Amor o chantaje

Susan Elizabeth Phillips · Capítulo 26 de 26

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Amor o chantaje

Epílogo

 

Emma desabrochó uno de los botones de la camisa azul claro que Kenny se acababa de abotonar.

—Me apetece pasar al punto número seis.

La mano de Kenny estaba caliente cuando le rodeó la cadera con ella.

—Rotundamente no. La última vez que insististe en el punto número seis tuve un tirón.

—Deja de exagerar. No tuviste ningún tirón.

—Pero casi. —Aquella sonrisa que reservaba solo para ella, se derramó sobre Emma—. Además, no es cosa de que las mujeres embarazadas anden por ahí haciendo el punto número seis.

Una de las mejores cosas de ver tan a menudo a Francesca era la de tener oportunidad de aprender de una maestra, y Emma consiguió poner morritos.

—Pero tengo muchas ganas.

Kenny le mordió el labio inferior... que era una de las mejores cosas de que pusiera morritos.

—¿Estás segura?

—Ajajá...

—De acuerdo, pues. Supongo que podemos dejar que Patrick entretenga a nuestros invitados hasta que bajemos.

—¡Los invitados! ¡Me había olvidado! —Se apartó de él de un salto y se dirigió con dificultad al armario empotrado, donde cogió un holgado vestido de tubo color café—. Dios mío, Kenny, llegarán de un momento a otro. Todo esto es culpa tuya. Si no hubieras empezado a besarme...

—Parece que no puedo evitarlo. Tú y tu gran barriga sois las cosas más lindas que haya visto nunca.

Emma le dedicó una amplia sonrisa. Solo estaba embarazada de tres meses, y su barriga no era ni mucho menos tan grande. Ni siquiera se lo habían dicho a nadie, aunque planeaban hacerlo ese día durante la cena de Acción de Gracias.

A ella y a Kenny les encantaba mantenerlo en secreto, hablando de ello en susurros poco antes de quedarse dormidos, discutiendo nombres, intercambiando sonrisas secretas. ¿Quién podría haber imaginado que un guapísimo granuja como Kenny Traveler podría disfrutar tantísimo de tener una esposa embarazada?

A Emma, su estado la había vuelto sensible, además de empañarle los ojos. Le encantaba estar casada con él, lo quería tanto que solo verlo entrar en una habitación la llenaba de gozo. Kenny estaba resultando ser un marido de lo mejorcito: apasionado, cariñoso y profundamente leal.

Y se sentía bastante orgullosa de sí misma por ser una esposa de lo mejorcito, al menos para él. Sabía que en parte era responsable de que Kenny hubiera dejado de permitir que su pasado condicionara su personalidad. Ahora era el hombre que debería haber sido desde el principio, alguien que estaba cómodo en su propio pellejo y que ya no hacía penitencia por su infancia.

Aunque le seguía gustando interpretar el papel de memo perezoso en el seno de la familia, nadie parecía llamarse a engaño. Y desde que se habían casado, su popularidad con el público había alcanzado su plenitud, en buena medida gracias a Francesca Beaudine, que se había saltado a la torera su inveterada política de no entrevistar golfistas —«los deportistas más aburridos del mundo»— en su programa especial mensual de la televisión Francesca Hoy .

La entrevista había tenido lugar en la galería del rancho, con Kenny y Emma en el sofá y Francesca elegantemente sentada en un sillón cercano. En el curso de la entrevista, Emma, entre otras cosas, había reducido a Sturgis Randall a cenizas. También había defendido a su marido con un humor y una energía que habían convencido al público norteamericano de que Kenny Traveler no podía ser tan malcriado como pensaban, no si había escogido para casarse a una luchadora tan práctica como Emma. No había sido ningún perjuicio que Francesca, que en ningún momento de su carrera había fingido ningún desapego periodístico, también se uniera a la defensa de Kenny.

—Ha sido la entrevista más vergonzosa por la que he tenido que pasar en toda mi vida —les había dicho después a Warren y a Dallie con un estremecimiento—. De la manera en que la acometieron esas dos mujeres, casi no pude meter ni una palabra de refilón. Prometedme una cosa los dos: si alguna vez Emma decide volver a arrastrarme así delante de las cámaras, que uno de los dos me pegue un tiro.

Mientras que Dallie se había echado a reír, Warren había fingido compasión, aunque Emma sabía que estaba encantado de que su hijo se hubiera reivindicado públicamente.

Al contrario que Sturgis Randall, Hugh Holroyd se había librado de la censura pública de Emma, pero solo porque había temido que el conde utilizara Santa Gertrudis para vengarse. En el momento de la entrevista, su permanente preocupación por el futuro del colegio había sido la única mácula en su felicidad. No obstante, no mucho tiempo después se le ocurrió un nuevo plan de acción. Tras docenas de llamadas telefónicas, ella y Penelope Briggs habían conseguido reunir a un consorcio de padres, alumnos, empresarios locales y diversos Traveler que querían comprar Santa Gertrudis. Desafortunadamente, Hugh había descubierto que Emma estaba detrás del negocio y se había negado a aceptar perversamente.

Hasta que Kenny intervino.

Emma se abrochó el último regalo de su marido alrededor del cuello, un imponente collar de delicados sarmientos de oro. Sonrió para sus adentros al recordar lo que había ocurrido en Royal Lytham y St. Annes tres meses antes, durante el Open británico.

El hacer un golf espectacular, unido a tener una esposa inglesa, había convertido a Kenny en el más popular de los jugadores norteamericanos para el público y la prensa británicos, e inmediatamente antes de que acometiera el último recorrido, le había pedido a Warren que hiciera una llamada telefónica a Hugh. Siguiendo las instrucciones de Kenny, Warren había advertido al duque de Beddington que Kenny iba a utilizar su conferencia de prensa de ese día para deleitar a la prensa con algunas historias fascinantes sobre los conflictos de su esposa con su antiguo patrón. A menos, por supuesto, que Hugh decidiera comportarse de manera razonable. Que Emma hubiera amenazado con la revelación a la columnista de jardinería de Lower Tilbey era una cosa, pero la CNN era harina de otro costal. Hugh había decidido admitir la oferta del consorcio y lavarse las manos con Santa Gertrudis.

Ahora, además de Emma y Kenny, Shelby Traveler también era copropietaria del antiguo colegio, un regalo sorpresa de cumpleaños de Warren para su anglófila esposa. Shelby se había convertido en una feroz guardiana de Santa Gertrudis, y, a sugerencia de Emma, había representado competentemente al consorcio en la última celebración del Día del Fundador.

En los meses transcurridos desde su matrimonio, Emma se había ido encariñando progresivamente, no solo con Shelby, sino también con Warren Traveler. Al estilo de los hombres, él y Kenny no hablaban demasiado de la circunstancia de que su relación se hubiera arreglado de una vez. En vez de eso, se limitaban a pasar el tiempo juntos: en el campo de golf, montando a caballo, jugando con Peter o simplemente disfrutando de las victorias de Kenny. A la sazón, este era uno de los jugadores con mayores ingresos de la gira, a pesar de que cada vez se había hecho más selectivo con los torneos que jugaba porque no quería separarse de ella.

Y esa era una de las mejores cosas del trabajo de profesora suplente de Emma. No solo tenía el placer de haber regresado a las aulas, sino que también podía viajar con Kenny siempre que quería. Tenía previsto proseguir con su escritos académicos cuando estuviera en casa con el bebé, y también estaba poniendo en marcha una serie de talleres de formación para profesores a fin de presentar cierta apasionante metodología en la enseñanza de los estudios sociales. Había presentado el primer taller la semana anterior, y había tenido un éxito enorme entre los profesores de enseñanza media de Wynette.

—Vamos, amor mío. —Kenny le rozó la punta de la nariz con el pulgar—. El actual campeón del Open británico necesita que le den de comer.

Una hora después, los ocho estaban reunidos en torno a la mesa del comedor para celebrar el primer día de Acción de Gracias de Emma y degustar las fuentes de comida con las que todos habían contribuido, preparadas siguiendo las instrucciones de Patrick. Peter estaba sentado en una trona entre Warren y Shelby, mientras que Torie daba de comer a Dexter unos trocitos especialmente jugosos de pechuga de pavo de su plato. Patrick rellenó las fuentes de servir y se inquietó por una corteza excesivamente churruscada de una de las tartas de calabaza que serían servidas cuando la familia Beaudine y Skeet Cooper se unieran a los postres.

—¡Me ha dado una patada! —gritó Torie a mitad de mordisco—. ¡Dex! ¡Toca!

Dexter palpó inmediatamente en el vientre de siete meses de Torie, mientras Shelby ponía los ojos en blanco.

—Sinceramente, Torie, se diría que crees que eres la única mujer en el mundo que ha tenido un bebé. Es la cuarta vez que haces que Dex te toque la barriga desde que Patrick sirvió el pavo.

—Si a mí no me importa. —Dexter se inclinó para acercarse y besó a su hermosa mujer en la mejilla.

Torie le devolvió el beso, y entonces se volvió hacia Shelby.

—Pues deberías dejar de quejarte o empezaré a describir todo lo que estoy haciendo para estar lista para la lactancia materna.

Todos rezongaron excepto Dexter, que parecía un hombre muy ufano de sí mismo.

Kenny sonrió cuando recordó el brindis que su hermana le había dedicado a su flamante marido en el banquete de bodas.

Esta va por ti, Dex, mi tercer y último marido, además de ser el amor de mi vida. ¿Te acuerdas que te dije que te reservaba una sorpresa para hoy? Pues bien, ¿a ver si adivinas qué es, mi guapísimo friqui? ¡Me has dejado preñada!

Desde entonces, no había habido quien viviera a su lado. Se pavoneaba cuando caminaba por la calle, sacando su barriga de embarazada para que todo el mundo la viera, e insistía en que todos, desde los camioneros que comían en el Roustabout hasta el nuevo amigo especial de Patrick, Raymond, le palpara los contornos. En la mesa de la comida, nada había que le gustara más que compartir los funcionamientos íntimos tanto de su aparato digestivo como excretor, hasta que todos, Emma incluida, terminaban por suplicar a Dexter que le diera otra zurra.

Los ojos de Kenny se movieron lentamente hacia el otro extremo de la mesa donde su esposa estaba sentada. Su esposa embarazada. Su amor lo había convertido en una persona mejor de lo que jamás hubiera soñado con llegar a ser. Y ella tenía al fin todos aquellas lazos que tanto había deseado después de años de soledad.

Intercambiaron una de sus sonrisas secretas que a Kenny le levantó el ánimo. Jamás hubiera imaginado que podría amar a una mujer como amaba a esa. Emma ladeó la cabeza hacia Torie y arqueó una ceja.

Él la entendió inmediatamente. Habían previsto compartir la noticia sobre su bebé con la familia ese día, pero Torie se lo estaba pasando tan bien pavoneándose de su asunto que Emma pensaba que debían posponer su anuncio y permitirla que siguiera siendo el centro de atención un poco más.

Kenny enarcó una ceja en respuesta. Torie no sabe lo afortunada que es de tener una cuñada como tú.

Emma arrugó la frente. ¿Te sentirías muy decepcionado si esperamos otra semana o así?

Kenny se rozó la comisura de la boca. Tal vez deberíamos negociarlo con el punto número seis.

Emma se echó a reír.

—Ya lo están haciendo otra vez —refunfuñó Shelby—. Esa conversación silenciosa.

—Pues no sé de qué te quejas —dijo Torie—. Tú y papá también lo hacéis.

Shelby depositó su copa de vino.

—Lo cual me recuerda... todos nos damos cuenta de lo mucho que os queréis tú y Dex. Así que, ¿por qué vosotros no lo hacéis?

—Yo lo intento, pero Dex es demasiado literal, y no pilla todos los matices.

Dex se mantuvo impertérrito ante su crítica.

—Pillo los matices. Lo que pasa es que prefiero la comunicación directa.

Torie se dio una palmadita en la tripa y le sonrió como un gato que se relamiera antes de comerse al canario.

—Sí, bueno, tu comunicación directa es bastante buena, la condenada.

Todos se echaron a reír, y Kenny pensó en lo afortunado que era.

Poco después de que acabara la cena, llegaron los Beaudine y Skeet. Ted, que ya era un empleado remunerado de la nueva empresa que se había creado después de la fusión, había llevado a su novia, una encantadora asistenta social de inteligencia sublime casi cinco años mayor que él, lo que parecía aceptable.

Todos insistieron en que estaban demasiado llenos para comer más de una cuña de tarta, tras lo cual pasaron a devorar el delicioso surtido de Patrick de tartas de calabaza y nuez. Torie sacó su flamante cámara y gastó todo un rollo de película solo en Peter. A continuación, todos se repanchigaron alrededor de la chimenea, demasiado llenos para hacer otra cosa que disfrutar de la mutua compañía.

—A ver si adivináis cuál es el ultimísimo rumor que circula por el pueblo —dijo Patrick.

Todos volvieron sus miradas hacia él.

—Bueno... —Prolongó el suspense recolocando un cojín—. Según Paulette Cot, que según parece lleva siendo la jefa de secretaría del instituto de Wynette desde hace años...

—Desde principios de la década de los sesenta —apostilló Dallie.

—Lo que sea... —Patrick se enfrascó en los flecos del cojín—. Pues según la señora Cot, parece que cierto historial académico permanente de un tal Kenneth Traveler ha desaparecido definitivamente.

—¿Lo dices en serio?

—¿Cómo podría ocurrir semejante cosa?

—La mujer está segura.

—Qué raro.

Se produjo un largo silencio. Y entonces todos se volvieron hacia Emma.

Kenny estuvo a punto de soltar una sonora carcajada cuando su esposa montó todo un numerito arreglándose el collar. Su propia defensora pública. Era bochornoso... aunque también fabuloso.

—No sé por qué me estáis mirando todos. —Incluso consiguió fruncir los labios, la misma imagen de la dignidad ofendida—. Como si fuera capaz de hacer algo semejante.

—Vaya si lo serías —Torie se echó a reír—. Y apuesto veinte dólares a que para el año que viene a estas alturas te las habrás arreglado para echarle el guante al accidentado historial universitario de Kenny.

Ni uno solo de los presentes aceptó su apuesta.

Mucho más tarde, cuando los invitados se habían marchado y volvían a tener de nuevo la casa para ellos solos, se fueron acostar, rodeándose mutuamente con el brazo. Pero cuando ni siquiera estaban a mitad de las escaleras, Kenny se detuvo para mirar fijamente a su esposa.

—Quiero algo de ti, Lady E. No hagas preguntas. Ni discutas.

—Ay, querido... eso parece peligroso.

—Sin duda lo es, pero aun así quiero que consientas.

Le miró con desconfianza.

Kenny sonrió.

—Lo único que quiero es que me quieras. Igual que te quiero yo a ti ahora mismo. Pero para el resto de nuestras vidas.

Los ojos de Emma relucieron. Y entonces Kenny supo —en lo más profundo de su corazón— que su pequeña y marimandona rectora haría exactamente lo que le pedía.

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