Amor o chantaje
Capítulo 12
Emma estaba que echaba chispas cuando terminó de desayunar. Una vez más, Kenny se había marchado a entrenarse antes de que hicieran planes para el día. Su calendario de investigación se estaba retrasando lamentablemente. Kenny olvidaba una y otra vez que supuestamente estaba a su servicio.
El teléfono sonó dos veces, y al cabo de un instante Patrick la llamó desde la segunda planta.
—Es para usted, y creo que me voy a desmayar. El hombre dice que es duque.
¡Por fin! Beddington se había enterado de lo de la noche anterior ¡y la llamaba para romper el compromiso! Cruzó volando la cocina, respiró hondo y cogió el teléfono que colgaba de la pared cerca de la encimera.
—Buenos días, excelencia.
—Emma, querida, me he enterado de algunas noticias preocupantes.
Expectante, Emma tensó los músculos. Había llegado el momento, pues. En pocos minutos se vería libre de él, y si la suerte la acompañaba, Santa Gertrudis estaría a salvo.
—Me ha llegado la noticia de que la vieron comprando un periódico sensacionalista. Una nimiedad, lo admito, aunque no por eso deja de ser turbador. No tenía ni idea de que leyeras esa clase de basura.
Emma arrugó la frente. Comprar un periódico sensacionalista había sido su acto menos escandaloso. ¿Qué pasaba con lo demás?
Esperó, a ver si mencionaba las demás compras que había hecho o comentaba la circunstancia de su mal comportamiento en el Roustabout. ¿Y qué pasaba con el hecho de que hubiera besado a Kenny delante de la parafarmacia?
—Si tenías que leer esos periodicuchos abominables, al menos haber hecho que otra persona te los comprara.
Emma contuvo la respiración y esperó a que hiciera algún comentario sobre el test de embarazo, los condones ¡y el champú para los piojos!
—Ah, casi me olvidaba. Mi hermana me pidió que te dijera que te ha encontrado un vestido para la fiesta del compromiso. Te lo tendrá esperando cuando regreses.
Emma se hundió en uno de los taburetes forrados de chintz de la encimera, intentando pensar en algo que decir.
—¿E-está haciendo que me sigan?
—¿Seguir? Por supuesto que no. Sencillamente tengo mis fuentes.
—¿Y eso es todo lo que le dijeron sus fuentes? ¿Qué compré un periódico sensacionalista?
—No consigo entender por qué habrías de estar interesada en semejantes babosadas. Sin embargo, si ese es tu peor pecado, estoy seguro de que podré vivir con ello. Anne, mi segunda esposa, era muy aficionada a los periódicos sensacionalistas. —Hubo una pausa mientras se apartaba del auricular para hablar con uno de sus ayudantes—. Tengo que irme, Emma; tengo otra llamada esperándome. Y de ahora en adelante, por favor, intenta recordar que todo lo que hagas repercute en mí.
Cortó la comunicación antes de que ella pudiera responder.
La magdalena de arándanos que tanto había disfrutado durante el desayuno se le hizo una bola en el estómago cuando se quedó sentada en el taburete, el auricular en la mano, el cordón enrollado alrededor de los dedos. ¿Cómo era posible que supiera lo del periódico y no el resto? Trató de poner en orden sus pensamientos, pero todo carecía de lógica.
Patrick entró en la cocina, ansioso por oír los detalles de la relación de Emma con un duque. Ella le dio una versión notablemente abreviada, y ya estaba el amo de llaves empezando a insistir para saber más cuando Torie entró desde el vestíbulo.
—Eh, Lady Emma. Demos un paseíto en coche.
Llevaba unos vaqueros blancos y una camiseta azul claro, y su pelo elegantemente despeinado le caía desde una pinza amarillo plátano prendida en lo alto de la cabeza. También masticaba un chicle.
—¿Adónde vamos a ir?
—Lección de conducir. —Torie escupió el chicle en la basura e inmediatamente se sacó otro del bolsillo.
—No siento ningún deseo de aprender a conducir.
—Ya lo sé, pero de todos modos va a venir. —Se metió el nuevo chicle en la boca.
—De verdad, Torie...
—Levante ese culo, señoría. Mi carroza real está esperando. ¿O es usted una gallina?
—¡Por supuesto que soy una gallina! ¿Por qué cree que llevo todo este tiempo sin aprender a conducir?
—Lo único que tiene que hacer es ir y venir por el camino de Kenny. Sabe mover el volante, ¿no?
—Probablemente, pero no tiene sentido.
—Siempre hay un sentido para jugar con fuego. —Los ya familiares ojos verdes de Torie la miraron desafiantes.
Patrick la cogió del brazo y la arrancó del taburete.
—Haga lo que le dice, Lady Emma. La vida es demasiado corta para pasarla atascada en las fobias.
Emma podía luchar contra uno pero no contra los dos sin parecer rematadamente timorata.
—De acuerdo —dijo a regañadientes—. Ir y venir por el camino. Pero eso es todo.
Y por supuesto, eso no fue todo. Al cabo de media hora de estar en el camino, sin saber cómo, Torie consiguió obligarla a salir a la carretera prometiéndole que casi nadie la usaba.
Con las palmas de las manos mojadas y la camiseta empapada, se encontró conduciendo un coche con el volante en el lado equivocado. Mientras se aferraba al volante, luchó contra el recuerdo de aquel fatídico día de sus diez años cuando había visto al reluciente camión amarillo aproximándose como un bólido hacia el coche.
Se movía lentamente demasiado cerca de la línea divisoria y dio un volantazo.
—Tranquila —dijo Torie—. Se le van a acalambrar los dedos.
—¡Deje de hacer estallar el chicle!
—Joder, pues sí que es rarita. A propósito, en este país conducimos por la derecha de la carretera, no por la izquierda.
—¡Válgame Dios! —Dio un volantazo a la derecha, pero no lo enderezó a tiempo de evitar que los neumáticos se metieran en la grava del arcén. Al final consiguió controlar el coche y meterlo en el carril adecuado—. ¡Tenía que haberme avisado inmediatamente! Creo que me voy a desmayar.
—Respire hondo.
—¡Me parece increíble que me convenciera para hacer esto! ¡Oh, Dios mío, Torie, un coche se está acercando por detrás!
—Mientras no frene en seco, no tiene de qué preocuparse.
—¿Por qué me está haciendo esto?
—Decidí dejar de fumar, y necesito una distracción. Me pareció que era una buena idea hacer desgraciado a otro. —La voz de Torie fue adquiriendo un tono agresivo—. Y estoy renunciando al tabaco por mí, no por nadie más. Así que si alguien le dice algo acerca del hecho de que voy a dejar de fumar, ¡dígale que se ocupe de sus asuntos de mierda!
—No puedo seguir haciendo esto más tiempo. Quiero parar.
—Hay un restaurante en el pueblo. Pararemos allí.
—¡En el pueblo! ¡No puedo hacerlo!
—Ahora que ha corregido su tendencia a conducir por el lado contrario de la carretera, lo está haciendo muy bien.
—No... no tengo carné.
—Tengo buena amistad con la mayoría de los polis de por aquí. No se preocupe por eso.
—No estoy preocupada, estoy aterrorizada.
—Ambas seguimos vivas, así que eso debería contar para algo.
Sin saber cómo consiguió entrar en el pueblo y logró aparcar en una gran plaza cerca del restaurante. Apagó el contacto y se recostó contra el asiento, aliviada.
Torie sonrió abiertamente.
—¿Se siente orgullosa?
Emma la fulminó con la mirada.
—Vamos, admítalo. Ha hecho algo que creía que no sabía hacer.
Ahora que su ritmo cardíaco empezaba a volver a la normalidad, tal vez sí que se sintiera un poquito orgullosa. No saber conducir limitaba su vida en demasiados aspectos. Y no es que ahora supiera.
—Le admitiré que me alegra que sigamos vivas —dijo, de mala gana.
Torie se echó a reír.
—Vamos. Le invito al café para celebrarlo.
Dentro del restaurante de Jimmy un tren a escala traqueteaba por una vía que discurría justo por debajo del techo. Las sillas cromadas estaban dispuestas alrededor de unas mesas cubiertas por manteles de hule a cuadros blancos y negros, y dos ventiladores giraban en el techo. En un tablón situado cerca de la entrada se enumeraba el menú especial del día: chuletas de cerdo rebozadas, compota de ocra y ensalada de «huvas pasas» y zanahorias. A Emma le molestó la idea de que entrara un niño pequeño y viera aquello, así que pidió un trozo de tiza a la mujer de la caja registradora y corrigió la ortografía.
Torie soltó un aullido y la abrazó.
Se sentaron a una mesa que tenía salsa chimichurri y Tabasco, además de los condimentos más habituales. En la pared contigua a ella colgaba un cuadro de un gallo y un farol rojo. Cuando el tren en miniatura pasó por encima de sus cabezas, Emma vio que todos los vagones iban pintados con el cartel de un negocio local.
Mientras Torie se bebía a sorbos el café que le llevó la camarera y Emma esperaba a que le sirvieran su té, repasó su conversación con Beddington. ¿Por qué el hombre cuadrado no le había contado todo lo que había visto? ¿A qué especie de espía incompetente había contratado Hugh?
—Buenos días, señoras.
Dexter O’Conner se acercó a la mesa. Esa mañana llevaba una camisa de algodón amarilla en lugar de azul. Tenía un aspecto agradablemente desastrado, un poco distraído y bastante adorable. Emma le sonrió.
—Hola, Dexter.
—Emma. Victoria.
—Para ti es Lady Emma —le soltó Torie.
Dex la miró levantando una ceja.
—Deduzco, por tu actitud, que no has cambiado. Bien podrías adelantarte y encargar el vestido de boda.
Emma esperó que Torie saltara al oír aquello, pero, por el contrario, pareció hacer un esfuerzo para recobrar la compostura. Incluso consiguió dedicarle a Dexter una sonrisa bastante acartonada.
—No creo que eso sea necesario. Si a Lady Emma no le importa, puedes unirte a nosotras.
—Por supuesto que no me importa.
Dexter sonrió y se sentó en el extremo de la mesa.
—¿No trabajas hoy? —preguntó Torie, con forzada educación.
—Voy de camino. Llevo semanas acostándome tarde por la noche, y decidí darme un descanso. ¿Y vosotras dos?
—Le di una lección de conducir a Lady Emma.
—¿No sabe conducir? —preguntó Dexter.
—Ya sí —contestó Torie.
—Solo alguien muy caritativo describiría lo que he estado haciendo como conducir. —Emma le hizo una desenfadada descripción de lo que había ocurrido en la carretera, pero en lugar de reírse, la animó. Una vez más, pensó en lo amable que era aquel hombre, y, al mismo tiempo, empezó a preguntarse si una emparejamiento entre Torie y Dexter sería tan absolutamente descabellado como parecían pensar todos. Ambos eran unas personas atractivas e inteligentes, y cada uno tenía lo que el otro necesitaba: el equilibrio de Dexter podría muy bien acabar convirtiéndose en pesadez cuando se hiciera mayor, y Torie necesitaba un sostén en su vida.
La conversación derivó hacia otros temas, y poco a poco algo de la frialdad de Torie se fue desvaneciendo, y Emma empezó a creer que incluso podría llegar a disfrutar de la compañía de Dexter. Algo que cambió cuando cometió el error de comentar que Torie había dejado de fumar.
Torie puso cara de cabreo y le clavó el dedo en el pecho a Dexter.
—Llevo meses pensando en dejarlo. ¡No tiene nada que ver contigo! ¿Lo has entendido?
La miró fijamente.
—Sin duda. —Haciendo caso omiso de la manicura francesa incrustada en la pechera de su camisa, se volvió a Emma y le preguntó por sus planes para el día.
Con un ojo en Torie, la inglesa le contó que había confiado en ir a Austin.
—Quería pasar algunas horas en la biblioteca de la Universidad de Tejas, pero Kenny parece haber desaparecido.
—Estaré encantado de llevarla —le dijo él.
—¿No tiene que ir a trabajar?
—Nuestra sede central está en Austin, y tengo que ver a algunas personas. Puedo hacerlo mientras está en la biblioteca.
—¿Está seguro de eso?
—No me hubiera ofrecido si no quisiera hacerlo.
—Bien, pues. A mí me encantaría. No te importa, ¿verdad, Torie?
Torie arrugó la frente.
—¿Por qué habría de importarme?
Era evidente su contrariedad, y Emma dudó. Entonces se acordó de su lección de conducir y decidió que no era la única persona que necesitaba jugar con fuego. A la hermana de Kenny podría sentarle bien descubrir que no todas las mujeres pensaban que Dexter carecía de atractivos.
—Excelente, entonces. Tengo mi cuaderno en el bolso, así que estoy lista para salir. —Le dio las gracias a Torie por la lección de conducir, y entonces Dexter la condujo fuera del restaurante.
Torie puso mala cara cuando vio la puerta cerrarse detrás de ellos. ¡Estupendo! Esperaba que se murieran de aburrimiento juntos.
Entonces alcanzó a ver a Ted Beaudine a través de la luna. Ted se acercó a Dexter y a Emma, y los tres estuvieron charlando unos minutos. Lo siguiente que supo fue que Ted también se subía al Audi de Dex y que los tres juntos se marchaban a Austin. Sin ella.
—¿Quieres más café, Torie? —le gritó May Kate Pling desde el mostrador.
—Esto... no. No, gracias. —Se recostó en la silla y pensó en lo mucho que le gustaba Lady Emma. Sin embargo, nadie diría jamás que era una mujer extremadamente guapa. Entonces, ¿cómo era posible que acabara de conseguir marcharse con Dex y Ted, mientras ella, Torie Traveler, unánimemente considerada la chica más guapa del pueblo, había sido abandonada?
Arrugó la frente, se quedó mirando fijamente el fondo de su jarra vacía y atribuyó su mal humor al mono de nicotina.
Kenny estaba furioso.
—¿Qué quieres decir con que Emma se ha marchado a Austin con Dex?
Torie salió de la piscina de su hermano y rodeó con una toalla los tres andrajos de nailon color amatista que pasaban por ser su traje de baño.
—Ted también fue.
—¿Y se supone que eso lo arregla todo?
—¿Por qué estás montando semejante pollo por esto? Los tres son personas adultas.
—No me puedo creer que no se lo impidieras. Al menos, podrías haber ido de carabina. ¿Por qué no lo hiciste?
—¡Porque no se me invitó! Además, Lady Emma no necesita una carabina para nada.
—Eso es lo que tú te crees. —Kenny se acercó impetuosamente a la mesa y agarró violentamente uno de los vasos de té helado que les había llevado Patrick.
Su amo de llaves lo contempló con aire pensativo.
—Está aromatizado con frutas de la pasión, Kenneth. Tal vez deberías beber otra cosa. No vaya a ser que tengas una sobredosis.
Kenny ignoró sus palabras. Sabía muy bien la razón de que Emma no hubiera invitado a Torie; no quería ninguna competidora. No es que fuera a intentar nada con Ted, puesto que sabía de quién era hijo, pero se había sentido atraída por Dexter desde el principio. Se volvió hacia su hermana.
—Escúchame bien. Dexter es responsabilidad tuya, ¡y quiero que lo mantengas lejos de Emma!
—¡Mía! —Unas gotas de agua salieron volando de su pelo cuando se lo sacudió—. Joder, Kenny, ¿estás celoso?
Aquello lo sacó realmente de sus casillas.
—¡Celoso! Pues claro que no. Lo que pasa es que en este momento Emma es una especie de... depredadora sexual, y tiene a Dexter en el punto de mira. Dado su aspecto y todo lo demás... vaya, por su boca... pues bueno, la cuestión es que si se le mete entre ceja y ceja, no tardará mucho en meterlo en la cama con ella, y eso no sería bueno... para Dex.
—¿Una depredadora sexual? —Lo miró con perplejidad.
—Puesto que eres mujer, tal vez te cueste un poco entenderlo, pero tendrás que confiar en mí.
—Yo no soy una mujer —dijo Patrick, arrastrando las palabras—, y me parece que has perdido la puta cabeza.
Kenny no se rebajó a señalar lo evidente.
—Tendréis que creerme los dos. Emma es una de esas mujeres que nació con... La cuestión es que en cuanto un hombre heterosexual la mira, en lo único que puede pensar es... bueno... en su boca, y entonces...
—¿Emma? —Fue la boca de Torie la que se abrió de asombro.
Patrick cruzó las piernas.
—A lo mejor es que no estamos hablando de la misma persona. ¿Tiene acento británico? ¿Y buen apetito? ¿Y tararea canciones de El rey León cuando cree que nadie la oye?
Frustrado, Kenny apretó la mandíbula.
—Sabía que ninguno de los dos lo entendería. Ni siquiera sé por qué intento explicároslo. —Miró enfurecido a su hermana—. ¡Y tú haz el puñetero favor de mantener a Dexter lejos de ella!
Y diciendo esto, se dirigió a su coche. No tenía muy claro adónde iba a ir; lo único que sabía es que no se iba a quedar por ahí para que Torie y Patrick se rieran de él.
Torie vio salir disparado el coche de su hermano por el camino y miró a Patrick.
—¿A qué venía todo eso?
El amo de llaves pareció apesadumbrado cuando se levantó las gafas de sol y se las dejó en lo alto de la cabeza.
—Según parece me ha salido una seria rival por el cariño de Kenneth.
—Hace diez minutos te habría dicho que estabas loco, pero ahora no. Emma me gusta mucho, pero Kenny está fuera de su alcance. Es como emparejar a Blancanieves con... bueno, con Kenny Traveler.
—A mí también me gusta. De hecho, la adoro, Pero tienes razón. No es el tipo de Kenny ni por asomo. Sin embargo, he de admitir que su pequeño estallido de ira me ha dejado confuso. —Soltó un profundo y trágico suspiro —. No tienes ni idea de lo que es ser víctima de una pasión imposible.
Torie lo miró con compasión. Todos excepto Kenny sabían que Patrick se había enamorado de su hermano desde el momento en que había empezado a sacudir los puños en la pelea de aquel ventorrillo. Torie tenía el hábito de compadecerse de Patrick, aunque, a medida que lo había ido conociendo mejor, había comprendido que al amo de llaves le encantaba el drama de un amor no correspondido tanto como amaba a Kenny.
Aun así, ¿Kenny encoñado con Lady Emma? Sabía que la suspensión había provocado que su hermano se desmoronara por dentro, y pudiera ser que en ese momento necesitara un lugar de descanso emocional, y que por eso había escogido a Lady Emma. Ella era una mujer equilibrada, estaba a mano y sería algo completamente pasajero. Gracias a la loca de su madre, Kenny no sabía establecer lazos de amistad con las mujeres, y había confundido sus necesidades emocionales con las sexuales.
Arrugó la frente, preocupada ya por Emma. Ninguna mujer podía resistirse a Kenny en cuanto este ponía su punto de mira en una. Y Lady Emma, pese a toda su inteligencia, carecía de experiencia, lo que la hacía más vulnerable que el resto de las mujeres. Si Kenny no recobraba la cordura, la pobre mujer iba a acabar con el corazón roto.
A menos que Dexter la consiguiera primero.
Torie se metió un chicle en la boca y trató de convencerse de que la mutua atracción entre Emma y Dexter sería la solución a muchos problemas. Torie se libraría de tener que casarse con él, y Emma estaría a salvo de todo el dolor que Kenny le iba a provocar. Cualquiera se daría cuenta de que Dexter y Lady Emma eran perfectos el uno para el otro. Dex era un tonto del culo, aunque... ¡vale!, era un tonto del culo muy sensual. Y Lady Emma era una boba monísima. Estaban hechos el uno para el otro. Entonces, ¿por qué no se sentía más feliz al pensar en ello?
Quizá porque en ese preciso momento había caído en la cuenta de algo absolutamente demencial. Le habían entrado ganas de llegar a conocer un poco mejor a Dexter. Pero eso no ocurriría si Lady Emma hubiera llamado ya su atención.
Kenny se sentó en la tumbona mirando fijamente las luces de la piscina y manteniendo un intenso idilio con un pinot noir carísimo. Pasaba de la medianoche, pero Lady Emma no había regresado de Austin.
Aunque no estaba borracho, tampoco estaba completamente sobrio, lo cual le parecía muy bien, porque era mucho más agradable cuando estaba sobrio, y en ese momento no sentía ningún deseo de ser agradable. Había salido allí después de haberse deprimido viendo un vídeo del último recorrido del Masters del año anterior, pero había visto el vídeo solo porque había tratado de borrar de su cabeza las imágenes de Emma desnudándose para Dexter.
De no haber sido por Dallie, en ese momento estaría preparándose para Augusta y no pensando en Emma desnuda. Su juego corto nunca había sido mejor, había resuelto el problema que había estado teniendo con sus salidas, y algo dentro de él llevaba meses diciéndole que aquel era el año en que conseguiría la chaqueta verde. Pero, en vez de hacer eso, estaba haciendo de niñera de una avasalladora virgen de treinta años.
Las luces del dormitorio de Emma se encendieron encima de él. Bueno, por fin había regresado. Entrecerró los ojos igual que hacía cuando estaba alineando un putt para golpear cuesta abajo una pelota y lanzarla rodando como un rayo.
Se tomó su tiempo para terminar el vino, y llevó la botella adentro. Por lo general el lugar le resultaba acogedor, pero esa noche se le antojó poco amistoso. Tal vez la casa supiera lo que tenía en mente.
La alfombra apagó el ruido de sus zapatos en la escalera. Oyó correr el agua en el baño de invitados y, sin molestarse en llamar, abrió la puerta del dormitorio donde se alojaba la inglesa.
Emma ya había marcado el territorio. Su sombrero de paja decorado con cerezas colgaba de uno de los postes de la cama, y, aunque el jarrón lleno de flores de la cómoda mostraba el toque artístico de Patrick, la alegre tetera amarilla que contenía el mismo tipo de flores silvestres que crecían junto a la valla del prado solo podía haber sido obra de ella. Tenía libros abiertos por doquier, además de una carpeta con las notas de su investigación, un frasco de loción rosa y una enorme barra de chocolate negro Cadbury con el envoltorio replegado, que dejaba a la vista el borde dentado que había estado mordisqueando.
La ropa que se había quitado reposaba sobre la cama, junto con un sujetador lavanda con unas pequeñas margaritas blancas estampadas. Había unas bragas de bikini a juego tiradas sobre la alfombra al lado de sus sandalias. Kenny se las quedó mirando con atención un instante, y luego empezó a dar vueltas despreocupadamente por la habitación antes de coger el frasco de loción. Desenroscó el tapón y olisqueó.
Polvos de talco, flores y especias. Aun en su estado no del todo sobrio, el simbolismo no se le escapó.
Llevó el frasco hasta un mullido sofá, se sentó y estiró las piernas. Metió un dedo dentro del frasco y sacó un grasiento rulo de loción rosa que restregó contra el pulgar. Tenía un tacto sedoso, profundamente femenino. Se lo llevó a la nariz y pensó en lo mucho que las cosas de las mujeres adormecían los sentidos de los hombres. Pero no los suyos —nunca por completo—, porque, mezclado con toda aquella suave y sedosa femineidad, convivía la necesidad de una mujer de reformar a un hombre para que encajara con la imagen que ella tenía de lo que debía ser.
Le había costado tanto alcanzar la madurez que jamás se había sentido tentado de ponerla en peligro dejando que otra mujer lo sometiera, en especial si era una mujer apasionada. Había un lugar íntimo en su interior que lo reconciliaba con lo que era, y eso jamás lo tocaba nadie. Sin embargo, en cierto modo ese día Emma había conseguido hacerlo. Sin saberlo. Pero había ocurrido, y ahora eso iba a terminar.
Mientras se frotaba la loción por la palma de la mano y volvía a ponerle el tapón al frasco, se le ocurrió que las mujeres no eran las únicas que podían manipularlo. Su necesidad de sobrevivir como hombre lo había convertido en un maestro en el sutil arte de conseguir lo que quería sin renunciar a nada.
La puerta del baño se abrió. Emma bufó por la sorpresa e intentó taparse torpemente con la toalla de baño. Kenny vislumbró unos pechos rosáceos que asomaban por la toalla, unos pezones sedosos, unos tirabuzones mojados de vello púbico algo más oscuros que el color caramelo de los rizos que se pegaban a las mejillas de Emma. Una oleada de sangre le llenó la entrepierna.
—¡Indeseable! —Emma consiguió asegurar la toalla de una vez—. ¡Me ha pegado un susto de muerte! ¿Qué está haciendo aquí?
—Volvemos un poco tarde, ¿no le parece?
Emma sintió que el corazón se le aceleraba unas cuantas pulsaciones a causa del miedo. Kenny parecía peligroso, los sensuales labios formando un tenue línea recta, los ojos violetas entrecerrados; algo había ocurrido que lo había hecho estallar.
—No tenía ni idea de que me estuviera esperando.
—Debe de haber olvidado que soy responsable de usted.
—Pamplinas. Yo soy responsable de mí misma. Ahora, debería irse.
Kenny se levantó del sillón y la examinó con severidad durante un buen rato.
—¿Consiguió entregarlo esta noche?
Tardó un instante en asimilar lo que estaba diciendo, y entonces una respuesta indignada saltó a sus labios. En el último momento, no obstante, descubrió que su curiosidad era más fuerte que su disgusto. ¿Qué era lo que tanto le estaba molestando a Kenny para hacer que pareciera un interrogador de la Guerra Fría?
—¿Me está preguntando si esta noche tuve relaciones sexuales con Dexter?
Por desgracia, su franqueza no consiguió que él retrocediera un ápice.
—Puede que haya resultado difícil con Ted haciendo de espectador. Aunque a lo mejor han conseguido deshacerse de él.
¿Qué hacer primero? ¿Ponerse la bata o arrojarle el agua del florero a la cabeza? Decidió ceñirse a su plan un poco más.
—Lo dejamos en su casa hará unas tres horas.
—¿Así que usted y Dexter han estado solos desde entonces? Los dos solitos.
El florero estaba demasiado lejos. Emma se dirigió resueltamente al ropero y sacó la bata.
—Y disfruté hasta el último minuto que pasamos juntos. —Metió los brazos en la bata, se arrancó la toalla de delante y se sujetó bien el cinturón —. Si tiene algo más que decir al respecto, y le desaconsejo vivamente que lo haga, podemos hablar por la mañana.
—No ha ocurrido nada entre usted y Dexter, ¿verdad? —Una extraña expresión se apoderó de su rostro. ¿Casi... alivio?
—La pasión que puso en hacerme el amor solo fue superada por mis gritos de placer.
Kenny se acercó a ella, aunque pareció que hablaba para sí.
—Por supuesto que no ocurrió nada. Lo supe desde el principio. —Rodeó uno de los postes de la cama con las manos—. Pero podría haber ocurrido algo, razón por la cual le digo en este preciso instante que no quiero que vuelva a estar a solas con nadie.
—Si hubiera estado aquí esta mañana —le restregó ella—, no habría estado a solas con nadie.
—No tenía planeado estar fuera mucho tiempo.
—Yo no lo sabía, ¿verdad? —Arrojó su ropa sobre un sillón.
—De ahora en adelante, lo sabrá. Lo primero que haremos mañana será ir al campo de prácticas. Luego, el resto del día es suyo.
—Gracias. Y ahora, buenas noches.
Kenny no se movió.
—Todavía es temprano. Vayamos a nadar.
—Acabo de ducharme.
—¿Y qué? Puede darse otra ducha. De hecho, me la daré con usted. O... ¿sabe qué? —Hizo una pausa y sus ojos se clavaron en la boca de Emma—. ¿Qué tal si nos saltamos la parte de nadar y pasamos directamente a la ducha?
Ella ya no sentía que controlara la situación tanto como hacía un momento.
—¿Qué quiere decir?
—Imagino que es evidente que he estado preocupado por usted.
—¿Por qué?
Traveler dejó caer las manos del poste de la cama.
—Porque no creo que sea consciente de lo vulnerable que es. Supongo que yo tampoco me di cuenta, o de lo contrario jamás habría dicho lo que dije acerca de que nunca iba a pasar nada entre nosotros.
Emma parpadeó. ¿Qué quería decir exactamente con aquello?
—No soy vulnerable.
—Vaya si lo es. Siente una puñetera inclinación a acostarse con todo quisque, y los dos lo sabemos. Por desgracia... y aquí es donde empiezo a perder el sueño... no tiene ni la más remota idea de lo que está haciendo.
Emma reaccionó airadamente.
—Teniendo en cuenta el hecho de que ahora mismo está en mi dormitorio, y de que estoy casi desnuda, supongo que no puedo discutírselo.
—Para estar casi desnuda, soy el hombre más seguro del mundo.
—¿Usted? ¿Seguro?
—No lo dude. —La incredulidad de Emma pareció irritarlo—. Solo piénselo. Me caló en cuanto nos conocimos. Sabe que solo busco sexo, y no se hace la más mínima ilusión sobre mí. Supongo que eso me hace perfecto para lo que necesita.
Ella tragó saliva.
—Eso es cierto. —Salvo que no lo era del todo. A Kenny le gustaba dar la peor imagen de sí mismo, pero no era el canalla que fingía ser.
El golfista hizo un gesto de satisfacción con la cabeza.
—Esta noche he tomado la resolución de no correr ningún riesgo más de que vaya a echar un polvo con alguien completamente improcedente.
—¿Alguien como Dexter O’Conner, por ejemplo?
Kenny entrecerró los ojos.
—Él es su peor pesadilla. Para empezar, un hombre como Dexter no va a saber mucho más allá del mínimo exigible en cuestión de sexo, así que se está garantizando tener una iniciación de novata. Y en segundo lugar, es muy probable que el hombre se distraiga en algún momento y se olvide del control de natalidad. Lo siguiente que sabría usted es que estaría embarazada de un bebé medio bobo, pero el amigo Dexter se habría olvidado de cómo se llama usted.
Emma se echó a reír. Era evidente que ni por asomo conocía a Dexter tan bien como pensaba. Se preguntó cómo iba a reaccionar Kenny cuando se enterara de que su hermana, a pesar de sus protestas, se sentía atraída por el «tonto del culo». Y ya puestos, se preguntó qué haría Torie.
Emma reflexionó sobre la ironía de saber que Dexter era exactamente la clase de hombre del que siempre había querido enamorarse, pero que ese día no se hubiera sorprendido ni una vez fantaseando con el aspecto que tendría desnudo. Había sido un guía maravilloso y un fantástico conversador, y se lo habían pasado de maravilla, pero no le había mirado a los labios ni imaginado cómo sería la sensación de que le rozaran lo suyos.
Apartó la mirada de los labios de Kenny.
—¿Así que está diciendo que ha cambiado de idea?
—Tengo que hacerlo, ¿no?
Su aire de abnegación la irritó.
—No hace falta que se desviva.
—No ha respondido a mi pregunta. ¿Quiere nadar primero o pasar directamente a esa ducha?
—Ya me perdonará por no sentirme abrumada por una oferta tan intensamente romántica.
—No está interesada, ¿eh?
—Ni una pizca.
Kenny se adelantó un paso lentamente.
—¿Significa eso que no le atraigo?
—Lo siento. —Emma localizó sus bragas en el suelo, las recogió de un manotazo y se las metió en el bolsillo de la bata.
Kenny suspiró.
—De acuerdo, entonces. Supongo que soy lo bastante mayor para encajar un rechazo sincero. Porque es sincero, ¿verdad?
—Por supuesto, muy sincero.
—No es que dude de su palabra ni nada parecido... —Se acercó a ella con aquella manera de moverse indolente y sensual que a Emma le recordaba una mancha de aceite deslizándose sobre el agua—. Pero solo por seguridad... —Sus pantalones rozaron la bata cuando se paró delante de ella.
—Kenny...
Silenció su protesta con un beso.
¡No lo haría! No iba a ceder a aquella flagrante lucha por el poder que él había confundido con la seducción.
Y entonces la lengua de Kenny se deslizó por la grieta de sus labios, dejando una estela de calor a su paso.
El enfado de Emma empezó a diluirse cuando Traveler se tomó su tiempo, sin apremiarla sino satisfecho con juguetear. Ay, pero había algo maravilloso en ser besada por un vago.
La columna vertebral de Emma chocó con el poste de la cama al mismo tiempo que las caderas de Kenny se aplastaban contra las suyas. Ya estaba empalmado. ¡Qué cosa más enorme! La reacción de su cuerpo la embelesó, y se afanó en el beso.
Él le puso la palma de la mano en la base del cuello, lista para descender y ahuecarse en su pecho. Se arqueó hacia él, muriéndose por que le tocara, pero Kenny siguió jugando en su boca, demorándose aquí y allí en un íntimo juego de lengua que continuó hasta que solo el poste de la cama y el cuerpo de Kenny la mantenían derecha.
Sus pechos se morían de ganas de que se los tocara, aunque todavía ni se los había rozado. Emma se frotó contra su pecho para instarle a que siguiera, dejando que la seda de la bata y la tela de la camisa le erosionaran los pezones. Kenny no cogió la indirecta.
Empezando a no estar tan contenta con su indolencia, bajó las manos hasta las caderas de Kenny y se las ahuecó en las nalgas. Eran tan duras como el resto de su cuerpo, tan diferentes al cuerpo mullido y flexible de Emma.
El beso se hizo salvaje. A Emma le encantó —le encantaba besarlo—, no habiendo imaginado nunca que besar podía ser algo así. Quería más, y entonces metió la mano entre sus cuerpos para deshacer el lazo de la bata.
Kenny la tumbó en la cama sin perder un segundo. Pero en lugar de seguir desde ahí, siguió besándola.
Emma vibró. Ronroneó. Le gimió en la boca, quejándose de su necesidad.
—Kenny... por favor...
Traveler movió los labios hasta ese sensible lugar situado debajo de la oreja y se quedó jugueteando allí un rato. A ella le picó la piel y crispó los dedos de los pies. Fue consciente de que podría derretirse perfectamente sobre la colcha antes de que llegara lo bueno. ¡Más abajo!
Ay, ¿por qué no se daba prisa? Era evidente que necesitaba aguijonearlo un poco para que contribuyera, así que Emma se animó a concentrarse y metió la mano entre sus cuerpos buscándole el broche del pantalón.
Inmediatamente se dio la vuelta sobre ella y utilizó la boca para estudiar el vibrante pulso que latía en la base del cuello de Emma.
¡Los pechos! ¿Por qué no le tocaba los pechos? Quería suplicarle que lo hiciera, pero entonces se dio cuenta de que estaba demasiado débil para hablar.
Kenny le localizó un punto increíblemente sensible en la clavícula, y Emma gimió contra su cabeza. Él descendió la mano. ¡Por fin!
Pero el alivio de Emma fue efímero, porque el pulgar que se deslizó bajo la manga de su bata se detuvo y se demoró en su muñeca. ¡Su muñeca! ¡Aquello era exasperante! Se suponía que era un amante experimentado, pero no parecía tener ni la más ligera idea de cómo encontrar las partes sensibles de la anatomía femenina.
La piel de la parte inferior de su brazo se estremeció al contacto, y unas insignificantes ondas expansivas salieron disparadas por su cintura. Pero en lugar de aprovecharse de su más que evidente excitación, ¡seguía entreteniéndose allí! ¿Cómo hacerle superar su natural indolencia? ¿Cómo señalarle la dirección adecuada?
No le iba a quedar otro remedio que ser más directa.
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