Bodas de luto

Rafael Alcazar · Capítulo 30 de 101

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Bodas de luto

28. Tensiones

Su compañera Olga me llamó al hotel preguntando si estaba Mamen conmigo. Me dijo que había una llamada urgente para ella de sus amigos los ecologistas. La convencí de que me diera el teléfono para que Mamen no se preocupara de nada y que mientras ella atendía a su hermano yo los llamaría y averiguaría de qué se trataba.

No me quisieron decir una palabra por teléfono y quedé con Iván y José María en el bar donde les conocí. Tuvieron que pasar diez minutos de banal conversación antes de que me lo soltaran: al día siguiente traían la bomba que iban a colocar en la excavadora; así que el atentado tenía que hacerse enseguida. Recibí la noticia precisamente como eso, como un bombazo. Me pareció que el momento no podía ser más inoportuno para Mamen. Aunque el desasosiego no era, claro, tanto por Mamen como por mí mismo; me resultaba angustioso verme de pronto en primera línea de un atentado. No me lo podía creer. Hice ante Iván y José María un gran esfuerzo para que no se notase mi derrumbamiento y apoyé y subrayé su idea de que era esencial por eficacia y seguridad llevar a cabo la «acción» cuanto antes. Me parecía irreal verme diciendo «acción» y otras palabras que tomaba prestadas de ellos con aparente convicción cuando interiormente sentía esas mismas palabras como blasfemias.

Recogí a Mamen más tarde y nos fuimos a cenar a un restaurante muy pequeño que ella conocía, «Manolete», donde hacían un estupendo salmorejo. Su hermano Ricardo, me dijo, estaba mucho mejor. Seguía en

observación por la pérdida de la consciencia, pero ya había empezado a comer con mucho apetito.

—¿Se sabe quién le ha dado la paliza y por qué? —le pregunté.

—Mi hermano y dos más… —dijo ella.

—A ver, Mamen, ¿tu hermano se ha pegado a sí mismo? —dije sonriendo.

Ella se sonrojó. Luego se limpió los labios de salmorejo antes de hablar.

—Perdóname, no encontraba el momento de decírtelo. Ingresaron a los dos, pero el que está peor no es mi hermano, sino un amigo…

—¿Es Luis, tu ex?

—¿Quién te lo ha dicho?

—Tus primas. No que estuviera ingresado, sino que creen que sigues teniendo contactos con él…

—Solo como amigo…

—¿Y por qué tenías miedo, entonces, de decírmelo?

—Porque los chicos siempre sospecháis otra cosa…

—¿Y le sigues dando dinero?

—También te lo han dicho mis primas, ¿no?

—Sí. ¿Es verdad?

—Ahora le doy menos. Y no es para droga, es para su desintoxicación…

—¿Y hasta cuándo, Mamen?

—No lo sé… —dijo muy agobiada.

—¿Y si nos casáramos y tuviéramos planes de niños seguirías dándole dinero? —le dije en evidente tono de reproche.

—Haría lo que tú dijeras…

Me emocionó más que las palabras el tono en el que lo dijo. Pidiéndome ayuda. Vi que estaba a punto de que se le saltaran las lágrimas y que lo mejor era seguir hablando.

—¿Y qué le ha pasado a tu amigo?

—Le han destrozado la cara… Ha sido operado de desprendimiento de retina, de la mandíbula, de cirugía estética en la cara y nariz, ha perdido dientes, una brecha en la cabeza…

—Joder, casi le matan… ¿Y por qué ha sido?

—No me lo han querido decir… Mañana interroga la policía a mi hermano…

—¿Y qué tal te llevas con tu hermano?

—Ahora muy mal… Se ha vuelto tan violento como mi padre…

También te habrán contado de él mis primas…

No hablamos demasiado el resto de la cena. Respecto al grupo, la engañé un poco; le dije que no era importante, que se trataba solo de una reunión que querían hacer cuanto antes, pero que les había convencido para que esperasen dos o tres días más.

Aquella noche dormimos en su casa, en su estrecha cama de litera. Se echó sobre mí, me agarró con fuerza como si temiera que fueran a venir a secuestrarla y no me soltó en toda la noche. Cerró los ojos y se quedó sumida en el sueño al instante. Debía de estar muy cansada. Pero durmió entre permanentes sobresaltos, aunque profundamente. Yo dormí poco.

Primero, porque su abrazo me inmovilizaba y tenía miedo de despertarla si me movía. Y segundo, por la agitación de su sueño, que me obligaba de alguna manera a estar en vela. Me sentí feliz esa noche a pesar de todo. Me estaba diciendo Mamen de varias formas que confiaba en mí y en que yo la sacara de la red en la que se veía atrapada. No podía imaginar que Mamen hubiese puesto tan pronto tanta fe en mí. Resultaba extraordinario verla agarrarse con esa fuerza a mi cuello echando sobre mí todas las tensiones acumuladas en las últimas treinta o cuarenta horas. O quién sabe si también las de veinte años…

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