Amor o chantaje

Susan Elizabeth Phillips · Capítulo 20 de 26

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Amor o chantaje

Capítulo 19

 

Emma se puso roja como un tomate. Pero estrechó la cintura de Torie con un brazo y se quedaron pegadas cara a cara. La hermana de Kenny llevaba botas, así que le sacaba sus buenos quince centímetros a Emma, que parecía alguien que hubiera sido paralizada cibernéticamente. La expresión de Dex era de ligero desconcierto, la boca de Shelby se fue aflojando poco a poco y la tez rubicunda de Warren palideció.

Un resuello salió de la boca de Hugh, y sus globos oculares se le salieron tanto de las órbitas que parecía un lebistes gigante boqueando fuera del agua.

—Tenia miedo de decírtelo —dijo, sin mucha convicción.

Torie estaba empezando a salir de su estupor. Se quedó mirando a Emma con curiosidad.

—No sabía que te preocupara.

Kenny estaba tan furioso que apenas podía contenerse. Aquella tozuda, terca, sabelotodo e imprevisible mujer acababa de arrojar toda su carrera como profesora de niñas por la ventana.

Emma se dedicó a la tarea de morderse el labio inferior cuando por fin soltó a Torie. La cara de Hugh había adquirido un tono violaceo.

—¡Eres una degenerada!

Y entonces todo se precipitó.

Hugh avanzó como un rayo, echó hacia atrás el brazo y le soltó un guantazo a Emma en la mejilla con la mano abierta.

El equipo de filmación salió del Roustabout demasiado tarde para asistir a la agresión de Hugh, aunque justo a tiempo de ver a Kenny volando por los aires y agarrando al duque por la cintura.

Hugh era más fuete de lo que parecía, aunque no era rival para Kenny, y retrocedió dando tumbos. Antes de que pudiera caer sobre el asfalto, Kenny lo agarró y le hundió el puño en la panza.

La cámara se apartó con un zumbido mientras grababa despiadadamente la imagen de un atleta alto y musculoso que atacaba cobardemente a un hombre maduro, bajo y regordete.

Hugh se dobló por la cintura, soltó otro resoplido e intentó darle un cabezazo en el estómago. Kenny levantó la rodilla y le alcanzó en la barbilla. Hugh se derrumbó sobre el asfalto con un gruñido de dolor.

Hugh seguía consciente, aunque su rostro era una máscara de terror mientras miraba a Kenny con los ojos desorbitados. Este se inclinó para volver a levantarlo de un tirón, pero su padre lo agarró de un brazo, y Dex del otro. Entre los dos lo contuvieron.

A través de la roja neblina de su cólera, Kenny vio al equipo de filmación y comprendió que lo estaban grabando todo. Hugh se levantó a trompicones, respirando con dificultad, la sangre goteándole por la comisura de la boca.

Kenny vio que la marca roja en la mejilla de Emma se iba amoratando, y entonces le importó un bledo el equipo de filmación; lo único que de verdad le importaba era destruir al hombre que le había hecho aquello a Emma.

—Ya estoy bien —les dijo a su padre y a Dex—. Podéis soltarme.

Y le soltaron.

Entonces estrelló su puño en la mandíbula de Hugh.

—Oh, Kenny... —Emma trató de arrojarse sobre él, pero Torie, que reconocía la justicia cuando la veía, la agarró para apartarla.

—Ven aquí, mi pequeña flor de pasión. Yo te consolaré. —Se apretujó a Emma contra su pecho, inmovilizándola por el cuello con una llave de candado.

—Me está costando un montón —murmuró Dex, observando el abrazo de las mujeres— no ponerme cachondo.

Kenny respiraba agitadamente, fulminando con la mirada a Hugh, que estaba doblado por la cintura en el pavimento.

—¡Kenny! —Se volvió hacia el autoritario sonido de la voz de Emma. Su carnosa boquita se cerraba con obstinación, una maestra de escuela con todas las de la ley que ponía fin a una pelea en el recreo; una maestra de escuela con una horrible mancha roja en la mejilla—. No lo hagas. Por favor.

Torie la soltó, y Kenny se acercó a Emma para acariciarle la mancha de la mejilla.

—¿Te encuentras bien?

Emma asintió rápidamente con la cabeza, pero Kenny se dio cuenta de que estaba temblando como una hoja, y eso hizo que quisiera vapulear a Hugh Holroyd hasta cansarse.

Con el rabillo del ojo vio a los del equipo de filmación dando vueltas como vampiros. Lo habían grabado todo en cinta, todo salvo el momento en que Huhg había abofeteado a Emma. De inmediato, supo muy bien lo que ocurriría: la cámara mostraría al malcriado de Kenny Traveler arrojándose sobre un hombre indefenso.

Nunca te disculpes. Jamás des explicaciones.

Sturgis Randall se adelantó como una exhalación y le metió un micrófono en la cara.

—Cuéntanos qué ha pasado. ¿Por qué empezaste la pelea?

—Largo de aquí —gruñó Kenny.

—¡No! —Emma se colgó de su brazo—. Cuéntale exactamente lo que ha pasado.

Pero ese día Kenny ya se había comido el orgullo una vez hablando con Sturgis, y no iba a hacerlo otra vez. Además, no tenía sentido; Sturgis tenía la película, y no estaba interesado en la verdad.

El ácido bulló en su estómago. Sin mediar otra palabra, se apartó a Emma de un empujón y se dirigió a su coche. Randall le hizo una pregunta a gritos, pero hizo caso omiso. Acababa de tirar su vida a la basura, y tenía que estar solo.

La consternación se apoderó de Emma cuando lo vio marcharse. ¿Qué era lo que había hecho? Cuando el Cadillac se alejó a toda velocidad, se enfrentó a la horrible conciencia de que los acontecimientos que había provocado podrían destruir lo que quedaba de la carrera de Kenny.

Warren se adelantó como un bólido. Emma se había acostumbrado a ver la necesidad cuando se quedaba mirando a su hijo, pero en ese momento lo que vio fue a un empresario realista.

—Dex, lleva a Hugh al hotel. Cuanto más pienso en ello, más claro tengo que allí estará en su salsa. Las cucarachas han de permanecer unidas.

Dex agarró a Hugh y lo condujo hacia su Audi, aunque en el último minuto el duque se zafó de un tirón y se volvió hacia Emma.

—¡No creas que permitiré que vuelvas acercarte a ese colegio en tu vida! De hecho, a ningún colegio. No debería permitirse que las mujeres retorcidas y pervertidas como tú se acerquen a las niñas inocentes.

Emma sintió que una ráfaga de aire frío y húmedo recorría el aparcamiento, y mentalmente olió los cuidados céspedes ingleses, los arriates bañados por el sol y los viejos edificios de ladrillo que cobijaban a las pequeñas solitarias. El único hogar que había tenido.

Sturgis se abalanzó hacia Hugh.

—Cuéntenos lo que ha ocurrido. ¿Por qué Kenny Traveler le ha hecho objeto de tan brutal agresión?

Dex metió la primera y salió del aparcamiento a toda velocidad antes de que Hugh pudiera denunciar a Kenny. Furioso, Sturgis se volvió hacia su cámara.

—Lleva esa película al aeropuerto.

—¡No! —Emma se precipitó hacia la cámara—. Entrevísteme. Se lo contaré todo. Fui agredida por Hugh Holroyd. Kenny solo salió en mi defensa.

El alma se le cayó a los pies cuando vio la expresión de escepticismo en la cara de Randall.

—¿Alguien más vio eso? —preguntó a los circundantes.

—Todos lo vimos —respondió Warren.

Shelby se adelantó corriendo, y las luces del aparcamiento mostraron dos húmedos círculos de leche en la pechera de su jersey.

—Ese sabandija inglesa abofeteó a Lady Emma, y Kenny la defendió.

Randall, sin abandonar su escepticismo, acudió a la multitud.

—¿Es eso verdad? ¿Alguien más lo vio?

—Si Shelby dice que es verdad, entonces lo es —gritó uno de los hombres.

—Joder, puedes jurar que lo es —terció Torie—. Y mejor que cuentes toda la historia.

Randall se la quedó mirando un buen rato, y de nuevo recurrió a la multitud.

—¿Alguien que no pertenezca a la familia Traveler vio lo que ocurrió?

Se hizo el silencio.

—¡Dex lo vio! —exclamó Torie—. Dexter O’Conner. El que acaba de llevar a esa sabandija al hotel. Puedes hablar con él.

—¿O’Conner? ¿No es ese el hombre con el que te vas a casar? No es precisamente una fuente imparcial.

—¿Quién ha dicho que me voy a casar con él?

Sturgis le pasó el micrófono a un miembro del equipo y cerró la libreta que estaba sujetando.

—El camarero y unas seis personas más.

La ufana expresión que apareció en su cara lo dijo todo, y Warren sacudió la cabeza.

—Tú no quieres saber la verdad. Aunque, por otro lado, tienes un largo historial de ignorar los hechos. Fuiste el causante de la suspensión de Kenny, y ahora quieres lincharlo de nuevo.

Randall lo contempló pomposamente.

—Yo no fabrico las noticias. Me limito a darlas.

—¿No querrás decir tergiversarlas? —intervino Shelby.

Pero Sturgis Randall tenía su historia en el punto que le gustaba, y no estaba interesado en oír nada más.

—Recoged, chicos, Larguémonos de aquí.

A Emma se le hizo un nudo en el estómago. Había querido deshacerse de Hugh encarnizadamente, pero jamás había pretendido destruir a Kenny en el camino.

 

Emma esperó levantada a Kenny hasta casi las cuatro de la mañana, y entonces se quedó dormida en el sillón que había arrimado a la ventana de su habitación. Cuando se despertó a las seis, él todavía no había regresado a casa.

Todavía con la ropa de la noche anterior, entró en el baño tambaleándose. El espejo le mostró unos círculos oscuros bajo sus ojos y la débil sombra de un cardenal en la mejilla donde Hugh la había golpeado. Se rozó los nudillos contra el moretón, pero ni de lejos le dolió tanto como le dolía el corazón.

Ese era el día que regresaba a casa. Recordó la manera en que Kenny había salido rápidamente en su defensa, un acto de pura caballerosidad que no solo había echado por tierra para mucho tiempo su oportunidad de volver a la gira, sino que dañaría su prestigio ante el público para siempre. Si la hubiera dejado arreglárselas sola. Pero la galantería era una parte tan importante de su carácter como su poco convencional sentido del humor. Emma había sabido que su aventura tenía que terminarse, pero ni en sueños había imaginado que lo haría de aquella manera, perjudicándolo tan claramente.

Ese día iba a necesitar un medio de transporte hasta Dallas para poder llegar al aeropuerto. También necesitaba una ducha y ropa limpia, pero primero tenía que hacer algo.

Diez minutos después estaba detrás del volante del coche de Patrick circulando a paso de tortuga por una carretera felizmente vacía en dirección al pueblo. Mientras se concentraba en permanecer en el lado correcto de la carretera, se dijo que sus días sin saber conducir se habían acabado. Tal vez nunca acabara de encontrarse cómoda haciéndolo, pero no se dejaría doblegar por su fobia ni un minuto más. En cuanto regresara a Inglaterra, se sacaría el carné.

La recepcionista de día del hotel resultó ser la atractiva pelirroja con la que Ted había estado ligando en el Roustabout. La chica la reconoció, y Emma no tardó mucho en ser informada del número de la habitación de Hugh.

Después de llamar a la puerta, Emma se apartó lo suficiente para no ser visible por la mirilla. Luego, imitando el acento tejano, dijo:

—Servicio de habitaciones.

Pasaron unos segundos. Oyó moverse a alguien y luego el chasquido de las cerraduras. La puerta se abrió.

—No he pedido... —Hugh se quedó paralizado al verla.

Se había echado por encima de su cuerpo fofo un bata de seda, y las perneras de su regio pijama púrpura asomaban por abajo. Iba descalzo, dejando a la vista unos pies horribles con unos sarmentosos dedos gordos. A Emma le complació comprobar que el cardenal que lucía en un lado de la mandíbula tenía mucho peor aspecto que el suyo.

—¡Largo de aquí! —Los pequeños ojos del duque revolotearon por el pasillo más allá de ella, y Emma se dio cuenta de que temía que Kenny la hubiera acompañado.

Entonces entró en la habitación dándole un empujón.

—Vengo sola.

Hugh cerró la puerta tras ella de un portazo, como si todavía esperase que Kenny se metiera a presión en la habitación en cualquier momento.

—¡Está loco! Si hubiera sabido que estaba chalado la primera vez que hablé con él, jamás habría... —Se interrumpió, y sus labios regordetes se curvaron—. ¿Tienes idea de la magnitud de la humillación que me has hecho sufrir?

Cuando el duque dio un amenazante paso hacia ella, el sentido común le dijo que retrocediera, pero Emma permaneció en el sitio.

—Si me tocas, gritaré tan fuerte que lo oirá todo el hotel. ¿Es eso lo que quieres?

Le lanzó una mirada de odio, pero no se acercó más.

—Estás perdiendo tu tiempo. ¿No creerás realmente que todavía me voy a casar contigo, ahora qué estoy enterado de tu perversión, verdad?

Curvó el labio como si acabara de escupir veneno. Si fuera lesbiana, habría encontrado su actitud tremendamente ofensiva. El duque se pasó la mano por su grasiento pelo castaño, pero en lugar de alisárselo, lo separó en dos puntas que a Emma le recordaron los cuernos de un demonio.

—Ni siquiera planees regresar a Santa Gertrudis, porque te voy a despedir. Si vuelves a poner un pie en la propiedad, haré que te detengan por allanamiento.

—Por supuesto que pretendo volver. Todo lo que tengo está allí.

—Haré que lo empaqueten y te lo envíen.

Ni siquiera tendría la oportunidad de despedirse, pero sabía que tenía que escoger bien las causas por las que tenía que luchar, y no podía permitirse pensar en eso. Por el contrario, tenía que concentrarse en todas las niñas que dependían de ella.

—Muy bien, Hugh. Pero si no quieres que reine el caos en Santa Gertrudis, te sugiero que me sustituyas por Penelope Briggs. Es muy competente, y hará un trabajo excelente.

—¿Esa mujer de tez rubicunda? ¿La que tiene esa terrible risa que parece un rebuzno?

Tal vez fuera un poco ruidosa, pero Penelope también era maravillosamente alegre y sumamente inteligente. Oír que era rechazada de aquella manera la irritó, aunque se esforzó en disimularlo.

—Se lleva a las mil maravillas con el profesorado y con las niñas. También es sumamente prudente. No podrías encontrar a nadie mejor. —Excepto yo, quiso decir. He sido la mejor rectora que haya tenido Santa Gertrudis.

El duque se encogió de hombros.

—Puesto que no va a durarle mucho el empleo, supongo que dará lo mismo.

—¿A qué te refieres?

La miró con una petulante sonrisa de suficiencia.

—Voy a vender el colegio a una promotora, Emma. Creo que ya te comenté esa posibilidad.

El aire salió lentamente de la boca de Emma con un silbido. Quería vengarse, y sabía muy bien cómo hacerlo.

—Eres un miserable gusano.

—Me parece fuera de lugar que insultes a nadie, patético remedo de mujer. Y te advierto desde mismo instante que harás mejor en mantener la boca cerrada acerca de tu perversión. No voy a permitir que nadie sepa que una lesbiana ha ejercido de rectora en Santa Gertrudis.

No podía seguir con aquello ni un segundo más. Había perdido todo lo que importaba, así que al menos aceptaría la derrota como lo que era y no como otra persona.

—No soy lesbiana —dijo en voz baja—. Besé a Torie porque estaba desesperada por deshacerme de ti.

—Estás mintiendo.

Emma respiró hondo y con firmeza.

—Si fuera lesbiana, no me avergonzaría de ello, pero no lo soy. Desde el principio te dije que no quería casarme contigo. No solo te negaste a escuchar, sino que me chantajeaste.

—No hice tal cosa.

—No sé de qué otra manera podrías llamarlo. Me amenazaste con vender Santa Gertrudis si no accedía a tus deseos. Amo ese colegio. No me dejaste ninguna otra alternativa.

Hugh respiró para responder, y su pecho se expandió pomposamente.

—¡Tú deliras! Como si necesitara obligar a ninguna mujer a casarse conmigo. Mi apellido es uno de los más antiguos de Inglaterra.

Una vez más se le recordó lo inútil que resultaba discutir con él. En lo tocante a su engreimiento, Hugh Holroyd no tenía rival. Emma disparó su última salva, sabiendo lo endeble que era incluso cuando habló.

—Te lo advierto desde este mismo instante: si cierras Santa Gertrudis, haré todo lo que pueda para destruirte.

La amenaza a duras penas alcanzó las rodillas del duque, que, antes bien, la miró con desprecio.

—¿Qué podría hacer una don nadie como tú para destruir a alguien como yo?

—Podría contar la verdad.

El duque pareció aburrirse.

—Es todo cuanto tengo que hacer, ¿sabes? Bueno, no poseo tus majestuosos contactos con los medios de comunicación, pero tengo una estrecha relación con Colin Gutteridge, del Lower Tilbey Standard, y fui profesora de la hija de Evelyn Lumley. Evelyn es la encargada de la sección de casa y jardín de la emisora de radio de Lower Tilbey. Es una experta prodigiosa de las rosas, así que tiene una audiencia muy leal. Admite que mis contactos son humildes, pero hasta una piedra pequeña provoca ondas en el agua, y los dos me son totalmente leales. Y estarán más que encantados de darle publicidad a mi versión de la historia.

—Nadie los creerá —se mofó Holroyd—. No pueden probar nada.

—Puede que no. Pero las especulaciones lo enturbiarán todo.

—¿De verdad piensas que tus desdeñables amiguitos pueden dañar a alguien de mi posición?

—Lucho con lo que tengo.

Emma tuvo la satisfacción de ver que le prestaba atención. Quizá su pequeña amenaza hiciera que el duque se lo pensara dos veces.

Holroyd extendió bruscamente la mano hacia la puerta.

—Quítate de mi vista. Y no esperes que ningún colegio decente de Inglaterra te contrate, porque me aseguraré de que eso no ocurra.

¿Tanto poder tenía, realmente? Emma lo dudaba, aunque también sabía que podía hacer que le fuera imposible conseguir la clase de puesto para el que estaba cualificada.

Se dio cuenta de que estaba temblando, y supo que tenía que escapar de allí. Pero no podía hacerlo hasta que dijera lo que tenía que decir.

—Eres un hombre pomposo y mezquino, Hugh. Y lo que es aún peor, tienes un corazón perverso. Santa Gertrudis se merece algo mejor.

 

Francesca contempló por la ventana del salón la reluciente franja de playa de Florida. Era una vista preciosa, aunque extrañaba Wynette. Volvió a concentrarse en la desagradable conversación telefónica que estaba manteniendo con su marido.

—Sí, querido, me he enterado de lo que han dicho en las noticias. Pero estoy segura de que Kenny tiene una explicación razonable.

No estaba nada segura de semejante cosa, e hizo una mueca cuando su marido, por lo general un hombre de hablar pausado, expresó su disgusto con firmeza.

Al cabo, se tranquilizó lo suficiente para que ella pudiera hablar.

—Te admitiré que el resumen informativo es un tanto concluyente, pero el duque de Beddington es un pedazo de canalla. De verdad, Dallie, si lo conocieras, lo detestarías de inmediato. Estoy segura de que se lo tuvo merecido.

Apartó el auricular unos centímetros de la oreja cuando su marido estalló de nuevo. La estaba llamando desde Augusta, donde mientras hablaban se estaba celebrando el último recorrido del Masters. Los periodistas llevaban toda la mañana acosándolo, y Francesca se sintió un poquito culpable. La culpa era suya por haber enviado a Emma a Kenny. Era evidente que Beddington había ido a Wynette a causa de ella, y algo igual de evidente había salido rematadamente mal.

Desde que Francesca viera la secuencia de la pelea en el aparcamiento del Roustabout en las noticias de la mañana, había estado intentando ponerse en contacto con Kenny, pero el teléfono no había parado de comunicar. Había tenido la esperanza de que Emma ejerciera una influencia positiva en el golfista, pero, antes bien, parecía haberlo metido en un problema de mayor calado. Nada de esto habría ocurrido si Francesca no hubiera intentado conseguir un emparejamiento un poquito excéntrico, como en ese momento le recordaba su marido.

La otra línea emitió un zumbido. Dallie seguía desvariando, así que lo puso en espera.

—Hola, mamá, soy yo.

—¡Teddy, cariño! Gracias a Dios que me llamas. Tengo a tu padre por la otra línea, y está de lo más desagradable. No cuelgues.

Retomó la llamada con Dallie, que parecía estar amenazándola con una variante sexual bastante interesante si volvía a intentar hacer de alcahueta.

—Mi vida, lamento interrumpirte, pero me llama Teddy.

Dallie se tranquilizó de inmediato, como ella sabía que ocurriría. De las muchas bendiciones que alumbraban su vida, ser testigo del amor entre Dallie y su hijo era a buen seguro la mayor.

Se aprovechó del breve silencio de su marido para poner fin a la conversación.

—Querido, date prisa en regresar a casa esta noche. —Y acto seguido, y para castigarlo por su malhumor, fue bajando la voz hasta convertirla en aquel ronroneo sordo que ya había perfeccionado antes de cumplir los dieciséis años—. Ayer compré un aceite para masaje absolutamente exquisito. De importación, claro está, y escandalosamente caro. Pero insisto en utilizar solo lo más caro... en todas aquellas partes de tu cuerpo... que rozarán... ciertas partes del mío.

Se hizo una larga y elocuente pausa, y cuando Dallie habló por fin, su voz fue solo ligeramente ronca.

—Francie, sospecho que voy a adelantar mi vuelo.

Francesca sonrió cuando interrumpió la comunicación delicadamente. Ni que hubiera habido alguna duda.

 

—¡Voy a matarlo! —exclamó Torie por encima de la voz que anunciaba el último aviso para embarcar en el vuelo 2842 a Heathrow, Londres—. ¡De verdad que lo haré, Lady E! En cuanto Kenny vuelva a salir a la superficie, lo haré. Díselo, Dex. Dile que siempre hablo en serio.

En lugar de contestar, Dex le puso el brazo en el hombro a Emma y le dio un achuchón.

—No me cabe duda de que en cuanto Kenny tenga ocasión de recapacitar, la llamará.

Emma pensó en lo difícil que sería que lo hiciera, puesto que estaba a punto de cruzar el océano en avión. Además no tenía casa ni trabajo.

—No pasa nada. Después de lo ocurrido anoche, no espero que vuelva a hablarme. De verdad. —Aunque confiaba en que lo hiciera. También había confiado en que la perdonaría.

Hurgó en su bolso para sacar la tarjeta de embarque. Había retrasado su subida al avión todo lo que había podido, igual que había retrasado su salida del rancho hasta que por fin se hizo evidente que Kenny no iba a regresar, pero ya no había podido entretenerse más.

Al menos se vería libre de Torie, que se había pasado chinchando a Dexter todo el día. Hiciera lo que hiciese o dijera lo que dijese el hombre, Torie le ponía reparos. Dex había estado aguantando sus insultos con una compostura admirable, pero Emma se había obligado a morderse la lengua para evitar llamarla al orden.

Para hacer el viaje aún más incómodo, Emma les había contado la verdad sobre Hugh y sus amenazas. Después de lo que habían visto la noche anterior, y, aunque ambos se mostraron compasivos, su confesión hizo que se sintiera como una pobre solterona chiflada absolutamente incompetente y alejada de la realidad. Lo único que había mantenido en secreto fue lo de su enamoramiento de Kenny, aunque se temía que tanto el uno como la otra ya lo sabían.

La expresión de preocupación de Torie no hizo más que confirmar el temor.

—Kenny es de acción retardada, pero, por desgracia, en cuanto se sulfura, tarda algún tiempo en tranquilizarse. Y el que Tiger acabe de ganar otro Masters no ayudará.

—Sí, en fin, parece que voy a agotar todo el tiempo de apaciguamiento. — Besó a Dex en la mejilla, y le dio un fuerte abrazo a Torie—. Os habéis portado de maravilla conmigo, os echaré muchísimo de menos. Nunca sabréis lo mucho que lamento haberos hecho pasar por lo de anoche.

—¿Estás de coña? Fue un placer ayudarte. —Torie miró a Dexter con irritación—. Además, es agradable estar con alguien espontáneo, y no con una persona que tiene la jodida costumbre de pensárselo todo mil veces.

El aludido sonrió.

Torie le dio un apretón a Emma en el hombro.

—Y no vayas a pensar que me has visto por última vez, Lady E. Estaremos en contacto.

—Eso espero.

—Cuenta con ello. Puede que nuestro idilio haya sido breve, pero seguro que ha sido memorable.

Emma se echó a reír, y entonces sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Iba a echar de menos aquella panda de tejanos chiflados.

—Sé buena con Dexter, Torie —susurró—. Es un hombre estupendo.

Torie la volvió a abrazar y pareció triste. Emma les sonrió temblorosamente, cogió su bolsón y se volvió hacia el acceso al avión.

—¡Emma!

El corazón le dio un vuelco, se dio la vuelta y vio a Kenny que corría hacia la puerta de embarque. Tenía un aspecto terrible. Llevaba los pantalones arrugados, iba sin afeitar y se había encasquetado una gorra de béisbol azul marino de Dean Witter sobre el pelo revuelto.

—¡Espera! —Kenny avivó el paso, a punto estuvo de atropellar a una anciana en el camino y se paró delante de Emma, jadeando. Respiró hondo.

¿Y ahora qué? Cuando se quedó mirando a Emma perfilada contra la entrada de la pasarela, dio la sensación de no poder recuperar el resuello. Había ido corriendo desde el aparcamiento, pero esa no era la razón de que no pudiera respirar. Aquello tenía algo que ver con la forma en que sus pulmones se aplastaban en su pecho.

La noche anterior, después de marcharse del Roustabout, había estado conduciendo sin rumbo fijo durante varias horas antes de encontrarse camino de Dallas. Cuando llegó, había ido directamente al campo de golf en lugar de acostarse. Había jugado treinta y seis agujeros criminales; luego, cuando se había enterado de lo que Tiger estaba haciendo en Augusta, estuvo entrenándose en el campo de prácticas una hora más. Con cara de sueño y agotado, había estado a punto de dirigirse a su casa cuando cayó en la cuenta de qué día era ese. Fue entonces cuando dio media vuelta y se dirigió al aeropuerto.

—Señora, tiene que subir a bordo ya —le dijo la azafata de la puerta educadamente, aunque con determinación.

Kenny vio que Emma arrugaba la frente, y luego crispaba la boca. Ella le dio un golpazo en la cadera con el bolsón cuando le rodeó el brazo con la mano.

—Oh, Kenny, estoy tan apenada por lo ocurrido. En ningún momento quise involucrarte. No pensé. Solo reaccioné, y... Nunca me perdonaré. Todo ocurrió tan deprisa, y ...

Kenny lo entendía, y si no la paraba, se pasarían el resto de la vida de ambos disculpándose, pero ahora que estaba frente a ella no era capaz de recordar ninguna de la docena de cosas que tenía que decirle, sobre todo con Torie y Dex sin dejar de mirarlos. Solo sabía que no podía dejar que Emma se marchara hasta que le hubiera dicho hasta que punto le había jodido toda su vida. Y también... tenía que despedirse.

Se volvió hacia su hermana.

—¿Os importa iros de aquí?

—No, hasta que esté preparada.

—¡Ya estás preparada!

Dex se adelantó un paso, cogió a Torie por la muñeca y se la llevó a rastras lo bastante lejos para que Kenny tuviera un poco de intimidad.

—Señora, estamos a punto de cerrar las puertas. Tiene que subir a bordo.

Kenny fulminó a la azafata con la mirada.

—¡Dígales que esperen un minuto!

—Lo siento, señor, no podemos hacer eso.

Emma le entregó a la azafata su tarjeta de embarque y le dirigió una rápida mirada de súplica a Kenny.

—Tengo que irme.

Kenny hizo rechinar los dientes.

—No vas a ir a ninguna parte hasta que te diga lo que pretendo hacer sobre lo que le has hecho a mi vida.

A Emma se le nubló la vista.

—Traté de razonar con aquel horrible periodista de la televisión... todo lo intentamos... pero se negó a escuchar. —Empezó a retroceder hacia la puerta de embarque—. Te lo prometo, Kenny, voy a hablar con Dallie y aclarar las cosas. Le he dejado varios mensajes, pero no me los había devuelto cuando me marché. Le volveré a llamar en cuanto suba al avión.

—¿Qué hiciste qué? —Se metió como un rayo en la pasarela de embarque y la sacó de un tirón.

—¡Señor! —dijo la azafata entre dientes.

Kenny le propinó una pequeña sacudida a Emma para que le prestara atención.

—Me cago en la leche, si le cuentas una sola palabra de esto a Dallie, lo lamentarás.

La azafata se acercó.

—Señora, ¿quiere que llame a seguridad?

—No, no. —Emma meneó la cabeza—. No pasa nada. —Volvió a agarrar a Kenny por el brazo—. Pues claro que tengo que hablar con Dallie. Soy la única responsable. Tengo que explicarle que todo es culpa mía.

—Ya puedes jurar que lo es, y tienes muchas cosas que arreglar, empezando en este mismo instante. No subas a ese avión.

—Tengo que subir. He de volver.

—¿Y dejarme para que me enfrente al lío que has montado? Ni de broma.

—No te dejaré solo. Ya te he dicho que se lo explicaría a Dallie, y además...

—Y ya te he dicho que te metas en tus asuntos.

—Pero...

—Señora, ¿va a subir a este avión o no?

—¡Sí!

—¡No, no vas a subir!

Sin previo aviso, a Emma se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Por qué tenía que romperle el corazón poniéndose a llorar?

—¡Deja de hacer eso ahora mismo! —exclamó Kenny—. ¡No te vas a librar de esta poniéndote a llorar como una puñetera cría!

—No estoy intentado librarme de nada. Solo intento arreglarlo.

—¡Magnífico! Eso es exactamente lo que quería oír. —Echó un vistazo hacia la azafata de la pasarela—. No la esperen más. No se va con ustedes.

—¡Kenny! ¡Para ya con esto! Ya me he disculpado, y te he dicho que llamaría a Dallie y se lo explicaría, pero no quieres eso. Pues no se me ocurre qué más decir. ¿Qué es lo que no he entendido? Dime exactamente qué es lo que quieres que haga.

Ahí lo pilló.

—Lo que pensaba. —Su mirada de maestra le dijo a Kenny que no tenía ninguna posibilidad de hacerla cambiar de idea—. Adiós, Kenny.

Se zafó de él y se volvió para meterse en la pasarela.

—¡Vuelve aquí inmediatamente! —gritó él—. Nos... —Algo le estaba abriendo un agujero en mitad del cerebro con un soplete—. Nos vamos ahora mismo a Las Vegas.

Eso la paró... y a él también. Emma lo miró rápidamente por encima del hombro con una expresión de tal perplejidad que hizo que Kenny se irritara aún más.

—¿A Las Vegas? ¿Qué quieres decir?

El agujero de su cerebro se iba haciendo más grande a ojos vista.

—A Las Vegas. Está en Nevada.

—Ya sé donde está. ¿Para qué quieres ir allí?

—Para fugarnos. —Más que decirlas, graznó las palabras—. Allí es adonde se fuga la gente.

—¿Fugarse? —Ahora estaba caminando hacia él de nuevo, no como si quisiera hacerlo, sino más bien como una zombie—. ¿Estás hablando de casarse?

¡No! No, ni mucho menos era eso lo que quería decir —¡él no quería casarse!— pero ahora ya no podía retroceder, no con aquella puñetera azafata de la puerta que lo miraba perpleja como si fuera un chiflado, no con Emma, que parecía una muerta viviente, no con Tiger, ganando la chaqueta verde otra vez...

Al fondo, la fisgona de su hermana empezó a dar alaridos y a pegar brincos como digna miembro que había sido de hermandad universitaria en un pasado no muy lejano.

—¡Os vais a casar!

Kenny proyectó la mandíbula hacia Emma.

—¿Te supone algún problema?

Los ambarinos ojos de Emma parecieron a punto de salírsele de la cara rodando, y los músculos del cuello se le contrajeron cuando tragó saliva.

—Esto es... es una idiotez. Tú no quieres casarte conmigo.

Nunca había dicho una verdad mayor en su vida, pero Kenny no se lo iba a admitir en ese momento.

—No intentes decirme lo que quiero y lo que no quiero. Que vayamos a casarnos no significa que vaya a soportar que me mangonees.

—Señora, me temo que tendrá que resolver esto en su tiempo libre. Que tenga suerte.

Cuando la azafata cerró la puerta de la pasarela, Kenny se mareó del alivio que sintió. No trató de analizar su reacción; lo único que sabía era que acababa de sobrevivir a un desempate con muerte súbita.

A sus espaldas, Torie continuaba con los chillidos.

—¡Casados! ¡Oh, Kenny, eso es perfecto! ¡Tú y Lady E! Shelby se va a morir. ¡Oh, Dios mío! ¿Eso significa que también recibes un título? ¿Es así, Lady E? ¿Ahora va a ser Lord Kenny?

Kenny lanzó a Dex una mirada de súplica.

—Si te queda un gramo de compasión, llévatela de aquí.

Dexter le pasó la mano por la cintura a Torie.

—No creo que seamos necesarios.

—Tengo que llamar a Shelby. ¡Y a Ted! Espera a que le cuente a Teddy Beaudine todo esto. —Mientras rebuscaba en el bolso para sacar el móvil, sonrió abiertamente a su hermano—. Entiendo por qué te gusta tanto, Kenny. Besa realmente bien.

Todas las personas que seguían por la zona de embarque se volvieron para mirar a Emma con asombro.

Torie se los quedó mirando con arrogancia.

—¿Qué pasa? Es la pura verdad.

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