Amor o chantaje

Susan Elizabeth Phillips · Capítulo 23 de 26

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Amor o chantaje

Capítulo 22

 

En el avión, Kenny se enfrascó en la lectura de un libro que había comprado en la tienda de regalos del aeropuerto, y Emma fingió leer una revista. Apenas hablaron, pero en esta ocasión ella no cuestionó su silencio porque no tenía nada más que decirle.

Se sentía tan avergonzada de sí misma. ¿Cómo había sido capaz de aceptar aquella farsa de matrimonio cuando había sabido que entre ellos no había nada salvo sexo? No había honestidad ni entendimiento, ni compromiso. Sin embargo, se había casado de todas maneras, igual que una pobre solterona chiflada que se lanzara sobre un anillo de latón en un último y desesperado intento.

Cuando llegaron a Dallas y cruzaron la explanada, Kenny jamás se había movido con más lentitud ni parecido más inabordable. Ni siquiera los admiradores que lo reconocieron parecieron desear acercarse lo más mínimo. No fue hasta que recuperaron el equipaje de Emma que por fin la miró detenidamente.

—¿Qué va a pasar? —preguntó fríamente—. ¿Vas a volver corriendo a Inglaterra como un conejo asustado o te vas a quedar aquí y luchar?

Emma no había pensado en otra cosa desde que se marcharan de la presa Hoover, y ya había decidido lo que iba a hacer.

—Esto no es una guerra.

Los ojos de Kenny eran fríos como unas amatistas congeladas.

—Digamos simplemente que es un test de personalidad, entonces. Quién la tiene y quién no.

—¿Estás sugiriendo que carezco de personalidad?

—Aún no lo sé. ¿Vas a salir corriendo o te vas a quedar?

Su actitud la enfureció.

—Bueno, voy a regresar a Wynette, de acuerdo. Ya he tomado una decisión al respecto.

Un destello de satisfacción brilló en las facciones de Kenny.

—Por fin estás siendo coherente.

—Al contrario que tú, sé que esto no es un juego, y voy a volver para que podamos resolverlo. Pero no me voy a quedar en el rancho.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que no voy a salir corriendo, pero que tampoco voy a instalarme contigo.

—¡Eso ni siquiera es medio coherente! Estuviste viviendo en el rancho antes de casarnos, ¿por qué habrías de mudarte ahora?

—Deja de aparentar tanta indignación. Esto no es un verdadero matrimonio, y lo sabes.

—Es todo lo verdadero que se pueda ser, y tengo la licencia para demostrarlo.

—Déjalo, Kenny. Para ya. Sabes muy bien lo que quiero decir, así que no intentes esconderte detrás de esa indignación supuestamente justificada.

—No tengo ni idea de lo que quieres decir. —Recogió las maletas de Emma y se dirigió con paso firme al aparcamiento.

Ella ni siquiera intentó alcanzarlo. Iba a intentar estar a la altura de su responsabilidad porque esa era la manera en que estaba hecha, pero no iba a corretear detrás de él.

Cuando se metió en el coche por fin, la radio estaba a toda pastilla. Kenny le echó una mirada feroz y empezó a salir de la plaza de aparcamiento.

«Sigue sin haber una declaración oficial del comisario de la PGA Dallas Beaudine en relación al último altercado del golfista Kenny Traveler con...»

Kenny pulsó otro botón y subió el volumen. No tendría que haberse molestado, porque Emma no tenía ninguna intención de sacar el tema de su matrimonio en ese momento. El siguiente movimiento era cosa de él.

El viaje a Wynette pareció durar una eternidad. Aunque ambos habían ignorado la comida del avión, ninguno de los dos tenía hambre, así que solo pararon para repostar gasolina. Poco antes del anochecer, Torie llamó desde Wynette para averiguar a qué hora llegaría. También le contó a Kenny que había pasado la noche en su casa de Dallas, y Emma se sorprendió preguntándose si Dexter habría estado con ella, aunque tal posibilidad no pareció ocurrírsele a Kenny.

Los kilómetros avanzaron lentamente hasta que por fin llegaron a las afueras al norte de Wynette.

—¿Te importaría dejarme en el hotel, por favor? —Incluso mientras lo decía, Emma se preguntó si no estaría gastando saliva, porque sabía muy bien cómo le iba a responder.

—Si te vas a fugar de casa, tendrás que hacerlo por tus medios. No te voy a ayudar.

Estaba demasiado cansada para discutir con él. Con que se fuera al día siguiente, sería suficiente. Se recostó en el asiento, cerró los ojos y no los abrió hasta que llegaron al rancho.

Entraron en la casa por el garaje. Kenny se adelantó con las maletas de Emma y las depositó en el suelo para abrir la puerta. La abrió para que pasara y Emma entró.

En un momento la cocina estaba a oscuras, y al siguiente resplandeció de luces.

—¡Sorpresa!

—¡Sorpresa! ¡Sorpresa!

—¡Aquí está la novia!

Emma miró perpleja todas las caras alegres y radiantes que poblaban la cocina y se dio cuenta de que su lamentable día acababa de deteriorarse por completo.

 

—¡Es hora de cortar la tarta! —gritó Patrick después de que se hubieran hecho los brindis y fueran presentados los invitados.

Kenny y Emma avanzaron desde lados opuestos de la habitación hacia el dulce que había hecho Patrick, una cremosa torre de vainilla con dos figuras de Fisher-Price de Peter colocadas en lo alto, junto con unas banderas de papel de los respectivos países del novio y la novia. Emma se preguntó si alguien había reparado en que la novia y el novio en cuestión habían estado hablando con todos excepto entre ellos. Le dolía la cabeza, y no quería otra cosa que acurrucarse y echarse a dormir. Miró con envidia a Peter, que se había quedado dormido sobre el hombro de Kenny, dejándole una mancha de babas en el cuello de su camisa de golf.

Además de la familia Traveler y Dexter, estaban presentes Ted Beaudine, el padre Joseph y unos cuantos ejecutivos de TCS, además de una veintena de amigos de Kenny del Roustabout que se habían estado divirtiendo entre ellos con más anécdotas de la deleznable infancia de Kenny: como aquella ocasión en que le había robado un trabajo de ciencias a una mujer, o aquella otra en que le había arrojado a alguien sus mejores zapatillas de deporte a un tendido eléctrico, o cuando había extraviado al hermano pequeño de otro...

Emma desechó los instintos protectores que siempre le infundían aquellas alegres historias de la precipitación de Kenny hacia la autodestrucción. Era un hombre maduro, y si decidía no defenderse, no era asunto de ella.

Se acercó a la tarta desde un lateral de la habitación mientras Kenny se acercaba desde el otro. Cuando Warren se adelantó y cogió a Peter, sonrió cariñosamente a Emma.

—Por si no lo hubiera dicho antes, bienvenida a la familia, Lady Emma. Ni escogiéndola yo mismo, podría haber encontrado una mujer mejor para Kenny. —Miró a su hijo con aquella expresión de exagerado entusiasmo que le rompía el corazón a Emma—. Felicidades, hijo. Me siento orgulloso de ti.

Kenny apenas expresó su gratitud por las palabras mientras se colocaba delante de la tarta. Emma se sintió inmensamente triste por los dos: por el padre que quería borrar los viejos pecados, y por el hijo que no era capaz de perdonar una infancia de abandono.

Patrick le entregó a Emma la pala de la tarta, que había decorado con unos lazos de color rojo, blanco y azul.

—Más patriótico que nupcial —dijo con cierto desdén—, pero se me avisó con muy poco tiempo.

Emma le sonrió y bajó la mirada cuando la mano de Kenny se posó sobre la suya, tan ancha, la bronceada palma acogiendo la más pequeña y blanca de ella, aquellos dedos fuertes y elegantes curvándose sobre los suyos. La visión de sus manos unidas hizo que le escocieran los ojos; si al menos sus corazones estuvieran tan estrechamente unidos.

 

Kenny dio un sorbo de vino, y luego cruzó la cocina para apagar la luz que había quedado encendida en la galería. Lady E se había fugado al piso de arriba en cuanto el último de los invitados se había marchado, y Kenny sabía que no era porque tuviera prisa por saltar a la cama de él. No, Lady E iba a refugiarse en sí misma esa noche. Se preguntó si llegaría tan lejos de cerrar con llave, aunque por otro lado supo que no lo haría. Confiaría en su honorabilidad en lugar de mantenerlo a distancia.

Salió a la galería, y entonces se percató demasiado tarde de que no estaba solo. Su padre estaba sentado en el sofá con Petie, que dormía acurrucado en sus brazos. Se sintió tenso, como le pasaba siempre que estaba con su padre.

—Creía que te habías marchado.

—Envié a Shelby a casa con Torie. Quería hablar contigo a solas.

Warren era la última persona con quien Kenny deseaba hablar esa noche, o ya puestos cualquier noche.

—Por si no has caído en la cuenta, estoy en mi luna de miel.

—Por lo que he visto esta noche, no se parece mucho a una luna de miel. Lady Emma apenas te ha dirigido la palabra. —Petie soltó una especie de maullido en sueños, y Warren lo abrazó con más fuerza.

¿Lo había abrazado así su padre alguna vez? Se sobresaltó al sentir una punzada de celos. Eso hizo que se avergonzara, y entonces algo en su interior se relajó. Emma tenía razón; Warren había aprendido de la experiencia, y todas las preocupaciones que Kenny había estado albergando acerca de su hermano pequeño carecían de fundamento. Petie no iba a tener que ganarse el cariño de su padre.

—Petie debería estar en la cama —dijo de mala manera.

—Lo estará pronto. —Warren apretó los labios en la parte superior de la cabeza del bebé para darle un beso—. Estaba tan cómodo, que no quise molestarlo.

Kenny sintió de nuevo aquella extraña y dolorosa punzada. Petie estaba recibiendo el amor de su padre porque tenía derecho a ello. Igual que Torie. Solo Kenny había tenido que ganárselo, torneo a torneo.

Y ahora su padre fingía que todo iba bien entre ellos. Pero no iba bien. Kenny había necesitado a un padre cuando era niño; y joder, estaba seguro de que ahora no necesitaba ninguno.

—Estoy preocupado por ti y Lady Emma.

—Se llama Emma. No utiliza el tratamiento. Y no hay ningún motivo de preocupación.

Warren le acarició la espalda a Petie y miró fijamente por las ventanas de la galería hacia el oscuro bosquecillo de pacanas.

—No soy un hombre al que se le dé muy bien rezar. No sé hacerlo bien... no me sale de forma natural... así que se lo dejo a otras personas. Como Shelby. Bueno, ella sí que reza, y dice que Emma es la respuesta a sus oraciones por ti.

—No le he pedido que rece por mí.

—No, no lo has hecho. Se lo pedí yo.

—Pues si es tan buena rezando, ponla a trabajar para que consiga que vuelva a la gira. —Kenny se bebió lo que le quedaba del vino y se volvió para dirigirse a la cocina, pero la voz de su padre lo detuvo.

—Vuelve aquí y siéntate.

—Es tarde. Estoy cansado.

—Te he dicho que te sientes.

Era la voz de pesadilla de su infancia:

—Sienta el culo en esa silla ahora mismo. ¡Eres una jodida desgracia! Lo sabes, ¿verdad? Un mocoso malcriado...

Pero Kenny ya no era ningún niño, y si Warren quería un enfrentamiento, pues por sus cojones que lo iba a tener. Dejó la copa de vino sobre la mesa, se apoyó en la jamba de la puerta y se quedó mirando insolentemente a su padre a través de la galería.

—Algo te ronda la cabeza, así que lárgalo de una vez.

—Vale. —Warren tuvo que levantar la vista hacia él, pero eso no parecía molestarlo tanto como deseaba Kenny—. Sé que no tienes una gran opinión de mí, y la razón de que así sea no es ningún misterio. No estuve a tu lado cuando me necesitabas, y eso no me lo vas a perdonar. Pero sigues siendo mi hijo, y no puedo cruzarme de brazos y ver cómo jodes lo más importante que tienes en la vida porque sigues luchando con todas esas cosas que te ocurrieron cuando eras demasiado pequeño para defenderte.

Kenny sintió los labios entumecidos.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando.

—Estoy hablando de la manera en que tu pasado no para de afectar a tu futuro. Me gusta Lady Emma. A todos nos gusta. Y cuando estáis los dos juntos en una habitación, parecéis incapaces de apartar los ojos el uno del otro. Nunca te has comportado así con ninguna otra mujer.

Kenny no le iba a explicar que su matrimonio con Emma era más un accidente que un compromiso de por vida. Por el contrario, miró a su padre con beligerancia.

—Me casé con ella, ¿no?

—Sí, te has casado con ella. Pero es evidente que ambos seguís teniendo muchos problemas que resolver.

—Si los tenemos o no es algo que no te incumbe en absoluto.

—Escúchame, Kenny. Por una vez en tu vida, escucha. Nunca me he sentido más satisfecho por algo que por la forma en que te has abierto camino en la vida, aunque sé que el mérito es de Dallie Beaudine y no mío. Por encima de cualquier otra persona sobre la faz de la tierra, incluida tu hermana, sé muy bien lo que has tenido que superar para llegar adonde estás. Y te diré una cosa: no hay mucha gente que lo hubiera podido hacer.

Un ramalazo de gratitud recorrió a Kenny durante un instante, pero el elogio había llegado demasiado tarde.

—Ve al grano —soltó.

—Lo que intento decirte es que... a medida que me hago mayor, todo lo que he hecho para ganar dinero ha ido perdiendo importancia en mi vida. Estoy orgulloso de la empresa. La levanté de la nada, y puedes estar seguro de que no me voy a quedar mirando cómo la devoran. Pero cuando estoy sentado en el patio los domingos por la tarde, y empiezo a contar todo lo que tengo, es la gente que quiero lo que me viene a la cabeza, no la empresa.

Kenny no quería oír aquello.

—Pareces una puñetera tarjeta de felicitación.

Pero su padre se negó a retroceder.

—Tienes la oportunidad de tener una vida de verdad por ti mismo, una que no empiece y termine en el campo de golf. Tienes la oportunidad de construir una relación con una buena mujer, tener hijos y montar tus caballos y disfrutar de este rancho. No la jodas.

La furia por la hipocresía de Warren bulló en su interior.

—Tal vez deberías pensártelo dos veces a la hora de dar ese consejo. Si empiezo a dedicarle tiempo a oler las rosas, no podré ganar tantos torneos de golf. Y entonces no tendrás nada con lo que ir fardando en tus fiestas de la empresa.

Warren encajó el ataque sin pestañear, lo que hizo que Kenny se sintiera pequeño y mezquino. En vez de eso, su padre se recostó la cabeza de Petie en la palma de la mano y se levantó.

—No pasa nada, hijo. Lo entiendo. Me he acostumbrado a sentirme culpable en lo que a ti concierne, y no tienes que perdonarme.

Petie se retorció y trató de abrir los ojos; estos volvieron a cerrarse en seguida cuando Warren se arrimó más el bebé.

—Eres un buen hombre, Kenny. Y eso gracias a Dallie, no a mí. Eres decente y más listo que los ratones colorados; y te preocupas por los demás. Supongo que lo que trato de decirte es que es hora de que aceptes lo que el resto del mundo ya ha descubierto: que te aguardan muchas más cosas que ser simplemente otro niño rico que sabe jugar un poco al golf.

Empezó a moverse hacia la puerta, pero Kenny no podía dejarlo marchar de esa manera; tenía la abrumadora sensación como de que su padre había tenido la última palabra.

—Mejor que no le hagas ninguna faena a Petie —dijo con un gruñido—, o te las verás conmigo.

La expresión de su padre se entristeció tanto que apenas pudo soportar mirarlo.

—Me gusta pensar que he aprendido de mis errores, y pienso hacerlo lo mejor que sepa con él. Aun así, no soy perfecto. Pero imagino que eso ya lo sabes.

Movió al bebé en sus brazos y desapareció, dejándolo con la sensación de que se hubiera dejado algo importante sin terminar.

 

Emma pasó una noche solitaria y desdichada en el cuarto de invitados. Había echado de menos la sensación de seguridad que transmitía el cuerpo de Kenny junto al suyo, la manera en que él acaparaba la colcha cada vez que se daba la vuelta y alargaba el brazo buscándola en sueños. Cuando se dirigía al baño a la mañana siguiente, echó un vistazo por la ventana y lo vio haciendo unos largos en la piscina, pero en lugar de hacerlo con su acostumbrada lentitud, batía el agua como si quisiera conquistarla.

Apoyó la mejilla contra el marco de la ventana y lo vio llegar a un extremo de la piscina e inmediatamente darse la vuelta a toda velocidad hacia la otra. Mientras acometía el agua, Emma pensó en la reacción de todos cuando se enterasen de que aquel matrimonio no iba a durar.

Kenny la volvió a joder. Siempre supe que no funcionaría. Lo único que ha hecho bien en toda su vida es jugar al golf.

La leyenda del malcriado y perezoso Kenny Traveler no haría más que engrandecerse.

Se dijo que ese no era su problema, aunque se sintió triste. Se duchó, se vistió y bajó a la cocina. Patrick le había dejado una nota en la encimera dirigiéndola hacia un cuenco de fruta fresca del frigorífico. Cuando estaba sacando la fruta, oyó la puerta de la calle, y luego el sonido de la voz de Torie, y la de Dexter, que le respondía en voz más baja.

Torie entró majestuosamente vestida con una camiseta y unos pantalones muy cortos con un estampado de batik en azul y morado, junto con unas sandalias de piel de tacón grueso.

—Supongo que ahora que esto ya no es el alojamiento de un soltero, debería llamar al timbre. Mis disculpas, Lady E.

—No tiene importancia. —Emma sonrió a Dexter—. Tomad un café.

—Gracias. —Dex se dirigió a la cocina, y levantó la vista cuando Kenny llegó del exterior. Una camiseta gris se adhería a su pecho mojado, el agua le goteaba de los extremos rizados del pelo y sus pies descalzos iban dejando unas huellas húmedas sobre el suelo de terracota.

—Hola, hermanito.

Kenny se esforzó en sonreír a su hermana, y al ver a Dexter puso cara de malas pulgas.

—¿Qué haces tú aquí?

—Lo he invitado yo.

Kenny lanzó una mirada furiosa a su hermana.

—¿Y por qué? Creía que querías deshacerte de él.

—Sí, bueno, es mucho más difícil de lo que imaginé.

Kenny puso ceño y la miró más detenidamente. En tres zancadas cruzó la habitación, sacó la mano como un rayo y la ahuecó en la barbilla de Torie para inclinarla hacia la luz.

—¿Te ha hecho esto él? ¿Te ha hecho ese cardenal en el cuello?

—Podría ser. —Se libró desdeñosamente de la mano de Kenny—. A propósito, ayer debes de haber recibido como cincuenta mensajes en el contestador de tu casa. El mundo entero anda detrás de dar contigo. Tu pelea con Hugh te ha conseguido una vez más la primera plana de la sección de deportes.

Kenny se sacó de un tirón la toalla que le colgaba del cuello y se giró hacia Dex.

—La emborrachaste, ¿no es así? Anoche. No conseguiste seducirla cuando estaba sobria, y entonces la emborrachaste.

Torie se arrellanó en uno de los taburetes del mostrador y sonrió.

—Hizo algo peor que eso. Mucho peor. ¿Verdad, Dex?

Alarmada, Emma empezó a sentir un cosquilleo por el cuerpo cuando vio a Kenny quedarse muy quieto. Su marido dejó caer la toalla, y sus músculos se tensaron por debajo de la camiseta gris mojada.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que hizo?

Los ojos de Torie brillaron.

—Me dio una zurra.

—¿Que hizo qué?

Emma se interpuso inmediatamente entre los dos hombres y apoyó la mano en el pecho de Kenny.

—Tu hermana te está provocando aposta. Torie, para de una vez.

Su cuñada pretendió aparentar sumisión.

—Sí, señora.

Kenny se volvió a Dex con expresión amenazadora.

—Quizá debieras contarme exactamente lo que le hiciste.

Dexter llenó de café la taza que Emma le había dado.

—Torie es una amenaza para ella mucho mayor que yo.

Pero Torie no había acabado de divertirse. Enganchó el tacón de una de las sandalias en el travesaño del taburete y adoptó una expresión ofendida.

—Me dio una azotaina, Kenny. Me inmovilizó, me puso sobre sus rodillas y me dio una azotaina. Con el culo desnudo. O algo muy parecido.

Kenny se quedó completamente inmóvil y miró fijamente a Dex.

—¿Es verdad eso?

El interpelado revolvió una cucharada de azúcar en el café y asintió con la cabeza con aire ausente.

Para asombro de Emma, toda la tensión pareció irse escurriendo fuera de Kenny, que por primera vez miró a Dexter con interés y no con suspicacia.

—Estás de coña. Ni siquiera yo habría tenido los huevos de hacer algo así.

Su reacción irritó a Torie.

—¡Deberías darle una paliza, Kenny! Aunque quizá debería advertirte que es más fuerte de lo que parece. Sin embargo, no es precisamente Hércules, y podrás con él sin demasiado problema.

Dexter le dio un sorbo al café e hizo un gesto con la cabeza hacia Emma.

—Excelente café.

Emma reprimió una sonrisa.

—Transmitiré tu felicitación a Patrick.

Kenny paseó la mirada desde su hermana a Dexter, y se acercó para servirse una taza. Se recostó contra la encimera y examinó al otro hombre.

—Bueno, Dex, ¿y cómo es que has conseguido seguir vivo para contarlo?

O’Conner se limpió un poco de café que se le había derramado, y se sentó en el taburete contiguo a Torie.

—Estoy en disposición de confesar que tu hermana y yo nos hemos acostado, y puesto que la he mancillado, es mi intención casarme con ella.

Torie dejó caer la frente y golpeó tres veces la encimera con ella.

—Mira que eres capullo.

—Pues ella no parece demasiado entusiasmada con la idea —soltó Kenny.

—Lo está. —Dex alargó el brazo y le acarició el hombro a Torie—. Pero tiene su orgullo. También está asustada, lo que es comprensible, aunque para el caso da lo mismo. Ella y yo llegamos a un acuerdo y nos vamos a casar.

—¿Qué clase de acuerdo?

—Bueno, eso es privado —se adelantó Dex cuando Torie ya abría la boca para responder. Se la quedó mirando, divertido—. Victoria, ¿se te ha pasado por la mollera que no es realmente necesario que le cuentes nuestra vida privada a todo quisque?

—Kenny no es todo quisque.

Su prometido levantó una ceja y le acarició la comisura de la boca con el pulgar.

—Oh, de acuerdo —refunfuñó ella. Entonces, en un intento de recuperar el terreno perdido, volvió a la conversación—. Anoche no pude evitar darme cuenta de que vuestro comportamiento no fue precisamente el de una pareja de tortolitos. ¿Qué ha ocurrido, Lady E? ¿Kenny ha empezado a zurrarla también?

Emma cogió la bayeta del fregadero y empezó a pasarla suavemente por la encimera limpia.

—Es complicado, eso es todo.

—No es tan complicado —apostilló Kenny—. Lo que pasa es que algunas personas quieren que parezca que lo es.

Torie paseó la mirada de Emma a su hermano.

—No sé por qué, pero en esta ocasión estoy del lado de Lady E.

Kenny dejó su taza con un golpetazo, derramando el café por toda la encimera.

—Ni siquiera sabes qué ha ocurrido.

—Pero sé que Emma es un persona juiciosa, y todo el mundo sabe que, en lo tocante a las mujeres, la cagas siempre.

—¿Juiciosa, dices? ¡Hizo creer a todo el mundo que eras su amante lesbiana!

Torie sonrió abiertamente a Emma.

—Fue tan guaaaai.

Kenny agarró su taza y se dirigió a la puerta.

—Me voy a dar una ducha. —Entonces se paró para lanzar una mirada heladora a Emma—. Tal vez debieras dar tú la gran noticia antes de que me vaya. No quiero privar a Torie de la oportunidad de culparme también por esto.

Le estaba dando la oportunidad que necesitaba para decirles que no se iba a quedar en el rancho, sino que se iba a trasladar al hotel.

Kenny Traveler la jodió una vez más. Siempre supe que no funcionaría. Lo único que ha hecho bien en toda su vida es balancear un palo de golf.

Emma se dio cuenta de que no podía hacerlo. Su plan de quedarse en el hotel le había parecido fantástico el día anterior en el avión, pero ahora estaba en Wynette, donde las noticias corrían rápidamente, y sencillamente no podía permitir que Kenny volviera a quedar expuesto al ridículo público, sobre todo sabiendo que él no se defendería.

—Bueno, la verdad es que he decidido tomarme en serio lo de aprender a conducir. —Se volvió hacia Torie—. Y puesto que Kenny no paró de gritarme la única vez que viajó conmigo, me preguntaba si me darías otra lección.

Kenny se recostó contra el marco de la puerta y se la quedó mirando con una expresión de desconfianza en los ojos, como si esperase que sucediera algo malo.

—No sé por qué piensas que te iba a culpar porque Lady E quiera aprender a conducir, Kenny. A veces pienso que tienes un complejo persecutorio. —Torie le devolvió la sonrisa a Emma—. ¿Qué tal si me llevas a ver al padre Joseph esta tarde?

La atención de Kenny se desplazó de Emma a su hermana.

—¿Y para qué quieres ver al padre Joseph?

—Yo no quiero ver al padre Joseph —respondió su hermana con evidente exasperación—. Tengo que verlo, que es distinto. ¿Es que no has prestado atención?

—Según parece, no lo suficiente.

—Es por lo de la cosa esa con Dex, nada más. —Se movió con nerviosismo.

—¿La azotaina?

—¡No, eso no! ¿Es que no has prestado ninguna atención? ¿O es que no has oído lo que ha dicho Dex? —Su pecho se expandió cuando respiró hondo—. El hijo puta me obliga a casarme con él.

Dex miró a Kenny sin titubear.

—Creo haber mencionado eso.

Torie miró fijamente a su hermano con una expresión de súplica en el rostro que hizo que a Emma le entraran ganas de abrazarla. Torie no era capaz de tragarse todo el orgullo para admitir que había cometido un error con Dexter. Sencillamente, quería que Kenny lo entendiera.

Transcurrieron unos segundos muy largos. La mano de Torie se movió lentamente hacia la de Dexter; él se la cubrió con su palma.

Kenny habló por fin.

—Bueno, entonces supongo que tendrás que consentir.

Emma sonrió. Kenny no era ni de lejos tan obtuso para los contratiempos de los demás como lo era para los propios.

Torie se arrimó un poquito más a Dex, cuyos solemnes ojos tenían una expresión incuestionablemente soñadora. Ella, por su lado, soltó un largo suspiro de sufrimiento.

—No sé por qué Dex tenía que enamorarse de mí. Y tampoco sé cómo voy a llevar la cabeza alta nunca más en este pueblo. Tiene algo así como un hándicap treinta y dos.

—Ya me he disculpado por eso, Victoria. Si estás dispuesta a trabajar conmigo, estoy seguro de que podré rebajar unos cuantos golpes.

—Supongo. Pero aun así, lo más probable es que no llegues nunca a ser algo más que un mal jugador.

—Eso es verdad. —Dex torció los labios—. Y estoy seguro de que me pasaré el resto de mis días escuchando cómo te quejas de haber sacrificado tu reputación por casarte conmigo.

—Joder, por supuesto que lo haré. —Le dedicó una sonrisa que fue pura miel totalmente impropia de ella. Entonces pareció recordar que su hermano estaba mirando, y se puso roja de vergüenza.

Kenny tenía mucho de hermano mayor para dejar que Torie saliera impune.

—Bueno, ¿y qué es lo que provocó ese cambio de parecer? Aparte de la azotaina.

—Nada. En realidad, nada. Es solo... No importa.

—Bien podrías contármelo —dijo él—. Sabes que tarde o temprano te lo sonsacaré.

—Ay, muy bien. Dex es... él... bueno... quiere tener un hijo propio y todo eso, aunque aun así... aun así sigue dispuesto a darme una oportunidad. — Su voz empezó a suavizarse—. Y si las cosas no resultan... y ya le he advertido que no resultarán... dice que podemos adoptar.

—Entiendo. —Kenny no había terminado de pincharla—. ¿Entonces esa es la razón de que te cases con él? ¿Por qué por fin conseguirás ser madre?

Emma vio a Torie debatiéndose entre su orgullo y la verdad.

—¿Y me vas a criticar por eso? Sabes cuánto deseo tener un hijo. Y él... en fin, pese a todos sus defectos, hasta un idiota puede darse cuenta de que será un buen padre. Excepto en lo tocante a los deportes, pero calculo que entre tú y yo podremos compensar sus deficiencias en ese aspecto. Y además tiene... tiene un no sé qué. —Se encogió de hombros, incómoda, deseando a todas luces poner fin a la conversación—. Un no sé qué dulce y... Bueno, no sé.

—Tu hermana se ha enamorado de mi —dijo Dex, por si Kenny no se había enterado.

Torie levantó la vista hacia su hermano, y la vergüenza le hizo contraer el rostro.

—Es tan sumamente bueno. Y comprensivo. Y es divertido. No divertido como tú y yo, pero divertido a su manera un tanto extraña. Y le gustan mis emúes. No sé cómo ocurrió... Dios sabe que estoy avergonzada... pero supongo que no hay quien entienda el corazón humano.

Kenny parecía pensativo.

—Te diré lo que se me acaba de ocurrir, Dex. ¿Por qué no trabajamos los dos en tu juego? Torie es una profesora de golf horrible. No hace más que decir palabrotas.

Emma sabía que Dex se había estado preparando para luchar contra Kenny hasta las últimas consecuencias, pero se hizo evidente por su paulatina sonrisa que se alegraba de no tener que hacerlo.

—Te lo agradecería.

Cuando la puerta de la calle se cerró tras los dos tortolitos, Emma se volvió hacia Kenny. No se había afeitado, y en un lado de la cabeza, donde había empezado a secarse, tenía el pelo levantado formando unos cortos copetes. Aun así, era el hombre más guapo que había visto en su vida, y tuvo que esforzarse en disimilar la impotencia que sentía.

—Eso ha sido muy amable —dijo con brusquedad—. Se lo podías haber puesto mucho más difícil a Torie, pero no lo hiciste.

—¿Y qué esperabas que hiciera? ¿Qué la encerrara con llave en el ático? —La miró con ojos inquisitivos—. Así que cambiaste de idea con lo de trasladarte al hotel, ¿eh?

—Decidí sencillamente mantener en privado nuestros asuntos privados.

—Está bien. Te ayudaré a llevar tus cosas a mi habitación. —Se dio la vuelta hacia las escaleras.

—No, gracias —le dijo a sus espaldas—. Me voy a quedar donde estoy mientras resolvemos esto.

Kenny se paró en el segundo escalón, la miró y adoptó un aire de mocoso malcriado.

—Y una mierda.

A Emma no le sorprendió que fuera a poner dificultades con eso, puesto que las ponía con todo lo que tuviera que ver con ella.

—Es lo mejor para los dos. No me hago ninguna ilusión de que lo vayas entender, pero he descubierto que no parezco poseer la personalidad adecuada para tener relaciones sexuales sin compromiso.

—Estamos casados.

Ella toqueteó nerviosamente su alianza.

—Sí, bueno, eso es solo un trozo de papel. En nuestros corazones no estamos casados, ¿no es así?

Bajó un escalón y la examinó.

—Ya veo de qué va esto. Tú lo que quieres es tenerme bien atado en un paupérrimo paquetito sentimentaloide que puedas sacar y jugar con él cuando te convenga, y luego esconderlo cuando no.

Observando aquellos rasgos duros y fríos, era difícil creer que se tratara del mismo idiota perezoso que había conocido dos semanas antes. Emma habló en voz baja.

—Acabas de describir tus motivaciones, no las mías.

—Sí, claro —replicó él, en tono de burla.

—Ay, Kenny... —Suspiró, levantó una mano y luego la dejó caer al costado—. No puedo hacer todo esto yo sola. Tienes que ayudarme un poco.

—Yo no soy el que va a cerrar con llave la puerta del dormitorio.

—Pero es que lo único que quieres de mí es sexo. ¿No te das cuenta de lo doloroso que es eso?

—Aun en el supuesto de que fuera verdad, que no lo es, no entiendo qué es lo que tendría de horrible. Puesto que no iniciamos este matrimonio de una manera normal, tenemos que fortalecerlo.

—Esa forma errática de pensar tal vez te funcionara con tus antiguas novias, pero no conmigo. Nuestras relaciones sexuales nos permiten fingir que todo está bien, pero ambos sabemos que no es así.

—Bueno, mira, ahí es donde estás equivocada. Todo está bien si te estás quieta y dejas que esté bien. Pasas tanto tiempo preocupándote por lo que no funciona entre nosotros que nunca te paras a considerar lo que está bien.

—El sexo.

—¿Es en lo único que puedes pensar, en el sexo? ¿Y qué hay del hecho de que ambos disfrutemos de nuestra mutua compañía, de que a los dos nos guste la Historia, y Tejas, y montar a caballo; de que nos guste el buen vino, de que los dos entendamos a Torie y que tú le gustes a Petie y parezcas capaz de aguantar a mi padre y a Shelby? Ni uno ni otro es un esnob, y ninguno tenemos mucha paciencia con los hipócritas. Da la casualidad de que se me ocurren muchas cosas que funcionan entre nosotros.

Emma siempre se había centrado en las diferencias existentes entre ellos, no en sus afinidades, y se quedó tan perpleja que no se dio cuenta de que él había estado acercándose lentamente hasta que le rozó el codo con las yemas de los dedos. Se puso de sopetón a temblar hasta las entretelas.

Los dedos de Kenny se deslizaron por su brazo y la acariciaron el montículo del pecho. Emma sintió un cosquilleo en la piel y una pesadez en los miembros, y su cuerpo la animó a entregarse a él. ¿Tan malo sería hacerlo a su manera? ¿Tan malo sería pasar por los gestos externos de un matrimonio real, aunque entre ellos no hubiera una unión duradera? ¿Cuál sería la diferencia? Se recordó que, emocionalmente, estaba acostumbrada a pasar la vida con las migajas, pero no quería eso de Kenny. Y lo que era más importante, ella no se lo merecía, así que retrocedió.

Kenny dejó caer el brazo al costado, y su mirada se ensombreció. Emma vio sus labios finos y supo que estaba furioso, igual que supo que se alejaría sin decir una palabra.

Al cabo de un rato, se marchó al campo de entrenamiento, y Emma se obligó a ponerse a trabajar en el portátil que encontró en el despacho de Kenny, un despacho que, hasta donde sabía, solo Patrick utilizaba. Durante el resto de la mañana y parte de la tarde, alternó el trabajo en su artículo sobre Lady Sarah ornton con la elaboración de unas notas para Penelope Briggs en las que le detallaba la información que necesitaría para comenzar el trimestre de primavera sin sobresaltos. Interrumpió el trabajo cuando llegó Torie para darle la lección de conducir.

Emma consiguió llegar al pueblo y volver al rancho sin chocar con nada. Mientras transportaba el portátil a la galería para reanudar el trabajo, decidió que la felicidad de Torie era lo único destacable de un día por lo demás deprimente. Patrick surgió de la cocina con un par de vasos de té helado coronados con sendas rodajas de naranja.

—La noticia es pública. El International Sports Channel acaba de divulgar el comunicado de vuestra boda.

Emma se dio cuenta de su preocupación cuando Patrick le dejó su vaso sobre la mesa y se llevó el suyo al sofá.

—¿Qué sucede?

—Exactamente, nada. Lo más probable es que sea una paranoia mía. —El amo de llaves le dio un sorbo a su té, y entonces enderezó la lámpara situada en la mesa que había junto al sofá—. La noticia fue corta, sin ningún comentario sobre la pelea del Roustabout, solo un breve comunicado de que Kenneth se había casado con una miembro de la aristocracia británica, Lady Emma Wells-Finch, hija del quinto conde de Woodbourne.

—La prensa tenía que enterarse tarde o temprano.

—Eso no es lo que me preocupa. —Patrick deslizó el dedo por el borde de su vaso—. No se hizo ninguna mención acerca de tu ocupación, de ningún modo la clase de persona que eres. La noticia hacía parecer como si Kenny se hubiera casado con una participante casquivana de Eurovisión.

Emma por fin comprendió lo que le inquietaba.

—Y así la leyenda del golfista malcriado y donjuán no hace más que crecer.

—Exacto. —El té se derramó por el borde del vaso de Patrick cuando lo depositó con un golpe seco—. Su imagen ya ha recibido un buen vapuleo, y esto no ayuda en nada. Al no haber dado la noticia él mismo, es como si se hubiera pegado un tiro en el pie. No me quiero ni imaginar lo que el insidioso ese de Sturgis Randall va a decir esta noche en su programa. Ni siquiera lo voy a ver.

Pero ni él ni Emma pudieron resistirse, y después de una cena en la que Kenny siguió estando notablemente ausente, Emma llevó el café de ambos hasta el sofá mientras Patrick encendía la televisión.

Sturgis Randall esperó hasta el final del programa para meterse a saco.

El hecho de que su carrera esté en plena decadencia no parece

preocupar al golfista Kenny Traveler. Antes al contrario, el conflictivo

campeón ha tomado esposa. Y nada de una corriente muchacha

norteamericana para nuestro Kenny. Por el contrario, el millonario

tejano, que casualmente también es el heredero del gigante Traveler

Computer Systems...

—Eso no es cierto —exclamó Patrick—. Hizo que Warren lo desheredara hace años.

... se ha decantado por una aristócrata británica, Lady Emma Wells-

Finch. Así es, Wells-Finch, con guion. Parece ser que la hermosa noble es

la hija del quinto conde de Woodbourne.

—¡La hermosa! —Emma estaba indignada—. ¡En absoluto soy hermosa!

Mientras, los problemas de Traveler con la PGA han empeorado desde

que se vio envuelto en una brutal pelea de borrachos con un anciano

empresario internacional.

Emma saltó del asiento como impulsada por un resorte.

—¡No es ningún anciano! ¡Y no fue ninguna pelea de borrachos!

El comisario interino Dallas Beaudine todavía no ha realizado ninguna

declaración oficial. —Sturgis dirigió a las cámaras una sonrisa meliflua—.

Ahí va un consejo, Kenny... Puesto que tu carrera como golfista no parece

que vaya a ninguna parte, tal vez tú y tu novia de la alta sociedad os

podáis dedicar a la caza del zorro.

Emma no lo pudo soportar más.

—¿Cómo puede salir impune de todo esto?

—Sus índices de audiencia son buenos. Y en Norteamérica eso es lo único que cuenta. —Patrick pulsó el mando con saña para apagar el televisor.— Vayamos a ver una película. Necesitamos divertirnos.

 

Eran poco más de las once, y las luces seguían encendidas cuando Kenny regresó al rancho. Había estado entrenando todo el día y luego se pasó por casa de su padre para jugar con Petie un rato. Después, había aparcado junto al río para poder dar rienda suelta al rencor que sentía hacia Emma por hacer difícil lo fácil, aunque el río se reveló un lugar inadecuado: no dejó de acordarse de que habían hecho el amor allí.

Cuando entró en la cocina, sintió una punzada de remordimiento por haberla dejado sola todo el día. Entonces se recordó que no era él el causante de todo aquel alboroto en su matrimonio.

Se dirigió al frigorífico para ver si Patrick le había dejado algo. Cuando sacaba un plato de pollo frío, la puerta que comunicaba el patio posterior con la galería chirrió. Levantó la vista y sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio entrar a Emma.

Tenía el pelo alborotado y las mejillas coloradas por la brisa que se había levantado fuera. Estaba tan bonita, y la deseaba tanto. No le gustó sentir eso; no le gustaba desear nada que no pudiera ganar con grandes golpes, hierros sólidos y nervios templados.

Emma se sobresaltó al verlo.

—Oh, no sabía que estuvieras de vuelta.

Los remordimientos lo acosaron de nuevo, pero decidió no dejar que le afectaran.

—Casualmente vivo aquí.

—Soy consciente de ello.

La sosegada respuesta de Emma le produjo cierto remordimiento.

—¿Quieres pollo? Hay de sobra.

—Ya comí antes.

—Un vino, entonces. Podríamos subirnos una botella.

—No, gracias.

Kenny rodeó la encimera para dirigirse hacia ella. Había estado golpeando pelotas de golf hasta que le dolieron los músculos, pero no había podido quitársela de la cabeza. En ese momento supo que no podía seguir un segundo más sin ponerle las manos encima. De alguna manera tenía que disuadirla de su tozudez. O seducirla para que la abandonara.

Quizá fuera la mirada fija de Emma o aquella conciencia innata de dignidad que nunca la abandonaba, ya estuviera comprando champú para los piojos o robando unos saleros, pero de repente Kenny no estuvo tan seguro de poder seducirla.

Patrick entró en la cocina.

—Bueno, bueno, mira quién se ha acordado por fin de donde vive. — Agitó una hoja de papel que llevaba en la mano—. Este fax llegó antes. Parece que en Dodge City pasan por un época de conflictos.

—¿A qué te refieres?

—Parece ser que un tal Dallas Fremont Beaudine requiere el placer de tu compañía en el punto de salida del club de campo de Windmill Creek mañana a las siete de la mañana.

—Fantástico —masculló Kenny con expresión de asco—. Eso es realmente fantástico.

Patrick se volvió hacia Emma.

—Francesca garrapateó una nota al final. Dice que le gustaría que la llamaras mañana tan pronto te levantes.

Kenny aplastó el muslo que acababa de coger con la palma de la mano.

—Así que Dallas ha regresado a la ciudad. Bueno, ¿no es la guinda que le faltaba al pastel?

Patrick dobló cuidadosamente el fax por la mitad.

—Si yo estuviera en tu lugar, Kenneth, sería muy amable con Lady Emma. Quién sabe con qué cuentos puede irle a Francesca.

Pero cuando Kenny miró a Emma desde el otro lado de la encimera y vio la solemnidad de su mirada, supo que ella no le contaría nada malo de él a la esposa de Dallie. Y sin saber por qué, eso le molestó más que ninguna otra cosa.

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