Bodas de luto
68. El Palmeral
Aquel día Luis estuvo más insoportable que nunca. Amenazó a las enfermeras con montar un escándalo si no le daban más sedantes. Un médico de la planta accedió, pero dijo que era la última vez, que la dirección le diese de alta o le mandase a un psiquiátrico, pero que él era la última vez que lo autorizaba. Luego robó la cartera al familiar de un enfermo en la habitación de al lado y se escapó a la calle. La víctima denunció el robo en la comisaría más cercana, pero no pudieron hacer mucho, nadie había visto a Luis coger la cartera. Mamen estaba muy preocupada. Imaginaba que habría salido a comprar droga y que a lo mejor lo encontraban tirado en algún rincón.
—No lo entiendo, estaba mucho mejor últimamente…
—No te engañes, Mamen. Hacía bastante que no le veías y lleva también engañándote mucho tiempo sin seguir el programa de desintoxicación —le corregí.
Apareció por la tarde en el hospital y se fue directamente a buscar a Mamen. Se mostró muy agresivo con ella. Se había enterado de la redada de la policía y en el entorno de la droga le consideraban un soplón y según él ya estaba sentenciado:
—Me han dicho que no van a esperar, que van a venir a por mí al hospital y que me van a mandar al otro barrio. Y tú tienes toda la culpa. Tú y ese idiota de novio que te has echado. La ha cagado bien cagado. Pero como lo que quiere es quitarme de en medio…
Las compañeras de Mamen por los gritos y porque pensaban que la iba agredir llamaron a la policía. Los agentes le llevaron a su habitación y
mientras la dirección del hospital decidía lo que hacer le esposaron a la cama. Gritó y gritó como nunca. No calló hasta que le administraron un potente sedante y se quedó medio dormido.
Lo hablaron con Mamen. La situación era insostenible. La única solución parecía que Luis firmase su baja voluntaria y dejase el hospital bajo su responsabilidad. O trasladarle al hospital psiquiátrico. Luis no tuvo dudas.
—Lo firmo ahora mismo. No quiero seguir aquí ni un día más. Me van a matar.
Así lo hizo. Firmó su baja voluntaria y le dieron una cita con el cirujano de oftalmología para dos días más tarde. Todos respiraron aliviados.
Excepto Mamen… Luis quería irse esa misma noche.
—¿Y dónde vas a ir a estas horas?
—A tu casa —dijo tan tranquilo.
—Es imposible. Vivo con otras dos chicas… —dijo Mamen.
—Me tienes que esconder. ¿No querrás que me maten? —imploraba, pero de un modo exigente.
—Es imposible. Ni hay sitio ni querrán mis compañeras…
—Pero seguro que sí hay sitio para ese imbécil de novio que te has echado. No me puedes dejar tirado, Mamen. Ahora que quieren matarme, no puedes…
—Mira. Esta noche duermes en el hospital y, entretanto, yo busco algún sitio donde te quedes a partir de mañana.
Mamen localizó a última hora de esa misma tarde un pequeño apartamento turístico cerca de la playa de El Palmeral, que por temporada baja estaba a buen precio. Firmó el contrato y pagó la fianza a la mañana siguiente y un poco más tarde acompañaba hasta allí a Luis. A mí me contó todo lo ocurrido en el hospital, pero nada del apartamento. Me enteraría más tarde. Lo que me dijo a mí fue que Luis se quedaba en un piso cerca de la playa con unos amigos.
Esa noche Mamen se vino a dormir conmigo al hotel. Yo había pasado toda la tarde trabajando con mis notas y haciendo unas llamadas a Madrid.
Me volvió a revisar y curar con delicadeza las heridas de mi cara. La
inflamación de la nariz casi había desaparecido, pero el ojo se me había puesto morado. Cuando nos acostábamos me enseñó y coqueteó con unas pequeñas braguitas negras que había estrenado. Se guardó un secreto para cuando estábamos abrazados.
—Solo hay un cura que me cae bien. Es don Daniel, el párroco de cabo de Gata.
—¿Es ecologista? —pregunté.
—Pues sí. Y de verdad. Me ha dicho que puede casarnos en el mismo faro de Gata, que él pide el permiso. ¿Qué te parece?
—Estupendo. ¿No tiene que poner un anuncio en la parroquia durante un tiempo y esas cosas?
—Las amonestaciones creo que se llaman… Me ha dicho que con una semana es suficiente. Y que tenemos que llevar tres testigos. Si quieres nos podemos casar el jueves o viernes de la semana que viene, los fines de semana hay excursiones y mucha gente en el faro…
—Perfecto. Yo llamaré, para que vengan, a mi amigo Moncho y a mi hermano Carlos. No tendrán problema.
—Yo se lo diré a Olga y a Dora, a quien tú ya conoces.
Esa noche, por eso de que me dolía el ojo y también la cabeza, me dejé querer y mimar.
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