Amnesia

Federico Axat · Capítulo 73 de 86

Páginas del PDF

Amnesia

Capítulo 73

 

Prácticamente no conocía el bosque más allá del triángulo de las bermudas.

Era una zona escarpada, con lagos pequeños y cursos menores, y resultaba

lógico que el padre de Maggie hubiese llegado hasta allí en furgoneta; mi

Honda no hubiese tenido la más mínima oportunidad.

Durante el trayecto, Maggie me contó un poco más sobre Raymond

Marrel. Trabajaba en una compañía de seguros, un detalle que ella recordaba

específicamente porque al escucharlo en los vídeos que habían grabado para

encontrar a su hija le había parecido un tipo transparente y bien intencionado,

casi una cualidad incompatible con un empleado de una aseguradora. No era

el tipo que uno imaginaría vagando con un arma en propiedad ajena. Y sin

embargo, allí estábamos nosotros, huyendo de él.

Mi móvil dejó de tener cobertura y el de Maggie marcaba apenas una

línea. Antes de seguir adentrándonos le envió a Ross otra nota de voz:

—Johnny y yo estamos a punto de entrar en el triángulo de las bermudas.

Te enviaré las coordenadas del sitio al que nos dirigimos. Es una historia

larga y todo ha sido un poco vertiginoso; creemos que está relacionado con lo

que ya sabes. No hace falta que vengas, sólo queremos que estés al tanto;

volveremos a ponernos en contacto por la noche. No hables con mi padre ni

con nadie del club B, puede que ellos sepan algo que nosotros no. Y una cosa

más: vimos a Raymond Marrel en casa de Johnny y hemos llamado a la

policía. Estamos bien, Ross. No corremos peligro.

Maggie esperó.

—Mierda…, la señal es malísima. La nota no sale. Quizás si regresamos

un poco… Preferí no decirle a Ross que Marrel estaba armado.

—Me parece bien. Inténtalo de nuevo.

Maggie sostuvo el móvil en alto durante unos segundos. Cuando volvió a

mirar la pantalla celebró con el puño cerrado.

En unos minutos estábamos ingresando en el triángulo de las bermudas.

No era la primera vez que lo hacíamos, desde luego, aunque sí como adultos,

y lo cierto es que, como sucedía siempre, había algo allí que era diferente al resto del bosque, como si el peligro fuera más palpable. Más allá de la falta de

cobertura celular no había nada diferente; pero aun así era inquietante.

—Mi móvil está oficialmente muerto —dijo Maggie.

—De vuelta a los noventa —anuncié.

Dos veces nos detuvimos al escuchar ruidos extraños, y las dos veces los

atribuimos a animales u otras cuestiones que nada tenían que ver con nuestro

perseguidor. La primera vez simplemente nos quedamos quietos a la espera

de que el sonido se repitiera, sin poder identificarlo realmente; la segunda, en

cambio, fue algo mucho más sobrecogedor: la succión que produce un objeto

al entrar y salir del agua. Habíamos cruzado un canal estrecho hacía apenas

un minuto y eso hizo que nos pusiéramos alerta. Lo cierto es que no creíamos

que Raymond Marrel pudiera habernos seguido todo ese tiempo sin ser visto,

por lo que asumimos que tenía que ser algún animal o, en el peor de los casos,

otra persona o grupo de personas. Una cosa que habíamos aprendido de niños

era que si corrías algún riesgo en el bosque, lo peor que podías hacer era huir

y arriesgarte a perder el sentido de la orientación. Con el advenimiento del

GPS esto último había dejado de ser un problema, siempre y cuando contaras

con batería suficiente. De todas formas, Maggie y yo conservábamos ese

aprendizaje adquirido en nuestra niñez. Si corres peligro: escóndete.

Escóndete bien.

Nos ocultamos en unos arbustos.

—¿Qué hacemos aquí, Johnny? —dijo Maggie—. Ya no tenemos doce

años.

—No lo sé.

Esperamos veinte minutos y lo único que conseguimos fue que nos

dolieran las rodillas. No vimos ni escuchamos a nadie en las inmediaciones.

Salimos de nuestro escondite sintiéndonos un poco estúpidos.

El GPS nos indicaba que estábamos a cuatro kilómetros en línea recta de

nuestro objetivo, pero cualquiera sabía que la distancia por recorrer era

bastante más que eso. También que el tiempo estimado para llegar a pie era

totalmente engañoso.

—Vamos a tener que hacer una parada técnica —anunció Maggie cuando

retomamos la marcha.

—Podrías haber aprovechado… —Señalé hacia los arbustos.

—Ja ja…, muy gracioso. No sabía de esto cuando ordené esa cerveza.

Habíamos llegado a un desfiladero que discurría en dirección norte sur.

Nos dirigíamos hacia el este, de modo que debíamos desviarnos un poco y

rodear esa meseta, o escalar la pendiente.

—No hay forma de que pueda subir por allí ahora mismo.

Maggie regresó unos metros y se perdió entre los arbustos. Yo escalé la

pendiente unos metros y elegí un árbol para hacer lo mío. Regresé y no vi a

Maggie.

Unos minutos después empecé a preocuparme.

—¡Maggie!

¿Por qué se alejaría tanto?

A unos diez metros había unos arbustos muy similares a los que nos

habían servido como escondite un rato antes: bayas y helechos. Me acerqué a

toda velocidad. En cuanto los rodeara vería a Maggie en cuclillas, mirándome

con expresión entre indignada y divertida:

¿Justo ahora? ¿En serio?

Me detuve en seco al encontrarme de frente con Raymond Marrel.

El hombre, que debía de medir al menos un metro noventa, tenía el arma a

pocos centímetros del rostro de Maggie.

—Quédate donde estás, Brenner.

Hice lo que me ordenaba. Superada la sorpresa inicial vi que el hombre

también estaba nervioso, descargando el peso de una pierna a la otra, su rostro

enrojecido y contrariado.

—Mataste a mi hija, así que yo mataré a tu novia —dijo con voz

temblorosa.

El arma era un revólver; el cañón temblaba ostensiblemente.

Extendí los brazos hacia los costados, no hacia adelante, porque sabía que

Marrel lo podría considerar como un ataque. Procuré no transmitir temor ni

adoptar una postura amenazante. Me comporté como si aquel hombre fuera

un oso negro y no un vengativo empleado de una aseguradora que había

perdido a su hija.

—Cálmate, Raymond —dije avanzando muy lentamente.

¿Era buena idea usar su nombre de pila?

—¡No te muevas o disparo!

Claramente no fue una buena idea. Me detuve.

El cañón del revólver ya no apuntaba al aire sino a la frente de Maggie.

—¡Baja el revólver! —grité. Al diablo la teoría del oso negro.

—Quédate donde estás —dijo Raymond, ahora con calma—, o la mato

aquí mismo.

—Se llama Maggie y no tiene nada que ver con esto, ni contigo. Déjala ir.

Resolvamos esto tú y yo.

—¡Mi hija tampoco tenía nada que ver! ¡Y tú la mataste!

—Vale, Raymond —dije—, voy a sentarme en esa roca que está allí. No

sé quién te ha dicho eso, pero no es así. Yo no le hice daño a tu hija. Quien

sea que te haya dicho eso, te ha mentido.

Su rostro mostraba cierta confusión.

—Me sentaré allí —continué mientras me acercaba a las rocas—, y

entonces tú y yo podremos hablar. Pero tienes que dejar de apuntar a Maggie

con el arma.

—¿Crees que soy estúpido?

—No, Raymond, no creo eso. Creo que quieres saber qué le sucedió a

Paula. No sé quién te ha dicho que yo la maté, pero eso no es verdad. ¿Quién

te lo ha dicho, Raymond?

Me senté.

El hombretón no tenía una respuesta, lo vi en sus ojos. Seguía cambiando

el peso de una pierna a la otra. Cada minuto que pasaba su nerviosismo iba en

aumento.

Maggie, por su parte, había conseguido mantener la calma bastante bien

dadas las circunstancias. En un momento intercambiamos miradas y me hizo

un suave gesto de asentimiento.

—Tú mataste a Paula… —dijo Raymond—, tú y tu hermano.

—Raymond, quiero hablar contigo, de verdad que lo deseo. Estás

equivocado y quiero aclararte las cosas. Pero no podemos hablar de este

modo. Siéntate aquí conmigo y deja ir a Maggie.

—Yo soy quien dice lo que vamos a hacer. ¡Dime lo que le habéis hecho!

Ya no habla de asesinato…, hemos avanzado.

Raymond Marrel era presa de la desesperación, no un lunático. Lo había

juzgado erróneamente desde el principio. Aquél era un hombre destrozado

que no soportaba un minuto más la ausencia de su hija. Que no soportaba no

saber.

—Tengo una hija —dije bajando el tono de voz—, se llama Jennie y tiene

cuatro años. Si algo llegara a sucederle, haría lo mismo que tú…, buscaría la

respuesta de cualquier forma. Soy un padre y trabajo ilustrando libros para

niños, no soy un asesino y no maté a Paula. Si te sientas aquí conmigo,

podemos hablar.

Raymond bajó el arma, pero no la guardia.

—Ella se queda con nosotros.

Mi silencio fue una señal de consentimiento.

Raymond seguía agarrando a Maggie por el pecho y avanzaba con ella

como si fuera un escudo.

—Permite que ella se siente aquí conmigo —proseguí—, así hablaremos

mejor. No intentaremos huir, tienes mi palabra. Si intentamos hacerlo, será un

disparo sencillo.

—Un movimiento fuera de lugar y disparo. No tengo nada que perder.

Maggie se sentó a mi lado y Raymond lo hizo enfrente, esta vez

apuntándome a mí con su revólver.

—Baja el arma, Raymond. Esas cosas son peligrosas.

Sabía que quizás era forzar demasiado las cosas, pero no podía pensar con

claridad con un arma a menos de cincuenta centímetros.

Él observó el revólver como si no terminara de creer que lo estaba

empuñando. Finalmente lo bajó, pero sólo un poco. Si se le escapaba un

disparo me volaría la rodilla, o algo peor.

—¿Por qué crees que yo tengo algo que ver, Raymond?

—¡No! Ahora te toca a ti hablar, no hacer preguntas. Quiero saberlo todo.

—Está bien…, me parece justo —dije en tono conciliador—. Mi hermano

Mark, como imagino que ya sabes, era el dueño del laboratorio donde

trabajaba tu hija. Lamentablemente, mi hermano se quitó la vida hace unos

pocos días.

Raymond Marrel se movió, incómodo. El cañón del revólver bajó un poco

más.

—Durante la recepción se me acercó el agente Frost, al que estoy seguro

de que también conoces, y me hizo una serie de preguntas. Ayer regresó y me

mostró unas fotografías de Paula aquí en Carnival Falls, cerca de mi casa. Me

dijo que son las últimas fotografías de ella. No sé si ella vino aquí en busca de

mi hermano, pero supongo que es posible.

Raymond había dejado de moverse. Me observaba como debía hacer con

los clientes de la aseguradora cuando intentaba determinar si le decían la

verdad.

—Frost también me dijo —continué— que tu hija tenía mis libros en su

casa, los libros de Busy Lucy, y entiendo que eso lo haya hecho pensar que

quizás había una relación.

—Ella tenía esos libros —confirmó Raymond.

—Mucha gente tiene esos libros —expliqué—, y por supuesto yo no los

conozco a todos. Frost lo entendió. Tú lo entiendes, ¿verdad Raymond?

No dijo nada.

—No conozco a tu hija, Raymond.

Aunque aquélla no era técnicamente una mentira, me avergonzó

profundamente. Estaba progresando, podía ver la duda y la desesperación en el rostro de aquel hombre. Reforcé la idea:

—Frost se convenció de que esos libros no significan que yo le haya

hecho daño a tu hija. De ser así, estaría detenido, ¿no te parece?

—Frost me ha dicho que eres sospechoso.

—¿Y ésa es razón suficiente para presentarse con un arma en la casa de

un desconocido? —dijo Maggie con indignación—. ¿Porque Frost te ha dicho

que tiene sospechas?

Raymond no contestó.

—¡Me has apuntado con un arma! —estalló Maggie.

Súbitamente Marrel había cambiado su actitud por completo. La

desesperación se apoderó de él.

—Lo siento.

—Escúchame, entiendo que se trate de tu hija, pero no puedes actuar así.

Simplemente no puedes. Me has dado un susto de muerte.

Raymond bajó la vista. El revólver era un trozo de metal lánguido

colgando de su mano.

—Ese tipo, Frost, es un impresentable —siguió Maggie—, no me fiaría de

él ni un segundo.

La indignación de Maggie parecía genuina, y ciertamente tenía razones

para sentirse así. Era posible que estuviera exagerando un poco para desarmar

a Raymond, y lo estaba consiguiendo.

—¿Entonces tú no le ayudaste? —Raymond levantó apenas la vista.

—¿A quién?

—A Mark Brenner. A tu hermano.

—No creo que Mark…

Raymond me detuvo levantando la mano izquierda.

—No sigas. Es tu hermano, y se ha quitado la vida. Sólo quiero que me

jures por tu hija que tú no le ayudaste a matar a Paula. Que no sabes dónde

está ella.

—Lo juro por mi hija Jennie —dije mirándolo a los ojos.

Raymond Marrel se tomó casi un minuto completo. Durante ese tiempo le

sostuve la mirada.

—A ti te creo —dijo por fin apuntándome con un dedo regordete—, me lo

has jurado por tu hija y eso para mí es suficiente. Mi intuición a veces falla,

pero por lo general es bastante fiable. Y esa misma intuición es la que me dice

que tu hermano es el responsable de la desaparición de mi hija. Le pido a

Dios que no le haya hecho daño, y que si lo hizo, el paradero de mi hija no se

haya ido con él.

Raymond se puso de pie. Tenía los ojos húmedos. Se guardó el revólver

en el bolsillo del pantalón. Nos observó largamente, la mirada desencajada.

—Tengo otra hija —dijo más para sí que para nosotros—. Paula era

especial. Si la hubierais conocido, quizás me entenderías un poco más.

Dio media vuelta y se perdió en el bosque.