Amor o chantaje
Capítulo 17
Mientras caminaba junto a Kenny por la parte menos poblada del hermoso paseo fluvial de San Antonio, a Emma se le ocurrió que a lo mejor Lady Sarah ornton se había comportado como una idiota al haber regresado a Inglaterra, siendo tan evidente que le encantaba Tejas. Aquel estado tenía algo especial a lo que no podía por menos que reaccionar: su energía, la gente, su tamaño absolutamente brutal. Se sorprendió tomando una larga y profunda bocanada de aire sin ningún motivo, casi como si sus pulmones hubieran adquirido una mayor capacidad. En cierto modo allí se sentía más audaz, y en cierto sentido que no se podía explicar, menos limitada.
Los últimos cinco días habían sido mágicos. Kenny le había enseñado las dos ciudades más pintorescas de Tejas: Austin, y luego San Antonio. En Austin, la había amenizado con anécdotas de su época universitaria mientras le enseñaba el campus de la Universidad de Tejas. Cuando ella terminó su trabajo en la biblioteca, la había guiado por el edificio del Capitolio del Estado, y mostrado los parques y las tiendas de la ciudad. Por la noche, habían ido a unos restaurantes maravillosos y escuchado la mejor música de Austin.
San Antonio había resultado aún más formidable. Por las mañanas, mientras Kenny entrenaba en el campo de golf, se dedicó a terminar lo que le quedaba de su investigación en la biblioteca de las Hijas de la República de Tejas, en el Álamo. Luego, pasaron las tardes juntos. Emma sentía cierta calidez y flojera en el cuerpo como consecuencia de las relaciones sexuales con Kenny, y empezó a hacérsele difícil imaginar cómo iba a vivir sin ellas o sin él.
Unos nubarrones de depresión se cernieron sobre ella; su estancia en Tejas se acercaba a su fin. Aquellos últimos días habían sido mágicos, pero era viernes, y el domingo por la noche estaría volando de vuelta a casa.
Volvió la cara hacia la brisa, dispuesta a no desperdiciar el poco tiempo que le quedaba en introspecciones. En vez de eso, se puso a pensar en la visita guiada al Álamo con que Kenny le había obsequiado esa tarde. Mientras la estaba guiando por el santuario más famoso de Tejas, había caído en la cuenta de que todos aquellos libros de historia y biografías que había visto desperdigados por la casa no habían sido puestos allí por Patrick como detalles decorativos.
Sentía la mano de Kenny grande y cálida alrededor de la suya. Emma se fijó en lo precioso que era un antiguo edificio situado en la otra orilla del río, y alzó la vista hacia él, sonriéndole.
—Eres un auténtico especialista en historia, ¿no?
—¿Por qué dices eso?
—Para empezar, sabes mucha más historia de Tejas que la mayoría de la gente.
—Quise especializarme en Historia en la universidad, pero mis notas escolares eran tan malas que mi tutor lo desaconsejó.
—Menudo desacierto.
—La verdad es que no. Puede que tuviera razón. A pesar de haber escogido asignaturas fáciles, básicamente no saqué más que unos aprobados raspados. Y luego lo dejé en el último año para hacerme profesional.
—Sí, claro, imagino que debía de ser difícil sacar algo más que aprobados cuando apenas ibas a clase.
Kenny le lanzó una mirada de curiosidad.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Pasando cinco minutos en tu compañía. La verdad sea dicha, Kenny, nunca he conocido a nadie con tanto miedo a ponerse a prueba.
Le soltó la mano y la miró exasperado.
—Pues da la casualidad de que ahora mismo estás con un hombre que ha ganado dos de los principales torneos en los últimos tres años. Sé todo lo que hay que saber sobre desafíos.
—Pero ganar torneos es distinto, ¿a que sí? —Le volvió a coger la mano y le dio un apretón tranquilizador. Emma sabía que ese fin de semana sería especialmente difícil para él a causa del Masters que se jugaba en Augusta, aunque Kenny mantenía un estoico silencio al respecto—. Puede que el campo de golf sea el único lugar del mundo donde no temes dejar que la gente vea que te esfuerzas.
—Eso se debe a que es el único lugar del mundo donde me esfuerzo.
Emma le sonrió y apretó fugazmente la mejilla contra el brazo.
—Déjalo ya, Kenny. Te esfuerzas en muchas cosas. Tu tabla de ejercicios, por ejemplo. Lo que ocurre es que lo haces parecer todo tan fácil que al final parece que no hagas nada.
—Estás tan llena de esa mierda...
—Que debería ser fertilizante, ya lo sé. Quieres que la gente crea que eres un vago. Es como si pensaras que no te mereces que nadie tenga buena opinión de ti.
—Chorradas. —La tensión le hizo temblar la comisura de la boca, y ella supo que había dado en el clavo.
Había demasiados temas de los que ninguno de los dos quería hablar, incluida la suspensión de Kenny y sus problemas con el duque de Beddington. Durante los últimos cinco días, Emma había estado flotando en una neblina de sensualidad, comportándose como si no existiera el mañana. No había visto ningún indicio de que alguien los estuviera siguiendo, y en ese momento, con su regreso a solo dos días vista, tenía que enfrentarse al hecho de que se había estado comportando como una irresponsable. No había intentado ponerse en contacto con Hugh ni hecho una sola cosa para enfadarlo. Era como si se hubiera dejado arrullar en un mundo de sensualidad donde el futuro no existiera.
Sintió entonces una palpitación de pánico en el estómago que le hurtó parte del placer del día.
—¿Estás seguro de que no te acuerdas del nombre de nadie que estuviera en la parafarmacia la otra noche?
—La última vez que sacaste el tema, ya te dije que estaba enfrascado en comprar los cordones adecuados y que por lo tanto no presté atención.
—Pero seguro que hablaste con alguien.
—No, que recuerde.
A Emma se le cayó el alma a los pies. Su situación no era mejor en ese momento que cuando se había bajado del avión.
—Beddington sabía que compré un periódico sensacionalista, así que su espía tenía que haber estado dentro de la parafarmacia. Pero ¿por qué no le informaría de nada más?
Una corredora llena de curvas se aproximó con la coleta brincando, pero Kenny no pareció reparar en ella. Emma agradeció que no mirase a las demás mujeres cuando estaba con ella. Pese a sus defectos, en realidad era un hombre fabuloso: inteligente y entretenido, y además poseía un sorprendente sentido de la cortesía a la vieja usanza. Ese día, sus admiradores ya lo habían interrumpido al menos una docena de veces, y a todos los había atendido con educación, aunque, al mismo tiempo, dejando bien claro que su primera obligación era ella.
Habían llegado al final de la parte transitable del paseo fluvial y se dieron la vuelta. Oculto a cierta distancia por debajo de las calles de la ciudad, en aquel sitio reinaba una tranquilidad solo interrumpida ocasionalmente por el paso de un taxi fluvial o un turista perdido. La sensación de intimidad que se respiraba le recordó la de Santa Gertrudis al caer la noche. Aunque las chicas corrían por todas partes, se podían encontrar lugares maravillosamente solitarios en todas partes.
—Nunca debí dar por sentado que el espía tenía que ser un hombre — dijo ella—. Podría haber sido perfectamente una mujer.
—Ahora me acuerdo de que creí ver a la anciana señora Cooligan junto al mostrador de Fannie Mae, pidiendo una hipoteca. Por lo menos tiene ochenta tacos, pero es de lo más espi...tosa.
—Adelante, búrlate. Es escalofriante saber que me han estado siguiendo y que no haya podido averiguar quien lo hacía. ¿Y por qué han parado?
—Te entiendo, cariño. Y ya sabes lo que me parece tu apego a ese montón de piedras del otro lado del charco, así que no voy a decir nada más al respecto.
—Sé lo que estás pensando. —Emma lo miró con cara de pocos amigos —. Estás pensando que me voy a convertir en una de esas pobres solteronas chifladas. Que empezaré a hablar conmigo misma y a recoger gatos y a ponerme viejos jerséis raídos con olor a naalina.
—Tengo que confesar que esas cosas no me entran en la cabeza. Ahora bien, verte con un portaligas negro con...
—Que sea británica, esté soltera y sienta respeto por las tradiciones no quiere decir que sea una excéntrica.
—Me parece que tu autopista solo tiene una extraña salida. ¿Adónde exactamente quieres ir a parar con esto?
—Y yo qué sé. Olvídalo.
—¿Sabes, Lady E?, en lugar de acusarme de padecer taras mentales, a lo mejor podrías mirar dentro de tu confuso cerebro.
—¿Mi cerebro? Es más diáfano que un vaso de agua.
—Pues si es así, ¿por qué no dejas de verte como una solterona reseca?
—No es verdad. Pero sé que no soy precisamente un bombonazo.
—Bueno, y ahora una mentira.
—No es una... —Levantó la vista hacia él—. ¿Qué quieres decir?
—Que eres un bombonazo.
—Estás siendo amable.
—Estoy siendo hombre, nada más. Mira, me pasa esa cosa con tu boca...
—¡Otra vez con lo mismo! No es justo. Si fuera un hombre, se me vería como un líder potente. Pero como soy mujer, soy marimandona.
—No estamos hablando de ser marimandona... aunque lo eres. Estamos hablando de que tienes la boca más sensual que haya visto jamás en una mujer.
—¿Tengo una boca sensual?
—Ajá.
Emma tragó saliva, y lo miró fijamente.
—Ahora sé que estás mintiendo.
—Solo miento sobre las cosas que son importantes. ¿Tengo que recordarte lo que estabas haciendo con esa boca a eso de las ocho de esta mañana?
No entendía cómo era capaz todavía de hacerle enrojecer, pero pasó.
—Pues muy bien, muchas gracias.
Kenny se echó a reír y la atrajo entre sus brazos.
—Muchas gracias a ti.
En lugar de intentar ponerse en contacto con Hugh, Emma se pasó toda la mañana siguiente en la cama del rancho entregada a una larga y perezosa sesión amatoria con Kenny. Se le hacía inimaginable que pudiera haber una mujer con un amante más considerado y excitante, aunque andaba un poco quejosa de que para Kenny fuera tan importante conservar la iniciativa. No es que ella deseara mandar siempre —era fabuloso tener a alguien tan sumamente competente al mando—, pero le hubiera gustado tener la sartén por el mango de vez en cuando, aunque solo fuera para poder experimentar con aquel precioso cuerpo de su amante. Era un problema que sin duda podrían haber resuelto con el tiempo, pero era tan poco el que quedaba.
Después de un desayuno relajado, se dirigieron al establo, y durante las siguientes horas cabalgaron por el bosque, y más tarde junto al Pedernales. Kenny, montado sobre Sombra, cabalgaba cómodamente encorvado en su silla del oeste, mientras que ella montaba a China sentada en la suya inglesa.
—Kenny, ¿te has dado cuenta de...? Puede que solo me esté haciendo ilusiones, pero tengo la sensación de que mi tatuaje ha perdido cierta intensidad.
—Eso es porque ha profundizado en la piel, nada más.
—Supongo que tienes razón. —Oyó un crujido en el bosque y vio a un armadillo que escarbaba cerca de un tronco caído. Qué increíble estar tan cerca de un animal tan curioso. Sentía un agradable dolor de montar a caballo, o quizá fuera que seguía con los efectos secundarios del sexo.
Kenny se bajó el sombrero sobre los ojos.
—He estado pensando... que tu siguiente trimestre no empieza hasta dentro de otra semana, y que el Anticristo no parece tener ninguna prisa en levantarme la suspensión, así que no necesitas tener tanta prisa en regresar. ¿Por qué no te quedas un poco más?
Emma se irguió, y entonces le echó un rápido vistazo.
—Mi billete de avión no es reeembolsable.
—Yo me ocuparé del billete. No te preocupes por eso.
Bueno, al menos ya no tenía prisa por deshacerse de ella. La idea debería haberla hecho feliz, pero por el contrario se deprimió. Si no se hubieran acostado, Kenny no habría querido que se quedara.
—Soy una administradora. Puede que las clases no empiecen de inmediato, pero sí mi trabajo. No me puedo tomar más de dos semanas de vacaciones.
—No lo entiendo. Ya me has dicho que el duque te va a despedir. ¿Qué importa entonces que no aparezcas?
—Todavía no me ha despedido, y hasta que lo haga, soy la responsable de Santa Gertrudis. —Se mordisqueó el labio inferior—. Todavía me quedan veinticuatro horas, más o menos. A lo mejor se me ocurre algo.
Doblaron una curva, y cuando Emma vio la casa a lo lejos, pensó en lo mucho que le gustaba. Le encantaba aquel rancho, y aquel estado, y allí se sentía una persona diferente, alguien no tan solitario.
Kenny frunció el entrecejo.
—A mí me parece que no tienes necesidad de irte tan deprisa cuando nos lo estamos pasando tan bien.
Se lo estaban pasando muy bien —como nunca se lo había pasado Emma en su vida— y no pudo evitar sentir cierta melancolía.
—Mejor acabar con un aprobado, ¿no te parece?
Él tardó un rato en responder.
—Si, bueno, supongo que tienes razón.
—Por supuesto que la tengo —respondió ella con aspereza, ocultando el dolor que sentía.
Si Kenny había querido añadir algo más, lo que fuera se perdió cuando el establo se hizo visible. Se irguió en la silla y soltó una grosería especialmente obscena, la misma que enviaba a las chicas de Santa Gertrudis al despacho de Emma para una incisiva charla sobre la conveniencia de hablar bien.
Siguió la dirección de la mirada de Kenny y vio a un grupo de hombres parados junto a una furgoneta blanca sin cristales traseros. Uno sujetaba una cámara de vídeo profesional sobre el hombro y los estaba grabando a medida que se acercaban. Otro permanecía a cierta distancia a un lado, mirando una libreta que tenía en la mano. Era más bajo que los demás e iba vestido de manera más formal, con una americana marrón oscura, pantalones caqui y una camisa deportiva verde clara. Al acercarse, Emma vio unos bocados de oro que relucían en los empeines de unos caros mocasines.
—Mantén la boca cerrada —le gruñó Kenny—. Lo digo en serio.
—¿Quiénes son?
—Problemas, eso es lo que son.
Cuando se acercaron en sus monturas, Emma se percató de que era el hombre de la libreta el que ocupaba la atención de Kenny. De complexión media, tenía una cara de mandíbula cuadrada y nariz pequeña, y llevaba el pelo cortado a cepillo. Unas gafas de sol de alta costura le colgaban del cuello musculoso sujetas por un cordel.
El cámara se acercó un poco apuntando el objetivo directamente a Kenny cuando este frenó al caballo.
—Esta es una propiedad privada, Sturgis.
—Nunca había visto tu rancho, Kenny. Tenía entendido que era muy bonito. ¿Qué tal si me lo enseñas? —El hombre tenía la voz grave y bien modulada de un locutor profesional. Su sonrisa era empalagosa, y Emma lo detestó en el acto.
—Me parece que no. —Kenny desmontó, entregó las riendas a su mozo de cuadra y ayudó a Emma a bajar.
—Esto es trabajo, Kenny, y quiero una entrevista.
—Eres el último periodista al que concedería una entrevista. A propósito, ¿cómo va ese ojo? ¿Quién iba a imaginar que eras hemofílico?
El hombre lo miró con una hostilidad indisimulada, y se volvió hacia Emma.
—Sturgis Randall. Trabajo para World Sports Today, del International Sports Channel.
—Esta es Emma —dijo Kenny antes de que ella pudiera responder.
Eso fue todo, ni apellido ni título, lo que salió del hombre al que le encantaba decir a todos con los que se encontraba, desde los dependientes de las tiendas a los ayudantes de camarero, que Emma pertenecía a la realeza, aunque no perteneciera a ella.
Sturgis asintió con la cabeza y se olvidó de ella; estaba mucho más interesado en su misión que en la acompañante de Kenny.
—Mientras estabas jugando a los vaqueros, Tiger está diez bajo par en Augusta. El que no estés allí para retarlo es una gran noticia, y voy a informar de ella.
—Pues a ese respecto, creía que ya habías hecho suficiente por mí.
Sturgis se irritó.
—Me agrediste delante de unos cuantos millones de aficionados al golf.
Emma sabía la historia por Torie, y sabía que Sturgis había dado el primer puñetazo, pero, como siempre, Kenny no se había defendido.
—Los dos somos profesionales —prosiguió Sturgis—. Podemos olvidarlo. Veamos el rancho.
—En alguna otra ocasión.
—La gente de Global National piensa que una entrevista es una buena idea. Y puesto que son uno de tus patrocinadores y un gran anunciante de mi programa, parece que llevan la voz cantante en esta cuestión. Aunque puede que no te importe perder a un patrocinador...
Al oír aquella invasión de la intimidad de Kenny un sentimiento de indignación se apoderó de Emma. El hecho de que él fuera un personaje público no le daba derecho a nadie a atropellarlo de aquella manera.
El rostro de Kenny había adquirido una expresión pétrea.
—Nada de entrevistas. Ya se lo dije a tu jefe.
—Y a todos los demás periodistas del país. —El tono del sujeto se hizo más empalagoso—. Lo entiendo, Kenny. Así que te diré lo que se me ha ocurrido... filmaremos tu culo mientras huyes.
Sturgis adoptó una expresión petulante, mientras que la ira ensombreció la tez de Kenny. Emma tardó un instante en comprender, y entonces se dio cuenta de que el tipejo aquel había conseguido que para Kenny fuera imposible negarse sin parecer un grosero. Randall debía saber que Kenny no podría soportar la idea de que todos los aficionados al golf de Norteamérica vieran la secuencia de su trasero mientras se alejaba de la cámara.
Y entonces, cuando se dio cuenta de que se le había presentado una ocasión de oro, la piel le empezó a picar. ¡Un periodista! ¡Una cámara de televisión! Justo en el momento en que estaba a punto de rendirse, se le otorgaba la oportunidad de deshonrarse de una manera más pública de lo que hubiera imaginado jamás. Tomó aire. ¡Ni siquiera Beddington podría ignorar esto!
Kenny oyó la rápida inspiración de Emma y entonces vio su expresión calculadora. Estaba moviendo rápidamente los ojos de Sturgis al cámara, y a Kenny se le pusieron los pelos de la nuca como escarpias. Lady E acababa de caer en la cuenta de que tenía una audiencia de ámbito nacional en la punta de los dedos dispuesta a presenciar la travesura que se le hubiera ocurrido.
Kenny se preparó para lo que se avecinaba. Emma era rápida, y de un momento a otro se iba a arrojar en sus brazos, o se desnudaría, o empezaría a bailar con un hulahop.
Si no quería hundir su carrera, tenía que sacarla de allí, aunque eso significara conceder una entrevista.
—De acuerdo. —Kenny se encogió de hombros—. ¿Por qué no? Será una buena oportunidad de aclarar las cosas. —Se volvió hacia ella—. Emma, esto va a ser aburrido. Espérame dentro, ¿te importa?
Se preparó para lo peor y trató de no pensar en el hecho de que Emma estaba a punto de convertirlo en el mayor cachondeo del golf profesional. Las bromas de Lee Trevino, los comentarios de Ben Wright sobre las golfistas lesbianas, incluso las observaciones de Fuzzy Zoeller sobre el pollo frito y las coles silvestres después del Masters de 1997, no serían nada comparados con lo que Emma estuviera preparando para echarle sobre la cabeza.
Y entonces... nada. Estupefacto, Kenny la vio respirar hondo, asentir con la cabeza y alejarse. Le entraron ganas de pellizcarse. ¿De verdad se iba a marchar?
Sin echar ningún vistazo más a las cámaras, Emma se dirigió directamente a la casa, dejando tras ella lo que podría ser su última oportunidad de provocar un escándalo público. Y Kenny sabía muy bien por qué no iba a montar un buen follón: porque no quería perjudicarlo.
—Estamos listos para empezar —gritó el cámara—. Por allí.
Kenny apartó a Emma de sus pensamientos y se dirigió a la valla, tratando de no pensar en lo que ella acababa de sacrificar. En su mente empezaron a flotar unas imágenes molestas sobre el aspecto que había tenido aquella mañana mientras dormía a su lado, con la frente arrugada, como si en sus sueños hubiera estado tratando de sacarse de la manga alguna estratagema escandalosa. Recordó los rizos color caramelo derramados por la funda de la almohada azul claro como jirones de miel arrastrándose por el cielo.
—¿Kenny?
Se puso tenso. ¿Desde cuando un tipo como él empezaba a pensar en «jirones de miel»? Seguro que en ese momento no necesitaba esa clase de distracción, y volvió resueltamente su atención a Sturgis.
—Quitémonos de encima a este hijo de puta.
¡Idiota! Emma abrió el cajón de un tirón buscando un sacacorchos. ¡Había dejado escapar la oportunidad de su vida! ¿Y por qué? ¡Porque era una idiota, por eso! ¡Una completa idiota!
La puerta dio un golpazo cuando Kenny entró a grandes zancadas en la cocina. Parecía tenso e irritable. ¡Bien! Pues si algo deseaba Emma en ese momento era una discusión. ¡Se moría por una! Lo que fuera con tal de dar rienda suelta a aquella horrible frustración.
Kenny se paró al lado de la encimera, se quitó el sombrero, la miró y sonrió. Mientras la miraba fijamente, toda la tensión de su cuerpo pareció derretirse, y la transformación fue tan pasmosa que Emma casi no pudo asimilarla. Fue como si una gran nube de tormenta hubiera sido dispersada por un único haz de luz.
La sonrisa de Kenny era tan cálida que Emma sintió como si se estuviera bañando en ella. Y sus ojos... aquellos ojos increíbles... La piel empezó a picarle, el corazón le martilleó en el pecho, la sangre se le agolpó en las venas; los oídos le zumbaron, la visión se le nubló, se estremeció hasta el tuétano... Se agarró al borde de la encimera.
Después de unos días de sentirse tan enchufada sexualmente a él que parecía que su cuerpo viviera en un estado permanente de excitación, aquello era una cosa totalmente diferente. Aquella reacción había procedido de algún lugar tan recóndito dentro de él que Emma ni siquiera había sabido que existiera.
Todos los instintos de autoprotección que poseía empezaron a gritar como locos: ¡Esto no! ¡Por favor! Lo que sea, menos esto. Y menos con este hombre. Por favor, Dios mío, no... AMOR, NO.
Lo amaba. Aquello no tenía nada que ver con un encaprichamiento. Y la conciencia de su amor no se había ido revelando dulcemente, como ella había imaginado que sería, sino como un cataclismo que no dejaba títere con cabeza. Era tan inadecuado, tan poco práctico, tan terrible y extremadamente doloroso.
—¿Pasa algo?
—¿Pasar? N-no, nada en absoluto. Por supuesto que no. ¿Cómo te fue la entrevista? —Confió en que no reparase en el temblor de sus manos cuando por fin encontró el sacacorchos e intentó introducirlo en la botella de vino que Kenny había escogido antes.
Él se lo quitó de las manos.
—La hice sin arrearle un puñetazo, así que supongo que fue bien. —Hizo girar el sacacorchos y una vez más la afligió con aquella sonrisa que fundía los huesos—. Gracias por no haberte aprovechado de la presencia de la cámara.
Emma agarró bruscamente un salero solo para ocuparse con algo. Patrick se había tomado el día libre para ir a hacer fotografías. Antes, se había alegrado de la intimidad, pero en ese momento deseó que el amo de llaves regresara.
—¿A qué te refieres?
—Sabes muy bien a qué me refiero.
Se mordió el labio inferior y pasó el pulgar por la encimera de cerámica.
—Eres una persona fenomenal, ¿lo sabes, Lady E? Y no solo en el dormitorio.
Emma le dio la espalda, y cuando habló su voz le pareció débil e insegura, algo absolutamente impropio de ella.
—¿De verdad piensas que soy fenomenal en la cama?
—¿Tú no?
—Bueno, sí, pero es gracias a ti, ¿no te parece?
Kenny hizo un seco asentimiento de cabeza.
—Pues claro que gracias a mí, así que prepárate para llevarte un buen chasco cuando empieces a intentar hacerlo con otros. —Empezó a sonreír, pero entonces su boca pareció sufrir una especie de desmoronamiento.
Se dio cuenta de que se le hacía inimaginable hacer el amor con otro; impensable que pudiera ser tan desinhibida y vulnerable. ¿Por qué se había permitido tener relaciones sexuales con él? Nunca hacía nada a la ligera, entonces, ¿por qué había pensado que el sexo sería la excepción? Cuando le había entregado su cuerpo, inconscientemente le había estado dando todas y cada una de sus partes, incluidas las que él no le había pedido y no quería.
Emma gimió.
—¿Qué te pasa? Parece que te hubieras comido una gamba en mal estado.
—Peor que eso.
—¿Emma?
—No puedo hablar de ello.
—Claro que puedes. Cuéntame.
¿Contarle que lo amaba? ¡Ni hablar del peluquín! No quería ni imaginar su reacción. Primero se quedaría perplejo, y luego se horrorizaría. Y de prolongar su estancia ni hablar, y se acabó la paz entre ellos, y todas esas sonrisas encantadoras que la hacían sentir como si se estuviera ahogando en un océano de luz solar.
Y entonces se le ocurrió la más asombrosa de las ideas. ¿Por qué no ser sincera? Siempre había estado en su naturaleza el agarrar al toro por los cuernos, y esa sería la manera perfecta de salvarse. Si le dijera la verdad, sería como una amputación: rápida y brutal. La reacción de espanto de Kenny pondría fin a cualquier tonta fantasía que pudiera albergar sobre tener criaturas de ojos violetas y fueron felices y comieron perdices.
Sin permitirse reflexionar sobre el asunto ni un segundo más, se encontró con la boca abierta y se oyó hablar.
—¡Ha sucedido la más ridícula de las cosas! —Carraspeó—. Me acabo de dar cuenta de que yo... Es del todo inoportuno, una absoluta estupidez, pero... —La lengua le molestaba en la boca—. Te vas a quedar completamente pasmado. Es probable que te enfades. Y lo entiendo muy bien.
Kenny esperó pacientemente.
—Bueno, no importa. Olvídalo... —Pero incluso mientras empezaba a retroceder, se paró. Tenía muchos defectos, pero la cobardía nunca había formado parte de ellos. ¿Y quién había dictado la norma de que una mujer solo podía proteger su orgullo ocultando sus sentimientos más profundos? Tenía más personalidad que todo eso, y desembuchó las palabras.
—Ya ves, me he enamorado de ti.
Kenny se la quedó mirando de hito en hito como si de pronto le hubieran empezado a salir serpientes de las orejas.
Emma levantó la cabeza de golpe.
—¡No digas ni una palabra! Estoy tan furiosa conmigo que podría ponerme a gritar. ¿Te lo puedes creer? ¡Qué solemne ridiculez! ¡Tú! ¡Que no había otro, vamos! —Agarró briosamente un trinchante de la encimera—. ¿Por qué no me clavo mejor esto directamente en el corazón? ¿O decido que estoy enamorada de Tom Cruise? ¿O... o de Daniel Day Lewis? ¿O de alguna estúpida estrella del rock? Sería igual de irracional. —Arrojó violentamente el trinchante, se cruzó de brazos y empezó a tamborilear con el pie para evitar venirse abajo—. Sí, pues bien, no voy a tolerar esto, ¿vale? Hay cosas que sencillamente no se pueden alargar. Y le voy a poner fin inmediatamente.
La boca de Kenny se abrió y se cerró, y se volvió a abrir.
—¿Y cómo... cómo vas a hacer eso?
Emma levantó la barbilla bruscamente.
—Lo acabo de hacer, ¿no?
Tenía miedo de echarse a llorar, y la humillación que estaba dispuesta a soportar tenía un límite. El teléfono sonó, y Emma lo ignoró.
—Sé que no es culpa tuya, pero ahora mismo estoy completamente furiosa con los dos, así que, por favor, discúlpame.
El teléfono volvió a sonar. Emma empezó a alejarse, y entonces tropezó con un taburete que estuvo a punto de volcar. Furiosa, cogió violentamente el auricular.
—¡Qué pasa!
—Soy Torie. ¡Coge a Kenny y tráelo a casa!
—¿Qué pasa?
—Lo sabrás cuando lleguéis aquí. ¡Deprisa! —Sin dar más información, Torie colgó.
Emma colgó el auricular de un golpazo.
—Tu hermana tiene un ataque de nervios o algo parecido.
—¿Qué sucede ahora?
Lo único que quería Emma era salir huyendo hacia la intimidad de su dormitorio, lo que aparentemente ya no era posible.
—No lo sé, pero quiere que vayamos a casa de tus padres ahora mismo.
—Entonces, deberíamos ir. Puede que haya asesinado a Dex y quiera enterrar su cuerpo.
El viaje hasta la finca de los Traveler fue una agonía. No podía soportar encontrarse atrapada con la compasión o la vergüenza de Kenny, así que inmediatamente puso el volumen de la radio lo bastante fuerte como para hacer imposible la conversación. Kenny no lo bajó, así que supo que tampoco quería hablar.
Shelby apareció en cuanto entraron en la casa. Tenía la mirada reluciente, y las mejillas encendidas de puro placer.
—Ah, Lady Emma, hemos tenido la más inesperada de las visitas. Una relación comercial de Warren... un gran inversor... aunque no creo que esté aquí por Warren. ¡Creo que está aquí por usted! ¡Espere a que todo el pueblo se entere de que un verdadero duque de carne y hueso se hospeda en mi casa!
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