Amnesia
Capítulo 7
En algún momento de esa noche una enmarañada pesadilla se apropió de mi
sueño como un parásito. Una serie de imágenes inconexas y horribles me
empujaron a un estado de semiinconsciencia y de allí a un sendero en el
bosque. Caminaba siguiendo el poderoso haz de la linterna. Alguien venía
detrás de mí, una presencia. El terror que me provocaba el sitio al cual nos
dirigíamos me acompañó hasta mi habitación, cuando desperté horrorizado.
Me quedé un largo rato sentado en la cama. Lo sucedido la noche anterior
parecía inverosímil y ridículo a la luz del día.
Cuando bajé a la planta baja, todavía en calzoncillos y una camiseta vieja,
me quedé mirando el suelo. Antes de irme a dormir había barrido los restos de
la tulipa rota así que todo lucía como siempre.
Estaba a punto de regresar a la segunda planta para iniciar mi ritual
matinal cuando recordé algo que había pasado por alto la noche anterior. Bajé
al sótano con cierta premura; mi cerebro empezaba a activarse. Allí había una
pequeña bodega que en su hora había sido el orgullo de mi padre; se trataba
de una habitación estrecha con estanterías a ambos lados. En mi niñez
temprana vi como aquellas estanterías albergaron decenas de costosas botellas
que mi padre reservaba para los encuentros con amigos que tenían lugar en
ese mismo sótano una vez al mes, donde jugaban al póker, fumaban y
hablaban de viejos tiempos. Era un grupo unido que se conocía desde la
escuela primaria. Algunos adultos se referían a ellos como el club Bilderberg,
o club B. Mis amigos y yo comenzamos a llamarlos de esa forma.
Cuando mi madre enfermó, las reuniones empezaron a espaciarse. Las
botellas se fueron consumiendo, pero sin reponerse. El dinero se iba en
medicinas y enfermeras y mi padre ya no se ocupaba de su negocio como
antes, así que las cosas empezaron a ir mal. A veces acompañaba a mi padre a
la bodega, y él, que siempre había dedicado un especial cuidado a la selección
de cada botella —como si efectivamente hubiera una para cada ocasión, como
a él le gustaba decir—, empezó a hacerlo de un modo desinteresado y cada
vez con mayor frecuencia. Mi padre no fue alcohólico, pero dejó que el
alcohol ahogara su tristeza durante aquellos meses penosos.
Las estanterías estaban ahora vacías y deterioradas; eran el reflejo de lo
que había sucedido en aquella casa, de la que yo no había tenido el tino de
marcharme, y de la que cada rincón era testigo de la decadencia y la fatalidad.
Mark había tenido la sabiduría de alejarse y recorrer un camino de éxito, pero
yo había sido lo suficientemente estúpido como para dejarme atraer por el
agujero negro de mala suerte que parecía haberse cernido sobre la propiedad.
Y ahora el cadáver de esa chica. ¿Qué necesitas para marcharte de una
puta vez? ¿Una lluvia de cascotes?
En la parte baja de la bodega había un compartimento donde mi padre
había guardado en su día las botellas especiales. Me quedé mirando el estante
vacío durante un buen rato. La botella que había comprado tras una tonta
discusión con Lila ya no estaba.
La idea de comprar alcohol para probarme a mí mismo que no lo
necesitaba era estúpida, pero no la más estúpida que he tenido. Cuando de
buscar excusas se trata, un adicto puede inventarse diez en un segundo, y aun
así convencerse de que son las verdades con más sentido sobre la tierra.
Pasé la siguiente media hora revisando la casa, me centré en mi habitación
y luego en el salón. Buscaba cámaras escondidas, micrófonos, cualquier cosa
fuera de lugar que pudiera revelarme la presencia de extraños. A medida que
avanzaba en mi inspección me sentía más y más avergonzado. Finalmente, me
di por vencido. Iba a seguir el consejo de Mark, al menos de momento; tratar
de olvidarme de todo el asunto hasta poder ver las cosas con un poco de
perspectiva. Tenía que reconocer que a la luz del día la explicación de mi
hermano acerca de las alucinaciones oníricas ya no sonaba tan descabellada.
Me dirigí al despacho con el firme propósito de trabajar un poco. Hacía
semanas que no conseguía crear algo que valiera la pena, por lo que suponer
que lo haría ese preciso día parecía un poco pretencioso, pero aun así me
senté en el escritorio dispuesto a intentarlo. No encendí el ordenador, que por
lo general era la fuente principal de distracciones.
Junto a la ventana había una ilustración enmarcada de Busy Lucy, un
personaje que había creado para un cuento infantil hacía tres años y que había
conseguido cierto reconocimiento en el circuito de la ilustración comercial.
Era una abeja hacendosa que daba a los niños pequeños consejos de cómo
organizarse y aprovechar el tiempo; básicamente les enseñaba la importancia
de combinar el ocio con las responsabilidades. Busy Lucy había aparecido en
más de diez libros y cada uno se centraba en una temática especial: mantener
la habitación en orden, las tareas antes de acostarse, la escuela y así
sucesivamente. En definitiva, la abeja era una maldita aleccionadora de niños. Yo mismo había empezado a odiarla prácticamente desde el principio; pero
los libros se vendían bien y mi agente me pedía más y más Lucy.
Aparentemente a los padres les resultaba sencillo dejarle el trabajo sucio a la
maldita abeja.
Unos meses atrás, no obstante, la fiebre de Lucy mermó. Mi agente
incluso debió negociar la cancelación del último contrato porque los de la
editorial se echaron atrás. Phil me llamó y me dijo: «El panal se ha secado,
Johnny. Necesitamos algo nuevo». Aquello me hizo reír bastante.
Probé con un puercoespín y una hormiga…, pero todo era más de lo
mismo.
Cogí una hoja en blanco y dibujé a Lucy con trazos rápidos. Me la quedé
mirando. A continuación agarré la bandeja con las acuarelas, los pinceles, y
puse manos a la obra. Quizás no se trataba de repetir la fórmula con un nuevo
animal, me decía mientras trazaba las primeras líneas con un lápiz suave.
Quizás era cuestión de continuar por el mismo camino, cuestionar a Lucy
desde algún lugar… ¿Por qué no lo había pensado antes?
Trabajé durante media hora sin interrupciones. El nuevo personaje que
acompañaba a Lucy era una niña rubia de ojos grandes y cautivadores.
Llevaba puesto un vestido azul y usaba una gargantilla, y por supuesto supe
inmediatamente quién era.