Amnesia
Capítulo 56
Descubrir que Darla e Ian mantenían un romance me golpeó. La relación
planteaba nuevos interrogantes, pero reaccionar ahora ante semejante
revelación hubiera sido un error. Iba a seguir adelante con el plan: actuar tal y
como Frost, o cualquier otra persona, esperaría que lo hiciera si no tuviera
nada que ocultar. Iría a ver a Harrison y le hablaría del encuentro con el
agente del FBI.
Lauren me recibió con un abrazo, sin mediar una sola palabra. A pesar de
habernos visto dos días atrás en la recepción, hubo en ese abrazo una gran
carga emocional. Hacía tiempo que no iba a su casa, algo que solía hacer con
cierta frecuencia en el pasado.
—¡Qué gusto verte! ¿Cómo has estado?
Me apartó y me agarró el rostro con las dos manos, sin dejar de mirarme,
como lo haría una madre en busca de esos pequeños gestos reveladores.
—Estoy bien.
Me siguió examinando. No sé si conseguí engañarla.
—Ven, vamos a comer unas galletas.
Fuimos a la cocina. Lauren había estado mirando algo en la televisión
pero apagó el aparato en cuanto entramos. No le pregunté por Harrison
porque podía escuchar el inconfundible golpeteo proveniente del jardín
trasero. Tic tic tic… tic tic tic…
Lauren fue hasta una esquina de la encimera y agarró un bol cubierto con
un trapo. Lo trajo a la mesa y lo destapó enfrente de mí como si se tratara de
un número de magia. El aroma de las galletas recién horneadas me transportó
a tiempos mejores.
—Tenía la corazonada de que vendrías —dijo Lauren—, ya sabes que soy
medio bruja.
Se sentó con cierta dificultad; durante los últimos años había ganado algo
de peso.
Hablamos un buen rato. Lauren disfrutaba de aquellas conversaciones en
las que sólo participábamos ella y yo, y a mí me sucedía lo mismo. Teníamos
nuestros códigos; Lauren era una mujer muy ocurrente y disparatada. Ese día estaba apagada y preocupada, y con justa razón, pues mis antecedentes en
combatir las adversidades eran desastrosos. Le aseguré que me sentía fuerte, y
que Maggie tenía mucho que ver con ello. Hablarle de ella y de mí la alegró.
No me dijo nada de la relación en sí, pero pude ver en sus ojillos un elocuente
brillo de picardía.
—Estoy tan feliz de que Maggie haya vuelto a Carnival Falls —dijo
mientras me ofrecía una segunda galleta.
Un rato después me disculpé y le dije que iría a saludar a Harrison.
—No te costará encontrarlo. —Cada una de sus palabras fue subrayada
por un golpecito.
Tic tic tic.
Salí de la casa por la puerta de atrás y desde allí divisé a Harrison sentado
en uno de los troncos del fondo. Eran ocho rodajas en total, dispuestas en
círculo, que servían como asientos. Harrison tenía la costumbre de sentarse
allí y tallar en madera, una costumbre que había adquirido tras su alejamiento
de la fuerza policial. Me quedé mirándolo un rato sin que él advirtiera mi
presencia; lo vi un poco más encorvado que de costumbre, asiendo el formón
con una mano y un martillo de madera con la otra.
Tic tic tic.
Con cada secuencia, una tira de madera se desprendía de la talla.
No quería que se rebanara un dedo a causa de mi presencia así que di un
rodeo para que me viera llegar.
—¡Johnny!
Una sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto me vio.
Me acerqué, como lo había hecho tantas otras veces, y me senté en el
tronco a su lado. La talla que tenía en el soporte delante de él estaba en sus
etapas iniciales, por lo que por el momento era algo amorfo del tamaño de un
globo terráqueo. Harrison tallaba en su mayoría bustos, por lo que supuse que
aquella obra no sería la excepción.
—Espero que quede más simétrica que la anterior —dijo con la vista
puesta en el trozo de madera—. Ya sabes como es esto, si desgastas la madera
más de la cuenta, no hay vuelta atrás.
Harrison dejó las herramientas a un costado. Nunca tallaba cuando yo lo
visitaba, y hasta donde tengo entendido no lo hacía en presencia de nadie.
—Vamos adentro —dijo Harrison empujando sus rodillas para ponerse de
pie—. Lauren estará feliz de verte.
—Ya he estado con ella —dije sin levantarme—. En realidad, he venido a
hablar contigo. Es importante.
Se volvió a sentar. Advirtió la gravedad de la situación de inmediato.
—Dime qué te preocupa, Johnny.
—Ayer —empecé— un agente del FBI se me acercó en la recepción. Su
nombre es Max Frost.
Harrison suspiró.
—Sé quién es Frost. También sé que ha estado hurgando en la vida de
Mark.
Enarqué las cejas.
—No sé cómo se han involucrado los del FBI —dijo Harrison con cierto
pesar—. Normalmente son invitados por la policía local, pero Timbert me ha
dicho que él no ha tenido nada que ver. No digo que no hubiera motivos; la
venta de Meditek y el suicidio de Mark podrían ser la punta de algo más
grande, un caso de fraude o algo más complejo.
—¿Cuándo sucedió eso?
—La semana pasada. Timbert me ha mantenido al tanto todo este tiempo,
y yo no te he dicho nada porque estaba esperando el momento adecuado.
Nunca imaginé que sucedería algo así.
Harrison hablaba con la vista fija en el trozo de madera. Quizás imaginaba
el rostro que se escondía allí adentro. Su actitud esquiva era tan impropia de
él que me llamó poderosamente la atención.
—El agente Frost me preguntó por una muchacha —dije—. Trabaja en
Meditek y está desaparecida.
Harrison levantó la mirada y me observó con expresión horrorizada. Una
expresión que no recordaba haber visto nunca en su rostro.
—Hijo de puta… En la recepción de tu propio hermano.
Asentí.
—¿Qué le has dicho?
—La verdad: que no la conocía.
Harrison asentía.
—¿Qué más te dijo?
—Nada. Me dijo que para ellos no había dudas de que se había tratado de
un suicidio y me mostró la fotografía de Paula Marrel.
—¿Te dijo su nombre o simplemente te mostró la fotografía?
Me recorrió un escalofrío. ¿Acababa de cometer el primer error?
—No, Frost no me dijo el nombre de la chica. Hoy he ido a ver a Ian
Martins y él me reveló quién era ella.
Aquello era verdad, pero me había salvado por los pelos.
—Escúchame bien, Johnny. —Harrison se inclinó, acercándose lo
máximo posible. Miró a uno y otro lado antes de continuar—. Si ese tipo
vuelve a acercarse o si se presenta en tu casa, le dices que sólo hablarás en mi
presencia y en la de Bob, ¿de acuerdo? Entonces me llamas de inmediato. No
sé por qué tengo el pálpito de que Frost irá a verte uno de estos días.
—Lo hará. Él mismo me lo dijo en la recepción. Pero no tengo por qué
hablar con él, ¿verdad?
—No, pero los federales no dan pasos en falso. Si se acercó a ti es porque
tenía pensado hacerlo tarde o temprano, y mi sensación es que esa
conversación ha quedado inconclusa.
—¿Pero puede obligarme a hablar?
—No pueden obligarte. —Harrison hizo una pausa—. Soy yo el que
quiere hablar con él. Ese tipo se trae algo entre manos.
Harrison tenía un olfato infalible, casi paranormal. Si su instinto le decía
que Frost estaba tramando algo, no tenía dudas de que yo estaba en serios
problemas.