Amor o chantaje

Susan Elizabeth Phillips · Capítulo 24 de 26

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Amor o chantaje

Capítulo 23

 

El sol de la mañana formaba una aureola detrás de él, de aquel hombre cuya leyenda era mayor que el cielo de Tejas. Aunque la edad le había dejado su rastro plateado en el rubio oscuro de las sienes e intensificado las arrugas de las comisuras de la boca, no había hecho mella en la fuerza de su cuerpo alto y delgado ni apagado el brillo de aquellos ojos azul Paul Newman.

Un decenio antes, aquel hombre y el gran Jack Nicklaus se habían encontrado en un recorrido que la gente bautizó como el Viejo Testamento, y jugado uno de los mejores torneos de la historia de golf. En aquel aciago día, Jack Nicklaus había jugado para engrandecer la gloria del deporte, aunque Dallas Beaudine lo había hecho para alegrarle el corazón a la mujer que amaba... Y había ganado.

Una lesión en el hombro lo había retirado temporalmente, obligándolo a aceptar el papel de comisario interino, pero ya estaba casi recuperado y su mandato como comisario no tardaría en expirar, y la gira senior se abría ante él como un sabroso hueso que esperase a ser devorado. Sin embargo, primero tenía que atar algunos cabos sueltos. Y en particular, uno.

 

El rocío matutino brillaba en las puntas de los zapatos de golf de Kenny cuando salió del sendero y se dirigió al punto de salida de Windmill Creek. Los nervios le hicieron un nudo en el estómago cuando vio a Dallie allí de pie, aunque se dijo que no tenía ningún motivo para estar nervioso. Los dos habían jugado cientos de recorridos a lo largo de los años, empezando cuando Kenny era un adolescente con el equipamiento más caro que el dinero podía comprar y ni idea de utilizarlo. Dallie se lo había enseñado todo. No, no tenía motivo para estar nervioso, pero una película de sudor le cubrió de pronto el pecho.

No había visto a Dallie desde el día de su suspensión, y ocultó su sensación de haber sido traicionado tras un frío saludo con la cabeza cuando llegó al tee.

—Dallie.

—Kenny.

Kenny se volvió para saludar al canoso sosias de Jack Palance que estaba repanchigado en el banco. Este llevaba un pañuelo atado alrededor de la frente y una goma elástica le sujetaba en la nuca la canosa y delgada coleta. Era Skeet Cooper, el caddy más famoso del mundo del golf. Skeet y Dallie habían congeniado varias décadas atrás, después de una pelea en una gasolinera de Texaco en las afueras de Caddo, Tejas, cuando Dallie era un fugitivo de quince años y Skeet un ex timador sin futuro. Llevaban juntos desde entonces.

—¿Tienes caddy? —preguntó Dallie.

—Viene de camino. —El caddy habitual de Kenny, un genio llamado Loomis Crebbs, estaba llevando la bolsa de Mark Calcavecchia mientras Kenny estaba suspendido, y este no había echado tanto de menos a Loomis como en ese preciso momento. Sin embargo, había encontrado un buen sustituto.

Unos palos traquetearon a sus espaldas. Skeet Cooper se frotó la comisura de la boca con el pulgar y se levantó del banco.

—Parece que el caddy de Kenny ya está aquí.

Dallie levantó una ceja cuando su hijo apareció en el tee llevando la bolsa de Kenny.

Ted sonrió.

—Perdón por el retraso. Mamá me obligó a desayunar. Y luego me empezó a montar la bulla por mi pelo, no me preguntéis por qué.

Dallie cogió el driver que Skeet le entregaba.

—Muy gracioso por tu parte el que no dijeras nada de que hoy ibas a ser el caddy de Kenny.

—Se me debió de olvidar. —Ted sonrió y movió la bolsa—. Se lo dije a Skeet.

Dallie lanzó una mirada de enfado a Skeet que al caddy le resbaló. Kenny señaló el tee.

—Adelante. Soy partidario de mostrar respeto por los ancianos y los enfermos.

Dallie se limitó a sonreír. Entonces se acercó al tee, balanceó el palo un par de veces para desentumecer los músculos, y lanzó un precioso drive hasta el centro de la calle. Era la clase de golpe con el que Dallie solía empezar.

Kenny trató de calmar sus nervios al acercarse al tee, pero aquella película de sudor en el pecho no se secaba. Se dijo que no había ningún motivo para ponerse tan nervioso por el recorrido de ese día. No solo conocía cada matiz del juego de Dallie, sino que también sabía que las secuelas de la lesión del hombro de su maduro rival le iban a proporcionar una innegable ventaja. Aun así, sus nervios no desaparecieron porque la partida de ese día versaba sobre algo más importante que un mero recorrido de golf, y ambos lo sabían.

Kenny se colocó junto al tee, modificó su postura y lanzó un asqueroso hook con demasiado efecto hacia dentro que fue a caer junto a los árboles de la izquierda.

Dallie sacudió la cabeza.

—Creía que habíamos arreglado eso cuanto tenías dieciocho años.

Kenny ni recordaba la última vez que había hecho un golpe así. Mera casualidad , se dijo para sus adentros mientras se alejaban del tée y echaban a andar por la calle seguidos por los caddy.

—Me he enterado por Francie que te has casado —dijo Dallie.

Kenny asintió con la cabeza.

—Supongo que para ti es algo sencillísimo de hacer. —Dallie escupió las palabras como si supieran mal—. La prensa lo tiene difícil para irritarse demasiado con un hombre que defiende a su novia. La salida más fácil.

Kenny tuvo que esforzarse para que no le temblara la voz.

—Solo una persona que no conozca a Emma podría decir una cosa así.

Ted abrió la boca por encima del hombro de Kenny.

—Eso es lo que traté de decirle, pero no me escuchó. —Se colocó entre ellos—. La cuestión, papá, es que Lady Emma se parece un montón a mamá cuando se le mete una cosa en la cabeza.

—Eso lo dudo. Tu madre se negó a casarse conmigo hasta que no enderezara mi vida. No parece que Lady Emma sean tan exigente.

A Kenny no le gustó la crítica implícita a Emma, y ya estaba preparado para decirlo cuando Ted trastabilló sin ningún motivo y le atizó un golpetazo con la bolsa.

—Perdona. Eh, papá, ¿qué tal tu hombro?

—El hombro está bien. Es mi juego lo que está oxidado.

No tan oxidado. Kenny hizo caso omiso de la pelota de Dallie que reposaba en la calle y se concentró en el desprecio que acababa de hacerle a Emma.

—Tal vez debería darte un par de golpes de ventaja —dijo—. No me parece justo aprovecharme de un ciudadano de la tercera edad en dificultades.

Dallie señaló el bosquecillo de la izquierda donde descansaba la pelota de Kenny.

—Me da que tus dificultades van a igualar las mías.

—¿De qué dificultades estás hablando?

—Del hecho de que estás cagado de miedo.

El cuerpo de Kenny se estremeció con un escalofrío. No debería haber sido tan osado de provocar a un maestro de la estrategia como Dallie. No obstante, no podía permitir que su mentor lo intimidara, y empezó a responder, pero Ted le volvió a golpear con la bolsa.

—¿Quieres mirar por donde vas?

—Lo lamento.

Y lamentable fue la palabra que definió la manera de jugar de Kenny durante los siguientes nueve hoyos. No consiguió llegar a la mitad de los green, y se quedó a kilómetros de distancia de la bandera en la otra mitad. Por suerte, la distancia de lanzamiento y el juego con los hierros largos de Dallie no habían vuelto a la normalidad, así que después de nueve hoyos Kenny solo estaba dos por debajo.

Justo cuando daban la vuelta para los últimos nueve hoyos, llegó traqueteando un carrito de golf.

—¡Kenny, querido!

El acento británico era menos evidente que aquel al que había llegado a acostumbrarse recientemente, aunque sí igual de familiar. Se dio la vuelta y empezó a sonreír, y entonces vio que Francesca Serritella Day Beaudine no estaba sola.

Junto a la preciosa estrella televisiva iba sentada su mismísima esposa. Emma llevaba su sombrero favorito, el de paja con las cerecitas en el ala, que se bamboleaban a cada bache que cogía el carrito. Las dos mujeres llevaban gafas de sol; las de Emma eran aquellas serias de montura de carey, mientras que las de Emma eran unas modernas ovaladas de montura metálica.

Francesca agitaba una mano, mientras conducía el carrito con la otra. Era unas de las personas por las que Kenny sentía devoción; no solo era preciosa, sino inteligente, divertida y amable, eso sí, a su manera. Sin embargo, hubiera deseado que la presentadora estuviera en cualquier parte excepto allí.

—Emma y yo decidimos dar un paseo y prestaros nuestro apoyo moral a los dos.

A medida que el carrito se fue acercando, Kenny vio que Francesca llevaba un carito conjunto de alta costura, pero fue la sencilla camiseta sembrada de flores de Emma lo que acaparó su atención. Mientras miraba el suave ascenso y descenso de sus pechos bajo el algodón amarillo fuerte, recordó que la noche anterior no había podido ahuecar las manos sobre aquellos pechos porque su nueva esposa insistió en dormir sola.

Puso cara de pocos amigos. Lo último que necesitaba mientras batallaba en uno de los recorridos de golf más estresantes que hubiera jugado en su vida era que lo distrajeran los pechos de Emma. Y no estaba en condiciones de otorgarle a Dallie una ventaja psicológica aun mayor dejando que se diera cuenta de que la aparición de las mujeres lo había puesto nervioso, así que se obligó a sonreír mientras se acercaba al carrito.

—Hola, Francie.

—¡Kenny, querido! —Se vio envuelto en una nube de pelo castaño y perfume caro—. Mira que fugarte, niño travieso. Jamás te lo perdonaré. —Le dedicó una sonrisa radiante, y entonces los gatunos ojos verdes de Francesca volaron hacia su hijo—. Teddy, no llevas visera. ¿Te pusiste el filtro solar?

Kenny tuvo que reconocerle el mérito a Ted, poniendo los ojos en blanco una vez.

—Sí, señora.

La presentadora volvió la atención hacia su marido.

—Dallie, ¿cómo tienes el hombro? No te estarás exigiendo demasiado, ¿verdad?

—Mi hombro funciona de maravilla. Parece que estoy dos hoyos por encima de tu querido Kenny.

—Oh, querido. Y estoy segura de que los dos estáis comportándoos de manera sumamente desagradable por ello. Lo están, ¿verdad, Teddy?

—Oh, no, señora. Se están comportando como perfectos caballeros. Esa es la clase de juego que es el golf.

Francesca presentó a Emma —que parecía estar ignorando a Kenny— a Dallie, que se puso a charlar con ella un instante, y entonces, aparentemente satisfecho con la conversación mantenida, se volvió de nuevo hacia el tee.

—Señoras, van a recibir una agradable sorpresa. Están a punto de ver cómo la edad y la experiencia pueden imponerse a la juventud y la pereza. Creo que llevo ventaja.

Cuando Dallie se paró junto al tee, a Kenny le entraron ganas de enrollarle el driver en el cuello a aquel hijo puta; una cosa era que los demás le tomaran el pelo delante de Emma, pero no quería que Dallie lo hiciera.

Durante los siguientes siete agujeros, Kenny se esforzó en su juego como nunca se había esforzado, pero su juego largo se había ausentado, y anduvo golpeando la pelota de aquí para allá. Por suerte, su juego corto lo mantuvo con vida, y al llegar al hoyo diecisiete por fin la partida estaba empatada. Sin embargo, sus nervios estaban tan mellados como su juego largo. Y las mujeres no estaban facilitando las cosas lo más mínimo.

Después de doce años de matrimonio, Francesca seguía sin enterarse siquiera de lo más elemental de la etiqueta del golf. A Kenny no le importaba el exceso de parloteo, aunque le exasperara. Pero lo que realmente le estaba molestando era que Francesca no parara de decidir mover el carrito de golf en el preciso momento en que se preparaba para golpear. En justicia, había que reconocer que también lo movía cuando Dallie se hallaba en idéntica tesitura, pero a este no parecía molestarle. Aunque a Kenny sí que le molestaba, y mucho. Y la única vez que le había pedido educadamente que si tenía que aparcar el carrito donde quería lo hiciera antes de que él colocara la pelota en el tee, había parecido ofenderse, Emma le había lanzado una mirada de odio que podría haber congelado un pantano y Dallie le había espetado mientras caminaban por la calle:

—No has aprendido una mierda este último mes, ¿verdad?

—No sé de qué me estás hablando.

—Estoy empezando creer que es así. —Se dio la vuelta para echar a andar con Skeet, y Kenny se volvió hacia Ted.

—¿De qué cojones está hablando?

Ted lo miró compasivamente, como si fuera él el que tuviera treinta y tres años y Kenny veintidós.

—De lo que lleva años hablando, nada más. Que hay algunas cosas que son más importantes que el golf.

¿Qué respuesta era esa? Kenny se sentía tan frustrado que le entraron ganas de ponerse a gritar, pero no podía hacer eso, así que apretó los dientes, agarró el hierro siete y se dispuso a lanzar su pelota a quinientos metros sobre el green.

Emma, mientras tanto, seguía ignorándolo. Sonrió a Ted, se rio con las bromas de Dallie, observó a Skeet con recelo y siguió charlando sin parar con Francesca. Las pocas veces que miró a Kenny, tenía aquella expresión impenetrable en el rostro, como si se hubiera cerrado herméticamente para él. Eso hizo que Kenny se sintiera culpable, lo que a su vez lo enfureció aún más.

Mojó de sudor otro guante, y cuando hizo su segundo lanzamiento en el hoyo dieciocho y la pelota acabó en un rough, una zona con la hierba muy densa, tenía la camisa empapada. No podía permitir que Dallie lo derrotara. Si ocurriera tal cosa, sería como si todo lo que su mentor creía acerca de él fuera cierto, como si, en cierto modo, la suspensión hubiera estado justificada. A lo largo de toda su vida solo había hecho una cosa realmente bien, y en ese momento incluso eso lo había abandonado.

El segundo lanzamiento de Dallie fue un perfecto golpe contenido que cayó en el centro de la calle. Kenny se limpió el sudor de los ojos con la manga y procuró ignorar la estampida de ganado que había dado comienzo en su estómago. Tenía que desenterrar su bola del rough para acercarla a la bandera. Era necesario un gran golpe; eso era lo que necesitaba para borrar aquella expresión de suficiencia de la cara de Dallie. Un gran golpe.

Ted le pasó su wedge, el palo corto de cara muy abierta. Kenny se colocó en posición y echó hacia atrás el palo, pero cuando estaba a punto de golpear, Emma estornudó. Aquello lo distrajo lo suficiente para que metiera el palo demasiado por debajo de la pelota, lo que le hizo alcanzar la parte delantera del green y que la pelota se detuviera a sus buenos nueve metros por debajo de la banderola.

Estampó la cabeza del palo contra el suelo, una manifestación de cabreo que no había mostrado en un campo de golf desde los diecisiete años. A la sazón, Dallie le había quitado el palo maltratado, lo había partido por la mitad y metido en la bolsa de Kenny. Supongo que ya no necesitarás ese palo nunca más.

—Le diste un poquitín abajo —señaló Ted, innecesariamente.

Dallie no dijo nada.

Francesca le preguntó a Emma si le había robado a Patrick su receta del pastel del limón. ¡Por qué no se iban! ¡Por qué esas dos mujeres no cogían el jodido, ruidoso y traqueteante carrito de golf y el sombrerito de paja, sobre todo el sombrerito de paja, con sus cerezas danzantes, y se largaban de allí!

Kenny arrojó el wedge de nuevo a Ted y se dirigió con paso decidido hacia el green. ¡Todo era culpa de Emma! Si no hubiera aparecido, habría recobrado la compostura de nuevo. Pero allí estaba ella, chupándole hasta la última gota de sangre. Igual que hacía su madre.

Y entonces se produjo el milagro. El golpe de aproximación de Dallie, que estaba directamente en línea, fue desviado considerablemente por una ráfaga de viento. La pelota acabó por encima de la bandera, casi a la misma distancia que la de Kenny, que estaba por debajo.

—Bueno, bueno, ¿no serían estos dos lamentables parodias de unos tiros de golf? —dijo Dallie, como si no le importara demasiado.

Pero a Kenny sí le importaba. Los dos tenían unos putt largos, aunque el de Dallie era el más difícil, y Kenny tenía uno de los tiros en el green más regulares de la gira. Por primera vez desde el comienzo del recorrido, empezó a sentir algo de confianza en sí mismo. Iba a lograr ese putt.

Dallie señaló el pequeño puente de madera que conducía al green dieciocho y le recordó a Francesca que no podía cruzarlo con el carrito.

—No pasa nada —contestó ella—. De todas formas, Emma y yo necesitamos estirar las piernas, ¿verdad?

Emma no dijo nada, y Kenny se preguntó si ella tendría alguna idea de lo que estaba en juego en ese momento. Cuando se apeó del carrito, la alianza de oro que le había metido en el dedo resplandeció al sol, y recordó la expresión en la cara de su esposa en el momento de hacer sus votos matrimoniales, una encantadora mezcla de seriedad y temor que le había hecho desear rodearla con sus brazos y decirle que jamás dejaría que nada le hiciera daño.

Las sandalias de las mujeres repiquetearon tras él al cruzar el puente hasta el green. Le oyó explicar a Francesca que aquel era el último hoyo, y que los hombres estaban cansados, y que al cabo de todo ese tiempo toda la partida quedaba reducida a una mera competición de a ver quién la metía, y que si no era el golf un deporte de lo más ridículo.

Kenny no se lo podía discutir. Se sacó el guante empapado y se lo metió en el bolsillo, pero aunque tenía la camisa pegada a la piel como con pegamento, sintió renacer su antigua confianza mientras cogía el putter que Ted le entregaba y se acercaba al green. A lo largo de los años había competido en más recorridos hostiles que los que podía contar, y no iba a dejar que Dallie le comiera la moral de aquella manera.

Echó un vistazo a Emma, y cuando vio la manera en que lo estaba mirando, una descarga de adrenalina le corrió por las venas. Era la primera vez que lo veía jugar, y, ¡por todos los diablos!, no iba a verle perder con un hombre casi veinte años mayor que él.

Por fin tuvo la sensación de controlarlo todo. Su estómago se calló, su cabeza se tranquilizó y entonces supo que lo tenía. No había nada sobre la faz de la tierra que fuera a impedirle meter aquella bola. Dallie Beaudine estaba a punto de enterarse de que suspender a Kenny Traveler había sido el mayor error de su vida.

Sonrió para sus adentros y miró hacia Dallie, que se había cruzado de brazos y examinaba la posición de las dos pelotas, una en lo alto del green, la otra abajo, y la bandera en el centro.

Entonces sonrió burlonamente.

—Kenny, divirtámonos de verdad y dejemos que esta partida la resuelvan las señoras.

Kenny se lo quedó mirando con los ojos desorbitados.

—¿Qué dices?

—Nuestras esposas. Dejemos que la terminen por nosotros.

Si Dallie hubiera estado hablando en griego, Kenny le habría entendido mejor.

—¿Nuestras esposas?

—Claro. —Dallie se dio la vuelta y sonrió a las mujeres, que estaban paradas al lado de un roble de Virginia.

—¡Francie! ¡Lady Emma! Kenny y yo nos paramos aquí. Y para hacerlo más interesante, hemos decidido que vamos a dejaros que hagáis el putt por nosotros. Y como no viene nadie jugando por detrás, podéis tomaros todo el tiempo que necesitéis.

Emma abrió los ojos de par en par, y Kenny estalló.

—¡Eso es una gilipollez! ¡No voy a hacer semejante cosa?

El comisario interino de la PGA se volvió y lo fulminó con la mirada, con sus ojos azul Paul Newman como dos carámbanos.

—Pues yo he decidido que lo vamos a hacer.

Kenny sintió que se le agarrotaba la columna vertebral, y su estómago, que solo un instante antes estaba tan tranquilo, se retorció en otro doloroso nudo.

—¡Eres un hijo de puta! —dijo en un siseo.

Dallie lo sonrió complacido, y entonces habló en voz tan baja que solo Kenny pudo oírlo.

—Puede que no sea una idea muy buena que dejes que tu esposa te vea alterado. Eso podría ponerla tensa, y una mujer sensible no puede hacer un putt que valga la pena si está nerviosa. Si menciono esto es solo porque he decidido que vamos a dejar que ellas dos resuelvan todo este asunto entre tú y yo.

Una sensación de terror se fue apoderando lentamente de Kenny.

—No puedes estar hablando en serio.

—Oh, claro que lo digo en serio. —Las palabras de Dallie, pronunciadas en voz baja, cayeron sobre él como un vapor venenoso—. Si Emma gana por ti, vuelves a la gira. Pero si Francie gana por mí, entonces tus vacaciones se prolongan indefinidamente.

—¡No puedes hacer eso!

—Soy el comisario de la PGA. Puedo hacer cualquier gilipollez que se me antoje. Y mejor que no levantes la voz, porque si dejas que Lady Emma averigüe lo que realmente está en juego, entonces si que no vas a tener la menor puñetera oportunidad de terminar la temporada.

Un fragor cruzó la cabeza de Kenny como un tren demoníaco. Débilmente oyó a Francesca cotorrear sobre un nuevo champú, y a Emma decir algo sobre un acondicionador.

—¡Estás loco! ¡Esto no es legal, y sin duda alguna no es ético! Voy a hacer que mis abogados acaben con esto.

—Hazlo. Considerando lo rápido que es nuestro sistema legal, solo deberías tardar cuatro o cinco años en ganar. —Dallie echó un vistazo hacia las mujeres, sonrió y volvió a mirar a Kenny—. Eres tú el que ha convertido este recorrido en una partida a vida o muerte. ¿No es por eso que has llenado de sudor esa preciosa camisa tuya antes incluso de que llegáramos al segundo tee? Ahora solo te estoy siguiendo el juego, Kenny, salvo por el hecho de que lo estoy haciendo lo bastante interesante para evitar morirme de aburrimiento.

Le dio la espalda y, rezumando encanto a cada paso, se dirigió hacia Emma.

—Ignoro lo familiarizada que estás con el golf, Lady Emma, pero tu objetivo ahora consiste en meter la pelota de Kenny en el agujero en menos golpes que los que necesite Francie para meter la mía. Estoy seguro que, si te esmeras, Kenny se pondrá muy contento.

La voz de Kenny fue fría, furiosa, cuando se acercó a Dallie, y entonces se apartó para que Emma no pudiera oír.

—Esta no es una partida justa ni por el forro. Emma no ha sujetado un palo de golf en su vida. Y Francesca lleva años rodeada de ellos.

Dallie enarcó una ceja.

—Has visto jugar a Francie. Todo Tejas sabe que es la peor golfista que haya cogido nunca un palo. A mí me parece que el que está en desventaja soy yo.

Kenny apretó los puños a los costados.

—Estás loco, ¿lo sabes? El hijo puta más loco que haya visto nunca.

—Así es como la mayoría de la gente hace agradables sus vidas, campeón. Siendo un poco locos. Sigo esperando a que pruebes por ti mismo.

¡Otra vez con lo mismo! Aquella insistencia en que se estaba perdiendo algo que todos los demás comprendían.

Dallie se acercó a Francesca, la besó en la nariz y le entregó su putter.

—Sé que meterla no es tu punto fuerte, cariño, no más que utilizar el driver o golpear un hierro, pero si te concentras un poquitín, estoy seguro de que podrás meter esa bola en el agujero.

Kenny se volvió hacia Emma. Ted le estaba entregando su putter a ella, el mismo que Kenny había utilizado para ganar el Campeonato de Jugadores el año anterior. Cuando Emma lo cogió, empezó a mordisquearse el labio inferior con aquella expresión de preocupación en la cara que siempre conseguía que a Kenny se le encogiera el corazón. Sin embargo, ahora solo le hizo sentir furioso, y se obligó a acercarse a ella.

—Relájate, ¿te importa? —Las palabras no salieron en el tono tranquilizador que había pretendido, sino como las órdenes ladradas por un sargento de instrucción.

Los dientes de Emma se hundieron en su labio inferior.

—Kenny, ¿qué está pasando aquí?

Era especialmente rápida a la hora de entender cuando se trataba de los asuntos personales de Kenny, así que este no se sorprendió de que se hubiera dado cuenta de que algo se estaba cociendo. Kenny consiguió mostrar despreocupación con un encogimiento de hombros.

—El hijo de puta me remató cuando me suspendió. Supongo que ahora solo está escupiendo los huesos.

—No quieres que haga esto, ¿verdad?

—No tengo muchas alternativas.

—Recuerda lo que te dije sobre la psicología femenina y el golf. —gritó Dallie desde el otro lado del green.

Kenny intentó respirar hondo, pero el aire era demasiado denso para que le entrara en los pulmones.

—¿Has metido una pelota de golf alguna vez? —preguntó a Emma con toda la tranquilidad que pudo reunir.

—Por supuesto que sí.

Le invadió una rápida sensación de alivio.

—¿De verdad?

—Cuando era una adolescente jugué varias veces al minigolf.

Kenny hizo una mueca de dolor. Una lejana experiencia en una pista de minigolf de tres al cuarto era menos que inútil.

—Eso está bien —consiguió decir—. Entonces ya sabes lo que hay que hacer.

En el otro lado del green, Dallie asesoraba a Francesca.

—Sé que parece que está lejos, corazón, pero es todo cuesta abajo, así que si golpeas la pelota con demasiada fuerza, va a pasar volando por encima del agujero.

—Ya lo sé —respondió desdeñosamente la alumna—. De verdad, Dallie, es una cuestión de pura física.

Francesca se colocó sobre la pelota con las piernas abiertas, pero al ver que su alineación estaba tan torcida que no se acercaría al agujero a menos de dos metros, Kenny se calmó.

Por desgracia, Skeet Cooper tuvo que abrir su maldita bocaza.

—Apunta un poco más a la izquierda, Francie, o esa pelota acabará en Tulsa.

Francesca le dedicó su sonrisa televisiva de mil vatios, rectificó su posición, echó hacia atrás el putter y golpeó la pelota con tanta fuerza que esta salió volando por el green, pasó junto al agujero y casi choca con la pelota de Kenny en el borde contrario.

Teddy rezongó.

—Maaaami...

—Un golpe horroroso.

Dallie levantó una ceja.

—Creía que habías dicho que era una cuestión de pura física.

Francie se puso de puntillas y le plantificó un beso en la mandíbula.

—Nunca se me han dado bien las ciencias.

El alocado golpe de Francesca le había dado un respiro a Kenny, pero cuando su mirada volvió volando hacia Emma, supo que la partida se encontraba lejos de terminar. Su mujer sujetaba el putter con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Tenía que hacer que se relajara como fuera, pero Kenny estaba tan tenso por la ira y el resentimiento, que no pudo hablar.

Ted subió por el green y se acercó a ella.

—Deja que te enseñe a sujetar el putter, Lady Emma. —Le separó los dedos del palo uno a uno y luego se lo volvió a colocar en la mano—. Tienes que agarrarlo con firmeza, pero no tan fuerte. Y lo importante es mantenerse completamente inmóvil sobre la pelota. Esa es la razón de que mamá no sea capaz de meter una bola; no para de moverse alrededor. Hablando, principalmente. —Dio un paso atrás.

¡Pero Emma necesitaba muchísimo más adiestramiento que ese! Kenny se dirigió hacia ella a grandes zancadas.

—Ya que Francesca ha fallado, no tienes que meterla en el agujero a la primera, aunque tienes que dejarla cerca. Apunta directamente al agujero. Y sujeta el palo un poco más abajo. No muevas la cabeza. Y haz todo lo que te ha dicho Ted.

Su intención había sido tranquilizarla, pero los nudillos de Emma volvieron a blanquearse cuando volvió a emplear la misma fuerza para sujetar el putter.

Ted miró a Kenny con enojo, pero este se jugaba demasiado en el envite para mantenerse al margen de brazos cruzados y dejarla que le jodiera la partida.

—Mueve los brazos, pero mantén todo lo demás completamente inmóvil. El movimiento sale de tus hombros, ¿lo entiendes? Echa el palo hacia atrás y luego muévelo hacia la pelota con suavidad. ¿Lo pillas?

En lugar de escucharlo, Emma agarró el palo aún más con más fuerza cuando se colocó detrás de la pelota. Kenny se había visto empujado a la peor de sus pesadillas: le habían obligado a entregar el control de su vida a otra persona. Y no a cualquier persona, sino a una mujer dominante que le había declarado su amor. Era la historia de su infancia una vez más.

Sintió arena en los ojos cuando Emma echó el palo hacia atrás y le dio un golpecito a la pelota, que apenas rodó algo más de un metro y se detuvo.

—¡El agujero está allí arriba! —exclamó Kenny—. ¡Ni siquiera te has acercado!

—No quise golpearla tan fuerte como Francesca.

Kenny hizo rechinar los dientes.

—Francesca tenía un golpeo cuesta abajo. El tuyo es cuesta arriba. Y para golpear cuesta arriba tienes que hacerlo con más fuerza.

—Bueno, pues podrías haber empezado por ahí, en lugar de bombardearme con todas esas otras chorradas.

¡Chorradas!

Kenny se dio cuenta de que Dallie lo miraba fijamente, y que su mirada era aún más reprobadora que antes.

—Francie, estás lejos. Y esta vez es cuesta arriba. Intenta solo acercarla, ¿vale?

—Por supuesto, cariño.

La presentadora volvió a alinearse con la misma asimetría, y Kenny lanzó a Skeet una mirada asesina, a ver si se atrevía a intervenir de nuevo. Por desgracia, se había equivocado al escoger a la persona a intimidar, porque en esta ocasión fue el chaquetero de su propio caddy el que lo traicionó.

—Echa el pie derecho hacia atrás, mamá, o el tiro te va a salir hacia la izquierda.

Francesca hizo lo que le sugería, y entonces se paró para apartarse un mechón de pelo de la cara.

—Si hubiera sabido que iba a jugar, me habría traído unos pasadores. Por casualidad no tendrás uno, ¿no, Emma?

—Creo que sí. Deja que mire en mi bolso.

¡Esas mujeres lo iban a matar!

—¡Emma no tiene ningún pasador! —Kenny agarró a Emma por el brazo cuando ella ya echaba a andar hacia el carrito—. Yo le cogí el último esta mañana.

Francesca lo miró con altanería, se sujetó el pelo con una mano, cogió el putter con la otra y envió la pelota volando hasta el green.

Kenny contuvo la respiración. Había golpeado la bola con demasiada fuerza, pero por algún milagro lo había hecho en línea recta. Si la pelota llegaba más allá del agujero, caería. Iba a...

La pelota golpeó en el borde correcto de la taza del agujero, y a Kenny se le paró el corazón mientras esperaba a que cayera.

La pelota se bamboleó, se demoró junto al borde y pasó rodando por el lado...

Francesca soltó un grito.

—¡Casi lo conseguí! ¿Habéis visto eso? ¿Lo has visto, Dallie?

—¡Claro que sí! —Dallie le dedicó una sonrisa radiante—. ¿Qué te parece, Kenny? Casi el mejor putt que haya realizado esta mujer en su vida. Un poquito fuerte, pero la intención era buena.

A Kenny se le revolvieron las tripas. La pelota de Francesca se había detenido a unos escasos veinticinco centímetros por encima de la taza del agujero. Hasta podía darle un golpecito desde allí. Si Emma no acercaba la pelota en el siguiente golpe, no tendría la menor oportunidad de un empate. Y él ya no creía que estuviera capacitada para acercarla, pues su comportamiento se había vuelto demasiado errático. Kenny tenía que hacer algo.

Se le aceleró el corazón. Se acercó a Dallie.

—Se me ha ocurrido una idea para una nueva competición, Dallie. Francesca y yo. Dos putt para ella por uno mío. ¿Qué dices, Francie? No estás ni a treinta centímetros, y yo estoy a más de siete metros. Si no consigo meterla con mi golpe, ganas tú.

Francesca hizo un puchero de niña pequeña que no se compadecía en lo más mínimo con su cerebro de barracuda.

—¡Rotundamente no! Emma y yo nos lo estamos pasando pipa, ¿verdad que sí, Emma?

La tez de Emma había adquirido un tono verdoso bajo las gafas de sol, y Kenny supo que había comprendido que lo que allí estaba en juego era algo más que una simple partida de golf.

—En realidad, podría ser una buena idea que Kenny...

—¡Oh, no, no lo hagas! —Francesca se puso una mano en la delgada cadera—. Kenny tiene uno de los mejores putt del circuito. Incluso desde tan lejos, lo más probable es que la meta, y entonces perderé. Contigo al menos tengo una posibilidad. —Con una de sus uñas de manicura señaló la pelota de Kenny—. Golpéala, Emma.

Kenny cerró los ojos con todas sus fuerzas. Francesca iba a meter su bola. ¿Pero podría Emma meter la suya en dos golpes? No tenía la menor oportunidad si no se acercaba.

—Golpéala con suavidad. —Tenía las mandíbulas tan apretadas que le dolían—. Solo tienes que ponerla ahí arriba.

Emma se alineó debidamente, pero la cabeza del palo cabeceó cuando lo echó hacia atrás. Kenny cerró los ojos... oyó rezongar a Teddy... abrió los ojos...

Había dejado la pelota a unos setenta y cinco centímetros.

La pelota de Kenny descansaba en ese momento a casi un metro por debajo de la taza, mientras que la de Dallie estaba a menos de treinta centímetros. Si las dos mujeres metían sus putt, habría un empate. Pero el de Emma estaba más lejos.

—¡Mi turno! —dijo Francesca.

La pelota de Kenny era la más alejada, y no era el turno de Francesca. Kenny esperó a que alguien la corrigiera, y cuando nadie lo hizo, empezó a decir algo pero se contuvo en el último segundo. Si decía cualquier cosa, todos lo mirarían como si le hubiera retorcido el cuello a un gatito. La sangre le hervía, y sintió que empezaba a perder lo poco que le quedaba de dominio sobre sí mismo.

Francesca subió por el green.

—¿Crees que debería golpear con o sin las gafas de sol? —le preguntó a su marido.

¡De todas las idioteces posibles, la que se le fue a ocurrir! El futuro de Kenny estaba en juego, ¡y a Francesca le preocupaban sus gafas de sol!

Sin embargo, Dallie reaccionó como si la pregunta fuera el colmo de lo razonable.

—Supongo que eso es cosa tuya. Como más cómoda te sientas.

—¿Vas a seguir con las gafas de sol puestas? —le gritó Francesca a Emma desde el otro lado del green.

Emma se volvió hacia Kenny, que sintió que estaba perdiendo el control.

—No lo sé —respondió ella—. ¿Qué debería hacer, Kenny?

—¡No te preocupes por las jodidas gafas de sol!

Francesca puso ceño al oír el estallido de cólera.

—Lanzadores de poca monta —soltó, dirigiendo una mirada ponzoñosa a su hijo.

Ted suspiró.

Dallie sonrió, burlón.

Kenny tuvo la sensación de que le había explotado la tapa de los sesos.

Francesca empezó a colocarse.

—Es tan emocionante. Jamás he ganado, y ahora hasta puedo conseguirlo. No te enfadarás si gano, ¿verdad, Emma? La verdad es que no soy muy buena, pero... ¡ay!

¡Sí! Kenny casi no pudo contener un grito de victoria cuando la pelota de Francesca llegó al borde de la taza y pasó de largo hasta pararse a unos quince centímetros.

—¡Maldito juego de idiotas!

¡Oh, sí! ¡Sí! Ahora ya no había presión, e incluso Emma podía conseguirlo. Tenía dos oportunidades para ganar aquello por él y solo un putt a setenta y cinco centímetros. ¡Su sensual y decidida Emma!

Se colocó disimuladamente delante de ella, dándole la espalda a los demás para que nadie pudiera oír. Puso los cinco sentidos en hacer que se concentrara.

—Ahora escúchame bien, cariño. Presta atención a todo lo que te voy a decir. Solo tienes que lograr un putt de setenta y cinco centímetros, y tienes dos oportunidades para introducir la pelota. Esto es lo que puedes hacer. Quiero que te alinees bien y derecha y que lleves la cabeza de ese palo hacia atrás con suavidad, no como hiciste la última vez. No quiero ver ningún temblor. Y mantente totalmente inmóvil. No muevas nada salvo los brazos, ¿entendido? Haz retroceder el putter en línea recta y golpea la bola directamente hacia el agujero. Bien, ¿tienes alguna pregunta? La que sea.

Emma se mordió el labio y levantó la vista por debajo del ala del sombrero de paja.

—¿No me quieres ni siquiera un poquito?

¡Ay, Dios mío... Ahora, no! ¡Esto no! ¡Joder! ¡Pero qué típico de una mujer! Reprimió una cascada de improperios e intentó hablar con moderación.

—Hablaremos de ello cuando hayamos acabado, ¿de acuerdo?

Ella sacudió la cabeza. Las cerezas bailotearon.

—Tengo que hablar de esto ahora.

—No, Emma. No tiene por qué ser ahora. —Sus propios ojos lo miraron fijamente desde el reflejo de los cristales de las gafas de sol de Emma, y le parecieron los de un chiflado.

Ella levantó la barbilla una pizca.

—Sí. Lo tiene.

La sangre le quemó en las venas como si fuera ácido.

—No me hagas esto. ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser ahora?

—No lo sé. Solo sé que lo es. —A Emma le tembló la barbilla y se quitó las gafas, y Kenny vio que el dolor le ensombrecía los ojos. Su descontrolado estómago se contrajo cuando se dio cuenta de que ella intentaba recobrar la compostura—. No importa. Me estoy comportando como una idiota. Además, ya sé la respuesta. —Se metió las gafas de sol en el bolsillo—. Menuda idiota he sido en todo esto. Estoy hecha un lío contigo. Y tú lo has sabido desde el principio, por supuesto. Pero, bueno, esto tiene que acabar. —Consiguió esbozar una sonrisita fugaz—. Golpearé tu putt lo mejor que sepa, Kenny. Y luego saldré de tu vida.

Su estómago... su estómago no iba a volver a ser el mismo.

—Estás diciendo tonterías. No quiero oír eso.

—No obstante, hay que decirlo. Tú más que nadie debería comprenderlo. ¿No te acuerdas, Kenny? —De nuevo aquella sonrisa angustiosa, todo resolución, aunque temblorosa en las comisuras. La cosa más triste que Kenny hubiera visto en su vida—. El amor que tiene que ganarse en el campo de golf, o para el caso en cualquier otro lugar, no vale nada. El amor tiene que ser un regalo o no tiene ningún valor.

Y de golpe y porrazo, dejó a Kenny sin saber qué hacer de su vida.

Pasó por su lado para alinearse para el tiro, y cuando agarró el putter, Kenny se acordó de su padre, y de Petie, y de la Carrera de los Pañales, y también de cómo le había mirado Emma cuando había subido a aquel autobús turístico de Gray Line. Se estremeció. Se había pasado toda la mañana sudando, pero ahora estaba helado hasta los huesos. Y sin saber cómo, supo que, si la dejaba golpear aquel putt, la habría perdido para siempre.

La conciencia del hecho le llegó de algún lugar muy íntimo, de un lugar pequeño y angosto donde había mantenido, guardados bajo llave, demasiados sentimientos. En ese momento, aquel lugar se abrió y se desbordó, y se dio cuenta de que amaba a aquella mujer hasta el último aliento.

Emma ya había echado hacia atrás el putter, estaba alineada perfectamente, y a Kenny se le subió el corazón a la garganta de golpe.

—¡Emma!

El putter tembló. Se paralizó. Emma levantó la vista.

Él le sonrió... o al menos lo intentó. La visión se le nubló cuando su vida se aclaró a su alrededor.

—La partida se ha acabado, cariño —dijo con voz ronca—. Nos vamos a casa ahora.

—¿Qué dices? —Dallie se precipitó hacia delante con los ojos resplandecientes—. ¡No puedes hacer eso! Ya oíste lo que te dije. Si te marchas, sabes muy bien a lo que estarás renunciando.

Kenny asintió con la cabeza.

—Lo sé. Pero esto está disgustando a Emma, y no lo voy permitir. —Le arrancó el putter de la mano a Emma y lo metió de un empujón en la de Dallie—. He perdido la partida. Toda tuya, y puedes hacer lo que te venga en gana con ella.

Entonces le echó el brazo por el hombro a Emma y empezó a guiarla fuera del green.

—Pero tu putt... —dijo ella—. Te dije que conseguiría tu putt.

—Chist... no pasa nada. No tienes que ganar mi amor en ningún maldito campo de golf, Lady E. Es tuyo con solo pedirlo.

Emma dejó de caminar y se lo quedó con los ojos fuera de las órbitas.

Kenny acababa de arrojar su carrera por la ventana, pero cuando bajó la vista hacia aquella cara de infarto, supo que esa mujer valía mil carreras. Y con esa confesión, entendió al fin todo lo que le había sido esquivo durante tanto tiempo. Comprendió que cada vez que había jugado dieciocho hoyos, había estado tratando de justificar su vida, y que ya no lo iba a hacer nunca más. Se dio cuenta de que era algo más que un hombre que sabía balancear un palo, que tenía un cerebro, ambiciones y algunos sueños para el futuro de los que ni siquiera había sabido que existieran. Cuando se paró allí, junto al green dieciocho, comprendió al fin lo que se le había estado hurtando: que había muchísimas cosas más importantes en su vida que el golf, y que el amor que sentía por esa mujer ocupaba el primer lugar de su lista.

Se metió bajo el ala del sombrero de Emma y le rozó los labios con un beso.

La sonrisilla sorda de Dallie llegó a través del green.

—Felicidades, campeón. Sabía que tarde o temprano cogerías la idea. Y bienvenido de nuevo a la gira profesional.

Kenny casi no lo oyó. Estaba demasiado preocupado por el hecho de que Emma no le estuviera correspondiendo al beso.

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