo podría alcanzar mis sueños, o al menos intentarlo, si no

sabía cuáles eran?

Me propuse firmemente encontrar esas respuestas esquivas, ese ideal

inalcanzable que las personas deben, a mi humilde entender —ahora lo sé—,

perseguir sin pausa.

Tenía una libretita que llevaba a todas partes. Reflexionaba, apuntaba

pensamientos, lo anotaba todo, incluso las ideas más estrafalarias. Fue un

proceso de introspección y de honestidad conmigo mismo en el que comprendí, entre otras cosas, que no quería volver a probar una gota de

alcohol (ésta era sencilla, lo acepto) y que además había algo truncado en mi

vida, una deuda. Había publicado un puñado de libros infantiles de éxito

moderado, casi de forma accidental, y podía engañarme todo lo que quisiera,

pero sabía que artísticamente no me llevarían lejos.

Mis ilustradores favoritos de libro álbum no sólo eran genios de talento

inalcanzable, sino que me aventajaban en una carrera en la que yo ni siquiera

estaba corriendo. Maurice Sendak, Van Allsburg, Carle, Jeffers, Browne,

incluso Ian Falconer, quien había construido una obra admirable a partir de la

cerdita Kate.

Quería ser uno de ellos.

La respuesta era aterradora. Un fracaso garantizado.

Pero no importaba. Iba a regresar a la universidad y cursar los tres años

para graduarme en historia del arte. En mi ambicioso plan, los tres años serían

en realidad dos. Además, utilizaría ese tiempo para buscar mi identidad como

artista, necesitaba barajar y dar de nuevo, reconstruir los cimientos de mi

carrera. Reinventarme.

Ir a visitar a mi padre a su cabaña se había convertido en un hábito casi

terapéutico. Decidí hablar con él antes que con Maggie, y ese día de otoño

relativamente templado bebimos café en el porche. Muchas veces Harrison se

unía a nosotros, pero esa tarde estábamos sólo él y yo.

Empezaba a descubrir facetas desconocidas de mi padre, ahora que podía

verlo con una óptica adulta: un hombre admirable y buen consejero. Un

amigo.

Nunca le cuestioné su decisión de seguir viviendo en la cabaña. Se había

acostumbrado a ese tipo de vida, con visitas ocasionales; había desarrollado

un particular vínculo con la naturaleza, los animales, el bosque en general.

Harrison me lo advirtió, pero incluso yo fui capaz de percibirlo. Mi padre era

feliz en aquella cabaña remota, había mantenido un vínculo con sus amigos de

toda la vida y con Mark, y ahora me tocaba a mí. A veces, después de una o

dos horas de conversación, él se quedaba callado y observaba el lago, y en

esos momentos yo sabía que era tiempo de marcharme, de devolverle su

soledad.

En poco tiempo nuestro vínculo se fortaleció; podíamos hablar de

cualquier cosa. Elegíamos no hablar de mamá, porque su ausencia y las

circunstancias en torno a su muerte le afectaban profundamente. Una vez me

confesó que a veces soñaba con ella, pero no me reveló la naturaleza de esos sueños. Tampoco volvimos a hablar de Paula, porque así lo establecía el pacto

que el club B selló en la cabaña la noche del 17 de junio.

Cuando le dije a mi padre que pensaba regresar a la universidad, su apoyo

fue incondicional. Insistió en darme el dinero que Mark le había ido

proporcionando a lo largo de los años, pero no lo acepté. Era algo que debía

llevar a cabo con mis propios recursos. Conseguí trabajo en una agencia de

publicidad en Lindon Hill y además impartiría clases en la escuela Bishop.

Maggie fue mi otro gran sostén. Ella tenía sus propios planes, por

supuesto, necesitaba volver a echar raíces en Carnival Falls. Finalmente

decidió fundar, junto a su amiga Clare, una empresa de organización de

eventos: bodas, convenciones, conferencias; todo salvo funerales, bromeaba

cuando le preguntaban por sus nuevos horizontes laborales. Los eventos eran

en su mayoría en Lindon Hill así que muchas veces nos veíamos allí.

Decidimos que convivir tendría que esperar a que nuestras vidas profesionales

se encauzaran; una decisión que en retrospectiva resultó acertada. Fueron dos

años de mucho ajetreo, pero conseguimos sobrevivir.

Burke y McKenzie, la compañía de Maggie, consiguió forjarse una buena

reputación y trabajar con clientes selectos y redituables. Yo, por mi parte,

conseguí graduarme en historia del arte en poco más de dos años.

Y más tarde llegó Millicent Silvia Brenner, mi segunda hija y el vivo

retrato de Maggie. La mejor recompensa del universo.