Amor o chantaje
Capítulo 13
—Kenny. —Los sentidos embotados de Emma le dificultaban el habla, pero se concentró en formar las palabras porque la comunicación sincera entre una pareja sexual era de vital importancia, ¡y tenía que comprender que ella tenía necesidades!
—La bata... —Tragó saliva—. Quítala. Quítame la...
La punta de la lengua de Kenny le descubrió un palpitante punto en el lado del cuello, y Emma gimió. Pasaron sus buenos segundos antes de que pudiera poner en orden sus pensamientos de nuevo.
—No... justo ahí no. —Gimió—. Tócame... el... Quítate la ropa y tócame...
Kenny se incorporó y la miró con cara de pocos amigos. Tenía la boca tan hinchada como ella, y sus ojos bañados de pasión le recordaron a Emma unos caramelos de violeta.
—¿Pasa algo?
Emma le ahuecó las manos en la mandíbula, recobró el aliento y sonrió para que comprendiera que no estaba criticándolo, sino tan solo proporcionándole cierta indicación muy necesaria.
—¿Podría avanzar un poquito?
—¿Avanzar... un... poquito? —Cada palabra salió como una bala.
—Ajá.
—¿Quiere que avance... un... poquito?
—Si no tiene inconveniente.
—¿Tiene prisa o qué?
—Algo parecido.
—¿No me diga que también tiene un horario para esto?
—No se trata de ningún horario. No, claro que no. Es solo que estoy... bueno... estoy segura de que le alegrará saber que estoy muy excitada, y creo que podríamos pasar adelante... ya sabe, a la siguiente parte. A la parte buena.
Él arqueó una ceja.
—¿Y esta parte no es buena?
Se dio cuenta de que lo había ofendido, y se apresuró a apaciguarlo.
—Por supuesto que es buena. Es maravillosa. La verdad, Kenny, es que besa de una manera extraordinaria, aunque es un poquito lento y... —La expresión de Kenny empezó a adquirir un tinte amenazador—. Me lo estoy pasando chachi. De verdad. Pero ya hemos acabado con esta parte. —Su voz se fue debilitando—. ¿No?
Kenny se tumbó de espaldas y empezó a rezongar.
—Tenía que haberlo supuesto. No sé por qué me sorprendo siquiera.
Para consternación de Emma, se levantó, aunque se quedó de pie junto a la cama, apuntándola con un dedo en dirección a su cara de una manera general.
—Ahora escúcheme, Emma, porque solo se lo voy a decir esta vez. Desde este momento y hasta que estemos totalmente escurridos, aquí mando yo. ¿Me ha oído?
—Pero...
—¿Y sabe por qué? Porque el experto soy yo, ¡no usted!
La rebeldía se agitó en el corazón de Emma.
—¡Nunca dije que lo fuera!
—Entonces, ¿por qué está dando órdenes? —preguntó con una exagerada paciencia.
—Pensé nada más...
—¡Pues se acabó pensar tanto! —Su mandíbula se tensó con obstinación formando una línea, y Kenny apoyó el pulpejo de la mano en el poste de la cama—. Bueno, así es como lo haremos. Los dos vamos a practicar un poquitín cierta perversión sexual conocida por dominación y sumisión. ¡Yo voy a ser el dominador y usted la susima! Bueno, por si acaso no estoy siendo claro, eso significa que no puede dar ni una orden. Ni una. Puede quejarse; los quejidos son magníficos. Puede suspirar; suspirar también está bien. Pero nada de órdenes. Y solo cuando yo diga que hemos terminado, puede hablar. Y entonces solo dos palabras: muchas y gracias.
Debía de sentirse ofendida —se sentía ofendida—, aunque al mismo tiempo se había apoderado de ella unas irrefrenables ganas de echarse a reír. Aquel sujeto era tan absolutamente arrogante. Y también tenía razón; a veces era demasiado sargento.
Kenny siguió con el ceño puesto.
—Bueno, ¿me he explicado con claridad o necesito encontrar aquella cuerda de la ropa que compró anoche en la parafarmacia?
Solo con intención de mostrarse insolente, Emma señaló indolentemente con la mano hacia el rincón de la habitación donde había dejado la bolsa con sus compras.
Kenny entrecerró los ojos.
Ella se lo quedó mirando con aire remilgado.
—Así quizá pudiera encontrarle alguna utilidad a las cosas que compré, aunque estoy segura de que no voy a necesitar ese humectante.
—Puede jurar que no.
Justo cuando empezaba a sentirse un poquito satisfecha por no arrugarse ante su exhibición de golpes en el pecho, Kenny la alarmó entrando al trapo de su farol. Cuando se dirigió hacia el rincón de la habitación donde ella había dejado la bolsa, se incorporó de un salto en la cama.
—¡Kenny, lo dije de broma! Lo de la cuerda de tender.
—Ajá.
—En serio, no creo que pueda tolerar ser... ser atada.
—Más tarde. Después de que haya adquirido más experiencia.
Cuando se volvió, Emma vio que sostenía dos cajas de condones en la mano. Su expresión la desafió a preguntar cuando se dirigió hacia ella y las dejó una al lado de la otra en la mesilla de noche con sendos golpes sordos.
Emma tragó saliva.
En los ojos de Kenny había un brillo que no auguraba nada bueno.
—¿Tiene algo que decir?
Negó con la cabeza. Aunque en teoría se oponía a cualquier clase de dominación masculina, en concreto esta resultaba incuestionablemente excitante.
—Bien. —Kenny se quitó los zapatos y le recorrió el cuerpo de pies a cabeza con una mirada que Emma solo pudo interpretar como provocativa —. Bueno, ¿dónde estaba? Me ha cabreado tanto que he olvidado lo que estaba haciendo. —Se sentó en el borde de la cama y empezó a juguetear con el dobladillo de la bata de Emma mientras pensaba detenidamente en ello. La rozó el tobillo con los dedos y le fue subiendo lentamente la bata hasta que llegó a la rodilla.
Emma recuperó el aliento y se dio cuenta de que, después de todo, él había terminado por entender lo que le había querido decir.
Sin ninguna prisa Kenny le trazó un círculo en la suave piel de detrás de la rodilla, al que siguió otro, y a continuación un número ocho con la misma punta de la uña, y luego una coma.
Oh, caramba... Emma dejó que sus piernas se separasen, animándolo en silencio a continuar con sus jeroglíficos táctiles al concederle una mayor superficie de escritura.
Kenny se apartó de pronto y suspiró.
—Esto no es en lo que estaba. Sé lo mucho que le gusta que todo se haga por orden, así que supongo que debería de empezar de nuevo.
Emma gimoteó; no pudo evitarlo.
Las comisuras de la boca de Kenny se curvaron.
Y entonces empezó de nuevo... Con besos más profundos y perezosos; con lentas caricias de la lengua; con ligeros roces en puntos donde ella no sabía que latiera el pulso. Hasta aquel horrible tatuaje mereció sus atenciones.
Pareció que pasaran décadas antes de que finalmente le abriera la bata de un capirotazo y le rozara la cúspide misma del pezón con la punta de la lengua. El pecho de Kenny subía y bajaba rítmicamente, y con las palmas de las manos Emma notó que tenía la camisa mojada, aunque todavía no se había desnudado. Oyó su aliento caliente, sintió la frágil contención del hombre, y se preguntó cuándo se desataría. Confiaba que...
Le jugueteó con la lengua en el ápice menesteroso. Emma sacudió la cabeza a un lado y arqueó el cuerpo, sudorosa y mojada, suave y vibrante, y sus pensamientos abandonaron su cuerpo mientras se aferraba a los bordes de un cataclismo descomunal.
La boca de Kenny se afianzó sobre el duro guijarro en que se había convertido su pezón, y lo chupó con fuerza. Dos, tres veces. Más.
Con un grito Emma se disolvió.
Kenny se puso tenso y la atrajo entre sus brazos, donde la sostuvo contra su pecho hasta que dejó de temblar.
Volvió a dejarla sobre la almohada dulcemente y le retiró un mechón de pelo que le había caído sobre la cara.
—¿Se ha corrido? —preguntó en un susurro.
Emma dio una bocanada de aire y asintió con la cabeza. Las lágrimas acudieron a sus ojos.
—Traté de decírselo, ¡pero no me hizo ni caso!
Lejos de sentirse reprendido, Kenny curvó la boca en una sonrisa pletórica de placer.
—Mi dulce Lady E. Es usted algo realmente especial.
—Espero que esté satisfecho —balbució ella, ya no tan irritada.
—Todavía no.
Sin previo aviso, le abrió la parte delantera de la bata y le metió la mano entre los muslos abiertos. Emma jadeó cuando le abrió los turgentes pliegues y le metió suavemente un dedo hasta lo más hondo.
—Todavía no —repitió en un susurro.
La respiración de Emma se convirtió en un inaudible siseo. Sin dejar de observarla atentamente, sacó el dedo y lo volvió a meter. Lady Emma vislumbró lo colorado que estaba y se fijó en los tendones que se le tensaban en los costados del cuello. Entonces sintió la presión muy dentro de ella.
Soltó un grito estrangulado y se retorció.
Kenny la volvió a sujetar una vez, la atrajo contra su pecho y le acarició la mejilla con los labios.
—Debo de ser el hombre más afortunado del mundo.
En cuanto ella recuperó el resuello, Kenny se levantó para despojarse de su ropa, y cuando Emma recuperó de nuevo la capacidad de hablar, ya estaba desnudo. ¡Dios bendito!, anda que no estaba bueno, todo él carne prieta y músculos de acero. Bajó la vista. Pero que todo él, eh.
Se levantó y se sentó sobre los talones. Kenny se acercó. Ella se inclinó hacia delante, bajó la cabeza y le lamió el vientre.
Esa vez fue él quien gimió. Le mordisqueó tiernamente el pétreo músculo que le cruzaba en diagonal el lateral del abdomen, dejó que sus dedos ascendieran por la cara interior del muslo y le acariciaran en una depresión junto a su bajo vientre. Estaba lista para jugar todo el día.
Las palabras estranguladas del golfista le hicieron saber que no iba a ocurrir tal cosa.
—Dígame que no voy a tener que atarla.
Emma titubeó tan solo un instante antes de volver a tumbarse, levantó los brazos hasta que tocó el cabezal de la cama y sonrió.
—No hay necesidad.
No conseguía explicarse por qué confiaba tanto en él ni por qué estaba dispuesta a aguantar sus ridículas normas. Lo único que sabía es que se sentía a salvo. A salvo —y a pesar de dos orgasmos— increíblemente excitada.
Él se sentó en la cama, le cubrió las rodillas con las palmas de las manos y se las separó. Luego, se arrodilló en medio de ella y la miró, abierta, brillante, turgente.
—Es tan hermosa.
Mientras la observaba, la inglesa se empapó de la visión de su cuerpo. Bueno, eso era belleza, y lo demás tonterías. Acero y mármol. Ansiaba tocarlo —tenía que tocarlo— y alargó la mano.
Kenny sacudió la cabeza.
—Esta vez no, querida. Por favor. Mi contención es limitada. Y esto ha de resultarle perfecto. —Le quitó la bata y renovó su merodeo sensual.
Roces indolentes e intensos.
La punta de un dedo. Una incursión.
Un mordisquito. Otro mordisquito. Otro más. Un mordisquito más.
Y entonces... un lento y largo... lengüetaaaaaaazo.
¡Demasiado para el cuerpo!
Sonrió cuando Emma volvió a gritar.
—El más afortunado del mundo —repitió.
De un manotazo cogió la caja de la mesilla de noche y se colocó encima de ella enseguida, mordisqueándole el labio inferior, tumefacto ya por los besos, y empezó a penetrarla suavemente.
A pesar de todo, no sucedió holgadamente.
—Con calma, cariño, con calma.
Disfrutando de la presión del peso que sentía encima, Emma se aferró a sus hombros húmedos y arqueó las caderas.
Kenny gimió.
—Por favor... querida... no trate de asumir el mando ahora.
—E-es... lo necesito...
—Lo sé. Lo sé.
Solo tenía una parte de él dentro, y quería más.
—Con cuidado... con cuidado —canturreó Kenny para ella o para sí, no estuvo segura. Y le trajo sin cuidado. Lo único que sabía es que cada vez volaba más y más alto... Cuando se separó del todo, sollozó.
Y de pronto lo tenía al completo, y la cosa no estaba terminando, sino tan solo en su comienzo.
Fuertes y profundos empellones. Los ojos violetas se oscurecieron hasta hacerse como la medianoche. Sus manos la inmovilizaban contra la almohada, con su peso encima, dentro de ella, estirándose, bombeando. Qué sensación y qué olor el de aquel hombre.
Otro ascenso... otra espiral. Años... décadas... siglos.
Una sensación caliente y densa.
Y... mucho después... el regreso.
Muchas... gracias.
Emma salió del baño con la bata puesta sobre la piel todavía mojada de la ducha. Hizo una mueca de dolor al dirigirse con demasiada prisa a la cómoda para coger su ropa interior. Kenny entrecerró los ojos para protegerse de la luz matinal y la sonrió burlonamente desde la cama hecha un revoltijo.
—Te dije que esa última vez era ya un exceso, pero ¿me hiciste caso? No, qué vas a hacer caso. Siempre crees que lo sabes todo.
Ella trató de calcular el número exacto de aquellos explosivos orgasmos que había tenido durante la noche, pero perdió la cuenta.
—No pude evitarlo. Estaba enloquecida.
—¿Ah, sí?
—Y tú también, así que quítate esa expresión de autocomplacencia de la cara.
—Sin duda que sí. Al final me hice con toda esa energía que canalizaste en la dirección correcta.
Apartó la sábana y salió de la cama, ajeno al hecho de que estaba desnudo. Cuando Emma sacó una muda limpia llena de encajes del cajón, vio la luz de la mañana juguetear en los planos y desniveles del cuerpo de Kenny. Tenía el pelo negro y rizado alborotado, y divisó una marca roja en su espalda, además de un incipiente cardenal en un lado del cuello. Le alegró bastante saber que había sido ella la artífice de aquellas feas manchas en un hombre tan extravagantemente guapo.
Kenny empezó a recoger su ropa del suelo.
—Llamó Shelby mientras estabas en el baño. Tiene que acudir a una reunión, y Luisa tiene que ir al médico, así que me pidió que me encargara unas horas de Petie al final de la mañana. Sé que dije que el día te pertenecía, pero ¿te importa posponer lo de Austin para esta tarde?
—En absoluto.
—Primero me gustaría ir a dar unos golpes al campo de golf. A lo mejor podrías leer o lo que sea mientras entreno. ¿Estarás lista en media hora?
Cuando ella asintió con la cabeza, Kenny se colgó la ropa del brazo y, todavía desnudo, salió del cuarto.
Al cabo de unos segundos, Patrick soltó un alarido en el pasillo.
—La próxima vez avisa, ¿vale, Kenneth? Se me han acabado las sales.
Kenny se echó a reír, y entonces se oyó el ruido de su puerta al cerrarse.
Emma suspiró cuando se acercó al ropero. Habría sido bonito que la hubiera besado antes de marcharse.
Realmente besaba como nadie. Y era un amante maravilloso. Considerado, desprendido, emocionantemente pervertidillo, y estaba tan bueno desnudo que querría ponerse a gritar. Y vaya si podría, pensó. Pero no porque estuviera tan bueno desnudo.
Se dejó caer en el mullido sofá y se mordió el labio inferior. Le quedaba poco más de una semana y tenía que tener presente que Kenny Traveler estaba ahí para las pasiones, para el escándalo, incluso para los recuerdos, pero no para siempre.
Con independencia de lo que la última noche hubiera significado para ella, para Kenny no sería otra cosa que las más nimia de las distracciones en el gran torneo de golf de su vida. Había compartido su cuerpo, pero nada de lo que era, y, en el futuro, si alguna vez se acordaba de Emma, sería solo porque había sido distinta de sus otras conquistas sexuales.
Pero ella jamás lo olvidaría. Se llevaría a la tumba el recuerdo de aquella noche, y sabía que no serían los orgasmos lo que recordaría, sino la intimidad, la sensación de conexión. Dormir con alguien, ser abrazada con tanta ternura y oír los latidos de su corazón. Permitirse el lujo de aparentar, siquiera fuera por unos instantes, que estaba unida a alguien.
Miró fijamente por la ventana y reflexionó sobre la facilidad con que la mayoría de sus conocidos conseguían entablar una relación. Pero no ella; hasta donde podía recordar, su vida había sido una sucesión de relaciones rotas. Se recordó con seis años, parada en la entrada de Orchard House esperando a que sus padres la fueran a recoger para pasar ocho meses en África. La habían querido, pero no tanto como habían querido a su trabajo.
Había tratado de relacionarse con las profesoras y las madres superioras. Algunas le habían cogido cariño, pero tenían sus propios hijos, o encontraban otros empleos y se largaban. Solo Santa Gertrudis había permanecido inalterable. Fiable, acogedora, siempre allí.
La distinguida señora no la había abandonado en las muertes de sus padres ni en las largas vacaciones en las que había sido la única niña en quedarse en el colegio; ni luego, más tarde, ya como profesora, cuando había llegado a preocuparse tanto por los hijos de los demás. Santa Gertrudis era la única relación duradera de su vida.
Pero no por mucho tiempo. Pronto se vería obligada a abandonar aquel querido viejo montón de piedras y ladrillos. Roto aquel lazo, no le quedaría ningún lugar en el mundo al que pudiera llamar hogar.
Se sintió tentada de abandonarse a unos momentos de autocompasión, pero no iba a hacer tal cosa. Con independencia de adónde la llevara su nueva vida, siempre tendría la satisfacción de saber que el colegio perviviría, que seguiría proporcionando un refugio a otras chicas solitarias. Y, por el momento, no iba a pensar más allá del presente. Durante algunos días más, se limitaría a disfrutar de cada momento de aquella breve y carnal relación con un hombre que no la amaba.
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