Amnesia
Capítulo 80
Unos meses después
Necesité superar la barrera de las treinta y una montaña de fracasos para
darme cuenta, finalmente, de cómo tenía que empezar a desatar ese nudo
gordiano en que se había convertido mi vida. Fue un largo proceso en el que
Maggie fue determinante.
La chispa que inició el cambio fue un hecho insignificante y fortuito.
Jennie acababa de cumplir los cinco años y ya evidenciaba capacidades
asombrosas para las manualidades; no se contentaba con dibujos
bidimensionales sino que creaba todo tipo de objetos con papel, cartón, latas y
cualquier cosa que encontrara en casa. Ese día se presentó en mi estudio y me
explicó que había encontrado algo escondido en el bosque. Con toda
solemnidad me enseñó una lámpara mágica hecha con cuatro piezas de cartón
pintado de color celeste.
—¿Cuál es tu deseo, papá?
En cuanto abrí la boca me advirtió que el genio podía leer la mente, así
que no debía decirlo en voz alta.
—Listo —mentí.
Lo cierto es que no sabía qué quería realmente más allá de las cosas
obvias. ¿Cómo era posible que la respuesta no brotara de forma instantánea?
La pregunta ya había estado rumiando en mi cabeza. La lámpara mágica
de Jennie la puso en evidencia. ¿Qué quería hacer con mi vida? Me
maravillaba no tener una respuesta clara y contundente, como los niños que
quieren ser policías, bomberos o astronautas. ¿Por qué yo no tenía esa
respuesta? ¿Cómo podría alcanzar mis sueños, o al menos intentarlo, si no
sabía cuáles eran?
Me propuse firmemente encontrar esas respuestas esquivas, ese ideal
inalcanzable que las personas deben, a mi humilde entender —ahora lo sé—,
perseguir sin pausa.
Tenía una libretita que llevaba a todas partes. Reflexionaba, apuntaba
pensamientos, lo anotaba todo, incluso las ideas más estrafalarias. Fue un
proceso de introspección y de honestidad conmigo mismo en el que comprendí, entre otras cosas, que no quería volver a probar una gota de
alcohol (ésta era sencilla, lo acepto) y que además había algo truncado en mi
vida, una deuda. Había publicado un puñado de libros infantiles de éxito
moderado, casi de forma accidental, y podía engañarme todo lo que quisiera,
pero sabía que artísticamente no me llevarían lejos.
Mis ilustradores favoritos de libro álbum no sólo eran genios de talento
inalcanzable, sino que me aventajaban en una carrera en la que yo ni siquiera
estaba corriendo. Maurice Sendak, Van Allsburg, Carle, Jeffers, Browne,
incluso Ian Falconer, quien había construido una obra admirable a partir de la
cerdita Kate.
Quería ser uno de ellos.
La respuesta era aterradora. Un fracaso garantizado.
Pero no importaba. Iba a regresar a la universidad y cursar los tres años
para graduarme en historia del arte. En mi ambicioso plan, los tres años serían
en realidad dos. Además, utilizaría ese tiempo para buscar mi identidad como
artista, necesitaba barajar y dar de nuevo, reconstruir los cimientos de mi
carrera. Reinventarme.
Ir a visitar a mi padre a su cabaña se había convertido en un hábito casi
terapéutico. Decidí hablar con él antes que con Maggie, y ese día de otoño
relativamente templado bebimos café en el porche. Muchas veces Harrison se
unía a nosotros, pero esa tarde estábamos sólo él y yo.
Empezaba a descubrir facetas desconocidas de mi padre, ahora que podía
verlo con una óptica adulta: un hombre admirable y buen consejero. Un
amigo.
Nunca le cuestioné su decisión de seguir viviendo en la cabaña. Se había
acostumbrado a ese tipo de vida, con visitas ocasionales; había desarrollado
un particular vínculo con la naturaleza, los animales, el bosque en general.
Harrison me lo advirtió, pero incluso yo fui capaz de percibirlo. Mi padre era
feliz en aquella cabaña remota, había mantenido un vínculo con sus amigos de
toda la vida y con Mark, y ahora me tocaba a mí. A veces, después de una o
dos horas de conversación, él se quedaba callado y observaba el lago, y en
esos momentos yo sabía que era tiempo de marcharme, de devolverle su
soledad.
En poco tiempo nuestro vínculo se fortaleció; podíamos hablar de
cualquier cosa. Elegíamos no hablar de mamá, porque su ausencia y las
circunstancias en torno a su muerte le afectaban profundamente. Una vez me
confesó que a veces soñaba con ella, pero no me reveló la naturaleza de esos sueños. Tampoco volvimos a hablar de Paula, porque así lo establecía el pacto
que el club B selló en la cabaña la noche del 17 de junio.
Cuando le dije a mi padre que pensaba regresar a la universidad, su apoyo
fue incondicional. Insistió en darme el dinero que Mark le había ido
proporcionando a lo largo de los años, pero no lo acepté. Era algo que debía
llevar a cabo con mis propios recursos. Conseguí trabajo en una agencia de
publicidad en Lindon Hill y además impartiría clases en la escuela Bishop.
Maggie fue mi otro gran sostén. Ella tenía sus propios planes, por
supuesto, necesitaba volver a echar raíces en Carnival Falls. Finalmente
decidió fundar, junto a su amiga Clare, una empresa de organización de
eventos: bodas, convenciones, conferencias; todo salvo funerales, bromeaba
cuando le preguntaban por sus nuevos horizontes laborales. Los eventos eran
en su mayoría en Lindon Hill así que muchas veces nos veíamos allí.
Decidimos que convivir tendría que esperar a que nuestras vidas profesionales
se encauzaran; una decisión que en retrospectiva resultó acertada. Fueron dos
años de mucho ajetreo, pero conseguimos sobrevivir.
Burke y McKenzie, la compañía de Maggie, consiguió forjarse una buena
reputación y trabajar con clientes selectos y redituables. Yo, por mi parte,
conseguí graduarme en historia del arte en poco más de dos años.
Y más tarde llegó Millicent Silvia Brenner, mi segunda hija y el vivo
retrato de Maggie. La mejor recompensa del universo.