Amor o chantaje

Susan Elizabeth Phillips · Capítulo 11 de 26

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Amor o chantaje

Capítulo 10

 

 

Esa noche Kenny hizo gala de una educación impecable mientras conducía hasta la casa de su familia, pero en ningún momento le tomó el pelo, intentó manipularla o tan siquiera la criticó. Era evidente que ella había ofendido su sentido del honor. ¿Pero cómo podía haber sabido que el honor era tan importante para un hombre que, solo tres noches antes, la había hecho creer que era un gigoló?

Después de atravesar una sucesión de verjas recargadas y entrar en la finca de los Traveler, Emma se lamentó de haber aceptado acompañarlo esa noche, pues se sentía frustrada. Se había disculpado, y no había nada más que pudiera hacer.

Cuando se concentró en el entorno, se dio cuenta de que la casa familiar de Kenny era en realidad una finca con un largo camino de acceso que serpenteaba por unos jardines exquisitamente cuidados. Apreció una construcción de estilo morisco con los muros de estuco rosado y el tejado almenado. Al acercarse, vio que la casa tenía varias alas, que las ventanas eran abovedadas, y el tejado de tejas. Una enorme fuente de mosaico cerca de la entrada confería a todo el lugar un aire como salido de las Mil y una noches y no de las colinas de Tejas.

—Mi madre quería algo que se saliera de lo común —explicó cortesmente Kenny mientras aparcaba. Emma esperó oír algún chascarrillo sobre sultanes o harenes, pero él no dijo nada más.

Cuando salieron del coche, el frío nocturno atravesó el traje de crepé de rayón amarillo brillante que había escogido para ponerse esa noche. El vestido tenía un estampado de amapolas granates y mangas tres cuartos para cubrirse el tatuaje. Beddington habría aprobado el atuendo, pensó Emma con abatimiento, aunque sencillamente no había podido soportar la idea de ofender a la familia de Kenny apareciendo con su indumentaria más rompedora. Además, el sabueso del duque mal lo tendría para seguirla al interior de un escenario privado. Su ánimo se hundió un tanto cuando se dio cuenta de que ese día no había hecho nada para arruinar su reputación.

Caminaron hacia una puerta doble con incrustaciones de bronce repujado que formaban unas bandas. La casa era impresionante y exótica, aunque no muy acogedora, y Emma no pudo por menos que compararla con el confortable rancho de Kenny. ¿Cómo se habría sentido al crecer allí como el pequeño sultán de su madre y la decepción de su padre?

Kenny sostuvo la puerta para que pasara, y Emma entró en un vestíbulo embaldosado que estaba decorado como una casa de campo inglesa, aunque ni de lejos tan poco sofisticada. A diferencia de la arquitectura morisca del zaguán, una mesa Hepplewhite muy brillante sostenía una par de figuritas de Dresden, mientras que un antiguo paisaje inglés cubría gran parte de la pared lateral. La yuxtaposición de estilos resultaba un tanto desconcertante, aunque no carecía de atractivo.

Torie bajó las escaleras. Llevaba puesto un vestido sin costuras ni mangas color chartreuse con una camiseta negra.

—Bienvenida a Marrakech-on-Avon, Lady Emma. —Besó fugazmente a Kenny en la mejilla—. Hola, nenito. Los Monsters nos esperan en la terraza. Vamos a cenar a la fresca.

—Qué suerte la nuestra.

Emma siguió a Kenny y a Torie por un salón de techos altos decorado con muebles decimonónicos y chintz, junto con una exhibición de fotografías en marcos de plata y grabados de escenas de caza. Un par de puertas moriscas con taracea de mosaico daba a una terraza agradablemente sombreada cuyo suelo de ladrillo rosa bordeado de azulejos rosas y azul marino formaba un dibujo de espiguilla. Adosadas a las paredes de estuco había unos bancos de brazos curvilíneos cubiertos con unos alegres almohadones de estampado de cachemira. Una gran mesa de baldosas con un farol de latón en el centro estaba dispuesta para la cena. En un extremo de la terraza, dentro de un parque infantil con una pinta muy norteamericana, había un bebé de pelo negro que se agarró a la malla de los laterales y empezó a berrear y a patalear en cuanto vio a Kenny.

—¡Eh, hijo, ya está bien!

Emma no necesitó ninguna presentación para identificar como al padre de Kenny al hombre que se levantó como un rayo. Era una versión del hijo más robusta, todavía atractivo, aunque de rasgos más toscos y con una abundante mata de pelo veteada de gris. Su saludo demasiado cordial y la sonrisa excesivamente entusiasta indicaban a un hombre inseguro de sí mismo. Cuando se adelantó para abrazar a su hijo, Emma percibió el retraimiento casi imperceptible de Kenny, que aunque permitió el abrazo, no lo devolvió.

Emma comprendió de inmediato que Kenny no había perdonado a su padre por los años de abandono durante la infancia; también se percató de lo mucho que su padre deseaba ese perdón.

Kenny se soltó en cuanto pudo y se dirigió al parque infantil, donde levantó al bebé en brazos.

—¿Cómo te va, hermanito?

¿Fue la imaginación de Emma o hizo un innecesario hincapié en aquella última palabra?

Peter soltó un grito de placer. En ese preciso instante Shelby apareció por la puerta. Llevaba unas mallas blancas y un descomunal jersey de algodón con el cuello de pico verde lima. Más que la mujer parecía la hija del señor Traveler.

—Lady Emma, es un grandísimo honor tenerla con nosotros esta noche. No sé si Kenny se lo ha dicho, pero me vuelve loca todo lo que tiene que ver con Inglaterra. Tengo una colección completa de libros sobre la princesa Di, por si los quisiera ver. ¿Le han presentado a mi marido Warren?

El hombre la sonrió afectuosamente.

—Lady Emma. Encantado de conocerla.

—Emma a secas está bien. Gracias a los dos por invitarme.

—Es un honor —dijo Shelby con exagerado entusiasmo, tras lo cual hizo un gesto hacia uno de los bancos de mampostería—. Dígame, ¿está disfrutando de su viaje? Tanto Warren como yo adoramos Londres, ¿no es verdad, Warren? ¿Vive cerca de la ciudad?

Emma explicó que vivía a varias horas en coche, en Warwickshire, y pasó a responder a las preguntas de Shelby sobre su viaje. No pasó mucho tiempo antes de que Shelby la estuviera obsequiando con sus anécdotas de mochilera en Inglaterra después de haber terminado la universidad y un proyecto de investigación que había hecho en una ocasión sobre D. H. Lawrence. Mientras hablaba, Torie se mantuvo a cierta distancia en un rincón, bebiendo a sorbos una copa de vino y observando a Kenny y a Peter con una expresión de suma desdicha en el rostro. Mientras, Warren parecía satisfecho con beberse a sorbos su bourbon y dejar que su esposa fuera la que hablara sin parar.

La rubia Shelby, con su aspecto rollizo y simplemente guapa entre aquella familia de semidioses morenos, fulminó a Torie con la mirada cuando esta encendió un cigarrillo.

—Apaga eso. Sabes que no me gusta que fumes cuando Peter está cerca.

—Estamos al aire libre. Y ni siquiera estoy cerca de él.

—No, no lo estás nunca. ¿Verdad? —El dolor ensombreció los ojos de Shelby, y Emma se acordó de lo que Torie le había dicho antes acerca de no poder tener un hijo. ¿Era esa la causa de la tristeza que acechaba tras sus modales extravagantes?

—Warren, Lady Emma no tiene nada de beber —dijo Shelby.

—¿Qué le apetece?

—Algo sin alcohol me vendría bien.

Warren se acercó tranquilamente a un bar instalado en un extremo de la terraza y se dirigió a su hijo en un tono excesivamente campechano.

—¿Y tú qué, Kenny? Tengo uno de esos tintos amariconados que te gustan.

—Más tarde. —Kenny ni siquiera se molestó en mirarlo. En vez de eso, se puso a Peter de pie sobre los hombros, sujetándole los brazos para que no perdiera el equilibrio, y llevó a su hermano pequeño para que viera de cerca a una ardilla que había trepado a las ramas de un olivo.

Torie encogió su cuerpo de modelo en uno de los bancos y cruzó las piernas.

—Bueno, ¿y qué le parece Mamá Shelby, Lady Emma? —Extendió los dedos sobre su pelo negro y apoyó el codo en uno de los cojines de cachemira—. Sé que se muere de curiosidad, aunque es demasiado educada para preguntar. Shelby tiene veintisiete años, treinta y un años menos exactamente que nuestro papá y un año menos que yo. ¿No se le revuelven las tripas al pensarlo?

—Torie, ¿no podrías esperar al menos a que Petie estuviera acostado? —le reconvino Kenny.

Su hermana hizo caso omiso.

—Papá la dejó preñada hace cosa de un año y medio, y tuvieron que casarse.

Warren parecía divertido, aunque Shelby se había puesto rígida.

—Tendrá que disculpar la grosería de Torie, Lady Emma. Se siente muy amenazada por mi relación con su padre.

—Asqueada se acerca más —le espetó Torie.

—Ya basta, chicas. —Warren lo dijo sin alterarse, como si estuviera tan acostumbrado a las discusiones de las dos mujeres que no le importaran lo más mínimo. Le dio un sorbo a su copa y miró a Emma—. Shelby era la pupila de Torie en la hermandad universitaria. Han sido amigas íntimas durante años, aunque ahora nadie lo diría. Incluso compartieron piso cuando Torie se divorció de uno de sus maridos.

—Solo me he casado dos veces —le retrucó su hija—. No lo hagas parecer como si hubiera sido una docena. Además, mi primer matrimonio apenas duró seis meses, así que no cuenta.

—Me hiciste comprar aquel horrible vestido de dama de honor rosa y lavanda —soltó Shelby—, así que vaya si cuenta.

Torie expulsó un fino chorro de humo.

—Sí, bueno, todos sabemos que Kenny hizo que te lo quitaras al llegar la medianoche, así que no debía de ser tan horrible.

Emma se irguió ligeramente en su asiento. El episodio de Dallas de esa noche había dado un giro inesperado. Se le ocurrió que el mero hecho de que se la relacionara con la familia Traveler podría ser más que suficiente para que Beddington se cuestionara la personalidad de Emma.

Kenny suspiró.

—No hice que se lo quitara, y tú lo sabes. —Besó a Peter en lo alto de la cabeza y lo balanceó en el aire para volver a meterlo en su parque infantil.

—¿Es que tenemos que hacer esto cada vez que nos reunimos?

—Déjalas tranquilas —dijo Warren—. Forma parte de su ritual.

Torie soltó una risa áspera.

—¿No habría sido divertidísimo que Kenny también te hubiera hecho un bombo, Mamá Shelby? Sería como una de esas cursiladas de estrechamiento de lazos afectivos entre padre e hijo.

—Eso es asqueroso incluso para ti —dijo Kenny—. Anda, tranquilízate ya, Torie. Te lo digo en serio. Shelby y yo salimos solo una vez. Nos besamos en la puerta, y eso fue todo.

—¿Lo hicisteis con lengua?

—No lo recuerdo —respondió su hermano con un gruñido.

—Yo sí me acuerdo. —Shelby miró a Torie con suficiencia—. Y no te lo voy a decir.

Kenny se dirigió al bar.

Warren Traveler soltó una risilla.

—Hogar, dulce hogar. ¿Verdad, hijo?

—Lo que tú digas.

El Rolex que Warren llevaba en la muñeca relucía cada vez que daba un trago a su copa.

—Me enteré de que tú y Ted Beaudine estuvisteis dándole hoy. Dicen que ganaste por tres golpes.

—Hizo un dos bajo par. Ambos hicimos un recorrido aceptable.

—Te lo juro, cuando le ponga las manos encima a ese hijo puta de Beaudine... Si yo fuera tú, haría que mis abogados se metieran a saco.

Emma se dio cuenta de que no estaba hablando de Ted Beaudine, sino de su padre, Dallie.

—Me estoy ocupando de ello —respondió su hijo.

—¡Falta una semana para el Masters ese de mierda! Los principales jugadores del mundo van a ir a Augusta salvo Kenny Traveler. No puedes permitir que Beaudine se salga con la suya. No tienes más que llamar a Crosley. Es el mejor abogado del estado, y me dijo...

—Te pedí que te mantuvieras al margen, ¿no?

Emma detectó el tono acerado de la voz de Kenny y se dio cuenta del retraimiento casi imperceptible del padre.

Torie hizo un movimiento lánguido en el banco.

—Estoy medio muerta de hambre. Si no comemos pronto, os juro que voy a pedir una pizza.

Casi como si le hubieran dado el pie para salir a escena, apareció una doncella transportando una gran bandeja que contenía unas ensaladas individuales. Shelby se levantó y les indicó a todos sus sitios. Cuando Kenny se acercaba a la mesa, Peter soltó un aullido, le lanzó una mirada suplicante a su tío y extendió los brazos para que lo cogiera.

—Déjalo tranquilo —dijo Warren—. Lo vas a malcriar.

—Para eso están los hermanos mayores, ¿verdad, Petie? —Haciendo caso omiso de su padre, Kenny se acercó al parque y sacó a Peter.

Shelby miró a su marido con cara de pocos amigos.

—No malcrías a un bebe por cogerlo en brazos, Warren. Estoy harta de repetírtelo. Yo no soy como tu primera esposa, y Peter no va a acabar siendo un inútil perezoso como Kenny, así que deja de preocuparte. Además, todos los libros que tengo lo dicen, que si no satisfaces sus necesidades cuando son pequeños, pagarás el precio cundo se hagan mayores.

Warren se la quedó mirando con una ligera irritación que no enmascaró el cariño que sentía por su jovencísima esposa.

—Imagino que podría saber algo más de criar hijos que tú.

—Claro, como hiciste un trabajo tan maravilloso —le retrucó su esposa.

—Ahí te ha cogido, viejo. —Kenny le lanzó a su padre una mirada ligeramente burlona mientras se metía a Peter debajo del brazo.

La doncella había arreglado cinco platos de porcelana china con las ensaladas, donde se combinaba la lechuga, el aguacate en rodajas y la pera verde en trozos, todo cubierto de gorgonzola rayado. Shelby le quitó Peter a Kenny y trató de sentarlo en su trona, pero el niño empezó a montar un escándalo, así que Kenny lo volvió a coger, tras lo cual se puso a rascar el gorgonzola para darle un trozo de pera al niño. Cuando empezó a comer su ensalada, Kenny no pareció percatarse de los trozos reblandecidos de pera que estaban goteando encima de sus pantalones.

Shelby interrogó a Emma por los contactos, por remotos que fuera, que la inglesa pudiera haber tenido con la realeza, y entonces Torie metió baza con una anécdota sobre un viaje a Europa que ella y Shelby habían hecho años atrás. Ambas empezaron a intercambiar anécdotas y, durante un rato, parecieron olvidar que se habían convertido en enemigas.

Las ensaladas fueron sustituidas con un entrante de un especiado cordero rebozado y patatas asadas. Kenny y su padre empezaron a hablar sobre algunos soware que estaban siendo desarrollados por TCS, y Emma se dio cuenta de que su padre se comportaba como si Kenny no fuera capaz de entender nada de tecnología, aunque este no parecía tener ningún problema.

Cuando Warren metió el nombre de Dexter O’Conner en la conversación, Torie reaccionó de inmediato.

—¿No podríamos hablar de otra cosa, por favor?

Shelby se inclinó sobre Emma para limpiarle la barbilla a Peter.

—No sé por qué te desagrada tanto Dex, Torie. A nadie más le pasa.

—A mí sí —apostilló Kenny.

Torie le lanzó una mirada de agradecimiento.

Warren arrojó el bollo que acababa de untar con mantequilla. Tal vez se sintiera inseguro en lo tocante a su hijo, pero no así en lo relativo a su hija, y Emma vio la determinación que había hecho de él un empresario con tanto éxito.

—Tanto me da que le desagrade como que no. Las dos primeras veces se casó sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, y esta vez lo va a hacer por la familia. Casualmente, y al contrario que sus dos últimos maridos, Dex no es un cabronazo. Es uno de los nuevos cerebros más brillantes del sector, y TCS se va a aprovechar de la circunstancia.

—No me voy a casar con Dexter O’Conner solo para que puedas echarle las zarpas encima al siguiente niño prodigio de los microchipes.

—Entonces deberías prepararte para mantener esa granja de emúes por ti misma, princesa, porque yo no lo haré por más tiempo.

La tranquilidad con que lo dijo indicó a Emma que no se estaba marcando un farol, y sospechó que Torie también se había percatado. Aunque era evidente que Warren quería a su hija, según parecía había decidido que ya estaba bien. Su circunstancia y la de Torie eran demasiado parecidas para que no se compadeciera. Pero a su vez se preguntó si no sería posible que Warren le estuviera haciendo un favor a su hija obligándola a mantenerse por su cuenta.

Aparentemente Torie optó por una retirada. Le dio un sorbo al vino y se volvió hacia Emma.

—Bueno, ¿usted y Kenny van a ir a Austin mañana?

Emma evitó prudentemente mirar a Kenny.

—No estoy segura.

Torie la contempló con curiosidad.

—¿Pasa algo?

—¿A qué se refiere?

—Los dos se han comportado de manera extraña toda la noche. Con demasiada cortesía, como si uno de los dos estuviera cabreado con el otro, salvo que no sé cuál de los dos.

—Yo —dijo Kenny.

El tenedor de Torie se paró en el aire.

—¿Y qué es lo que te ha hecho?

—No la avergonzaré hablando de ello. —Kenny empujó el plato para ponerlo fuera del alcance de Peter.

—Bueno, eso no tiene gracia. Cuéntenos lo que ocurrió, Lady Emma.

—Un malentendido por mi parte, eso es todo.

—Pues debe de haber sido un gran malentendido —terció Shelby—. Kenny casi nunca se enfurece.

—¿De verdad me lo dice? —Emma le dio una estocada a su cordero, y la sensación de estar siendo maltratada superó a su reserva británica—. Pues ha estado furioso conmigo desde el momento en que nos conocimos.

Kenny la fulminó con la mirada.

—¡Eso no es cierto!

—Por supuesto que sí. —Todos se quedaron mirando fijamente, pero la sensación de injusticia rebosó en su interior hasta el punto en que todo le trajo sin cuidado—. Se ha quejado por todo. No le gusta llevarme el equipaje ni la manera en que sujeto mi paraguas ni el hecho de que camine deprisa. Dice que soy demasiado conservadora, y no para de decirme que soy una marimandona. Se niega a aceptar mis disculpas por un malentendido de lo más natural. ¡Ni siquiera le gusta como bailo!

—¡Porque toma la iniciativa!

—¿Y quién dictó la norma de que eso solo puedan hacerlo los hombres?

Los demás la observaban embobados, salvo Peter, enfrascado en hacer una burbuja de saliva salpicada de pera. Avergonzada por su arrebato, Emma dejó el tenedor e intentó recuperar la dignidad.

Tan solo malinterpreté la visita de Shelby esta tarde. Debido a eso, me indigné con Kenny, y ahora está irritado conmigo.

Todos siguieron observándola con vivo interés, salvo Kenny, cuya frente era ya un ceño.

—Cuando dice que se indignó, lo que realmente quiere decir es que me dio un bofetón.

—¡Oh, Dios mío! —A Torie se le desencajó la mandíbula.

—¡No puede ser verdad! —Shelby tenía los ojos como platos.

Kenny taladró a Emma con la mirada.

—El bofetón no fue lo importante, y lo sabe.

—Díganos por qué lo hizo —dijo Torie—. Lo siento, Kenny, pero seguro que tuvo un buen motivo.

—Muchísimas gracias por vuestro voto de confianza. —Kenny miró a su hermana con indignación.

—Bueno... —El inherente sentido de la educación de Emma pugnó con la necesidad de defenderse. Entonces se acordó de que ninguna de aquellas personas parecía tener reparo alguno en airear sus trapos sucios delante del prójimo. Y adonde fueras, haz lo que vieras, así que...—. Lo que Shelby me contó me llevó a creer que... —Se sintió flaquear, así que se irguió un poco en su asiento para poder explicar la verdad con precisión—. Supuse erróneamente que Peter era hijo de Kenny y que este lo había abandonado.

La copa de vino de Torie se detuvo en el aire.

—¡Ahivá!

Shelby parecía atónita, e incluso Warren pareció desconcertado.

—Ningún hombre de la familia Traveler haría jamás algo así, ni siquiera Kenny.

A Emma se le ocurrió que los Traveler tenían un peculiar código del honor. Según parecía era aceptable que Kenny fingiera ser un gigoló, que Torie pasara por dos maridos y viviera del dinero de su padre y que Warren embarazara de su benjamín a una mujer de treinta y un años, pero les resultaba inaceptable que ella sufriera una confusión de lo más natural.

—Shelby dijo que Peter era un niño abandonado —señaló con cierta aspereza—. Y me dijo que Kenny había hecho dejación de sus responsabilidades con quien era de su propia sangre. Y además Peter parece una versión en miniatura de Kenny, ¿no es así? ¿Qué otra cosa podía pensar?

Torie miró hacia Kenny y se encogió de hombros.

—Dicho así, supongo que es una conclusión natural para cualquiera que no te conozca demasiado bien.

Kenny no estuvo en absoluto de acuerdo.

—Me conoce perfectamente bien.

—En realidad, no —apuntó Emma—. Solo hace tres días que nos conocemos, y, técnicamente, es usted mi empleado.

Aquello hizo que las cejas de Warren se juntaran en el centro de su frente, pero su hijo se limitó a mostrar su desdén con un bufido.

Shelby había estado callada, pero de pronto fue como si alguien le hubiera puesto una cerilla en el culo.

—Peter es clavadito a las fotos tuyas de bebé. Sois como dos gotas de agua, y eso es lo que hace que la situación sea tan desagradable. Solo tienes un hermano sobre la faz de la tierra, Kenny Traveler, y le has dado la espalda.

Kenny rescató el cuchillo de la mesa para ponerlo fuera del alcance de Peter.

—Yo no le he dado la espalda.

Pero Shelby ya se había disparado.

—Eres un vago y un irresponsable. No vas a la iglesia, andas vagabundeando por todo el país, te niegas a salir con ninguna de las preciosas chicas que te he buscado, entregas tu dinero a los traficantes de drogas y no das la menor señal de sentar la cabeza. Si eso no es darle la espalda a las responsabilidades que tienes con tu hermano pequeño, entonces no sé lo que es.

Emma se había perdido, pero, como si Shelby tratara de remediarlo, dijo con voz cada vez más entrecortada:

—¡Tu padre tiene cincuenta y ocho años! No come como es debido. No hace suficiente ejercicio. Hay un ataque al corazón esperándolo a la vuelta de la esquina, ¡y podría morir en cualquier momento! Eso nos deja a Peter y a mí. Y si algo me ocurriera, mi niñito se quedaría solo. —Su rostro se crispó —. Sé que todos pensáis que todo esto es una ridiculez, pero es porque ninguno sabéis lo que es ser madre.

Torie se apartó de la mesa de un empujón y se dirigió al bar.

Shelby continuó.

—Nunca imaginé que podría amar a alguien como amo a mi Peter, y no puedo soportar la idea de que mi bebé se quede completamente solo en el mundo.

—No se quedaría solo —dijo Kenny con una paciencia tan exagerada que Emma sospechó que ya había pasado antes por aquello—. Para empezar, las posibilidades de que ambos muráis antes de que sea adulto son ínfimas...

—No me digas eso. ¡Es algo que ocurre continuamente!

—... y ya te dije que yo sería su tutor.

—¿Y qué clase de tutor serías para un niño pequeño? No duermo por las noches de la preocupación que me causa. Vives dispersamente, ¡y ahora ni siquiera tienes trabajo! Te metes en peleas y te entretienes con mujeres insidiosas. —Lanzó una rápida mirada de disculpa hacia Emma—. No me refería a usted.

—Gracias. —Emma se dio cuenta de que nadie había mencionado la posibilidad de que Torie se convirtiera en la tutora de Peter. ¿Por qué sería?

Shelby miró a su marido.

—Estás de acuerdo conmigo, ¿verdad, Warren?

—Todavía no estoy dispuesto a meterme de un salto en la tumba, pero tengo que decir que es difícil imaginarse a Kenny de tutor de nadie.

Emma irguió la columna vertebral, y aunque aquello no era asunto suyo, no pudo seguir en silencio.

—Kenny sería un estupendo tutor.

Todos se la quedaron mirando fijamente.

Parpadeó, no muy segura de lo que le había pasado, aunque sabiendo que tenía que hablar.

—Es evidente que Peter le importa, y el niño lo adora. Shelby, comprendo su preocupación, pero como docente, creo que puedo decir con total seguridad que está equivocada. Solo hay que ver juntos a Kenny y a Peter para comprender que no podría encontrar un protector mejor para su hijo.

Todos miraron hacia Peter, a la sazón ocupado en fortalecer sus encías con el pulgar de Kenny.

Las cejas de Shelby se juntaron.

—Esta misma tarde creyó que Kenny lo había abandonado. ¿No ha cambiado de parecer espantosamente deprisa?

—Ahora lo conozco mejor —respondió sin más.

Por primera vez desde el mutuo arrebato de ira, Kenny la contempló con algo que no fue fría educación. El inicio de una sonrisa se colgó de las comisuras de su boca, pero cualquiera que fuera a ser la respuesta que podría haber dado, se perdió cuando Shelby se echó hacia delante.

—Pero Peter también necesitará la influencia de una madre. ¿Y si Kenny se casa con alguien horrible, como esa zorra de Jilly Bradford?

Torie regresó del bar con una copa de vino en la mano.

—Nunca supe por qué la invitabas a salir, Kenny. Lo único que tenía que la hiciera recomendable era un hándicap once. Además de una talla enorme de sujetador.

—Tenía otras cosas —dijo Kenny a la defensiva—. Al contrario que tus amigas y las de Shelby, su coeficiente intelectual tenía tres cifras.

—Eso no es justo —protestó Shelby—. Invitaste a salir a mi compañera de habitación de segundo curso, Kathy Timms, y recuerdo muy bien que era Phi Beta Kappa. ¿O era Phi Mu?

—Era Phi Mu. —Torie se sentó en el banco—. Pero yo sé que saliste con la hermana mayor de Brandy Carter, y Brandy sacó un sobresaliente en matemáticas en su último año. ¿No te acuerdas, Shel? Siempre se estaba quejando de eso.

—¿Estás segura de que fue en matemáticas? —preguntó Shelby—. Puede que hubiera sido en aquella clase sobre vida familiar y sexualidad, donde tuvo que elaborar un presupuesto semanal.

Kenny puso los ojos en blanco.

—Sé que no se lo creerá, Lady Emma, pero tanto Shelby como Torie son licenciadas.

Torie mostró una sonrisa guasona y se volvió hacia su hermano.

—Estuviste saliendo con Debbie Barto algún tiempo.

—Fue con su prima mayor, Maggie —terció Shelby.

—Bueno, tanto monta, monta tanto, y Debbie era realmente inteligente. —A Torie le brillaron los ojos—. ¿Te acuerdas, Shel? Cualquier alimento que nombraras, ella sabía con exactitud el número de calorías que tenía.

Kenny suspiró.

—Os juro que esta conversación demuestra con precisión por qué el resto del mundo se ríe de las mujeres de Tejas. Solo puedo disculparme, Lady Emma. No todas nuestras rosas amarillas son tan taradas.

—No pasa nada —dijo Emma—, aunque me temo que algo de lo que están diciendo se está perdiendo en la traducción.

—Dese con un canto en los dientes.

Torie se recostó en su asiento y levantó una ceja hacia su hermano.

—Adelante, búrlate. Pero me apuesto lo que sea a que no tienes ni la menor idea de cuántas calorías tiene un paquete de caramelos Life Saver.

—No sabría decirte.

Su hermana le lanzó una mirada triunfal.

—Entonces, sugiero que te guardes tus opiniones sobre la inteligencia de las mujeres tejanas para ti.

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