Amor o chantaje
Capítulo 8
Emma cenó sola esa noche. Después de anunciar que Kenny se había ido a entrenar, Patrick le sirvió una deliciosa ensalada de pasta junto con unas judías verdes frescas aliñadas con aceite de oliva y ajo, una crujiente francesilla y una buena porción de tarta de arándanos de postre. Cenó en la galería, que estaba amueblada con muebles de ratán negro brillante cubiertos por una almidonada loneta blanca y verde. De una colección de jarrones rústicos colocados encima de mesas antiguas sobresalían más flores. Detrás de la casa crecía un bosquecillo de pecanas, mientras que un tanto apartados había un patio y una piscina, y el prado de la valla blanca donde pastaban los caballos se extendía a lo lejos. Antes, había dado un paseo por el río para disfrutar de las flores silvestres.
A pesar de la atmósfera apacible y el fragante aire que soplaba a través de la puerta con tela metálica, se sentía inquieta. ¿Por qué no había regresado Kenny? Aunque ella le había dicho que se mantendría fuera de su camino, deseaba que a él no le resultara tan desagradable su presencia.
Patrick rechazó su oferta de ayudarle con la limpieza, así que desplegó las notas de su investigación y trabajó un rato mientras se hacía de noche. Las polillas, atraídas por la luz de la galería, chocaban contra la tela metálica, los grillos cantaban fuera. Oyó el sordo zumbido del lavavajillas, la llamada de un ave nocturna. Aquella tranquilidad le recordó a Santa Gertrudis después de que las chicas se fueran a dormir.
Su ánimo tocó fondo. A ese ritmo, regresaría a Inglaterra con la reputación más intacta que nunca. Vio a Patrick atravesar el césped hacia el pequeño apartamento que, según le había dicho, ocupaba encima del garaje. Sin pensarlo, lo llamó a gritos:
—¿Tiene el número de Torie en alguna parte?
—Hay una lista en el lateral del frigorífico.
Al cabo de un instante, tenía a la hermana de Kenny al teléfono.
—No, no tengo ningún plan —le dijo Torie después de que Emma le explicara lo que quería—. Aunque no creo que los bares de Wynette sean precisamente de su gusto.
—¿Qué tiene de divertido salir de vacaciones si no pruebas cosas nuevas?
—Muy bien, vale. Si lo tiene claro, la recogeré dentro de media hora.
Emma se puso un pantalón de peto que había comprado la víspera junto con un jersey elástico de punto de burbuja lo suficientemente corto para dejar a la vista una fina tira de piel en la cintura y lo bastante ceñido para realzarle el pecho. Aunque las cortas mangas escondían la mayor parte del tatuaje de la Estrella Solitaria, dejaban a la vista el banderín con el nombre de Kenny. Humillante, aunque necesario, decidió, y juró no mirarse en el espejo. Solo esperaba que el esbirro de Beddington fuera lo bastante inteligente para llevar encima una cámara.
Torie la recogió en un BMW azul oscuro que conducía a una velocidad alarmante. Emma cerró los ojos y se aferró al apoyabrazos.
—Parece nerviosa.
—No me gustan los coches.
—Eso complica la vida, sobre todo en Tejas. —Disminuyó la velocidad.
—La complica bastante en todas partes.
Ahora que no iban tan deprisa, dedicó un momento a examinar a su acompañante. Torie llevaba un body turquesa y unos vaqueros negros ajustados que mostraban un par de piernas interminables. Un cinturón concho relucía en su cintura, y en los lóbulos le bailoteaban unos pendientes mexicanos de plata. Parecía rica, encantadora y montaraz. Beddington jamás habría considerado ni por un instante convertirla en su esposa.
La joven echó un vistazo por el retrovisor.
—Debería aprender a conducir, en serio.
—Mmm...
—De verdad. Yo podría enseñarla.
—Es muy amable por su parte, pero creo que no.
—El diablo la tiene bien agarrada, ¿eh?
—Supongo que sí.
—Me parece que sé lo que se siente.
Emma detectó la tristeza en su voz, y algo le dijo que su matrimonio con Dexter O’Conner no era lo único que la preocupaba. Sus modales despreocupados de niña rica y malcriada enmascaraban muchísimo dolor.
—¿Se las arregla bien con Patrick? —preguntó Torie—. Es muy protector con Kenny, y puede ser muy divertido cuando habla de la gente.
—Ha sido muy servicial.
Torie soltó una carcajada.
—A papá le saca de quicio tener a un homosexual declarado viviendo en el rancho con su único hijo. Pero todo el mundo sabe que Patrick es el mejor amo de llaves del condado, y si me lo pregunta, le diré que el día que Kenny lo rescató fue una suerte para ambos.
—¿Cómo lo rescató?
—Patrick andaba en coche por ahí sacando fotografías para ese libro ilustrado que quiere hacer sobre bares de carretera dejados de la mano de Dios. Se paró en un lugar cerca de la cantera de piedra caliza y se topó con un puñado de paletos que decidieron demostrar su masculinidad dándole una buena paliza. Cuatro contra uno. Kenny apareció justo a tiempo. No puede soportar ese tipo de cosas. Le vuelven loco.
—¿Y qué es lo que hizo?
—Digamos que Kenny no pierde los estribos demasiado a menudo, pero cuando los pierde es una maravilla verlo. Acabó llevándose a Patrick a su casa para que se recuperase, y a la mañana siguiente se levantó en el momento justo en que una bandeja de bollos de canela caseros salía del horno. Kenny les echó una olida y contrató a Patrick en el acto. Ha habido chismorreos a tutiplén, por no hablar de todos los problemas que tuvo Kenny con la PGA cuando la pelea del bar de carretera llegó a los periódicos.
—Pero hizo lo correcto.
—Yo creo que sí. Sin embargo, le llovieron las críticas. Le juro que si oye a los lugareños, lo único que Kenny sabe hacer bien es ganar torneos.
—¿No le gusta a la gente? Me sorprende.
—Oh, no. Le adoran. Todos saben que ha hecho más cosas buenas por esta comunidad que el resto de nosotros juntos. Ha construido un centro social y proporcionado el capital inicial para una nueva biblioteca... y un montón de cosas así. Y deja que utilicen su nombre para todas las buenas causas que le salen al paso. Pero hacérselas pasar canutas a Kenny ha sido la diversión favorita de esta ciudad durante tanto tiempo que nadie se para a pensar en ello.
—¿Y eso por qué?
—La gente tiene buena memoria, y le siguen guardando rencor por su despreciable infancia. Nadie ha superado todavía su récord de expulsiones del instituto. Y el jefe de policía jubilado puede contarle historias que le pondrían los pelos de punta. Parece que todos tengan algún motivo de rencor. Judy Weber no permitirá que Kenny se olvide de que le copió en su concurso de aritmética de cuarto y luego convenció al profesor suplente de que había sido ella la copiona. En sexto, a Hank Aaron le robó un cromo de béisbol de Bob Frazier y lo hizo trizas. Les quitaba el dinero de la comida a los niños, les rompía los juguetes, abandonaba novias a diestro y siniestro, y allá donde iba dejaba una senda de destrucción, hasta que Dallie Beaudine lo cogió finalmente de su mano después de que muriera nuestra madre.
Así que Dallie Beaudine era la misteriosa persona a la que Kenny se había referido horas antes ese día. Era evidente que la relación de Kenny con el marido de Francesca era bastante más compleja de lo que ella había imaginado.
—No obstante, según parece ha sido un ciudadano modélico desde que salió de la adolescencia. La gente debería olvidar el pasado.
—A Kenny no le importa que le tomen el pelo. Y podría ser un ciudadano modélico, pero tiene unos cuantos defectos de los gordos. Por si no lo ha notado, es un vago.
—Sí me he dado cuenta —admitió Emma con sequedad—. No obstante, la pereza no es un delito tremendo.
—A veces, con él lo es. Él... no sé, es difícil de explicar. No le importa nada que no sea el golf. Fue así como la sanguijuela de su administrador le chupó tantísimo dinero. Kenny jamás se molestó en controlarlo.
Emma se acordó de la naturalidad con que le había descrito la clase de niño que había sido, sin mostrar el menor atisbo de compasión por las circunstancias que lo habían llevado a su mal comportamiento. Aunque no era de la opinión de que los adultos debieran echar mano de los desarreglos de la infancia para disculpar el mal funcionamiento de sus vidas, a lo largo de su carrera también había sido testigo de la enorme incompetencia de los padres y no creía que nadie debiera seguir haciendo penitencia por ella. Y sin embargo, eso es lo que parecía que estaba haciendo Kenny.
—Se distancia de todo excepto del golf —continuó Torie—. En especial de las mujeres. A todas las novias que ha tenido las ha tratado como reinas, haciéndoles regalos carísimos, enviándoles flores... pero en cuanto empiezan a concebir esperanzas de que la relación se haga estable, él se evapora.
A Emma no se le escapó la sutil advertencia que le estaba haciendo Torie, aunque no dijo nada.
La hermana prosiguió.
—Todo el mundo quiere ser el mejor amigo de Kenny, pero yo soy la única a la que permite acercarse un poco. Nunca conocí a un hombre tan decidido a mantenerse al margen de los demás. Imagino que tiene miedo a que si empieza a preocuparse demasiado por alguien, acaben manipulándolo como hizo nuestra madre. A Kenny le costó entrar en la madurez, y por supuesto no va a permitir que nadie se la amenace.
—No deja de ser irónico que alguien con tanto encanto natural sea esencialmente un solitario.
—Es el hombre más simpático del mundo hasta que alguien lo cabrea o trata de meterse en su cabeza. Entonces utiliza ese encanto para aislarse. O se comporta como un idiota. Y cuando hace eso me pongo como loca, porque es el hombre más inteligente que conozco. Mi hermano devora los libros como la mayoría de la gente devora las patatas fritas.
Torie guardó silencio. Emma pensó en decirle sencillamente que no tenía intención de involucrarse personalmente con su hermano, pero no quería quedar como una tonta.
—Es extraño —dijo Torie—. Al contrario que Kenny, mi segundo ex marido tuvo una infancia impecable, pero acabó convertido en un canalla inmoral. Nunca acabas de conocer a la gente.
—¿Hace cuánto que está divorciada?
—Un año, pero ya nos habíamos separado antes de eso. Tommy era un mujeriego. Papá me advirtió que no me casara con él, pero no le escuché. — Una expresión de intensa tristeza le atravesó el rostro—. Quizá, de haber podido tener un hijo, Tommy habría sentado la cabeza, pero no fue así.
—Dudo que un hijo le hubiera hecho mantenerse fiel.
—Sé que tiene razón. Sin embargo, es difícil aceptar una doble derrota. — Se pasó una mano por el pelo—. Mi primer marido fue un idilio de universidad que salió mal. Bebía, y cuando lo hacía le entraban unas lloreras tremendas, y se ponía a destrozar nuestro piso. Duramos un año. —Alargó la mano para poner la radio—. Papá dice que, en lo tocante a los hombres, no se puede confiar en mí, y esa es la razón de que quiera que me case con Dexter. Pero yo no quiero... —Miró por el retrovisor, la mano paralizada sobre los botones de la radio, y arrugó la frente.
—Ese hijo de la gran puta me ha estado siguiendo desde que salimos del rancho de Kenny. Le juro que estaba aparcado allí, esperándome.
—¡En serio! —Emma se giró en el asiento para mirar y vio un Taurus verde oscuro—. ¿Cree que nos está siguiendo?
Es posible.
Emma sintió que se le secaba la boca. El sabueso de Beddington estaba haciendo su trabajo.
Wynette, Tejas, era un pueblo antiguo y encantador con una sombreada plaza en el centro y una próspera y céntrica zona comercial a la que ninguna gran superficie había llevado a la quiebra. Puesto que Kenny había evitado Wynette al dirigirse al rancho, esa fue la primera oportunidad que tuvo Emma de ver el pueblo, y Torie le hizo una gira turística que acabó en un tugurio llamado Roustabout. Un Taurus verde se mantuvo tras ellas todo el camino.
Mientras entraban, Emma no dejó de mirar por encima del hombro para tratar de ver quién podría estar siguiéndolas.
—Aquí es donde viene todo el pueblo a matar el rato —le explicó Torie—. Lleva años abierto.
Al contrario que los acogedores bares de Lower Tilbey, el Roustabout era una inmensa sala abierta con una barra cuadrada de madera en el centro. Emma vio dos mesas de billar, una hilera de videojuegos y una pequeña pista de baile con una gramola por la que atronaba la música country. Aunque era una noche de entre semana, la mayoría de las mesas estaban ocupadas, al igual que los reservados que discurrían a lo largo de una de las paredes.
Emma echó un vistazo por encima del hombro una vez más, y en esta ocasión vio a un tipo cuadrado que lucía una deportiva camisa floreada entrando por la puerta. Los pelos de la nuca se le pusieron como escarpias cuando el sujeto empezó a mirarla fijamente, y se le aceleró el corazón. ¿Era el espía de Hugh? ¿Era el hombre que conducía el Taurus verde?
Torie se adelantó para dirigirse a la barra, se llevó una mano a la boca y soltó un agudo silbido.
—Escuchad todos.
Aunque la gramola seguía sonando, las conversaciones se extinguieron mientras todos la contemplaban con interés.
—Esta es Lady Emma —proclamó Torie—. Kenny le va a enseñar los alrededores durante unos días. Es inglesa. Y da la casualidad de que, a pesar del tatuaje que lleva en el brazo, también es una verdadera aristócrata. Lady Emma, diríjale algunas palabras a estos palurdos, para que sepan que es usted de verdad.
—Estoy encantada de conocerlos a todos —dijo Emma, tímidamente. Trató de encorvarse lo suficiente para que se le bajaran las mangas, que no se movieron, y varios ojos se demoraron en su tatuaje. Aun así, su acento británico pareció impresionarles.
Torie la cogió del brazo y la hizo volverse hacia la barra.
—Joey, ponme una copa de Chardonnay, ¿te importa? ¿Qué le apetecería tomar, Lady Emma?
—Una ginebra con tónica, por favor. —A Emma no le gustaba la ginebra con tónica —no como le gustaban los margaritas— pero quería que todos la vieran beber. Al mismo tiempo, le adornaba el brazo un recordatorio permanente de que necesitaba mantenerse sobria, así que tomó la firme resolución de tirar la bebida y sustituirla por agua tan pronto tuviera la oportunidad. Nadie se daría cuenta.
El camarero les sirvió las bebidas, y varios clientes del bar se acercaron para presentarse personalmente, a lo que Torie se brindó gustosa. Un hombre le sugirió a Emma que guardara bajo llave sus objetos de valor antes de que Kenny se los robara, y una mujer le dijo que jamás permitiera que le ayudara a saltar a la comba, porque podría estar completamente segura de que le pondría la zancadilla. Ambos comentarios fueron saludados por la concurrencia con unas risillas cómplices.
Al final, Torie la llevó hasta una mesa en un rincón donde un joven de unos veintipocos años estaba sentado solo, bebiendo una cerveza. Mientras se acercaban, Emma se preguntó si no habría algo en el agua corriente de Wynette que produjera una gente tan guapa. Primero Kenny, luego Torie y ahora aquel joven. Tenía el pelo crespo, de un color castaño rojizo, y unos rasgos muy marcados, con pómulos prominentes y una mandíbula cuadrada y fuerte. Era ancho de espaldas, y tenía un cuerpo delgado aunque musculoso.
—Hola, Ted. ¿Cómo te va? —Torie se sentó en una de las sillas de la mesa sin esperar invitación, y acto seguido le señaló a Emma la que estaba vacía al otro lado.
—No me quejo. ¿Y tú?
—Sota, caballo y rey, ya sabes. Esta es Lady Emma.
Cuando Emma saludó con un gesto de la cabeza, el hombre llamado Ted le echó un vistazo a su tatuaje y le dedicó una sonrisa indolente y sinuosa que la hizo desear tener diez años menos.
—Señora.
—Solo tiene veintidós años —le explicó Torie, como si estuviera leyéndole los pensamientos a Emma—. ¿No es todo un crimen para dos maduras como nosotros?
Ted sonrió y bajó la cabeza para estudiar la botella de su cerveza.
—¿Has visto a Kenny? —preguntó Torie.
—Estaba aquí hace un minuto.
El hecho de que Kenny se hubiera ido al pueblo sin invitarla era irritante. Según parecía, iba a tener que dejar caer el nombre de Francesca de nuevo para recordarle quién era la que mandaba.
Como si lo hubiera invocado, Kenny se acercó a través de la sala con sus andares cansinos. Llevaba una botella de cerveza en una mano y un palo de golf que balanceaba con soltura en la otra. Se lo arrojó al camarero, que lo guardó.
Cuando vio a Emma entrecerró ligerísimamente los ojos, y luego miró a Ted.
—La próxima lección en el callejón te toca a ti. Randy Ames sigue queriendo que le haga mejorar su slice, pero es incapaz de hacer algo de lo que le digo. Puede que tú tengas más suerte.
—¿Tú también eres golfista? —le preguntó Emma a Ted, ignorando adrede a Kenny cuando este se sentó en la silla contigua.
—Se me conoce por jugar un poco. —Aunque Ted construía sus frases como un tejano, no arrastraba en absoluto las palabras. Curioso.
Kenny soltó un bufido.
—Aquí el amigo Ted lleva tres años seguidos siendo el mejor amateur de Tejas. Es el segundo mejor golfista de la historia de la UT.
—En ese punto no hay unanimidad. —Torie lanzó a su hermano una mirada asesina—. Ted consiguió ganar tres títulos individuales de la NCAA, al contrario de alguien cuyo nombre no voy a pronunciar y que solo ha ganado dos. Además, Ted también consiguió terminar la carrera, otra cosa que cierta persona que no voy a mencionar parece haber desatendido.
—La universidad es dura. —Kenny se rascó el pecho—. Y por lo que a mí respecta, la discusión sobre quién es el mejor está zanjada. —Contempló a Ted con aire de suficiencia—. Solo uno de nosotros tuvo redaños para hacerse profesional.
Ted mostró su tímida sonrisa.
Torie se volvió hacia Emma.
—Ya ve, Ted es este genio intelectual, así que se ha pasado toda la vida dividido entre el golf y las idioteces. La gente de por aquí lo considera una especie de fenómeno genético. Incluidos sus padres.
En lugar de ofenderse, Ted asintió con la cabeza.
—Así es.
—Acaba de terminar la carrera y la maestría al mismo tiempo. —El orgullo de Kenny era evidente, y Emma se percató de que en la relación entre aquellos dos hombres había algo especial—. Jugar el golf universitario retrasó sus estudios universitarios, pues de lo contrario habría terminado mucho antes.
—No vi ninguna necesidad de correr.
—Justo lo que yo te dije —sentenció Kenny con satisfacción.
Emma fingió darle un sorbo a su bebida mientras los tres charlaban con el relajo de la gente que se conocía desde hacía mucho tiempo. Fue Torie quien sacó el tema de la suspensión de Kenny.
—Es tan injusto —dijo—. Cualquiera que conozca a Kenny sabe que no golpearía a una mujer a propósito. Las desquiciará o les hará la puñeta todo lo que pueda, pero jamás las golpeará.
Kenny pareció molestarse.
—Esa no fue la razón inicial de que me suspendieran, y en toda mi vida jamás le he hecho la puñeta a ninguna mujer que me importara, al menos no desde los dieciséis años. —Miró hacia Ted—. Te juro que alguien tendría que darle una buena piña.
—A mí no me mires. Me tiene acojonado.
Torie se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Si solo tuvieras un par de años más, chaval, te iba a enseñar a disfrutar de lo lindo.
—Yo dudo que sobreviviera.
—Si queréis saber mi opinión —terció Kenny—, creo que el Anticristo está pasando por una crisis de madurez. El muy hijo de puta cumple cincuenta este año, y creo que eso lo tiene confundido.
Ted inclinó la silla hacia atrás y estiró las piernas.
—Está cabreado contigo, eso es todo.
—Es un abuso de poder —gruñó Kenny—. Se cree el puñetero Presidente de los Estados Unidos.
Ted sonrió.
—Habló en serio —prosiguió Kenny—. Los miembros de la PGA esperan que el comisario sea justo. Aunque solo desempeñe el cargo interinamente, al menos debería fingir ser imparcial.
En ese momento, Emma localizó al hombre de la camisa de flores que las había seguido al interior del bar y se dio cuenta de que la estaba observando con bastante atención desde el otro lado del local. Un nerviosismo repentino se apoderó de ella; ¡era sin duda el sabueso de Beddington!
Sabía que tenía que sacarle el máximo provecho a la ocasión, pero lo único que se le ocurría era agarrar su gin tonic y darle un buen viaje. Como acto escandaloso, era bastante patético, pero no se le ocurría nada más. Y entonces tuvo otra idea, aunque no sentía deseos de llevarla a la práctica. Sin embargo, aun eran menores sus deseos de casarse con Hugh.
Armándose de valor, se levantó de la silla, rodeó a Kenny por el cuello con un brazo y se plantificó en su regazo.
El golfista enarcó una ceja.
—¿Me he perdido algo?
Emma curvó la boca en lo que esperaba fuera una sonrisa seductora y trató de hablar sin mover los labios.
—Béseme inmediatamente.
—No —respondió él, con indignación.
—¿Por qué no?
—Porque no me gusta su actitud.
Había sido un poco sargento en la forma de pedirlo, pero solo porque estaba nerviosa.
—Le ruego que me disculpe.
Kenny posó los ojos en su boca.
—De acuerdo, la besaré.
El hombre corpulento miró hacia otro lado, e inmediatamente Emma se levantó como un cohete del regazo de Kenny.
El golfista la fulminó con la mirada cuando ella agarró su ginebra con tónica.
—¿Vuelve a estar borracha?
—Por supuesto que no.
—Bien. Porque en Wynette no tenemos una tienda de tatuajes ni siquiera medio decente.
El tipo cuadrado se había acercado a la gramola, pero seguía observándola. Se estaba quedando calvo de un pelo color paja y los carrillos le colgaban a ambos lados de la cara. Emma se estrujó las neuronas y miró hacia Ted.
—¿Tendrías inconveniente en bailar conmigo?
Sin duda alguna a Beddington no le gustaría que bailara con nadie, y mucho menos con un hombre ostensiblemente más joven.
—No me importaría lo más mínimo —respondió el interpelado.
—Baila fatal —intervino Torie—. Si quiere a alguien realmente bueno, saque a Kenny a la pista.
Ted pareció dolido.
—Ha sido a mí a quien ha pedido bailar, no al Travolta este.
Torie se encogió de hombros.
—Son sus pies, Lady Emma.
Aunque Emma no miró a Kenny, sintió sus ojos clavados en ella cuando se levantó de la mesa. Ted la cogió de la mano y la condujo hacia la pista, donde estaba sonando una balada. Cuando empezaron a bailar, la inglesa experimentó la insólita sensación de ser guiada por la pista de baile por un joven que estaba como un queso. Muy joven, se tuvo que recordar.
Y muy macizo.
Ted le sonrió y le preguntó si le gustaba Tejas.
Le devolvió la sonrisa y le dijo que le encantaba. El chico quiso saber si había disfrutado del viaje desde Dallas y qué le parecían los Estados Unidos. Y siguieron hablando relajadamente.
La canción llegó a su fin y empezó a sonar una melodía rápida. El gentío se reorganizó y, formando hileras, empezaron a ejecutar todos juntos una coreografía.
—Tal vez no deberíamos bailar esta.
—Le enseñaré los pasos —dijo Ted—. Torie tiene razón. No soy un gran bailarín, pero esto es bastante fácil. —La llevó a un lado, y Emma aprendió rápidamente lo que le fue enseñando.
En cuanto volvieron a la pista de baile, Emma vio a Kenny a y Torie bailando juntos. Con el brillante pelo negro y la elegancia desenvuelta que los caracterizaba, se movían como imágenes especulares uno del otro. Kenny se echó a reír al oír algo que una de las mujeres le dijo al pasar; Torie tonteó con un hombre mayor con sombrero vaquero. Guapos y ricos, ambos parecían un poco hastiados. A Emma se le ocurrió que eran Gatsby y Daisy Buchanan transplantados a un tugurio de Tejas.
La música se hizo más lenta, y Emma se dio la vuelta para regresar a la mesa, pero solo consiguió que Ted le tirara de la mano.
—Una más, Lady Emma. Me gusta bailar con usted. Siempre agradezco que me lleve una lady.
Ella se echó a reír y volvió a meterse entre sus brazos. Era agradable estar con alguien que disfrutaba de su compañía. Pero apenas habían empezado a bailar cuando Kenny le dio un golpecito en el hombro a Ted.
—Yo me encargo, pequeño, así que vuelve a la mesa y deja que Torie se pelee contigo.
—No me quiero pelear con Torie —replicó Ted sin gran convicción—. Me lo estoy pasando bien con Lady Emma.
—Y estoy convencido de que ella se lo está pasando bien contigo, pero en este preciso momento te sugiero que te hagas a un lado.
Emma sintió un escalofrío de inquietud cuando, sin darse ninguna prisa, Ted lanzó a Kenny una dura y desafiante mirada que de repente hizo que pareciera tener más de veintidós años.
—Tenemos pendiente un ajuste de cuentas.
—Pon hora.
—Mañana a las siete de la mañana.
—Sé puntual.
Emma levantó las manos.
—¡Paren esto de inmediato!
Kenny arrugó la frente.
—¿Que paremos qué?
—¡Lo de amenazarse uno al otro! Se están comportando como críos.
—No nos estamos amenazando. Vamos a jugar al golf.
—Yo jugaré al golf —terció Ted—. Está por ver que aquí John Travolta lo vaya a hacer. —Le dedicó una lenta sonrisa a Emma y se alejó.
Ella lo vio desaparecer, sintiendo momentáneamente que la abandonaban las fuerzas. Si a los veintidós era capaz de hacer que una se derritiera de esa manera, ¿qué pasaría cuando tuviera diez años más?
Kenny la cogió entre sus brazos, y la inglesa volvió a sentir que se quedaba sin fuerzas. La atracción instintiva que sentía hacia él la enfurecía.
—Vuelva a meterse los ojos en las cuencas, Lady Emma.
—¿Cómo dice?
—No se haga la tonta. Sé muy bien lo que está haciendo. Está examinando mentalmente los candidatos para poner fin a lo que usted ya sabe. Su virginidad —añadió, por si no lo había cogido—. Y mi joven compañero acaba de pasar a ocupar el número uno de su lista.
—No sea absurdo. Es demasiado joven —no pudo evitar añadir Emma—. Aunque está muy bueno.
—Sí; bien, hágame caso... a su amiga Francesca no le hará mucha gracia que intente seducir a su nene.
Emma dio un traspié.
—¿A su nene?
Kenny la guio para que volviera a coger el paso.
—Por no hablar de lo que el Anticristo podría tener que decir al respecto. Se siente muy orgulloso de su hijo.
—¿Es el hijo de ellos? —Emma parpadeó—. Bueno, caray... ella siempre habla de su Teddy. Nunca pensé...
—eodore Day Beaudine. El hijo único de Francesca y quien usted ya sabe.
—Tenía la impresión de que el hijo de Francesa era mucho más joven, un niño todavía. Nunca pensé...
—Bueno, pues empiece a pensar ahora, señora Robinson, porque sin duda no es ningún crío, y está fuera de su alcance.
—No tenía planeado seducirlo. Es lo bastante joven para haber sido alumno mío. ¿Cómo se le ocurre algo tan horrible?
—¿Tengo que recordarle cierto desgraciado incidente de hace dos noches?
—Eso fue diferente. Tenía intención de pagarle.
Kenny se rio entre dientes, y entonces le puso una mano en la espalda. Emma sintió sus dedos deslizándose por la estrecha tira de piel entre la camiseta y la cinturilla del vaquero. No estaba segura de si era fortuito o no, y se estremeció sin querer.
La voz de Traveler se hizo un poco más grave.
—Hasta este momento, jamás se me habría ocurrido que pudiera estar tan desesperada por conseguir sexo que fuera realmente a abusar de uno de los inocentes chicos de nuestro pueblo.
—Pero si apenas es...
—Tal vez tenga que renunciar a mis principios y acostarme con usted, después de todo.
Emma volvió a dar un traspiés, y Kenny levantó una de sus cejas morenas.
—Aunque, para ser sinceros al respecto, no sé si estoy preparado para todo el trabajo que implica tener relaciones sexuales con una... ya sabe qué. Sin embargo, imagino que llega un momento en la vida de todo hombre en que tiene que sacrificarse en aras del bien superior de la comunidad.
Emma lo pisó deliberadamente.
—Uy, perdón.
—¡Lo ha hecho a propósito!
—Por supuesto que no.
Kenny no dijo nada durante un instante, y al cabo exhaló el largo suspiro de quien se siente explotado. Al mismo tiempo, le deslizó subrepticiamente el pulgar por debajo de la basta de la camiseta.
—Vale, usted gana. Dejaré que haga travesuras conmigo.
Aunque sabía que le estaba tomando el pelo, Emma sintió aquel extraño estremecimiento en la cintura. Entonces se le ocurrió coger una jarra de cerveza de una de las mesas y echársela por la cabeza abajo. ¿Cómo se podía llegar a almacenar tantísima arrogancia en un hombre?
—Gracias, pero no querría ponerle en semejante aprieto.
Kenny se la acercó hasta que los senos de Emma se aplastaron contra su pecho.
—No es para tanto. Me limitaré a tumbarme y dejaré que haga usted todo el trabajo. De todas las maneras, eso sería probablemente lo que más le gustase.
Antes de que Emma pudiera dar con una respuesta, él dejó de bailar.
—Oh, no. Ahora que estaba usted pensando en que era seguro volver a meterse en el agua...
Emma levantó la vista y vio a un hombre bastante despeinado de treinta y pocos años vestido con unos pantalones chinos, camisa de algodón azul arrugada y gafas de montura metálica acercarse a la mesa donde Torie estaba sentada con Ted. Este se levantó inmediatamente y le tendió la mano, a todas luces complacido.
No así Torie, sin embargo, que irguió la columna y lanzó al hombre una mirada de pura malevolencia.
—Ese es Dexter O’Conner —le informó Kenny—. El heredero de Com National, prometido de Torie y el mayor majadero de Wynette, Tejas. La mayoría de las veces, Ted es la única persona de todo el condado que sabe de qué está hablando.
A Emma, Dexter O’Conner le recordó a Jeremy Fox. Los dos tenían el mismo agradable aspecto desaseado, aunque aquel hombre era más alto y delgado. Su huesuda cara de erudito era un poco demasiado larga, aunque no carecía de atractivo. Tenía una frente amplia e inteligente, unos ojos separados, y el pelo, castaño y desgreñado. Emma no tardó más que unos segundos en darse cuenta de que Dexter O’Conner era exactamente la clase de hombre que siempre le había atraído.
Kenny la soltó.
—Deberíamos acercarnos antes de que Torie le arranque algo de un mordisco y deje morir desangrado a ese pobre hijo de puta. —Se acercó a la mesa como el vengador enmascarado—. ¿Qué cojones estás haciendo aquí, O’Conner?
—Dex ha venido a reunirse conmigo —dijo Ted—. Y los puñeteros intrusos sois tú y Torie, así que ya os estáis largando. Lady Emma, usted puede quedarse.
Emma le sonrió.
—Gracias.
Ted la presentó, y Dexter O’Conner reconoció su presencia con una rápida y penetrante mirada antes de hacer una cortés reverencia con la cabeza. Había algo en sus modales que hizo que Emma le cogiera simpatía. El hombre se quitó sus gafas de montura metálica, dejando a la vista un par de ojos grises preciosos, y se sacó un pañuelo del bolsillo para limpiarlas.
—La verdad es que me gustaría que Victoria y Kenny se quedaran también. Mientras estemos todos aquí, creo que sería pertinente que tratáramos de alcanzar algún acuerdo.
—¿Has oído, Kenny? Pertinente. Habla como si se hubiera esnifado un jodido diccionario. Y te lo juro por Dios, Dexter, la próxima vez que me llames Victoria te aplastaré el cuerpo contra el suelo.
—Dudo que eso fuera posible. —El hombre volvió a ponerse las gafas—. Soy bastante más grande.
Torie se desplomó hacia delante y se cogió la frente con las manos.
—Joder... mira que eres gilipollas.
—Pero es un gilipollas inteligente —apuntó Ted—. Y al contrario que tú, Dex se ha ganado a pulso su parte del dinero familiar.
—Cierra la boca, pequeño capullo. —Torie alargó la mano para coger sus cigarrillos, pero Dex se los quitó de las manos.
—No me gusta nada verte fumar, Victoria.
—¡Se acabó! —Soltando un gruñido, Torie se levantó de un salto y se lanzó al cuello de Dex.
Kenny la rodeó por la cintura antes de que pudiera caer sobre su presa.
—Cálmate de una vez. Ya sabes cómo detesto que te manches la ropa de sangre. —Lanzó una mirada de advertencia a Dexter mientras Torie forcejeaba entre sus brazos—. Deberías largarte de aquí, Dex. No sé cuanto tiempo más podré sujetarla.
—No veo razón para marcharme —respondió Dex—. Tengo que hablar con ella de una cosa. Si quieres, puedes quedarte a escuchar.
Cuando los gruñidos de cólera de Torie se hicieron más fuertes, Ted se levantó.
—Tienes razón, Kenny. Alguien necesita que la aticen. Me la llevaré fuera hasta que se calme. —Lanzó un suspiro—. Aunque no quiero ser yo quien lo haga. —Agarró a Torie por la cintura, justo por debajo del brazo de Kenny, y tiró—. Vayamos a jugar al futbolín. ¡Y esta vez, déjame ganar!
Torie lanzó a Dexter una mirada maligna mientras Ted se la llevaba a rastras.
Emma observó a Dexter con interés. Había sabido que Tejas sería fascinante, pero no había esperado encontrarse arrojada al centro de un dramón tan fascinante. Era como una reposición de Dallas, salvo que los actores eran mucho más simpáticos. Bueno, todos excepto Kenny Traveler.
En ese preciso instante vio al tipo cuadrado observándolos y las expectativas la emocionaron; Beddington detestaría que se implicara en una escena pública como aquella.
Kenny se sentó.
—Si quieres un consejo, no camines por callejones a oscuras, Dex. Ella no pelea como una chica.
—Como seguro que descubrieron sus dos ex maridos. —Dexter se instaló en la silla que Torie había desocupado—. No le tengo miedo a tu hermana, Kenny. Pensaba que te habrías dado cuenta. Sin embargo, ella sí que me tiene pánico.
Kenny sonrió, burlón, y sacudió la cabeza.
—Cree lo que quieras.
Dex pareció resignarse.
—Debería haberme esperado esto. —Se volvió hacia Emma—. ¿Hace cuánto que conoce a Victoria, Lady Emma?
—Emma a secas. Desde esta mañana nada más.
—Imagino que eso es poco tiempo para que haya ejercido alguna influencia sobre ella. Es una pena. Usted parece bastante sensata.
Kenny extendió rápidamente la mano.
—Bueno, Lady Emma, sensata no es lo mismo que conservadora, así que no se quite la ropa.
—No tenía ninguna intención de quitármela.
Dex la examinó con más atención.
—¿Por qué no dejas en paz a Torie? —preguntó Kenny.
—No es tan sencillo. No olvides que nuestros padres están por medio.
—Si tuvieras huevos, Dex, les dirías a ambos que se fueran a la mierda, en lugar de dejar que torturen a Torie de esta manera.
Dex se lo quedó mirando un buen rato de forma inescrutable.
—Supongo que no debería sorprenderme por tu reacción. —Hizo un encogimiento de hombros y se levantó—. Hablaré con Ted más tarde. Ha sido un gran placer conocerla, Emma. Espero volver a verla pronto. —Se despidió de Kenny con un gesto de la cabeza y, lanzando apenas un vistazo hacia el futbolín, se dirigió a la puerta del Roustabout.
—Hijo puta desalmado.
—Pues a mí me ha parecido muy agradable —dijo Emma.
—Me imaginé que le gustaría. Es su tipo.
—Totalmente.
—¿Es un brillo calculador lo que veo en sus ojos?
Como no le respondió, Kenny puso ceño.
—Primero persigue a un mozalbete. Y ahora tiene en el punto de mira a Dex. Nadie diría que es exigente.
Emma no le iba a permitir que se cebara con ella.
—Las mujeres desesperadas no pueden ser exigentes.
—Supongo entonces que debería bailar con usted. —Lo dijo con la suficiente desgana como para dejarle claro que le estaba haciendo un favor.
—Oh, no. —Le dedicó una sonrisa simpática—. Eso le exigiría demasiado esfuerzo.
Aquello lo enfureció tanto que empezó a sentir pinchazos en los dientes. ¡Caray!, había algo en aquella mujer que lo irritaba. Esa noche había querido alejarse de ella, pero entonces se había presentado allí. Lo peor era aquella parte de él que se había alegrado de verla, razón por la cual no se había comportado demasiado bien, porque no quería alegrarse de ver a la rectora virgen.
La mujer no ocultaba el hecho de que no tenía buen concepto de él, y a Traveler no le gustaba la idea de no ser más que un artículo sexual, aunque sus sentimientos hacia ella eran de parecido jaez. O al menos pensaba que lo eran.
No estaba acostumbrado a sentirse confuso acerca de una mujer, y sus pensamientos retornaron a la persona que, de entrada, lo había colocado en aquella situación. Si no fuera por Francesca, a lo mejor podría convencer a Emma para tener una aventura discreta; los dos podrían utilizarse mutuamente, y luego olvidarse del asunto. Pero no conocía a nadie que tuviera más medios de averiguar los asuntos del prójimo que la esposa de Dallie, y esta jamás le perdonaría si pensara que se había aprovechado de su amiga. Y tampoco sería de la menor utilidad decirle que había sido Lady Emma quien empezó todo el asunto cuando había tratado de comprar su cuerpo.
Se sentía claustrofóbico, como si le estuvieran obligando a entrar en un cuartucho sin ventanas y sin salida. Lady Emma era demasiado marimandona, demasiado difícil, una de esas mujeres que podía subirse a la chepa de un hombre y machacarlo con sus exigencias hasta dejarlo despachurrado como al coyote del Correcaminos. Frustrado, la levantó de un tirón y la condujo de nuevo, sin ninguna delicadeza, a la pista de baile, donde no fueron necesarios mas que unos segundos para que su mal humor volviera a desbordarse.
—¡Deje de intentar llevarme!
—Pues vaya más deprisa.
—Esto es una balada.
—Eso no significa que tenga que quedarse dormido.
—¡No me estoy quedando dormido! Le juro... —Pero fuera lo que fuese aquello sobre lo que había estado a punto de jurar, el caso es que se le fue de la cabeza cuando el pelo de Emma le rozó la base de la barbilla.
Por un instante hubiera jurado que olía a violetas, lo que era bastante raro, puesto que no tenía ni idea de a qué olían las violetas, salvo que por alguna razón supo que olían exactamente igual que Lady Emma.
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