Amor o chantaje
Capítulo 9
Aunque sabía que debía aprovechar mejor su tiempo trabajando en su artículo de investigación, a la mañana siguiente Emma se dedicó a disfrutar de su tiempo libre. Fue a hacer una visita a los caballos de Kenny y dio otro largo paseo junto al río, y luego se puso el traje de baño, fue a buscar su sombrero de paja y acompañó a Patrick a la piscina. Se sentaron bajo una sombrilla a una de las mesas rectangulares que rodeaban el agua, donde compartieron un vaso de té helado con sabor a melocotón junto con unas rebanadas, todavía calientes, de pan negro con especias y espolvoreadas con azúcar glasé. Mientras comían, Patrick la puso al corriente de algunas tradiciones populares locales y le habló un poco sobre su libro de fotografía, antes de excusarse para ir a revelar una película al cuarto oscuro del sótano.
Emma se cambió a una de las tumbonas colocadas a la sombra y sacó sus notas sobre el diario de Lady Sarah. Hacía un día cálido, y deseaba librarse de lo que llevaba encima del bañador, pero temía que Patrick regresara, y no le gustaba la idea de que le viera el tatuaje. Una cosa era enseñarlo cuando pensaba que la estaban vigilando, y otra muy distinta mostrárselo a la gente en la intimidad. Se sintió agradecida por su prudencia cuando levantó la vista y vio a una atractiva rubia que se dirigía hacia la piscina con un bebé en los brazos.
La mujer era unos años más joven que Emma y un poco rolliza, aunque no hasta el punto de resultar desagradable. Todo en ella apestaba a dinero, desde la pulsera de diamantes que destellaba en una de sus muñecas hasta la túnica y los pantalones cortos de lino. Tenía una melena rubia y lacia que le llegaba a la mandíbula y una piel inmaculada que realzaba con poco más que un toque de brillo de labios tostado.
La mujer le sonrió alegremente.
—Lady Emma, es un gran honor tenerla en Wynette. Yo soy Shelby, claro. —Perpleja, Emma apartó sus notas y se levantó de la tumbona. Cuando estrechó la mano extendida de la mujer, el bebé empezó a berrear, tratando de coger el pelo de su madre—. Este es Peter. —Su sonrisa se desvaneció y sus palabras adquirieron un dejo mordaz—. El niño olvidado.
—¿Cómo está? Hola, Peter.
El niño mostró una sonrisa tímida y llena de babas resaltada por cuatro pequeños dientes, y luego ocultó la cara en el cuello de su madre. El bebé era adorable, y Emma sintió una punzada de envidia. El niño tenía el pelo rizado y negro, un pegote por nariz y unos ojos preciosos con unas pestañas del color de la ceniza. El color de los ojos era de una tonalidad insólita de azul, tan intenso que casi eran violetas.
Sintió un molesto picor en la nuca.
La mujer se sentó a la mesa de la sombrilla y se llevó el niño a las rodillas.
—Pensé que tal vez estuviera aquí Kenny, aunque tenía que haber sabido que haría todo lo posible para eludirnos.
—Esta mañana está... esto... jugando al golf. —Emma se sentó a su lado—. ¿Qué tiempo tiene Peter?
—Nueve meses, y todavía es lactante. Está hecho un toro. Diez kilos y setenta y seis centímetros. —De manera automática empujó el vaso vacío de té de Emma para alejarlo del bebé—. Kenny está en el pueblo desde ayer, pero no ha hecho el menor intento por venir a casa, y no lo perdono por eso. Mira que ignorar a su propia sangre.
A Emma se le hizo un nudo en el estómago. Reparó en el pelo negro y los ojos violetas del pequeño; Kenny debía de haber tenido el mismo aspecto. Sintió que se mareaba. Era el hijo de Traveler.
Al tiempo que lo pensaba, se esforzó en encontrar otra explicación, pero aquellos relucientes ojos violetas eran tan poco frecuentes que el parecido no podía ser casual, y aquella mujer no mostraría semejante enfado si fuera una pariente lejana. La posibilidad de que Kenny hubiera engendrado un hijo y que luego le diera la espalda le produjo náuseas.
—Lo siento —consiguió articular—. Creo que no entendí su nombre.
—Hola, Shelby.
Se volvió y vio acercarse a Kenny. Llevaba puesto un bañador color coral y tenía una toalla amarilla colgada del cuello.
Al oír la voz de Kenny, el bebé tensó las piernas y empezó a golpearlas presa de la excitación. Ignorando a Shelby, Kenny arrojó a un lado la toalla y levantó en brazos al bebé para llevárselo a la cara.
—Eh, coleguilla, ¿cómo te va? Iba a ir a verte esta tarde.
La mujer soltó un breve bufido.
Unas burbujas de baba gotearon desde el labio inferior de Peter cuando agarró el pelo de Kenny y pataleó con sus pies regordetes y descalzos.
Se parecían tanto que Emma no pudo hacer otra cosa que quedarse mirándolos como una tonta. Al mismo tiempo, la náusea de su estómago no se iba. ¿Cómo podía haber abandonado a un hijo tan precioso? Y bien pensado, ¿de qué tenía que sorprenderse? Aquel era un hombre que parecía haber tomado siempre la salida fácil.
—¿El pequeño Petie quiere bañarse? —preguntó Kenny.
—Que no se moje el peto —señaló Shelby—. Se los compré ayer mismo en Baby Gap.
Kenny desató los tirantes y le quitó el peto al niño.
—Me parece que mantendremos ese pañal de tela, por si olvidas comportarte como un caballero. —Dejó caer los pantalones encima de la mesa y se metió el bebé bajo el brazo mientras miraba a Emma—. ¿Quiere meterse con nosotros?
Emma tenía tan rígido el cuello que apenas consiguió negar con la cabeza.
—Vamos, Petie. Entonces solo los tíos.
Mientras Kenny se llevaba al bebé hasta el agua, Emma trató de pensar en qué podría decirle a Shelby. Oyó un leve gimoteo.
—Maldito sea.
Miró hacia el otro lado de la mesa y vio que a Shelby se le llenaban los ojos de lágrimas mientras observaba a Kenny y al bebé en el agua.
A Emma le dio una lástima tremenda. Los diamantes y la ropa cara demostraban que Kenny había sido generoso en su apoyo económico, pero eso no significaba nada si había hecho dejación de sus responsabilidades. Sintió que la invadía una aplastante e irracional desilusión. A pesar de todos los postes indicadores a lo largo del camino, había esperado algo mejor de él.
Alargó la mano por encima de la mesa y se la puso compasivamente sobre el brazo a Shelby.
—Lo siento muchísimo.
La mujer se sorbió las narices y se rio, avergonzada.
—Supongo que no debería tomármelo tan a la tremenda. Debo seguir con una pequeña depresión postparto, entre que no pierdo todo el peso que debería y todo eso. Pero cuando los veo juntos... —Su cara se contrajo y un gran lagrimón le corrió por la mejilla—. ¡No asumirá la responsabilidad! Y Peter es sangre de su sangre.
Emma sintió que aumentaba su antipatía hacia Kenny. Desde el punto de vista de la lógica, sabía que su reacción era desmedida —solo se conocían desde hacía unos días—, pero emocionalmente no podía evitarlo.
—Es un hombre despreciable —dijo, hablando tanto para sí como para Shelby.
La rubia pareció un poco sorprendida por su reacción, y luego complacida.
—Supongo que es necesario un extraño para ver las cosas con claridad. En Wynette todos le quitan importancia. Bueno, dicen, así es Kenny, y empiezan a contar anécdotas de cómo tiró una piedra contra el cristal de alguien o dejó plantada a su pareja de la fiesta de graduación. Ya que ahora gana torneos de golf, no tiene que seguir las mismas normas de decencia que los demás. —Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas—. Quiero tanto a ese pequeñín que... —Buscó a tientas un pañuelo de papel en el bolsillo de su túnica—. Lo siento, Lady Emma, no suelo ponerme así, y la verdad es que quería causarle una buena impresión. Aunque, solo sea para cambiar, es agradable sentir que alguien te comprende. —Se levantó y se sonó la nariz, recogió la toalla tirada por Kenny y se dirigió al borde de la piscina—. Kenny, tráelo aquí. Tenemos que irnos.
—Pero si acabamos de meternos. Se lo está pasando chachi. ¿Verdad que sí, pequeño Petie?
El niño soltó un alarido de placer y batió las manos contra el agua.
—Tiene que dormir la siesta, ¡y lo quiero ya!
Kenny arrugó la frente y llevó al bebé hasta el borde de la piscina.
—Carajo, Shelby. ¿Qué te pasa?
—¡Tú eres lo que me pasa! ¡Ven aquí, Petie! —Shelby se inclinó, le arrancó al niño de las manos y lo envolvió en la toalla que Kenny había sacado de la casa. Cuando se acercó para recoger el peto y su bolso, sonrió temblorosamente a Emma y le hizo algo que esta temió muy mucho fuera una pequeña reverencia—. Gracias, Lady Emma. Esto ha significado mucho para mí.
Emma asintió con la cabeza, y la rubia se alejó sin ni siquiera echarle un vistazo a Kenny.
Emma oyó un débil chapoteo, se volvió y vio que Kenny se había metido bajo el agua. Transcurrido un buen rato, salió en el otro extremo de la piscina y empezó a hacer unos largos. Uno tras otro, unos largos lentos y perezosos. Los largos de un hombre sin nada mejor que hacer; sin un trabajo decente; sin responsabilidades; sin hijos a los que abandonaba.
Se dio la vuelta para ponerse de espaldas sin dejar de dar golpes al agua, y mientras lo contemplaba, la ira de Emma fue llenando con su melodía todos los lugares comprensivos e indulgentes que anidaban en su interior. Había dedicado su vida a ser una defensora de los niños, y aquel hombre representaba todo lo que detestaba. El estómago se le encogió de asco hacia sí misma cuando recordó lo cerca que había estado de dejarse seducir por él.
Kenny salió de la piscina y se puso a buscar su toalla, y al recordar aparentemente que Shelby se la había llevado para envolver con ella a su hijo legítimo, se escurrió el agua de la piel con las palmas de las manos. Mientras lo contemplaba dándose aquellas largas y lánguidas caricias, la náusea la levantó de su asiento. Aunque débilmente, Emma comprendió que aquella no era su guerra, pero se sentía incapaz de rechazar racionalmente la avalancha de sentimientos airados que se agitaban en su interior: la ira y la espantosa y asfixiante decepción por que él no fuera quien pensaba. Aquello la impulsó hacia delante, hacia el borde la piscina.
Kenny levantó la vista hacia ella. Sonrió mostrando aquella sonrisa perezosa.
No lo tenía planeado; ni siquiera sintió que llegara. Pero lo siguiente que supo es que su brazo se estaba balanceando en el aire y que su mano había conectado con la mandíbula de Kenny.
Desde algún lugar lejano y envuelto en una neblina roja, vio la cabeza del hombre sacudirse y vio volar unas gotas de agua. En la mandíbula de Traveler, allí donde le había golpeado, apareció una mancha. A Emma se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Qué cojones le pasa? —maldijo Kenny, y se la quedó mirando fijamente con unos ojos que se habían vuelto tan profundos y oscuros como un moratón.
Emma sintió las piernas como si se le hubieran vuelto de agua. Nunca en su vida había pegado a nadie. Jamás. Aquello no era asunto suyo, y no había tenido ningún derecho a erigirse en su verdugo.
Kenny echaba fuego por los ojos.
—Si no fuera porque lleva el traje de baño puesto y no serviría de nada, la arrojaría ahora mismo a esa piscina.
La ira de Kenny le puso las pilas.
—Es usted despreciable.
En la mandíbula de Kenny se resaltó un músculo, en su costado se cerró un puño.
—Ah, joder... —Sin previo aviso, la levantó en brazos y la arrojó a la parte más profunda de la piscina.
Emma emergió, furiosa y escupiendo, y lo vio alejarse en dirección a la casa con el mismo paso impetuoso con que se había alejado de su hijo.
—¿Qué clase de hombre es usted? —gritó—. ¿Qué clase de hombre abandona a su hijo?
Traveler se paró en seco. Se volvió lentamente.
—¿Qué ha dicho?
Su sombrero flotaba a su lado; Emma lo cogió mientras pataleaba en el agua.
—Ser hombre es algo más que plantar esperma y luego extender una cheque sustancioso. Ser hombre significa...
—¿Plantar esper...?
La furia de Emma se reavivó. Se zambulló por el agua hacia el borde de la piscina, con el peso de la bata empapada entorpeciéndole los movimientos. Perdió el sombrero cuando intentaba alcanzar la escalera, pero ahora estaba en una misión, y no le importó.
—¡Qué niño tan guapo! ¿Cómo ha podido...?
—¡Es usted idiota!
Kenny estaba parado en el centro del césped de la parte de atrás con el sol arrancando destellos ígneos de su pelo mojado. Tenía las piernas apretadas con firmeza contra el suelo, las gotas de agua relucían sobre su piel, y parecía como si estuviera disponiéndose a asesinarla.
—¡Ese precioso bebé es mi hermano!
Dentro de Emma se paralizó todo. ¿Su hermano? Oh, caramba... pues sí que era una auténtica idiota.
—¡Kenny!
Pero él ya se alejaba con paso impetuoso.
Se impulsó fuera del agua y contempló consternada la espalda que se retiraba. ¿Qué le había pasado? Nunca había sido una persona que se precipitara en sus juicios. En Santa Gertrudis escuchaba a todas las partes de una pelea antes de entrar en acción, pero no había estado dispuesta a hacer eso con él. Le debía una disculpa, y lo único que podía esperar es que Traveler tuviera el buen talante de aceptársela.
Impulsada por una mezcla de cobardía y terror pánico, primero se duchó y se cambió. Luego, confiando en que él hubiera tenido ocasión de enfriarse, se puso a buscarlo, pero descubrió que se había marchado de la casa. Sombra había desaparecido del prado, y Emma alcanzó a ver a un hombre a caballo que se alejaba del rancho.
Patrick subió del cuarto oscuro y la invitó a ir con él a la ciudad a hacer la compra de los comestibles. Aceptó la invitación, pensando que a lo mejor encontraba algún regalo para Kenny a modo de disculpa. Pero cuando habían llegado a los límites del pueblo, se dio cuenta de que ninguna colonia para hombre ni libro por caro que fuera compensaría el insulto.
Cuando regresaron a la casa, Sombra volvía a estar en el prado, pero seguía sin haber señales de Kenny.
—Probablemente esté en la sala de ejercicios —le dijo Patrick cuando le preguntó.
—¿Hace ejercicio?
—En cierto modo.
Siguió las indicaciones de Patrick hasta una habitación en el extremo opuesto del segundo piso. La puerta estaba parcialmente abierta. Cuando la abrió, se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos húmedas y se las secó en los pantalones cortos.
Kenny estaba ejercitándose en una especie de máquina de remo o que al menos se movía atrás y adelante un poco. Levantó la vista cuando entró y la miró con cara de pocos amigos.
—¿Qué quiere?
—Quiero disculparme.
—No le servirá de nada. —Se fue desplegando lentamente de la máquina de remo y apartó un teléfono inalámbrico de su camino dándole un golpecito con el pie.
—Kenny, lo siento. De verdad.
Ignorándola, se dejó caer al suelo alfombrado y empezó una serie de flexiones. Estaba en una forma física excelente —Lady Emma tenía que reconocérselo— aunque no parecía esforzarse mucho en el ejercicio.
—No tenía derecho a meter la nariz en algo que no era asunto mío.
Kenny mantuvo la mirada en el suelo mientras continuaba con sus flexiones.
—¿Es de eso de lo que se está disculpando? ¿De meter las narices en mis asuntos?
—Y por el bofetón. —Emma se adentró un poco más en la habitación—. Oh, Kenny, de verdad que lo siento muchísimo. Nunca le había pegado a nadie en mi vida. ¡Nunca!
Él no dijo nada, limitándose a seguir con sus flexiones indolentes, tomándose su tiempo, igual que había hecho sus largos en la piscina. Lady Emma creyó detectar un ligero tufillo a calor varonil procedente del cuerpo de Kenny, o al menos de calidez masculina, pero no vio que sudara.
La visión del cuerpo de Kenny cubierto tan solo por unos pantalones de gimnasia azul marino la estaba distrayendo, y reavivó su atención.
—No sé lo que me pasó. Me sentí tan desilusionada, me decepcionó usted tanto. Fue como una locura transitoria.
Kenny apretó la mandíbula y no la miró.
—No es la bofetada lo que no puedo perdonarle.
—Pero...
—Salga de aquí, ¿de acuerdo? Ni siquiera deseo mirarla en este momento.
Ella trató de pensar en algo que decirle para compensarlo todo, pero no se le ocurrió nada.
—Vale. Sí. Lo entiendo. —Retrocedió hacia la puerta, sintiéndose avergonzada y afligida—. De verdad que lo siento muchísimo.
Las flexiones se hicieron un poco más rápidas.
—Se arrepiente de lo que no debe, pero ni siquiera entiende eso. ¡Ahora lárguese de aquí de una puñetera vez! Y si quiere llamar a Francesca y decirle que la acabo de poner de vuelta y medio, adelante.
—No haría tal cosa. —Emma se volvió hacia la puerta, y se dio la vuelta de nuevo porque necesitaba saber—. Si puede perdonarme por pegarle, entonces dígame, ¿qué es lo que no puede perdonar?
—No creo que tenga que preguntarlo. —Las flexiones continuaron. Los músculos se flexionaban sin aparente esfuerzo. Ni una gota de sudor.
—Pues según parece, sí.
—¿Qué pasa con el hecho de que una mujer que considero amiga mía piense que soy la clase de canalla que abandonaría a su hijo?
—Hace solo tres días que nos conocemos —no pudo evitar señalar Emma —. No le conozco tan bien, la verdad.
Le lanzó una mirada de soslayo que consiguió aunar la ira y la incredulidad.
—¡Joder, me conoce lo bastante bien para saber eso de mí! —Su respiración se había acelerado, aunque ella tuvo la sensación que a causa del enfado, no del ejercicio.
—Pero Kenny, su madrastra es tan joven. No tendrá ni treinta años. En ningún momento se me ocurrió...
—¡No quiero oír nada más! Hablo en serio, Emma, salga de aquí. Le prometí a Shelby que la llevaría a cenar a su casa esta noche, así que lo voy a hacer, pero créame, no deseo hacerlo. Por lo que a mí respecta, nuestra amistad se ha terminado.
Hasta ese momento Emma no había sabido realmente que tuvieran una amistad, pero entonces cayó en la cuenta de que la había perdido, y se sintió extrañamente huérfana.
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