Amor o chantaje
Capítulo 18
Emma se quedó de piedra.
—¿Un duque? —dijo Kenny.
—¡El duque de Beddington! —dijo alegremente Shelby—. ¡Está en el salón! Warren lo llama Hugh. —Bajó la voz como para hacer algo así como un aparte—. Según parece, se conocen desde hace años. El duque es uno de los inversores de la empresa desde principios de los años ochenta, aunque esta es la primera vez que se ven. Vamos dentro, que os presento. Tengo que encargar otra bandeja de entremeses. Menudo apetito que tiene.
Emma sintió como si le hubieran dado la vuelta del revés. Primero caía en la cuenta de que estaba enamorada de Kenny, y ahora esto. Estaba enterada de que Hugh había hecho una gran fortuna invirtiendo en empresas de alta tecnología, pero había tantas. ¿Cómo habría podido imaginar que TCS sería una de ellas? Y se iba a casa al día siguiente. ¿Por qué había decidido Beddington recorrer toda aquella distancia para verla ahora?
Kenny la sujetó firmemente del brazo.
—Vas a volver al rancho. No tienes por qué pasar por esto.
Su protección la tranquilizó. Qué tentador sería aceptar lo que le proponía, pero sabía que no podía. Le dedicó una sonrisa temblorosa.
—Gracias, pero me ocuparé de ello.
Haciendo acopio de determinación, echó a andar hacia el salón.
—Emma, querida. —El sillón crujió cuando Hugh se levantó. Iba impecablemente vestido con un terno gris oscuro confeccionado para estilizar su robusta figura. Llevaba el escaso pelo caoba muy bien peinado hacia atrás desde su cara redonda. Unas pobladas cejas coronaban un par de ojos pequeños y claros. El aire a su alrededor apestaba a colonia cara.
Emma oyó susurrar a Kenny a sus espaldas:
—El hijo de puta es el vivo retrato del jodido Enrique Octa...
Ella se adelantó rápidamente.
—Estoy pasmada, excelencia. ¿Qué demonios hace en Tejas?
Los regordetes dedos de Hugh se cerraron sobre los de Emma.
—Quise darte una sorpresa. Tengo que estar en Estados Unidos por cuestiones de negocios durante las próximas semanas, así que no iba a poder verte a tu regreso. Y tus descripciones sobre Tejas han sido tan tentadoras, que quise conocer el lugar por mí mismo.
Era una mentira descarada; era el viajero menos curioso que conociera. Había hecho aquel viaje para asegurarse de que la seguía teniendo en el puño.
Lo que no alcanzaba a imaginar Emma era la razón de su preocupación. Había miles de mujeres en Inglaterra mucho más guapas que ella, y mucho más dispuestas; con el título y el dinero que tenía, el duque podía escoger a su antojo. ¿Por qué se había encasquillado con ella?
¡Hijo puta! Kenny vio los ojos de Hugh Holroyd clavados en la boca de Emma, y comprendió perfectamente la razón de que el duque de Beddington estuviera tan obsesionado con la rectora de Santa Gertrudis. Cabrón salido.
Kenny apretó los puños en los costados. Emma era tan ingenua que pensaba que lo único que le preocupaba a Holroyd era su título y la respetabilidad de Emma, pero Kenny estaba dispuesto a apostar el rancho a que era el cuerpo curvilíneo de ella lo que había convertido al duque en un acosador de clase alta. Hugh había estado fantaseando con que la sensual boquita de Lady E le hiciera exactamente lo que le había estado haciendo a él.
Lo cual no iba a ocurrir jamás. Kenny todavía no había asimilado la extraordinaria revelación de Emma en la cocina. No habría sido tan sorprendente de venir de otra mujer —estaba acostumbrado a rechazar declaraciones de amor—, pero Lady E tenía un conocimiento profundo de las personas, así que ¿cómo había llegado a convencerse de que se había enamorado de él?
Entonces recordó que, pese a toda su palabrería altisonante, era sobre todo una mojigata. Y en aras de su propia paz mental, tal vez necesitara convencerse de que estaba implicada en algo más importante que en una lúdica relación sexual. Pero eso no era verdad, y Kenny se lo tenía que explicar.
La idea lo deprimió, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque su padre estaba hablando de aquella manera extremadamente jovial que reservaba para los principales inversores.
—Hugh, me gustaría que conociera a mi hijo, Kenny. Hace años que invité a Hugh para que nos visitara siempre que quisiera, Kenny. Estoy contentísimo de que por fin haya aceptado.
—Ah, sí. —Hugh estrechaba las manos como una toalla mojada de golf —. Encantado, por supuesto, Ken. No tengo palabras para expresarte mi agradecimiento por haber cuidado tan bien de mi Emma.
Kenny apretó las mandíbulas.
—Sin problemas.
Torie se adelantó, y la forma protectora en que cogió a Kenny del brazo dejó bien a las claras que podía leerle la mente a su hermano.
—Eh, hermanito. Aquí el amigo Hugh es jugador de golf, y le estaba contando mi recorrido en el club esta mañana. Si no hubiera fallado un putt de un metro, habría conseguido un sesenta y nueve.
Hugh le dedicó una sonrisa condescendiente.
—Sí, en fin, le he sugerido a tu hermana que puede que mueva la cabeza cuando golpea el putt. Me he hecho famoso por fallar algunos tiros cortos en el campo de golf. No muy a menudo, ya sabes. Aunque no estoy a tu altura, Ken, he hecho mis pares.
—¿Ah, sí?
Shelby regresó corriendo con Peter apoyado en una cadera y una bandeja de entremeses en la otra mano. El niño tenía una mejilla arrugada y se frotaba un ojo con el puño.
—Siento haberme ausentado tanto. Peter se acababa de despertar.
Hugh se quedó mirando al bebé como si Shelby les hubiera metido una serpiente de cascabel en medio, aunque la anfitriona no pareció advertirlo.
—Peter tiene nueve meses y es la niña de los ojos de su papá.
Warren sonrió.
—Si algo tiene de bueno formar una segunda familia, Hugh, es que tienes la oportunidad de corregir antiguos errores.
Kenny retrocedió al oír la nota ligeramente nostálgica en la voz de su padre.
—Deja que te coja a Petie, Shelby, mientras le sirves más entremeses a Hugh.
A Hugh no le hizo ninguna gracia la falta de formalidad en el tratamiento, pero Kenny fingió no darse cuenta.
Shelby le pasó al niño y se dirigió hacia Beddington.
—Tiene que probar los champiñones rellenos de Luisa, excelencia. Son deliciosos. Y aquí tiene algunos palitos de queso, receta de Martha Stewart, aunque yo supervisé su preparación. —Hugh no tardó en volver a acomodarse en un sillón con una servilleta llena de entremeses colocados ordenadamente sobre su inmenso regazo, mientras miraba con recelo a Peter, que se estaba frotando la naricita con el logotipo de Cadillac de la pechera de Kenny.
—¿Sabéis lo que he estado pensando? —Los ojos de Torie brillaron con malicia—. Que tenemos que enseñarle a Hugh algo de la noche tejana. Tenía pensado encontrarme con Dex en el Roustabout más tarde. ¿Por qué no vamos todos y llevamos a Hugh con nosotros? ¿Ha intentando bailar alguna vez música country en grupo, Hugh?
El duque torció el morro por la familiaridad de Torie.
—Emma y yo tenemos que ponernos al día de algunas cosas, así que dos de nosotros vamos a tener una cena tranquila en el hotel. Emma, me parece más oportuno que también te alojes allí, así que hice que mi secretaria te reservara habitación. En otra planta, por supuesto.
Kenny abrió la boca para decirle a Hugh lo que podía hacer con su habitación, pero Shelby lo interrumpió.
—De ninguna de las maneras, excelencia. Ni Warren ni yo consentiríamos que se quedara en ese viejo hotel lleno de corrientes de aire. Luisa le está preparando una habitación en el piso de arriba. Tendrá su propio baño y un balcón precioso.
A Shelby le gustaba comportarse como una cabeza de chorlito, aunque era aguda como una chincheta, y Kenny trató de adivinar qué estaba sucediendo. ¿Intentaba ayudarlo a mantener a Hugh lejos de Emma, o solo le preocupaba tener el derecho a fardar por alojar a un duque inglés?
El último entremés desapareció en la boca de Hugh, que se limpió las comisuras con la servilleta.
—Es muy amable por su parte, pero no creo realmente...
—Nadie quiere admitirlo —dijo Warren—, pero el hotel ha estado teniendo problemas con las cucarachas.
Era la primera noticia que tenía Kenny de semejante cosa, y estudió a su padre con más atención. ¿Qué estaban tramando exactamente? Solo tardó un instante en averiguarlo; su padre quería mantener a Hugh cerca para poder sacarle más dinero y quizá poder aplazar la fusión.
—¿Cucarachas? Oh, querido...
Petie hizo un ruidito sordo, y Kenny recordó que el niño se acababa de levantar de la siesta. Se adelantó rápidamente.
—¿No quiere echarle un buen vistazo a mi hermanito pequeño? Sé por Emma que a ustedes los británicos les gustan mucho los niños. Tome.
Con delicadeza, aunque con resolución, le encasquetó a Peter en el regazo. Hugh se envaró. El niño levantó la vista hacia el conde y arrugó la frente.
Kenny le lanzó un mirada malévola. Vamos, haz tus cositas, hermanito.
El niño se puso a sus anchas, aunque no por ello pareció feliz. Hugh lo pareció aún menos.
—Emma me ha dicho que tiene usted hijos. —Kenny le sonrió cordialmente sin quitarle ojo a Petie, cuya cara se iba poniendo gradualmente roja—. Dos niñas pequeñas, ¿verdad?
—Esto... sí... ahora están en el colegio.
Petie resopló.
—¿En el colegio? —dijo Kenny—. ¿No tienen vacaciones como Emma?
El resoplido de Petie aumentó de intensidad y su cara adquirió un rojo más intenso. Shelby se distrajo con la doncella que acababa de entrar en la habitación y no se dio cuenta, pero Warren se percató de lo que estaba sucediendo y, para sorpresa de Kenny, no dijo esta boca es mía.
—Bueno, sí, pero estoy muy ocupado, y es mejor para ellas que se queden en el colegio. Es un lugar de primera. No como Santa Gertrudis. No es que Santa Gertrudis tenga nada de malo... Emma ha hecho un trabajo excepcional allí... aunque algunas de las chicas no están precisamente a la altura. Tenemos un programa muy activo de becas, no sé si entiende lo que quiero decir.
Oh, pues claro que lo entendía a la perfección.
—Nuestras becarias son nuestras mejores alumnas —replicó Emma con firmeza.
La estancia empezó a llenarse con el olor de la carga del pañal.
Adelante, hermanito. Kenny le dedicó a Petie una sonrisa cargada de orgullo fraternal. El pequeño era como un reloj.
Hugh arrugó la nariz y trató de alejar a Peter de él.
—Bueno, ¿y cuántas becarias tienen allí? —se interesó educadamente Kenny...
—Esto... yo... —Hugh desplazó a Petie hasta el mismo borde de sus rodillas. El bebé, reparó Kenny, estaba empezando a retorcerse, aunque seguía pareciendo realmente satisfecho consigo mismo.
—Admitimos quince cada año —dijo Emma.
—Bueno, bueno, no es moco de pavo. Dígame, Hugh, ¿qué se siente al ser responsable de tantas jóvenes brillantes?
Petie había depositado un buen pastelón, y la tez rubicunda del duque empezó a palidecer. Peo este era demasiado engreído para mencionar lo que, después de todo, sería un incidente de lo más natural.
—Uno ha de cumplir con sus obligaciones.
—Cuánta razón tiene. —Kenny empezó un largo monólogo propio de un palurdo sobre los valores de la educación y la dicha de la filantropía. Todo estaba marchando de la manera que quería hasta que Shelby terminó de hablar con la doncella y captó un tufillo.
—Peter Traveler, ¿qué has hecho, briboncete? —Echándose a reír, recogió al niño—. Volvemos enseguida. Kenny, Emma, hay comida de sobra, así que os quedáis a cenar los dos, y después nos acercaremos al Roustabout y le enseñaremos a su excelencia como nos las gastamos en Tejas.
Por su expresión, se hubiera dicho que Hugh prefería comer gusanos.
Torie le sonrió abiertamente.
—Qué gran idea. Estoy impaciente por enseñarle los dos pasos, Hugh. Hasta le voy a dejar que se ponga mi sombrero.
En ese mismo instante Kenny se prometió que, quisiera o no su hermana, le iba a comprar un camión entero de comida para emúes.
Kenny se pasó toda la cena esperando que Emma se acurrucara a su lado y lo proclamara su «amante», pero, en vez de eso, lo trató como si fuera poco más que un conocido ocasional. ¡Increíble! Cuando no se habían acostado, quería que todo el mundo pensara que lo habían hecho. Pero ahora que lo hacían, no quería que nadie lo supiera.
Procuró enfadarse, aunque lejos de eso lo único que sintió fue aquella especie de ternura chiflada. Habían sido muchas las mujeres que lo habían explotado a lo largo de los años, pero Emma no era una de ellas, seguro.
Se acordó de lo que ella le había dicho junto al río acerca de que no quería decirle a Hugh que ella y Kenny eran amantes. Quiero que esto sea algo íntimo. Que quede entre nosotros.
No obstante, tenía que saber que la única manera de que alguna vez se viera libre del pomposo hijo de puta era hacerle saber que había encontrado a un amante, y a Kenny no le importaba en absoluto. Pero, mientras, era agradable observarla intentando mantenerse fiel a sus principios, aunque él supiera que estaba confusa.
El Roustabout estaba más concurrido de lo normal aquella noche, y cuando condujeron al duque adentro, pareció como si el hombre acabara de pisar el contenido del pañal de Petie. Shelby se apartó charlando con él cuando Torie los condujo a todos a una mesa grande del fondo. No habían llegado allí cuando Emma se disculpó y se dirigió a saludar a Ted Beaudine, que estaba sentado en la barra leyendo Los últimos días de Sócrates, de Platón, y bebiendo de una gran jarra algo que se parecía sospechosamente a un Mountain Dew.
Kenny la observó mientras ella le hablaba con semblante serio al joven. Ted la acompañó inmediatamente a la pista de baile, donde se arrimaron en el acto y Emma empezó a marcar los pasos de una baladita de lo más conveniente. Kenny tenía una idea bastante aproximada de adónde se dirigía aquello, y no se sorprendió cuando la mano de Ted empezó a moverse con cuidado hacia el culo de Emma.
Ted le dirigió una lenta sonrisa de guasa por encima de la cabeza de su pareja. ¿Qué se supone que tengo que hacer? Me ha obligado. Kenny lo fulminó con la mirada y se juró zurrarle la badana al muchacho la próxima vez que lo pillara en el campo de golf.
Hugh estaba hablando con Warren, así que no estaba mirando los bailes, aunque Torie y Shelby sí, que intercambiaron miradas; entonces, en lo que a todas luces fue un intento equivocado de proteger la reputación de Lady E, Torie se levantó disparada e insistió en que Hugh le cambiara el sitio de inmediato y así el conde pudiera tener una vista mejor de la barra, como si eso fuera un gran privilegio. Torie consiguió que el hombre se reubicara dándole la espalda a la pista de baile, de manera que no pudiera ver a Emma ligando con Ted. Pobre Lady E; por más que se esforzaba, no parecía capaz de arruinar su reputación.
Y a partir de ahí todo fue de mal en peor para ella. Hugh estaba tan ocupado siendo condescendiente, que no reparó en la manera que Emma le cogía la mano a Ted cuando lo llevó hasta la mesa para hacer las presentaciones, ni pareció encontrar nada malo en que ella pidiera unos chupitos de tequila. Kenny fue el único que se dio cuenta de que había empezado a ponerse blanca como el papel después de los dos primeros. Pidió el tercero, y luego el cuarto. Pero antes de que pudiera bebérselo, salió disparada hacia el lavabo de señoras.
Cuando regresó al cabo de diez minutos, estaba pálida, aunque ya no blanca del todo, así que Kenny supo que los chupitos se habían acabado. Le dio un apretón en la mano por debajo de la mesa para consolarla y deseó poder echarle una mano, pero aquello era algo que tenía que hacer por sí misma; sencillamente no llevaba bien lo de arruinarle la reputación.
La noche se alargó interminablemente. Después de unos cuantos chupitos del mejor güisqui escocés pura malta del Roustabout, Hugh los obsequió con una descripción tan detallada del linaje de su familia que hasta Shelby se aburrió.
Y entonces aparecieron Sturgis y su equipo de filmación.
Sturgis había comentado que se quedaría por los alrededores hasta el día siguiente para poder filmar algo del colorido local, y eso, como resultaba evidente, incluía algunas secuencias de Kenny ganduleando en el Roustabout mientras Tiger descansaba para el último recorrido del Masters. La ira de Kenny alcanzó el punto de ebullición cuando vio a Sturgis moviéndose por el establecimiento para dirigir una serie de entrevistas con los antiguos condiscípulos de Kenny, que estaban desenterrando todas las historias que eran capaces de recordar sobre lo cabroncete que había sido. Sturgis ya había arruinado prácticamente su reputación ante el público del golf, y sus amigos le iban a dar la puntilla definitiva.
Hugh seguía intentando quedarse a solas con Emma, aunque Torie ponía el mismo empeño en impedir que ocurriera tal cosa, lo que le indicó a Kenny que su hermana le había cogido tanto asco al inglés como él. Por pura desesperación, Hugh quiso sacar a Emma a bailar, pero Torie se levantó de un salto y dijo que Emma no tenía ni pajolera idea de bailar, y que ella le enseñaría a Hugh cómo se hacía.
Un agua de seltz pareció ayudar a arreglarle el estómago a Emma, y no pasó mucho tiempo antes de que decidiera darle otra estocada al disgustado Hugh comentándole a Torie y a Shelby lo maravilloso que era Ted. Que si no les parecía que era el chico más guapo que hubieran visto nunca, que cómo le sentaban esos vaqueros, que si esto y que si lo otro, todo lo cual pasó por encima de la engreída cabeza del duque.
Entonces apareció Dex, y Kenny se puso completamente en guardia. Una cosa es que Emma coqueteara con Ted, pero ni hablar del peluquín de que se fuera a quedar sentado allí como un pasmarote a ver cómo lo intentaba con Dex.
Para su sorpresa, Torie volvió a intervenir. Antes de que Emma pudiera hacer el menor movimiento, obligó a Dex a acompañarla a la pista de baile. Cuando la vio acurrucarse contra él, comportándose ni más ni menos como si se alegrara de tener como pareja de baile a un hombre que detestaba, Kenny se dio cuenta de lo mucho que le debía a su hermana. Cuando regresaron a la mesa, Torie mantuvo a Dex tan ocupado dándole conversación que, si no hubiera sabido que lo único que intentaba era mantenerlo lejos de Emma, casi habría pensado que su hermana estaba disfrutando de su compañía. Le dirigió entonces una mirada asesina que contenía un mensaje verdaderamente apasionado: tal vez Warren Traveler le hubiera dado la espalda a su hija, pero su hermano mayor seguía al pie del cañón.
Lady E empezaba a parecer tan deprimida que Kenny ya no pudo soportarlo más. Así que se levantó.
—Vamos, cariño. Bailemos un poco. —Recalcando el apelativo cariñoso, se aseguró de hacerlo en voz lo suficientemente alta para que penetrara incluso el ensimismamiento del duque.
El excelentísimo Grano en el Culo torció el morro.
Kenny percibió la resistencia de Emma cuando la arrastró fuera de la silla. Seguía aferrada firmemente a sus principios; lo que estaba pasando entre ellos dos iba a permanecer en la intimidad.
—No quiero... es que... —Un dejo de desesperación se coló en su voz—. Ted, ¿seguro que no te importa si bailo con Kenny?
Kenny dirigió al joven rufián una mirada de odio que llevaba implícita la promesa de que, si abría la boca, las pelotas que iba a echar de menos lograr la semana siguiente no llevarían grabadas el nombre de Titleist. Ted captó el mensaje y se encogió de hombros. Kenny arrastró a Emma a la pista de baile y, haciendo caso omiso del equipo de los informativos que probablemente iba a filmarlos, se la aplastó contra el pecho.
—Cierra la boca y rodéame el cuello con los brazos. Vamos a acabar con esto de una vez.
Emma se apartó de él todo lo que pudo y lo miró con ojos desesperados. El ver desmoronarse a su dura y batalladora rectora estuvo en un tris de romperle el corazón.
—Estoy intentando ayudarte —le dijo él en voz baja.
—No puedo hacerlo, Kenny. No puedo. Hugh está manchando el resto de mi vida, y no voy a permitir que manche también eso. —Respiró profunda, temblorosamente—. T-tengo otro plan.
Con la misma claridad que le veía la nariz en la cara, Kenny se percató de que no tenía ningún plan, aunque seguía confiando en que se le ocurriera uno.
—Ese tipo es un gilipollas, querida. Díselo sin más, y estás libre.
—Ya lo has conocido. Ya has visto qué ego tan enorme tiene. O es él el que rompe, o me ajustará las cuentas. Y ambos sabemos cómo lo hará.
Si Kenny oía una palabra más sobre aquel colegio de mierda, iba a ser él el que rompiera algo.
Emma empezó a trabajarse el labio inferior, maquinando algo a toda prisa.
—Cuando estemos a punto de irnos, le voy a dar un beso apasionado a Ted. Me dijo que no le importaba.
—Estoy seguro de que te lo dijo.
—Luego, en cuanto me quede a solas con Hugh, le voy a contar que Ted y yo nos hemos enamorado.
—No, no vas a hacerlo.
Lo miró con ojos suplicantes.
—Por favor, Kenny, no montes un escándalo. No hay otra manera. Compensaré a Ted.
¿A Ted? ¿Iba a compensar a Ted?
Emma le echó una de aquellas miradas penetrantes en las que nadie la superaba.
—No le voy a hablar a Hugh de lo nuestro. Sé que ese fue mi plan original, pero... lo que ocurrió es demasiado especial. —Lo miró desafiantemente, como si Kenny no pudiera obtener un sobresaliente en su clase a menos que leyera una docena de libros antes del fin de semana—. Al menos para mí.
Algo ocurrió dentro de Kenny. Algo disparatado. La necesidad de echarse a reír. Una sensación agradable. Pero entonces empezó a sentir como si le picara todo el cuerpo y que aquello solo se detendría si se zambullía en un lago de agua fría.
Emma suspiró y se apartó. Kenny sabía que la había decepcionado al no decirle que también había sido especial para él. Tanto que no quería hablar de ello. Mientras la seguía de vuelta a la mesa, Kenny se sintió mal, disgustado consigo mismo y con ella, con los dos al mismo tiempo.
Lady E reparó en el acto que Ted había desaparecido, y sus mejillas de niña empezaron a arrugarse.
—¿A-adónde ha ido Ted?
Warren hizo un gesto con la cabeza hacia el fondo del local.
—Jim Pearl está teniendo problemas con sus hierros largos, y Ted le está dando una lección en el callejón. Dijo que te dijéramos que volvía enseguida.
Hugh se levantó.
—El viaje fue bastante agotador, y ya he tenido bastante por una noche.
—Yo, también. —Shelby se levantó con él—. Me está empezando a gotear el pecho, y tengo que darle de mamar a Peter.
Hugh mudó de color.
La boca de Shelby se ensanchó, mostrando una enorme sonrisa.
—Ya verá qué cómodo es ese colchón de la habitación de invitados. ¿Verdad, Warren?
Su marido sonrió y le dirigió una mirada que le hizo parecer un mozalbete de dieciocho años.
—Pero... en realidad... tengo que... —Emma se puso a mirar desesperadamente en todas direcciones, esperando que Ted reapareciera mágicamente para poder estamparle un buen beso. Kenny tuvo prácticamente que arrastrarla hasta la puerta, y cuando llegaron al aparcamiento, le pareció que la agitación de Emma iba en aumento. Dado que ya había sido testigo del caos que ella era capaz de provocar cuando se desesperaba, supo que tenía que llevársela a toda prisa.
—Mi coche está allí —le dijo Dex a Torie—. Te llevaré a casa.
En lugar de poner una excusa, su hermana asintió con la cabeza.
Shelby agitó la mano.
—Hasta mañana por la mañana a todos.
—Buenas noches, Emma. —Hugh le dirigió un gélido saludo con la cabeza, como si todo fuera culpa de ella, y Kenny supo que el hijo puta estaba preparando un sermón para soltárselo en cuanto consiguiera estar a solas con Emma. Lo cual no iba a ocurrir; la única persona autorizada para criticar a Lady E era él.
Hugh empezó a seguir a Warren y Shelby hacia su automóvil. Emma temblaba de tensión, y Kenny empezó a sentir un hormigueo de intranquilidad.
—¡Espera! —El chillido de Emma fue tan fuerte que todos los que estaban en al aparcamiento lo oyeron.
Kenny no sabía lo que se avecinaba, aunque tuvo la certeza de que no le iba a gustar. Tuvo un instante de titubeo en el preciso instante en que Emma se lanzaba hacia delante y se apretaba las manos contra el pecho.
—¡Ya no puedo seguir viviendo con una mentira!
¡Oh, joder!
—He intentado mantenerlo en secreto, ¡pero es inútil!
Kenny se sintió exactamente como un transeúnte que viera la inminencia de un accidente de tráfico y no pudiera impedirlo.
—¡La verdad me hará libre! —Emma dio una enorme bocanada de aire—. Y la verdad es... —Dio otra bocanada—. ¡Que estoy enamorada de Torie!
—¿Que estás qué? —Torie levantó las cejas hasta la mitad de la frente, y retrocedió un paso automáticamente.
Pero Lady Emma estaba inspirada, y nada la iba a detener ya. Dando un gran salto, abrió los brazos de par en par y le plantó un apasionado beso en la boca a Torie.
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