Amor o chantaje
Capítulo 11
No eran todavía las nueve, y las luces seguían encendidas en el interior de la parafarmacia cuando Kenny aparcó en batería en una plaza cerca de la puerta principal.
—Tardo un minuto. Se me rompieron los cordones de mis zapatos de golf preferidos, y necesito cambiarlos.
—Le acompañaré. Quiero comprar unos carretes de fotos.
Aunque la tensión entre ellos había desaparecido, Kenny no se había esforzado nada en hablar desde que se marcharan del hogar de su familia. Emma ya se había disculpado, y no tenía ninguna intención de arrastrarse. El siguiente movimiento le tocaba a él.
Entró mientras él le sujetaba la puerta. Kenny se dirigió de inmediato al fondo de la tienda para buscar los cordones, y ella se acercó al expositor de carretes. Para ser las nueve, la tienda estaba abarrotada. Emma estaba a punto de decidirse en su compra cuando alcanzó a ver que entraba en la parafarmacia el hombre cuadrado que la había seguido al interior del Roustabout. Sus miradas se encontraron durante un instante antes de que el hombre apartara la suya.
El pulso se le aceleró, e inmediatamente se arrepintió de haberse puesto su conservador vestido amarillo. Entonces se le ocurrió que, después todo, a lo mejor no tenía que dar por perdido el día, aunque tenía que actuar con rapidez. ¿Qué cosa escandalosa podía hacer en una parafarmacia?
Su sabueso estaba fingiendo examinar una muestrario de cremas solares. Sin darse siquiera tiempo para pensar, agarró uno de los pequeños carritos de la compra y salió volando por el primer pasillo, moviendo rápidamente la mirada a izquierda y derecha. Cogió un libro, lo arrojó al carrito y dobló una esquina. Su mirada recorrió automáticamente los estantes de los champúes. Localizó una botella de plástico y la arrojó al carrito. Sin tiempo para reflexionar, se metió por otro pasillo y acrecentó sus compras. No pretendía tomar decisiones racionales; sencillamente tenía que actuar.
Más pasillos, más artículos, hasta que el fondo de su carrito quedó sembrado de compras. El tipo cuadrado le echó un vistazo cuando Emma se acercaba a la parte delantera, y entonces empezó a caminar despreocupadamente hacia la cajera. Tenía que llegar antes allí para que el sujeto pudiera echarle un buen vistazo a lo que había comprado, y estuvo a punto de volcar el carro en su apresuramiento por colarse delante de él.
Jadeaba ligeramente cuando se paró en seco delante de la cajera, que era una adolescente de rostro anodino y labios pintados de marrón oscuro. Notó que el sabueso se acercaba por detrás y empezó a descargar sus compras. Se tomó su tiempo para asegurarse de que todos los artículos quedaban colocados de manera que él pudiera verlos con claridad. La cajera empezó a escanearlos, y entonces, cuando vio lo que estaba escaneando, se paró. Clavó una mirada de curiosidad en Emma.
Aunque no fue fácil, Emma no perdió la compostura.
—¿Le importa añadir un paquete de Camel, por favor? —Cogió de la rejilla un periódico sensacionalista con una foto de Elvis besando a la princesa Diana—. Y esto.
La cajera se volvió para coger los cigarrillos, y Emma se arriesgó a echar una mirada de soslayo al tipo cuadrado. El sabueso miraba embobado sus compras.
Le temblaron las manos cuando sacó la tarjeta de crédito de la cartera. ¿Había cambiado por fin su suerte? Sin duda alguna aquello sería suficiente para convencer a Beddington de que había cometido un terrible error.
La cajera lo metió todo en una bolsa, y Emma se hizo a un lado para esperar a Kenny. El tipo cuadrado compró un bote de crema solar y se marchó de la tienda. Lo vio detenerse en el exterior y cruzar luego la calle, y hubiera apostado todas sus pertenencias a que estaría acechando en su coche cuando salieran.
Kenny se acercó a la caja registradora y pagó sus cordones.
—Lo siento, he tardado mucho. Tuvieron que ir a buscar los de la longitud adecuada. —Vio la abultada bolsa de plástico que llevaba Emma—. Esos son muchos carretes.
—Necesitaba otras cosas. —Entrelazó las asas para que él no pudiera ver el interior y se arrimó la bolsa al cuerpo. Kenny se la quedó mirando un instante y echó a andar hacia la puerta.
Cuando salían de la tienda, Emma miró a todas partes buscando un Taurus verde oscuro, pero había varios coches aparcados en la calle y no podía buscarlo sin que resultara patente lo que hacía. Sin embargo, sabía que el hombre estaba allí, lo que significaba que se le brindaba otra oportunidad de oro. El corazón se le puso a cien.
¡Ahora!
Volviéndose rápidamente, se abalanzó sobre Kenny. Cogido por sorpresa, este se tambaleó de espaldas y acabó chocando contra la pared de ladrillo que separaba la parafarmacia de una lavandería. Haciendo caso omiso del gruñido de dolor de Kenny, Emma se restregó el cuerpo contra el suyo. La bolsa de la compra aporreó a Kenny en el muslo cuando ella le rodeó el cuello con el brazo que le quedaba libre y lo besó con todas sus fuerzas.
Las palabras de Kenny salieron apagadas mientras movió los labios bajo los de ella.
—¿Qué ‘oño’ ‘stá haciendo?
—Be’andole. —Siguió refrotándose la boca sobre la de él mientras hablaba y movía el cuerpo—. ‘odéeme ‘on su brazo.
—¿Por qué se ‘ontonea así?
—Me estoy ‘eslizando.
—¿Qué se está qué? —Kenny empezó a apartar la cabeza, pero le tenía los dedos hundidos en el pelo para que no se moviera. Sus dientes chocaron.
—‘inja que me ‘stá ‘esando.
—¿‘ás órdenes, Emma?
Lady Emma sintió que la mandíbula de Kenny se tensaba, y supo que su mala costumbre de tomar la iniciativa lo había hecho estallar de nuevo. ¿Por qué no había sido menos directa?
Kenny estaba preparado para apartarla de un empujón, pero no podía hacer eso... sobre todo cuando todo estaba yendo tan bien. Y ella no lo iba soltar.
Emma aflojó la presión de la boca, separó los labios y le entregó todo lo que tenía.
Los segundos transcurrieron. Bueno, caramba... Sin duda era el hombre más inteligente de la tierra; no había necesitado más que un instante para ver las cosas como ella. Sentía sus manos calientes contra la espalda, relajó la boca en respuesta a la suya, y la abrió.
La lengua de Kenny se movió, penetró sin dificultad, y Emma se olvidó por completo del tipo cuadrado y de dar órdenes. En vez de eso, el mundo se partió con un crujido y la engulló.
La certeza de que se había estado muriendo de hambre estalló en su cabeza mientras se ponía las botas con el beso. Quería sentir la boca de Kenny por todas partes, en los pechos, en la cintura, entre las piernas. ¡Sí, exactamente allí! Deseaba que todo él la amara y la llenara. Deseaba sentir su peso inmovilizándola, experimentar la resistencia de sus pieles desnudas frotándose entre sí.
Estaban haciendo ruidos, carnales, obscenos; Kenny estaba empalmado, listo para penetrarla, y ella lo deseaba con tanta desesperación que casi se echó a llorar de alivio cuando él le ahuecó la mano en la nalga.
La hizo girar sin interrumpir el beso de manera que ella quedara contra el ladrillo y la protegiera de la calle con su cuerpo. Le metió la mano bajo el vestido por la parte exterior del muslo. Emma llevaba sandalias, sin medias... ¡benditas piernas desnudas!
Kenny curvó sus fuertes dedos alrededor de la cara interior de sus muslos. Ella separó las piernas, invitándole a aquel lugar al que pertenecía. Su mano llegó allí, se ahuecó sobre ella, le acarició...
El claxon de un coche atronó.
Kenny sacó la mano como un rayo de debajo de la falda y retrocedió de un salto. Emma se derrumbó contra la pared de ladrillo. Los dos respiraban con dificultad.
Kenny se pasó los dedos por el pelo.
—¡Joder!
Ver aquella expresión de furia en su cara la frustró. ¿Cómo era posible que tuviera esa expresión después de lo que acababan de pasar juntos?
La agarró por el codo y empezó a arrastrarla hacia el coche, mientras el hermoso beso compartido yacía en ruinas alrededor de ambos.
—¡No vuelva a hacer nada parecido nunca más!
Emma tenía que contraatacar, pero estaba demasiado agotada para reunir las palabras adecuadas. Kenny la metió de un empujón en el coche, y siguió desahogándose cuando subió al vehículo.
—¡Estuvimos a punto de hacerlo! ¡Ahí mismo, en medio de la calle más concurrida de Wynette, Tejas! —El Caddy salió disparado de la plaza de aparcamiento—. Unos segundos más, y habría tenido la falda levantada por la cintura y yo la bragueta bajada, y no intente negarlo. ¡Me cago en todo, Emma! Ayer le dije que no iba a permitir que nada me impidiera regresar a la gira, pero por lo que se ve no prestó atención. O puede que olvidara que casualmente este es el pueblo natal del comisario y que todo el mundo lo conoce.
Ella no dijo nada.
Kenny entró en la autopista a toda pastilla.
—Mañana por la mañana se habrá enterado de todos los detalles, de que le estaba metiendo mano a la querida y virginal amiga de su esposa en mitad de la calle mayor. Por si no ha pillado la cuestión, ¡esa no era la mejor manera para que cimentara mi reputación de atleta con unas sólidas cualidades morales!
—Por favor, deje de gritarme de una vez. —Quizás el hecho de que se lo hubiera dicho en voz baja en lugar de gritarle a cambio hizo que la mirara de reojo.
Kenny arrugó la frente y suspiró.
—De acuerdo. Sé que no todo es culpa suya. Podía haberme apartado. Debería haberlo hecho. Pero, maldita sea, Emma, soy un hombre, y esa boca suya...
—Ya he oído más que suficiente sobre lo marimandona que soy. Si mis cualidades de líder amenazan su masculinidad, entonces tendrá que aguantarse, así de sencillo.
Traveler pareció sorprendido.
—No estaba hablando de sus dotes de mando; estaba hablando de su... Bah, da igual. La cuestión es que si hubiera sabido que le resultaba tan irresistible, podríamos habernos ocupado de ello en privado.
Le resultaba irresistible, pero en todo lo que la fastidiaba.
—Eso no tuvo nada que ver con que sea irresistible. Tuvo que ver con que estaba a mano. El hombre que Beddington contrató me estaba vigilando, y tenía que hacer algo escandaloso.
—¿De verdad la está siguiendo alguien?
—Ya le dije que ocurriría. Anoche apareció en el Roustabout.
—¿Qué aspecto tiene?
—Un hombre grande, de cabeza muy redonda, casi calvo, y con un pelo como pajizo. Puede que conduzca un Taurus verde oscuro. ¿Lo conoce?
Se la quedó mirando fijamente durante mucho tiempo.
—Tal vez.
—Kenny, solo me quedan diez días antes de regresar a Inglaterra.
—Tengo muy presente esa circunstancia. —Los faros de un coche que venía de frente le iluminaron la cara a franjas—. ¿Así que antes estaba siendo utilizado?
—Era necesario —dijo ella fríamente. Y entonces, para recuperar el orgullo, añadió—: Era el único hombre que estaba cerca.
Kenny le echó una larga mirada y bajó la mano por el volante.
—Ni se le ocurra siquiera intentar algo así con Dexter o Ted Beaudine, ¿me oye? Se lo digo en serio, Emma. Esos hombres están vetados. Todos los hombres están vetados.
—La historia de mi vida —masculló ella.
—¿Qué quiere decir eso?
—Nada. —Ya podía haberse mordido la lengua, así que cambió rápidamente de tema—. Me lo pasé en grande observando a Peter esta noche. No quiso estar con nadie que no fuera usted en toda la velada.
—Salvo con su madre cuando llegó la hora de comer. —Disminuyó la velocidad cuando la carretera que conducía a su rancho se hizo visible—. Quiero que sepa que agradezco lo que le dijo a Shelby esta noche, por no hablar de la manera en que soportó a todos. He decidido perdonarla por lo que ocurrió esta tarde.
—Hurra —le retrucó ásperamente.
Kenny dobló en el camino y la miró.
—¿Va a ser despiadada?
—Creo que sí.
—Creo que exageré un poco. Debería haber tenido en cuenta sus impulsos filantrópicos cuando me abofeteó. Hirió mis sentimientos, eso es todo.
—Bien, sin duda sé como sienta eso —dijo, lanzándole una indirecta.
Kenny giró para entrar en el garaje, que se abría a un lado de la casa.
—Si está tratando de sugerir que he herido sus sentimientos, olvídelo. Los dos sabemos que eso es imposible, porque le importa un pito que tenga buena opinión de usted.
—Eso es cierto —respondió, solo para irritarlo.
Pero no dio resultado, porque Kenny sonrió burlonamente y le cogió la bolsa de plástico del regazo.
—Meteré esto por usted.
—No, yo... —Pero ya la había cogido, y Emma tuvo que entrar corriendo en la cocina detrás de él.
La luz que Patrick había dejado encendida arrojaba un leve resplandor sobre los muebles de la zona de estar, además de en los coloristas óleos de las paredes, pero estaba demasiado decidida a recuperar su bolsa para apreciar la decoración. Cuando Kenny se dirigió a la mesa del comedor, para su desgracia vio que las asas que había entrelazado se habían desatado un poco.
Kenny dejó la bolsa sobre la mesa de forma que esta cayó de costado, volcando parte de su contenido.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí?
Emma se lanzó hacia delante, pero él ya había cogido el primer artículo que se había esparcido por la mesa.
—¿Pomada antihemorroidal? Esto supera un tanto lo que deseaba saber sobre usted, Lady Emma.
—No es... en realidad no tengo... ¡Devuélvame eso!
Haciendo caso omiso, metió la mano en la bolsa y sacó un libro en rústica.
—Contestando al Prozac. Asegúrese de decirme qué decir exactamente.
—¡No! —Emma pegó un salto hacia delante cuando la mano de Kenny rodeó una botella de plástico—. ¡Déme...!
Traveler extendió la botella fuera de su alcance y examinó la etiqueta.
—Buenoooo, ¿quién habría imaginado que un miembro de la aristocracia británica tendría un problema de piojos?
—Es estacional —consiguió articular ella.
Kenny apartó los Camel, el periódico sensacionalista y un equipo de prueba de embarazo prematuro para coger una serie de cajas pequeñas.
—Sheik Lubricados, Trojan Corrugados, Ramses Extra, Class Act Ultrafinos. Supongo que ya sé a quién pedírselos prestados si alguna vez me quedo sin condones. —Apartó un paquete de cuerda para tender—. Ni siquiera le voy a preguntar por esto.
Solo quedaba un artículo en la bolsa. A lo mejor no lo había visto. A lo mejor no...
—Bueno, ¿qué es lo que tenemos aquí? —Lo sacó y lo levantó en el aire—. Humectante vaginal. —La cejas de Kenny se levantaron de golpe y se juntaron—. ¿Para qué coño es esto?
Emma enrojeció hasta la raíz del cabello.
—Bueno, no lo sé bien... Yo diría que es para...
—¡Bueno, hasta aquí hemos llegado! Ya es bastante grave que todo el pueblo vaya a pensar que me estoy acostando con una extranjera llena de piojos, con almorranas, deprimida, a la que le gusta que la aten y que además podría estar embarazada... aunque, puesto que acaba de monopolizar el mercado de los condones, no me imagino cómo podría haber ocurrido eso. Peo no voy a permitir, ¡escúcheme bien, Emma!, bajo ningún concepto voy a permitir que nadie piense que una de mis mujeres necesita un humectante vaginal, ¿me ha oído?
—Eso fue... —Tragó saliva y trató de hablar con tranquilidad—. Fue una compra compulsiva.
Kenny soltó un bufido.
—Le dije que el hombre de Hugh me estaba siguiendo. Entró en la parafarmacia, así que compre todo eso a boleo.
—¿Que estaba en la parafarmacia?
—¡Y lo vio todo! —Su entusiasmo salió, desbordante, a la superficie—. ¡Y creo que funcionó! Sobre todo con lo que ocurrió entre nosotros fuera de la tienda. Ya sé que no le hizo ninguna gracia, pero se lo explicaré a Francesca la próxima vez que hablemos. Beddington se va a horrorizar cuando se entere, y, mañana a estas horas, el compromiso se habrá roto.
—¿Eso es a lo que se reduce su fantástico plan? A convencer al duque que nosotros dos estamos teniendo un lío.
—Bueno, no empezó de esa manera. De verdad. Pero tengo que arreglármelas con lo que tengo.
—Y supongo que eso soy yo. —Kenny se pasó el humectante vaginal de una mano a la otra y adoptó un aire pensativo—. Emma, está complicando esto demasiado. Llámelo sin más y dígale que no se va a casar con él. No es correcta la manera en que se está dejando mangonear por él.
—No puedo hacer eso. Si lo enfado, cerrará Santa Gertrudis. Tengo que ser sutil.
—¿Sutil? —Kenny sacudió la cabeza—. Lo que es indudable es que le está dando un nuevo significado a esa vieja canción sobre el ser fiel al colegio de uno.
—No es solo un colegio. Es mi...
—Lo sé... es su hogar. Y ya me perdonará por puntualizar que resulta más que patético, aunque, después de lo que vio sobre mi familia esta noche en la cena, supongo que no soy quién para hablar.
Emma titubeó.
—Peter es un verdadero encanto.
Kenny sonrió.
—Ya le he hecho cortar un par de hierros, en espera de que sea lo bastante mayor para ponerse a golpear una bola.
—Estoy segura de que le encantará. Sobre todo si usted lo acompaña.
Se hizo el silencio entre ellos. Era de noche y la casa estaba tranquila. Emma clavó la mirada en la boca de Kenny, y se acordó del beso. No estaba muy segura de si él lo recordaría.
—Voy a nadar un rato —dijo él de pronto—. Hasta mañana.
Empezó a marcharse, y entonces pareció acordarse de lo que estaba sujetando y se volvió para poner el tubo de humectante vaginal en las manos de Emma.
—Debería conservarlo por si pierde el juicio completamente y se decide a seducir a Dexter O’Conner.
Antes de que pudiera contestarle, desapareció.
Torie estaba sola en el patio fumando el último cigarrillo de la noche. No paraba de decirse que lo iba a dejar, y que esta vez lo haría. En cuanto su vida se calmara.
Una luz parpadeó sobre ella en la habitación de Peter. Shelby había entrado para echarle un vistazo a su hijo.
El corazón de Torie se encogió de envidia. Peter era tan adorable, tan perfecto. Lo quería con todo su corazón, y sin embargo casi no soportaba su visión. Solo en una ocasión Shelby había abordado la cuestión de que Torie fuera su tutora, y eso había ocurrido poco después del nacimiento del niño. Torie se había asegurado de que nunca más volviera a suscitarse el tema.
La puerta que daba a la casa se abrió. Levantó la vista, esperando ver a su padre, pero en su lugar apareció Dexter O’Conner.
—¿Qué coño haces aquí?
—Tu padre me dejó entrar. Se me invitó a la cena, pero tuve una reunión de trabajo y no me pude escapar.
A Shelby no le habían dicho que Dexter estaba invitado. Una traición más.
Dex hundió las manos en los bolsillos y miró fijamente al cielo. A Torie le llegó una tufarada de su colonia; olía tan fresca y limpia como el aire.
—Hace una bonita noche.
Algo parecido al sobrecogimiento resonó en la voz de Dexter, como si la noche clara y estrellada fuera mágica y no algo bastante frecuente. Torie tuvo que obligarse a no levantar la vista para ver lo que se estaba perdiendo. En vez de eso, se cruzó de brazos y lo fulminó con la mirada.
—Estoy empezando a estar asqueada de esto, Dexter. Hay leyes contra el acoso.
—Qué acoso ni que niño muerto, Victoria. La otra noche no sabía que ibas a ir al Roustabout. Y esta noche me han invitado.
—Permíteme que sea clarita. No me gustas nada, y no quiero volver a hablar contigo nunca más.
—A decir verdad, no nos conocemos tanto como para que te desagrade. ¿Sabes?, si pudieras dejar de estar tan asustada por la situación, podríamos arreglar todo este desaguisado con mucha más facilidad.
—¿Asustada? ¿De un tonto del culo como tú? No te hagas ilusiones.
—Si no estuvieras asustada, tendrías ganas de hablar conmigo para que pudiéramos resolver esto.
Tenía razón, pero ella no lo admitiría jamás.
—No hay nada que resolver. ¡No me quiero casar contigo! No lo puedo dejar más claro.
Dex levantó la vista al cielo, y entonces inclinó la cabeza como si quisiera mirar las estrellas desde un ángulo diferente. Torie no pudo por menos que reparar en las líneas fuertes y definidas de su perfil. Tenía una frente ancha, una nariz bonita y una boca que, para su inquietud, no era poco sensual. La sorpresa que le causó la boca, junto con la serenidad con que se enfrentaba a las turbulentas emociones de Torie, la enfureció.
—¿Sabes qué es lo que pienso? Pues pienso que has sido tú quien ha tramado todo este asunto. Me deseas, pero sabes que nunca miraría dos veces a un idiota como tú, así que tramaste todo este plan y luego convenciste a tu padre para que lo secundara.
La miró ligeramente sorprendido.
—¿Es eso lo que crees?
—Joder, puedes estar seguro.
—Fascinante.
Cuando Dex se dirigió con aire despreocupado hacia el banco, Torie se encontró examinándole los hombros bajo aquella arrugada camisa de algodón. No eran excesivamente anchos, pero parecían fuertes.
Dex se dio la vuelta, y Torie tuvo la extraña sensación de que él podía leerle los pensamientos.
—Porque, de hecho, fue idea de tu padre.
—Sí, claro —retrucó ella en tono de burla.
Dex se metió las manos en los bolsillos, estirándose los pantalones sobre un abdomen muy firme.
—Al contrario de lo que pareces pensar, nunca me ha resultado tan difícil encontrar compañía femenina. —Se acercó al banco para sentarse y estiró las piernas—. En cuanto a mi padre... —Durante un instante, Torie creyó ver cierta mirada de diversión en sus ojos, aunque eso era imposible, toda vez que él carecía de sentido del humor—. Para ser sincero, no le gustas demasiado. Pero quiere la fusión, y tu padre le dejó muy claro que esta era la única manera de que accediera a ella.
Torie respiró ruidosamente.
—¡Estás mintiendo! ¿De verdad piensas que me voy a creer que fue idea de mi padre?
De nuevo vio aquel brillo en sus ojos que, en cualquier otro, solo podría haber sido de diversión.
—Por lo que se ve anda loco por deshacerse de ti.
A Torie le entraron ganas de arrojarse a su cuello, igual que había hecho la noche anterior, pero se sentía demasiado paralizada para moverse. ¿Cómo se atrevía a sugerir siquiera que su padre estuviera detrás de aquello? ¡Era cosa del padre de Dex! Tenía que serlo.
—Si tú y tu hermano hubierais estado dispuestos a hablar conmigo anoche —dijo Dex en voz baja—, os lo podría haber explicado.
El corazón le latía con tanta fuerza que Torie sintió el impulso de apretarse las manos contra el pecho para evitar que le rompiera la piel.
—Papá jamás habría propuesto algo tan horrible por propia iniciativa. Sé que estás mintiendo. No tengo más que preguntarle.
—Confío en que lo hagas. Y descubrirás que Warren es el que está haciendo el chantaje, y que yo soy el rescate. Si mi padre quiere la fusión, tiene que entregarme.
—¡El rescate! —Unas chispas titilaron tras los párpados de Torie—. ¡Escúchame bien, piltrafa! ¡Casarte conmigo sería lo mejor que podría pasarle a tu lamentable existencia!
La miró con aire pensativo.
—Eso es más que discutible. Porque si bien es verdad que eres muy guapa, también lo es que eres una mujer muy difícil.
Torie intentó asimilar el hecho de que Dexter O’Conner, el mayor cretino de Wynette, Tejas, tal vez no la deseara.
—¡No lo soy!
—Has fracasado por dos veces en el matrimonio —dijo él con lentitud—. Tienes unos antecedentes familiares de inestabilidad. Y hablas como un camionero. Estoy seguro que podrías ganarme en cualquier deporte que te propusieras. Y además fumas, lo cual detesto, aunque comprendo que es un indicio de la poca consideración en la que te tienes. —Hizo un pausa, y cuando volvió a hablar su voz se fue haciendo cada vez más amable—. Y también parece que no puedes tener hijos.
Fue como si le hubiera pegado.
—Gilipollas. —La voz le salió forzada, con dificultad—. ¿Quién te ha contado eso?
Se levantó y se acercó a ella, deteniéndose a unos centímetros.
—Wynette es un pueblo pequeño.
—Largo de aquí.
—No intento herirte. —Lo dijo con una amabilidad que se pareció demasiado a la compasión—. Pero no te voy a engañar, y es de justicia que te diga que me gustaría muchísimo tener hijos.
Las lágrimas le escocieron detrás de los ojos, pero Torie se negó a dejarlas que se formaran.
—Entonces es buena cosa que no te cases conmigo, porque estoy tan seca como el Sahara, eh, hijo de puta.
—Eso no es lo que tu padre me dijo. Me explicó que no podías concebir por motivos fisiológicos. Por su parte, Shelby cree simplemente que tu cuerpo está esperando a que aparezca el hombre adecuado. Improbable, pero por otro lado, ¿quién sabe?
Torie apenas consiguió que las palabras salieran a través de la opresión que sentía en la garganta.
—¿Hablaron de esto contigo?
—Salió a colación.
Se sentía tan traicionada que no era capaz de hablar. Shelby había sido en tiempos su mejor amiga. Y en cuanto a su padre... durante años había sido el único puerto seguro de su vida. Y entonces Shelby lo había seducido y la relegó a un segundo plano. Y ahora su padre quería extirparla de su existencia cotidiana para poderse concentrar en su nueva familia. Era una ironía que Kenny, el malvado torturador de su infancia, se hubiera convertido en la única persona fiable de su vida.
El orgullo actuó, y levantó la cabeza.
—Para alguien que siente tanta repulsión por la idea de casarse conmigo, parece evidente que has hecho muchas preguntas.
—No he dicho que sintiera ninguna repulsión. Da la casualidad de que me siento fuertemente atraído por ti.
Sus palabras fueron como una pequeña tirita sobre las heridas abiertas, suficiente para que Torie encogiera el labio y dijera en tono de burla:
—Como si fuera una noticia fresca.
Él sonrió.
—Es algo de lo más raro. No soy un tipo violento, pero desde que Ted hiciera ayer aquel comentario sobre la necesidad de que alguien te zurrara la badana, no he dejado de tener la imagen recurrente de tumbarte boca abajo sobre mi regazo.
Una ráfaga de calor salió disparada por el torrente sanguíneo de Torie. Y como no le gustó ni un pelo, dijo despectivamente:
—¿Y voy vestida?
Dex pareció pensar en ello.
—Tienes una falda larga sobre la cabeza. Y las bragas te cuelgan de un tobillo.
El calor de su interior subió de golpe diez grados, y se dio cuenta de que el mayor necio de Wynette, Tejas, acababa de ponerla cachonda. Se sintió desorientada. Se suponía que la escandalosa tenía que ser ella. Al mismo tiempo, no podía permitir que supiera que había sido más hábil que ella.
—¿Y qué va a pasar entonces, Dex? ¿Te quieres casar conmigo o no?
—No estoy seguro. Probablemente no. Por otro lado, está esa atracción. Sin embargo, no puedo admitir que tu padre me manipule de esa manera.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
—Sí, claro, podría habértelo dicho desde un principio si no hubieras decidido enfocar la situación desde las emociones en lugar de hacerlo desde la lógica.
—Pues muy bien, señor Lógico, ¿cuál es la solución?
—En realidad es muy simple. Es lo que intentaba decirte anoche. Tenemos que pasar algún tiempo juntos. Ninguno de los dos puede convencer a tu padre de que retroceda si no hemos hecho siquiera el esfuerzo de ver si podemos llevarnos bien.
—¿Y cómo vamos a llevarnos bien? No tenemos ni una sola cosa en común.
—¿Te olvidas de la atracción sexual?
—¡Eres tú el que siente la atracción sexual! A mí me pareces un tonto del culo.
Dex levantó la mano y se quedó mirando fijamente su extremidad.
—Es algo de lo más increíble... la palma me está picando de verdad. Nunca imaginé que sentiría el impulso de darle una azotaina a una mujer.
De nuevo aquel ligero estremecimiento de excitación. A lo mejor Dex no era tan coñazo como sospechaba.
—Sí, bueno, seríais necesarios tú y toda la defensa de los Dallas Cowboys para lograrlo.
—Soy más fuerte de lo que aparento, Victoria.
—¡Quieres dejar de llamarme así!
—¿Dejarás de fumar?
—¡No!
—Muy bien... Victoria.
Algo dentro de Torie reaccionó, y se abalanzó sobre él. No pudo evitarlo. Se mostraba tan engreído, tan superior y condescendiente, que quería partirle la cara, pero se conformaría con empujarlo contra la pared de estuco.
Por desgracia, cuando los pulpejos de sus manos le atizaron en el pecho y él no se movió, se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil. Dex le agarró las muñecas. Torie lo miró fijamente a los ojos grises jaspeados de verde y experimentó la inquietante sensación de que él estaba intentando ver a través de las defensas que había levantado con tanto esmero. La idea la paralizó.
Solo se recuperó cuando se dio cuenta de que Dex iba a besarla. Muchos hombres habían querido hacer exactamente eso, así que no se sorprendió; lo que sí la sorprendió fue lo mucho que deseaba que lo hiciera.
Cerró los párpados lentamente. Sus cuerpos se encajaron. Torie notó el pecho duro y delgado de Dex apretándose contra sus pechos. Le acarició la mejilla con los labios, y ella inclinó la boca para buscar la suya.
—Estoy impaciente por besarte —dijo Dex—. Pero quiero que sea perfecto. Terminaremos esto en cuanto dejes de oler a trabajo.
Torie abrió los ojos de golpe.
Él le dio un besito en la punta de la nariz, hecho lo cual la apartó como si fuera una niña adorable aunque insoportable.
—Ya te he dado mi opinión de cómo deberíamos abordar esto. Ahora es cosa tuya.
Después de echar un último vistazo al cielo nocturno, la dejó sola.
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