Amor o chantaje

Susan Elizabeth Phillips · Capítulo 17 de 26

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Amor o chantaje

Capítulo 16

 

 

Después, Emma agradeció la actividad, busca que te buscaré pañuelos de papel y venga a ordenar ropa y más ropa. Kenny también pareció agradecerlo. Quizá tuviera la misma sensación que ella, de que había algo peligroso en tanta premura, algo inconfundiblemente amenazante en que dos adultos incompatibles se sintieran tan desesperados por tocarse mutuamente por todo el cuerpo que no fueran capaces de esperar a encontrar una cama.

Emma se preguntó si todas las mujeres tenían que sentirse atraídas por un canalla una vez en la vida. Según parecía, ella sí. Quizá necesitara sacarse a Kenny Traveler de su organismo para que algún día hubiera sitio para la relación correcta, una que fuera saludable y adecuada. Quizá necesitara a Kenny Traveler de la misma manera que había necesitado que la vacunaran. Una dosis la protegería de los donjuanes como él para el resto de su vida. Empezó a abotonarse la blusa mientras pensaba en ello.

Kenny se apeó del coche. Mientras se remetía de nuevo la camisa dentro de los vaqueros, reparó en que Emma se estaba abrochando mal los botones, pero sabía que si se lo hacía ver, volvería a enfurruñarse y a decirle que la estaba criticando.

Cuando levantó la vista hacia él con aquellos labios carnosos y turgentes y los alborotados rizos color caramelo que le recordaban a la salsa de los helados, a Kenny le pasó algo raro en la cintura. La noche anterior había sido tan buena que ni siquiera había querido pensar en ella, salvo que había sido lo único en lo que había podido pensar, lo que probablemente fuera la razón de que hubiera enloquecido de aquella manera durante la carrera de bebés. Y ese día... en un momento se habían puesto a discutir, y lo siguiente que había sabido es que estaban piel con piel en su coche.

No conseguía recordar cuándo había sido la última vez que lo había hecho en un coche. Casi nunca. Los niños ricos no tenían necesidad; los niños ricos tenían cabañas, o si estas no resultaban lo bastante íntimas, dinero de sobra para pagarse un motel en Llano County.

Caray, le había encantado hacer el amor con ella. Todo aquel entusiasmo. Emma no sabía cómo ponerle freno a nada, y se entregaba al ciento diez por ciento, como a él le gustaba.

A causa de los botones desparejados, la blusa se adhería más a un pecho que a otro, lo que le hizo recordar la sensación de llenarse las manos con ellos. Mientras la miraba con detenimiento, sintió aquella ternura traidora, y eso le puso nervioso: era una mujer demasiado controladora, excesivamente exigente. Puesto que era consciente de su desesperada necesidad de hacer que ambos retornaran a la seguridad de la compañía de otras personas, no fue capaz de creerse las palabras que salieron de su boca.

—¿Te apetece dar un paseo por el río?

Aquellos preciosos ojos color miel parpadearon.

—Me encantaría.

Lo mismo que si le hubiera pedido que lo acompañara a tomar el té con bollos.

Emma se deslizó por el asiento. La ayudó a salir, y entonces la agarró de la mano. Una mano pequeña pero fuerte. Kenny le restregó el callo que tenía en el lateral del índice sobre la palma. El ruido torrencial del agua los acompañó cuando se dirigieron hacia el río. Kenny oyó parlotear a una ardilla, cantar a un sinsonte, lo oía todo excepto a Emma dar órdenes. Para ser alguien que le gustaba tanto hablar, ¿por qué había escogido ese momento para guardar silencio? Su silencio lo enervó, y dijo sin pensar:

—Antes traje aquí a Petie.

—¿Entonces se tranquilizó?

—Sí. —Kenny carraspeó—. Los dos teníamos que hablar.

Emma se enfadó.

—Tú, sin duda. Supongo que no podemos más que sentirnos agradecidos de que saliera algo positivo de aquel feo incidente. No le vuelvas a hacer eso nunca más.

La ofensiva respuesta debería haberlo cabreado, pero en vez de eso tuvo un efecto benéfico, casi relajante. Emma sabía muy bien lo que el niño pequeño significaba para él y cuánto lamentaba lo que había hecho. No obstante, no quiso que Emma se ufanara demasiado.

—Hay que endurecerlos cuando todavía son pequeños o acaban siendo unos mariquitas.

Emma tuvo la desfachatez de echarse a reír.

—Déjalo ya, Kenny. Peter hace contigo lo que quiere.

—Sí, bueno, es muy especial. —Sonrió y empezó a cambiar de tema, y entonces se dio cuenta de que quería hablarlo con ella. No tanto sobre la base de lo personal como de lo profesional. ¿Acaso no era una experta en la formación de los niños?

—Mira, la cuestión es que... el viejo puede ser muy duro, y... En fin, estoy preocupado por Petie, eso es todo.

Aquellos ojos color miel se clavaron en él como dos armas de alta tecnología.

—¿Tienes miedo de que tu padre sea tan mal padre para Peter como lo fue para ti?

Kenny se mosqueó de inmediato.

—Mi padre hizo lo que tenía que hacer. De la manera en que se comportaba mi madre, está claro que no podía adularme a todas horas también.

—No, pero sospecho que llegó demasiado lejos en el otro sentido. He visto pasar esto con varias de mis alumnas. Por lo que has contado, no parece que tu padre haya estado muy presente cuando lo necesitabas, y cuando lo estaba no puedo por menos que imaginarme que fue tremendamente crítico contigo.

—La señorita Sneed me llamó al trabajo. Me dijo que le arrancaste la cabeza a la Barbie de Mary Beth y luego la arrojaste a la alcantarilla. Solo un cobarde le hace algo así a una niña. Un asqueroso y pequeño cobarde.

—Yo era un mocoso malcriado.

—Sí, bien, una buena parte de eso era culpa tuya. Estoy seguro de que estabas desesperado por llamar la atención de tu padre, y el mal comportamiento debió de ser la única manera que tuviste de conseguirlo. Eras un niño pequeño y saludable que estaba asfixiado por una madre notablemente neurótica, y según parece tu padre no intercedió cuando debía haberlo hecho. La verdad, Kenny, te criaron de una manera tan horrible que es un milagro que no acabaras mutilando animalitos. No es sorprendente que sigas resentido con él.

—No he dicho eso en ningún momento.

Nada detenía a Lady E en cuanto arrancaba, y siguió como si él no hubiera hablado.

—Lo que realmente necesitas es perdonarlo, ¿sabes? Por los dos.

Él se encogió de hombros, fingiendo que le traía absolutamente sin cuidado.

—No tienes ni la más ligera idea de lo que estás hablando.

—Y luego está el problema de Peter. Tienes miedo de que tu padre vaya a desatenderlo de la misma manera que te desatendió a ti. Que Peter vaya a tener que ganarse su afecto como tuviste que ganártelo tú, en lugar de recibirlo sencillamente como un derecho de nacimiento.

Kenny se obligó a abrir sus tensas mandíbulas en un bostezo.

—Estás tan llena de esa mierda que deberías ser fertilizante.

En lugar de enfurruñarse, Emma le apretó con fuerza la mano, la cual, hasta ese instante, había olvidado que le rodeaba la suya.

—No te preocupes tanto por Peter. Shelby no es como tu madre, y estoy segura de que demostrará ser una defensora acérrima de los derechos del niño. También me huelo que tu padre ha aprendido de sus errores. La manera en que te mira cuando no estás observando es bastante desgarradora. Y aunque estuviera equivocada, Peter tiene algo a su favor que tú no tuviste.

Él se rascó el brazo y pareció aburrido.

—¿Ah, sí? ¿Y que es qué?

—Tú, por supuesto.

Kenny se quedó como si le hubieran dado un golpe bajo, y eso le dificultó que pudiera responder con la indiferencia que pretendía.

—Valiente cosa de mierda.

—En realidad, es muchísimo. El amor incondicional es tremendamente poderoso.

—Supongo.

—Cuando rememoras tu infancia, Kenny, espero que te reconozcas el merito de haber sobrevivido tan bien. Es difícil imaginar que se pueda cuidar a alguien peor que lo que te cuidaron a ti.

—¿Y qué hay de Torie?

—Al menos Torie tuvo el amor incondicional de uno de sus progenitores. Tú no lo tuviste de ninguno de los dos.

—¿De qué estás hablando? Mi madre besaba por donde yo pisaba. Ese fue todo el problema.

—Eso no era verdadero amor. Lo que sentía por ti tuvo que llevar aparejado miles de ataduras.

Tenía razón. De él se había esperado que se le cayera la baba con su madre como si esta fuera la única persona de su vida.

—Kenny, no seas gamberro, tú no quieres ir a jugar con esos arrapiezos. Quédate conmigo. Te compraré ese nuevo avión de control remoto que vimos en la televisión. Lo quieren todos los niños, pero tú serás el más popular del colegio.

Por el contrario, fue el más despreciado.

Kenny intentó aparentar indiferencia.

—Sí, puede que tengas razón.

—Tengo cierta experiencia en el tema.

A Kenny no se le escapó el tonillo de desdén en la voz de Emma.

—Me parece que no estás hablando solo desde el punto de vista profesional.

Ella se encogió de hombros.

—No del todo. Mis padres me querían, supongo, pero querían más a su trabajo. Crecí bastante sola. —Se soltó la mano y se dirigió a la orilla. Mientras la seguía, Kenny se alegró de que por fin se hubieran cambiado las tornas.

Emma le sonrió cuando llegó a su lado.

—No hay nada más aburrido que oír gimotear a unos adultos prósperos sobre lo mal que los trataron siendo niños, ¿verdad?

—Puedes jurarlo. —Kenny levantó del suelo una piedra plana y la lanzó rebotando por el agua hasta el risco de piedra caliza del otro lado. La piedra rebotó cuatro veces antes de hundirse—. Me parece que comprendo la razón de que quizá seas un tanto peculiar en lo tocante a Santa Gertrudis. Igual que pueda serlo yo respecto a Petie. —Hizo rebotar otra piedra y bajó la vista hacia ella sintiéndose tenso, aunque sin saber muy bien por qué—. Bueno, en cuanto le cuentes al duque lo que ha ocurrido entre nosotros, supongo que te librarás de la situación.

Emma no respondió de inmediato.

—No lo sé. Parece creer lo que quiere creer, ¿sabes? —Arrugó la frente, y aquella mirada de «fuera con su cabeza» destelló en sus ojos—. ¡No quiero contarle lo que ha ocurrido entre nosotros! Esto es algo privado, ¡y además, no es asunto suyo, joder!

Kenny sonrió, egoístamente satisfecho por la respuesta.

—Pues sí parece que te encuentres en un apuro.

Ella masculló algo que Kenny no logró entender, aunque sí que le pareció oír otro «joder».

—Te apuesto lo que quieras a que le doy a eso. —Señaló hacia un peñasco que sobresalía del agua en la otra orilla del río y recogió otra piedra. La arrojó, pero se quedó corto—. Bueno, dos de tres.

—El agua es tan cristalina aquí. Es un lugar precioso.

—Siempre me ha gustado. Solía venir aquí de niño, inmediatamente después de darle una paliza a alguien o de intimidarlo hasta hacerlo llorar. —Lanzó la segunda piedra con efecto.

—Estoy segura de que creías que, si eras lo bastante malo, al final alguien le pondría coto a eso.

—Supongo. —Volvió a fallar—. Una más. —La piedra rebotó en la roca.

—Excelente. —Emma sonrió—. Y eso es lo que hizo Dallie, ¿verdad? Le puso coto.

—¿Quién te ha contado eso?

—Sumé dos y dos.

—Imagino que he tenido toda la psicoterapia que puedo soportar en un día. Además, la loca eres tú, no yo. Si no, pregúntale al padre Joseph.

Emma hizo una mueca.

—Me alegro de marcharme pronto. Jamás podré volver a mirar a los ojos a ese hombre.

A Kenny no le hizo gracia pensar en su marcha, aunque, al cabo de unos días, se estaría muriendo de ganas de librarse de ella.

—Le explicaré lo que sucedió. Al menos, la mayor parte. —Le rodeó la nuca con la mano y se la masajeó—. Si seguimos queriendo ir a Austin, deberíamos marcharnos. Podemos pasar primero por casa por si quieres cambiarte.

—Sí me gustaría.

Regresaron en el coche a casa, pero el dormitorio fue demasiado tentador, y nunca llegaron a Austin.

 

Torie había encerrado a sus emúes en el corral situado en la parte posterior de la finca de su padre. Al menos allí su capricho quedaba fuera de la vista, cuando no de la mente. Antes de divorciarse, cuando había vivido en Dallas, los había trasladado a un rancho en el sur de la ciudad, pero aquello había llegado a ser demasiado oneroso y había tenido que convencer a su padre para que la dejara trasladarlos allí. En ese momento había dieciocho de aquellos horribles sosias de avestruz de cuello y patas largas y plumas negras cenicientas. En ocasiones trataba de convencerse de que eran unos animales preciosos, aunque por lo general no malgastaba esfuerzos. Apartó la vista de un nido que contenía tres enormes huevos más color esmeralda.

—El que está junto a la valla es Elmer —dijo—. Es uno de los dos de la primera pareja de cría. Y allí, en medio del grupo, está su dama, Polly.

—¿Les pusiste nombre?

Ya se estaba arrepintiendo del impulso que la había llevado a invitar a Dexter para que viera a sus animales.

—¿Qué tiene de malo?

Dex bajó la vista hacia ella, y sus ojos moteados de verde tras los cristales de las gafas de montura metálica reflejaron una intensa curiosidad que a ella le resultó enervante.

—No soy ganadero —dijo él—, pero tengo entendido que, en general, se considera que es más difícil sacrificar animales a los que has puesto nombre.

La brisa de la tarde agitó un mechón de pelo en la mejilla de Torie.

—Y aun sin ponerles nombre, probablemente no habría podido hacerlos... bah, no importa. —Se metió impacientemente un mechón detrás de la oreja—. Invertir en emúes fue una estupidez, pero mi matrimonio con Tommy se estaba deshaciendo y en aquel momento me pareció una buena idea.

—Deseabas poder mantenerte. Es algo comprensible.

—Fue una estupidez.

Dex se metió las manos en los bolsillos de otro de lo que parecían ser una reserva interminable de pantalones caqui.

—Eres de las que asumen riesgos. Esas cosas pasan. Al menos, tratas de cumplir con tus responsabilidades. Tengo entendido que hay mucha gente que deja sueltos a sus emúes para no tener que alimentarlos.

—Soy una irresponsable, pero ni siquiera yo haría algo así.

—No me parece que seas una irresponsable.

Lo dijo con tanta sinceridad que Torie se sintió adulada. Era agradable sentir la aprobación de alguien tan serio como Dexter O’Conner. Aquel agradable sentimiento se evaporó al oír sus siguientes palabras.

—¿Has pensando en lo que quieres hacer con tu vida, en el caso de que nos casemos?

—¡Es que no nos vamos a casar!

—Probablemente, no. Pero si lo hacemos, tendrás que encontrar una manera mejor de pasar el tiempo que haciendo compras y preocupándote de tus emúes.

—Tengo una tonelada de dinero. Podría tirarme años comprando sin notarlo. —Torie se dio cuenta de que una vez más la había arrastrado a una discusión sobre lo impensable.

—Esa no es la cuestión. Cuando llegue a casa por las noches, probablemente querrás preguntarme qué tal me ha ido el día, y yo te hablaré de aquellos aspectos que pudieran interesarte. Pero luego, seré yo quien te pregunte cómo te fue el día, y lo único que podrás contarme es que en Nieman había una rebaja de ropa de deportes. Eso te resultaría humillante.

—Pero qué rarito que eres.

—No estoy hablando necesariamente de un trabajo a jornada completa. Pero ya es hora de que contribuyas al mundo con algo más que una cara bonita. Jamás serás feliz si no tienes una meta más elevada que ir de compras.

—¡Tú no tienes ni idea de lo que me hace feliz!

Él hizo caso omiso de aquello.

—Si pudieras hacer algo con tu vida, ¿a qué te dedicarías? Y no estoy hablando de criar hijos, porque los dos sabemos ya lo que pensamos al respecto, y solo el tiempo lo dirá.

Torie esperó a sentir la punzada de dolor que siempre le provocaba aquel tema, pero, por una vez, no apareció. No alcanzó a comprender la razón. ¿Qué tenía aquel cerebrito bobalicón que la hacía sentir tan cómoda? Pensó en el enfrentamiento que había tenido con su padre después de haberse enterado de que él había sido quien urdió el complot para casarla con Dexter. Su padre no había tratado de negarlo, y ni siquiera se había disculpado. Se había limitado a decirle que la quería y que ya estaba hasta las narices. Después, se había sentido una completa inútil.

—Lo único que sé hacer es decir palabrotas, jugar al golf y lucir la ropa.

—¿Y? —Dex esperó pacientemente.

—Y nada.

—Para las demás mujeres eso podría ser suficiente, pero no para ti. Eres mucho más inteligente.

Su expresión fue de tal seriedad que Torie no opuso resistencia.

—De acuerdo. Tal vez haya albergado la secreta fantasía de hacer algo con... —titubeó, y entonces pensó: ¿Por qué no?—. De hacer algo con la fotografía, quizá.

—¿La fotografía? Qué interesante.

Parecía interesado de verdad, y entonces Torie se dio cuenta de que deseaba contarle más. Empezó de forma titubeante, pero enseguida se animó con el tema.

—He aprendido mucho de Patrick durante el último año. Me ha prestado una de sus cámaras, y pasamos mucho tiempo juntos en el cuarto oscuro. Últimamente, hasta me deja que le revele algunas cosas. Dice que tengo buen ojo. —Se sintió avergonzada de su entusiasmo—. Puede que solo esté siendo amable.

—Seguro que no. —Pareció decirlo con tanta sinceridad que Torie se encontró esperando a que le dijera algo más.

—La verdad es que me encanta, Dex. En cuanto empiezo a trabajar, pierdo la noción del tiempo. Y he estado merodeando por los parques infantiles. Te lo juro, un día me va a detener la policía como personaje sospechoso, pero me encanta fotografiar a los niños. Son tan... —se interrumpió.

—No pasa nada, Torie. No me voy a burlar de ti.

No se le escapó el tono comprensivo de su voz, algo que a Torie le resultó detestable.

—Ni siquiera sé por qué seguimos con esta farsa. Reconociste que para ti era importante tener hijos, y sabes que soy estéril. ¿Por qué no me dejas en paz?

—Los médicos no han reconocido que seas estéril, así que ¿por qué habría de hacerlo yo? Pero si resultara ser cierto, podríamos adoptar.

Torie sintió aquel extraño golpazo en el pecho, como si el corazón se le hubiera parado.

—¿Harías eso?

—Por supuesto. Te dije que quería tener hijos.

—Tommy ni siquiera quiso hablar de adoptar.

—Mostraste mucha más sensatez comprándote los emúes que casándote con Tommy.

Ella se echó a reír.

—Tienes toda la razón. Pero Tommy era guapísimo.

—El aspecto no lo es todo. —Por primera vez pareció ponerse a la defensiva.

—Tú no estás mal, Dex. De hecho... bueno, no permitas que se te suba a la cabeza, pero de todos los friquis que conozco, eres el más guapo. Salvo Ted, aunque a decir verdad Kenny es casi el único que supera a Ted, así no tienes por qué enfadarte por eso.

—Y exactamente, ¿cuántos friquis conoces?

—Eh, que estás hablando con la princesa de los microchipes. No olvides que crecí rodeada de friquis. Cuando era pequeña, papá solía llevarme al trabajo con él.

—¿Y de verdad piensas que soy el más guapo?

Torie se esforzó en no sonreír. A su manera un tanto mema era realmente un cielo.

—Por supuesto.

—En otras circunstancias, me traería sin cuidado, ¿entiendes?, pero sé que te importa el aspecto físico.

Algo en su manera de ponerse ceremonioso y estirado, pero al mismo tiempo de mostrar preocupación, le llegó a Torie al corazón. Por no hablar de algunos otros sitios. No recordaba haberse sentido nunca tan confundida, y solo se le ocurrió una manera de hacer algo al respecto.

—Vale, Dex, he tomado una decisión. Te voy a poner a prueba.

—¿A qué te refieres?

—Vamos a hacer cochinadas, Dex. Tú, yo y un colchón. Creo que es hora de que ponga a prueba tus habilidades.

El envaramiento de Dex se esfumó, reemplazado por una expresión de diversión. Había algo en la manera en que sus ojos se arrugaban en las comisuras que hizo que aquellas espirales de calor que se habían estado desplegando dentro de Torie estallaran en llamas.

—Oh, ¿en serio que vas a hacer eso? Bueno, ¿y si te dijera que me estoy reservando para ser tu trofeo de la noche de boda?

—Estás de coña, ¿no? ¿No quieres acostarte conmigo?

—Casi no puedo pensar en otra cosa. Pero, hablando en plata, ¿para qué habrías de comprar el novillo si dejo que tengas el filete gratis?

—¿De verdad te consideras una especie de recompensa?

—Sin duda. —Sus ojos brillaron—. No quiero mostrarme arrogante a este respecto, y a buen seguro que no te lo habría dicho si no hubieras sacado el tema, pero resulta que soy un amante excelente.

—Bah, tío... —Torie puso los ojos en blanco.

Él se echó a reír, la atrajo entre sus brazos y le estampó un beso que la dejó sin resuello. En los lugares más recónditos de su mente, Torie percibió que él no era del todo indiferente al magreo, pero era una sensación agradable sentir su mano ahuecada en la teta, así que no tuvo ninguna prisa en apartársela.

Dex ponía toda la carne en el asador cuando besaba. Y mientras su lengua le hurgaba en la boca, trató de decirse que había algo patético en estar tan desesperada por el cariño de un hombre como para haberse rebajado a besar a Dexter O’Conner, aunque el beso en sí no parecía nada patético. Era dulce y erótico, y la dejó con ganas de más.

Se separaron, y cuanto Torie dejó de ver las estrellas, se dio cuenta de que el señor Sosainas estaba tan conmocionado como ella.

—De acuerdo —dijo Dex con voz insegura—. Me casaré contigo.

Torie se acurrucó en aquel pecho fuerte y caliente sintiendo el aliento de Dex en la frente, y durante una milésima de segundo deseó decir que sí.

—Ay, Dex... no tardarías ni un mes en lamentarlo.

—No, no lo haría. Y tú tampoco.

Torie debería haberse alejado sin más, pero algún diablo interior se lo impidió.

—Primero la cama. Luego, tomaré una decisión. No voy a comprar a ciegas.

Se la quedó mirando de hito en hito, y una sonrisa un tanto peligrosa le tiró de la comisura de la boca.

—Por el momento, vamos a seguir con la ropa puesta. Pero si cambio de opinión, serás la primera en saberlo.

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