Amor o chantaje
Capítulo 15
Kenny no pudo respirar cuando los fantasmas de su pasado lo aplastaron. Emma apretaba a Petie contra el pecho. Miró hacia el otro extremo de la colchoneta y le echó a Kenny una mirada que parecía teñida de compasión. Él no podía tolerar tal cosa, y se adelantó a toda prisa.
—Deja que lo coja.
Petie soltó un grito y se agarró con más fuerza al cuello de Emma.
—Dale un minuto —dijo ella.
Pero Kenny no tenía un minuto. Se sacó la cartera del bolsillo de un tirón, se la metió bruscamente en las manos y agarró a Peter.
—Cómprate algo. Ya volveré.
La dejó atrás rápidamente y se llevó al pequeño chillón hasta el coche. No podía permitir que ella viera aquello.
Acompañado por el sonido de los alaridos taladradores de Petie que llegaban del asiento del coche, se metió detrás del volante y salió del aparcamiento.
—No pasa nada, amiguito. No pasa nada.
Parpadeó y se dirigió a toda prisa hacia los límites del pueblo. Los gritos del bebé no remitían. Por fin, encontró la intimidad que necesitaba, un angosto camino que conducía a una zona arbolada. Aparcó en el sitio exacto donde había acostumbrado esconder su bicicleta cuando, siendo niño, se desmoronaba por dentro.
¿Por qué me pegas, Kenny? Yo no te he hecho nada.
Cuando volvió a coger al bebé histérico, Petie arqueó la espalda, intentando zafarse. Los alaridos de su hermano le taladraron los oídos, pero la mirada de traición en los ojos del bebé le rompió el corazón.
—Lo siento, compi. Lo siento mucho. —Apretándole los labios en la sien húmeda y caliente, se lo llevó a través de los árboles en dirección al sonido de la corriente de un río—. Chist... no llores. No llores, explorador. Ya se ha acabado todo.
Cuando lo acunó y le canturreó, los sollozos del bebé fueron remitiendo poco a poco. Caminó con él por la orilla del río, acariciándole la cabecita, canturreando y diciendo tonterías, dejando que la corriente del río tranquilizara al bebé como lo había tranquilizado a él cuando iba allí para recuperarse de alguna vileza con la que hubiera fustigado a Torie o a algún compañero de clase. Al final, Petie se tranquilizó lo suficiente como para que Kenny se acomodara a la sombra de un arce. Se recostó contra el tronco y se apoyó al niño en el regazo.
—Lo sé, Petie. Lo sé...
El pequeñín echó hacia atrás la cabeza, y Kenny vio todo un mundo de dolor en sus ojos.
—Nunca más te volveré a hacer algo igual. Te lo prometo. Bastante malo va a ser el viejo. No necesitas que yo también lo sea.
Petie sacó un tembloroso labio. Había sido traicionado, y no lo iba a perdonar así como así.
Kenny utilizó la parte inferior de la camiseta azul brillante del niño para limpiarle las babas de la pequeña barbilla.
—No tienes que ganar ninguna carrera para que te quiera, coleguilla. ¿Lo entiendes? A pesar de lo ocurrido antes, no soy como el viejo. No me importa que quedes siempre el último, ni que los deportes de equipo te den asco. Aunque ocurra lo peor de todo y odies el golf, no importa. ¿Me entiendes? Somos hermanos para siempre. —Levantó al niño hasta su cara y le besó en la enchumbada mejilla—. Puede que tengas que ganarte el amor del viejo, explorador, pero te prometo que jamás tendrás que ganarte el mío.
Emma se quedó de pie en medio del gentío mirando perpleja la cartera que Kenny le había metido en la mano. Después de lo de la noche anterior, sintió como si la hubieran abofeteado.
Y en el momento preciso en que se puso a buscar con la mirada un sitio donde tener un poco de intimidad, vio acercarse a Ted Beaudine. El joven la sonrió con su habitual timidez.
—Me enteré de que estaban aquí, Lady Emma. ¿Adónde ha ido Kenny?
—Se marchó con Peter.
—Parece un poco disgustada.
Aquellos ojos de viejo veían demasiado.
—Un poco. —Abrió su bolso para meter la cartera, pero Ted se la quitó de la mano.
—¿No es la de Kenny?
—Me la metió en la mano antes de salir corriendo. —Y no pudo evitar añadir—: Me dijo que me comprara algo.
—No me fastidie. —Su boca se curvó en una lenta sonrisa—. Mi padre es rico, mi madre es guapa y este es mi día de suerte.
Emma puso cara de pocos amigos cuando el joven se metió la cartera en el bolsillo trasero del pantalón.
—Tú madre también es rica; y he oído que tu padre parece una estrella de cine. Y devuélvemela.
Los ojos castaños de Ted se arrugaron en las comisuras.
—Vamos, Lady Emma. Soy un joven de veintidós años casi empobrecido que acaba de terminar la carrera y carece de empleo. Por otro lado, Kenny tiene más dinero que energías para contarlo. Disfrutemos.
—Ted, de verdad que no creo...
Pero el joven ya se estaba moviendo. La cogió del brazo y la condujo hacia el aparcamiento y un Jeep rojo sin capota bastante destartalado con las barras estabilizadoras negras.
—Si alguno de vosotros veis a Kenny —le gritó a un grupo de adolescentes—, decidle que Lady Emma está en el Roustabout.
Emma se encontró siendo conducida en un coche con un juego de palos de golf que traqueteaban en el asiento trasero y una borla de graduación que se balanceaba en el espejo retrovisor.
—Tal vez debieras dejarme tener esa cartera —dijo cuando el Roustabout se hizo visible.
—Dejaré que la tenga. Más tarde. Después de que utilicemos lo que hay dentro.
—Por mucho que tenga, no nos vamos a gastar el dinero de Kenny. Eso no está bien.
—Las mujeres de Tejas no lo verían de esa manera. Aquí les gusta vengarse. ¿Sabe que en una ocasión mis padres tuvieron una pelea en este mismo aparcamiento? La gente sigue hablando de ello.
—Supongo que las discusiones en público pueden llegar a ser un poco desagradables.
—Bueno, aquello no fue una discusión. Fue una pelea. Física. —Soltó una risilla—. Me habría encantado haberla visto.
—Un muchacho sediento de sangre. Y no me creo ni una palabra de lo que me cuentas. Tus padres tienen un matrimonio maravilloso.
—Ahora sí, pero les costó algún tiempo llegar hasta ahí. Mi padre ni siquiera supo que yo existía hasta que cumplí nueve años. Los dos tuvieron que madurar mucho.
De venir de cualquier otro joven de veintidós años, el comentarío habría resultado humorístico, pero había algo en Ted Beaudine que hizo que lo creyera.
Cuando salieron del coche y se dirigieron al Roustabout, Emma dijo:
—Me sorprende que todavía no tengas trabajo. Por lo que Torie y Kenny dijeron, tienes un expediente académico excelente.
—Oh, he tenido muchas ofertas, pero me quiero quedar cerca de Wynette.
—Te criaste aquí, ¿verdad?
—Me crié por todas partes, pero este es el lugar que mi familia llama hogar, y estoy bastante unido a él. —Le abrió la puerta para que pasara—. Eso me limita a dos empresas.
—TCS y la empresa del padre de Dexter.
—Los dos han hecho todo lo que han podido para contratarme. Por desgracia, eso me ha convertido en el trofeo de otra de sus guerras. La situación se ha vuelto un poco desagradable, así que me voy a estar quieto en la mata hasta ver si Torie se entera de una vez de que Dexter es un tío fenomenal.
—Entonces, si se produce la fusión, ya no tendrás ningún problema, ¿no es así?
—Exacto. Aunque, en el ínterin, me voy a quedar a dos velas. Y ninguno de mis padres, siendo como son gente que se ha hecho a sí misma, muestran la más mínima compasión—. Se sacó la cartera de Kenny del bolsillo trasero —. Razón por la cual este es un regalo de los dioses.
Antes de que pudiera impedírselo, Ted sacó una de las tarjetas de crédito de Kenny y se volvió hacia el gentío de empresarios, hacendados y amas de casa que se habían congregado para comer. Aunque apenas levantó la voz, la muchedumbre se calló al oírlo.
—Tengo una noticia que daros. Todos os alegraréis de saber que la comida corre por cuenta de Kenny. Y quiere que pidáis lo que os apetezca, así que haced el favor de no herir sus sentimientos y pedid lo más caro.
Cuando le entregó la tarjeta al camarero, uno de los hacendados gritó:
—El Lions Club está reunido en la trastienda.
—Kenny siempre ha sido un gran simpatizante de los Lions —dijo Ted.
—¡No puedes hacer esto! —le siseó Emma entre dientes.
Ted le echó una de aquellas miradas de lerdo que los hombres guapísimos de Wynette debían de perfeccionar desde la cuna para hacer que las mujeres se volvieran locas.
—¿Por qué no?
—Porque no está bien.
—¿Y estuvo bien que Kenny la dejara plantada?
—No.
—Entonces no tenemos ningún problema, ¿no le parece?
Para ser un joven callado, se mostraba sorprendentemente enérgico, y Emma se encontró siendo conducida hasta un reservado. Cuando se metió en el asiento acolchado, decidió que al chico no le faltaba razón, y unos minutos más tarde, cuando se acercó la camarera, pidió con actitud desafiante una ración extra de queso en su bocadillo de pavo.
El día no estaba resultando como ella había esperado. Se había imaginado a ella y a Kenny juntos, quizá cogidos de la mano y sonriéndose. Sus fantasías eran una tontada, y decidió arrumbarlas a base de comida.
Justo cuando trataba de decidirse entre la tarta de chocolate o el brownie con helado, vio al tío cuadrado entrar en el Roustabout. El hombre echó un vistazo por la sala, se detuvo y la vio. Cuando se dio cuenta de que Emma se había percatado, apartó la mirada.
Se sentía tan confusa. ¿Era o no aquel el espía de Beddington? Si lo era, ¿por qué no le había contado a Hugh todo lo que había comprado en la parafarmacia? El día anterior mismo había concluido que había cometido un error y se había confundido de persona, pero en ese momento no estaba tan segura. Era indudable que aquel hombre tenía algo más que un interés ocasional en ella.
Mientras Ted coqueteaba amistosamente con una monada pelirroja que se había acercado a la mesa en la que estaban sentados, Emma trató de resolver el enigma. Se dio cuenta de que el tipo cuadrado la estaba observando por el espejo de un anuncio de cerveza, y entonces su indecisión se evaporó. Era el hombre de Beddington. Sin duda.
Cogió su bolso, lo abrió en el regazo y alargó la mano para coger el salero y el pimentero; girando el brazo, los arrastró al interior del bolso. Se volvió para asegurarse de que el hombre se había percatado y vio la expresión de perplejidad en su cara. Emma reprimió el impulso de levantarse de un salto del asiento, acercarse majestuosamente a él y ordenarle que escribiera con pelos y señales lo que había visto, no fuera a ser que se olvidara de informar del hecho.
Para su desgracia, el tipo cuadrado no fue el único que había presenciado el hurto.
—¿Qué puñetas crees que estás haciendo?
Había estado tan enfrascada en lo que hacía que no había visto acercarse a Kenny. Estaba solo, así que debía de haber devuelto a Peter. Cuando se acercó, los clientes del Roustabout empezaron a llamarlo a gritos.
—Eh, Kenny. Gracias por la comida.
—Eternamente agradecido, Kenny. El solomillo estaba de fábula.
Emma no se lo podía creer. Una vez más, la había cogido desprevenida. Y ese día le tocaba a él estar equivocado. Había aterrorizado a su hermano pequeño y la había abandonado a ella sin previo aviso. Él era el pecador. ¿Por qué todas las malas notas seguían apareciendo en el margen del cuaderno de Emma?
—Kenny, los del Lions Club me dijeron que te diera las gracias —le dijo a gritos una camarera madura.
—Yo y Deever también te las damos —añadió una cara rubicunda que presagiaba un infarto de miocardio—. Tendrías que probar esa tarta de nueces.
Kenny arrugó la frente.
—¿De qué están hablando estos?
—Nos has invitado a comer a todos —le aclaró Ted—. Y todos te lo agradecemos. Joe tiene tu tarjeta de crédito.
Kenny se encogió de hombros, se metió en el reservado al lado de Emma y alargó la mano para cogerle el bolso. Ella trató de retenerlo, pero él se lo quitó.
—Te juro que cada día que pasa eres más rara —rugió.
Mientras Ted se quedaba mirando con interés, Kenny sacó el salero y el pimentero y los volvió a dejar en la mesa.
—Deja que adivine. Decidiste montar otro numerito para el duque.
—El detective vuelve a estar aquí. —Señaló bruscamente con la cabeza hacia el tipo cuadrado—. Tenía que hacer algo.
Kenny miró fijamente en la dirección indicada. Una de sus cejas salió disparada hacia arriba. Entonces sacudió la cabeza y le devolvió el bolso.
—Jamás he conocido a una mujer que sea capaz de avergonzarse a sí misma como tú.
Emma estaba dispuesta a tolerar tanta condescendencia después de lo de la última noche.
—¡Déjame salir!
—No.
—¡Los iba a devolver! —Se contuvo—. ¿Pero qué estoy haciendo? ¿Por qué me estoy disculpando? No tengo que decirte nada después de lo que has hecho hoy.
—Estoy seguro de no haber birlado ningún salero.
Ted se recostó en el asiento, disfrutando de la discusión.
—¡Ese hombre le dijo a Beddington que lo único que compré en la parafarmacia fue un periódico sensacionalista!
—Qué cosa más asquerosa. Están llenos de mentiras. ¿Sabes que en una ocasión publicaron un artículo sobre mí? Según dijeron, supuestamente había tenido un gran romance con una antigua profesora del instituto.
—Lo que era completamente cierto —puntualizó Ted.
Kenny lo ignoró.
—No me explico por qué querrías leer una de esas cosas.
—¡Esa no es la cuestión! —exclamó Ella—. Pero, claro, eso ya lo sabes. Crees que eres muy inteligente y te comportas como si fueras idiota.
—¿Así que decidiste darle algo más para que no informara?
¡Emma quiso arrancarle a arañazos aquel aire de suficiencia de la cara! ¿Cuánto tiempo más iba a dejar que los demás decidieran el curso de su vida? ¿Beddington? ¿Kenny? ¿Aquel idiota incompetente parado junto a la barra? Hacía mucho tiempo que había asumido el control de su destino.
—¡Déjame salir! Hablo en serio, Kenny. Voy a aclarar esto con él de una vez por todas.
—Te aconsejo que no lo hagas.
—O me dejas salir o me arrastro por debajo de la mesa.
—Para empezar, he aquí un ejemplo perfecto de por qué perdisteis este país.
—¿Te vas a mover?
—¡Que me aspen si no lo hago! —Y se levantó de un salto.
Algunos de los demás curiosos se dieron con el codo unos a otros: Kenny iba a proporcionarles algo nuevo de qué hablar.
Emma pasó por su lado como un bólido y se dirigió directamente hacia el tipo cuadrado.
—Tengo que hablar con usted.
El sujeto parpadeó.
—Vale.
—Para empezar, le han contratado para que haga un trabajo. Pero no lo ha hecho muy bien, ¿no le parece?
El hombre pareció azorarse, aunque Emma no podía permitirse aflojar.
—Por un lado, no le ha estado proporcionando a Beddington toda la información. ¿Y no es para eso para lo que le paga? Por ejemplo, no se ha molestado en contarle todo lo que compré en la parafarmacia hace dos noches, ¿no es así?
El tipo se puso rojo desde el cuello hasta la raíz de su pelo pajizo.
Emma se cruzó de brazos.
—Y haga el favor de explicarme por qué no lo hizo.
—Bueno...
—¿Me acaba de ver robar ese salero y ese pimentero?
El tipo cuadrado asintió con la cabeza.
—Los estaba robando, ¿comprende? ¡Soy una ladrona! Bueno, ¿ahora se lo va a ir a decir o no?
—Yo...
El hombre parecía tan aturullado que algo de la ira de Emma se aplacó, y empezó a sentir un poco de lástima por él.
—Permítame que le dé un consejo, si no le importa. Beddington es un patrón muy exigente. Si averigua que ha estado hurtándole información, se mostrará tremendamente desagradable. Y le puedo asegurar por propia experiencia que cuando se pone desagradable resulta horroroso.
En el mejor de los casos, el hombre pareció aún más consternado. Emma se empezó a sentir como un matón, y su rabia se desvaneció.
—Todos cometemos errores. Así que lo que importa es cómo los enmendamos, ¿verdad que sí? Le sugiero que anote las cosas minuciosamente antes de llamarlo. Cuéntele todo lo de la parafarmacia. Y no se olvide de detallar con precisión lo del salero y el pimentero. ¿Qué le parece?
El sujeto tragó saliva.
Emma esperó, dándole tiempo para que reflexionara sobre sus alternativas.
—¿Y quién es Beddington? —preguntó por fin el hombre.
Se lo quedó mirando fijamente. El hombre parecía tan perplejo, tan sumamente azorado...
El calor avanzó lentamente desde su pecho hasta el cuello. Sintió cómo se arrastraba sobre su quijada y se concentraba en dos relucientes círculos en sus mejillas.
Y entonces oyó un acento familiar justo detrás de su hombro izquierdo.
—Padre Joseph, ¿esta loca no le estará acosando?
¿Padre Joseph?
Emma gimoteó. Kenny la cogió del brazo antes de que pudiera darse la vuelta y echar a correr.
—Lady Emma, creo que no ha sido presentada adecuadamente al padre Joseph Antelli. Es el párroco de San Gabriel desde... ¿hace cuánto, padre? ¿veinte años?
—Diecinueve.
—Eso es. Yo todavía andaba montando la tremolina cuando llegó aquí.
El sacerdote asintió con la cabeza.
Emma volvió a gemir.
—Pero... n-no puede ser sacerdote. Anda por los bares y lleva camisetas naranjas y...
—Bueno, Lady Emma, no es muy correcto criticar a un hombre de iglesia por su falta de sintonía con la moda. Y da la casualidad de que el Roustabout sirve la mejor comida del pueblo. Y si no me equivoco, el clero local celebra aquí sus reuniones interconfesionales, ¿no es así, padre?
—El primer miércoles de cada mes.
—Pero... me ha estado observando.
—Lo siento muchísimo, Lady Emma —dijo el cura con seriedad—. Siempre he sido un poco anglófilo, y quería charlar con usted sobre Inglaterra. El padre Emmett y yo estamos planeando hacer un viaje allí en otoño. Debería haberme presentado sin más, pero cuando me di cuenta de lo... complicada que era su vida personal, decidí no entrometerme en su intimidad.
—Oh, bueno. Puedo explicárselo. Todas aquellas cosas que vio... en fin, la otra noche... y cómo me senté en las rodillas de Kenny... y lo del salero y el pimentero... Todo es...
—Sus amigos van a procurar que reciba un buen tratamiento lo antes posible —terció Kenny.
El padre Joseph la miró con amabilidad.
—No debemos avergonzarnos de los problemas psicológicos. Rezaré por usted, Lady Emma.
Mientras Kenny se la llevaba a rastras, lo único que pudo hacer Emma fue gemir.
—¡Me hiciste quedar como una idiota!
Kenny la siguió cuando Emma salió corriendo del Roustabout.
—Ya me perdonarás que te lo señale, pero eso lo hiciste tú solita.
—Deberías haberme dicho quién era.
—¿Y cómo podía saber yo que ibas a abalanzarte hacia allí y atacarlo como si fueras la diosa guerrera Xena? Además, a ti nadie puede decirte nada. Lo sabes todo.
—¡No lo sé todo! —Emma se dio cuenta de que un grupo de gente ruidosa los habían seguido afuera para presenciar su discusión, pero estaba lejos de sentirse avergonzada.
Kenny la adelantó como una bala.
—Eres marimandona y terca. Y tienes ideas extrañas. Todo ese plan tuyo, por ejemplo. Anda que no es raro.
—Estoy hasta el moño de oírte criticarme. ¡Sobre todo después de lo que he visto hoy! Podrías pensar en examinar tu comportamiento de lunático y no preocuparte tanto del mío.
La puerta se abrió detrás de ella y empezaron a salir más clientes del Roustabout.
—¡Mi comportamiento de lunático no tiene nada que ver contigo!
Kenny la cabreó tanto que Emma se olvidó del gentío.
—¡Tiene que ver con que saliste corriendo y me dejaste plantada junto al zoo infantil!
—¡No salí corriendo!
—¡Ja!
Los clientes no paraban de congregarse para observar. Por fin Kenny reparó en la circunstancia y apuntó con el dedo hacia el Cadillac.
—Entra en el coche.
—¡Deja de darme órdenes! Solo porque te dejara salir con la tuya en el dormitorio no significa que vaya a aguantarlo ahora.
—¡Así se habla! —gritó una de las mujeres.
Kenny se puso en tensión al darse cuenta de que se habían convertido en una atracción de feria.
—¡Entra en ese coche! —masculló entre dientes.
—¡Vete a la puta mierda! —Le arrancó las llaves de la mano y rodeó corriendo la parte delantera del coche. Emma esperaba que de un momento a otro la detuviera con una sacudida, pero en vez de eso lo que oyó fue el ruido de unas botas al resbalar en el suelo, una maldición y un golpe seco. Algunos de los hombres de la muchedumbre rugieron cuando Kenny resbaló sobre el asfalto. Emma se aprovechó de la caída y se zambulló dentro del coche.
Por alguna especie de milagro la llave que metió en el contacto fue la correcta. Por el retrovisor vio que Kenny se levantaba de un brinco. Giró la llave y pisó el acelerador; el motor rugió, pero el coche no se movió. Toqueteó la palanca de cambios y el coche salió despedido hacia delante dando bandazos, pero no sin que antes oyera a Kenny bramar enfurecido:
—¡Que no sabes conducir!
Por los pelos consiguió no chocar con una camioneta negra mientras atravesaba el aparcamiento. Tenía la piel mojada, la boca seca. ¿Qué estaba haciendo?
Un vistazo al retrovisor le mostró a Ted Beaudine parado en el centro de la multitud con una enorme sonrisa iluminándole el rostro. Recordó lo que le había dicho acerca de que en una ocasión sus padres se habían zurrado en ese mismo aparcamiento. Entonces alcanzó a ver a Kenny corriendo, corriendo a todo meter, hacia ella, y se olvidó de todo lo demás.
Echando un rápido vistazo a un lado y a otro de la carretera, vio que a Dios gracias estaba vacía de tráfico. Por la derecha. Por la derecha. Por la derecha. Dando un volantazo, se metió en la carretera.
Tenía las palmas tan sudorosas que le resbalaban por el volante. Nunca hubiera imaginado que tuviera un genio tan terrible. Y mira adónde la había llevado: detrás del volante de un coche que no sabía conducir, perseguida por una carretera de Tejas por un golfista profesional multimillonario.
Mientras se concentraba en mantener al gran Cadillac entre las líneas divisorias del carril, no paraba de echar rápidos vistazos al retrovisor lateral, y entonces vio que Kenny le iba ganando terreno. Mordiéndose el labio por dentro, apretó más el acelerador.
La aguja rozó los veinte kilómetros por hora.
Los coches empezaron a amontonarse tras ella.
¡Detestaba conducir! ¿Por qué había hecho semejante cosa?
La puerta del lado del acompañante se abrió. Kenny metió la cabeza dentro del coche y gritó:
—¡Échate a un lado!
Emma se moría por pisar a fondo el acelerador, pero tanto como deseaba asesinarlo, en realidad no quería «matarlo», así que dudó, lo que se reveló como un tremendo error porque él se metió en el coche de un salto.
—¡Sal de la carretera!
Emma siguió adelante, la mirada fija al frente, los dedos rodeando el volante como aquejados de rigor mortis.
Kenny cerró la puerta de un portazo.
—Si no vas a salir de la carretera, entonces, por Dios, acelera antes de que nos alcancen por detrás.
—¡Sé lo que estoy haciendo! Torie me enseñó a conducir.
—¡Entonces conduce!
Se mordió el labio inferior y pisó el acelerador.
—¡Para que veas! Voy a cincuenta. Espero que estés satisfecho.
—El límite de velocidad es de cien.
—¿Crees que tengo miedo de ir a cien? ¡Pues no lo tengo! —Emma se moría de miedo, pero consiguió poner la aguja del indicador a setenta. Los coches siguieron amontonándose detrás de ella.
Oyó un rechinar de dientes. Las palabras de Kenny le sonaron un tanto tensas.
—Sal allí, a la derecha. Y pon el intermitente.
Hizo lo que le decía porque quería parar.
—Junto a aquel árbol torcido. Gira ahí.
Las bocinas atronaron tras ellas cuando dobló el recodo demasiado deprisa y acabó en el arcén arenoso junto a la estrecha carretera de tierra.
—¡Se suponía que primero tenías que reducir la velocidad! —le gritó Kenny.
—No fue eso lo que me dijiste. Me dijiste que fuera más deprisa.
—¡No cuando vas a girar! —Emma volvió a oír aquel horrible rechinar de dientes, seguido de una profunda bocanada de aire.
—No importa. Sigue hasta detrás de esos árboles.
Cuando por fin detuvo el coche, se sintió tan aliviada que se quedó sin fuerzas. Apoyó el brazo en lo alto del volante, recostó la cabeza y cerró los ojos.
Notó movimiento y le oyó apagar el contacto. La piel del asiento crujió cuando Kenny se acomodó en el asiento. Pasó el tiempo. Emma sentía el sonido irregular de su respiración raspándole en los oídos.
Al cabo, algo caliente le rodeó la nuca. Y se la masajeó.
—¿Estás llorando, Lady Emma?
—No. —Respondió con la mayor firmeza que pudo—. Solo pensaba en ello.
—¿Por qué no vienes aquí y lo pensamos juntos? —La atrajo hacia él, y lo siguiente que supo fue que estaba encogida contra su pecho.
Era acogedor, reconfortante. Kenny olía bien. A camisa limpia con un ligero toque a bebé.
Se negó a llorar. Sin embargo, era agradable estar donde estaba.
El aliento de Kenny le cosquilleó en la oreja cuando habló con voz ronca.
—¿Pensarías que soy un gilipollas insensible si te meto las manos debajo de la blusa?
Emma lo consideró, y negó con la cabeza.
Los dedos de Kenny le cosquillearon en la piel cuando se los metió entre los botones para desabrochárselos, y luego le soltó la presilla del sujetador. Le siguió la línea del pecho con el pulgar y la besó. Entonces le dijo en voz baja:
—Anoche me lo pasé muy bien.
—Y yo también.
—Haces una ruidos agradables en la cama.
—¿De verdad?
—Ajá. —Le tocó el pezón.
Emma ronroneó de placer.
—Como este. —La cambió de postura y le puso la boca sobre el sensible ápice. Le tironeó del pezón. Ella se arqueó y se rindió a aquella deliciosa sensación. Cuando ya no lo pudo soportar, le sacó la camisa de los vaqueros y le metió la mano dentro para sentir la piel caliente y tersa bajo sus palmas.
No pareció que necesitara que lo animaran más. En pocos segundos, la blusa de Emma le colgaba de los hombros, los pantalones cortos yacían en el suelo hechos un gurruño y tenía las bragas por las pantorrillas. A través de la bragueta abierta de los vaqueros de Kenny, vio unos calzoncillos boxer de seda azul marino.
—T-tengo... que hacer esto. —Kenny la movió para que se apoyara en el lado contrario, y entonces le abrió las piernas y bajó la cabeza.
El pelo negro y rizado de Kenny le rozó la cara interior de los muslos, se arrastró sobre la suave piel y subió hasta que ella sintió su boca sobre ella. Allí...
Soltó un grito ahogado; pronunció el nombre de Kenny en voz baja; se quedó sin respiración.
Él se tomó su tiempo con aquello, igual que con todo lo demás. Emma se olvidó de su incómoda posición, de que estaban en un coche, se olvidó de todo excepto del roce de sus dedos y de la íntima y húmeda caricia. El orgasmo le llegó con un ruidoso sollozo que le sacudió todo el cuerpo.
Kenny no se movió, demorándose un rato más. Y la volvió a enviar volando a las nubes.
Oooooh... que cosa tan maravillosa. Ni siquiera fue consciente de que estaba moviendo las manos contra él hasta que Kenny se las inmovilizó. Sintió aquella forma gruesa a través de la seda de los calzoncillos, y supo que no era la falta de deseo lo que le impulsaba a detenerla. Levantó la cabeza y se lo quedó mirando de manera inquisitiva a los misteriosos ojos violetas.
Parecía angustiado, apenas capaz de articular palabra.
—Necesito la cartera. No llevo nada encima.
Ella sonrió.
—Tomo la píldora.
—¿La píldora? Pero... ¿por qué no me lo dijiste anoche?
—Me ordenaste que no hablara. —Le rozó los labios con los suyos—. Y en cierto modo no quería dar explicaciones. Llevo tomando la píldora algún tiempo. Por si acaso.
—Por si acaso...
Sus palabras se apagaron cuando se sentó a horcajadas sobre él. Sonriendo, apretó la boca contra su oreja.
—Con tu permiso...
Kenny gruñó y le metió las manos por debajo.
En esa ocasión Emma quería estar al mando, aunque Kenny tenía otra idea y, cuando intentó acomodarse sobre él, la sujetó por las caderas.
—Con cuidado, cariño. —Emitió un grave e indescifrable sonido y tomó las riendas, dejando solo que lo absorbiera muy poquito a poco...
—Yo... —murmuró Emma—. Quiero...
La distrajo entonces con un beso que no pudo saberle mejor, y, mientras él le exploraba la boca con la lengua, la penetró con cuidado.
Pero aun cuando Emma lo tenía totalmente dentro, Kenny siguió sin dejar que tomara la iniciativa. Antes bien, impuso el ritmo, sabiendo por instinto lo que ella necesitaba y dándole todo lo que quería excepto el control.
Las puntas de sus pechos rozaban la liviana mata de pelo del pecho de Kenny, y la parte interior de sus muslos se erosionaba contra los vaqueros que Kenny no se había terminado de quitar. Con la boca encima de la de él, aquel beso fue diferente, y Emma se deleitó con la novedad. Pero quería más; quería que confiara en ella lo suficiente para dejar que llevara la batuta.
Kenny le rodeó las nalgas con las manos y con los pulgares le hizo un truquito que ella jamás hubiera imaginado en el lugar exacto donde se juntaban.
—No pares... —consiguió decir—. Haz lo que quieras, pero no...
Y no paró. Y aquella avalancha dulce y caliente los barrió a los dos.
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