Bodas de luto
39. Tesoro marino
Estábamos frente al lugar secreto que Mamen me iba a enseñar. A ella se le veía ya paladear algún postre exquisito que sabía que le iban a servir.
Aunque yo no veía nada especial por ningún lado. El sitio exacto de la costa no lo voy a decir porque así me lo pidió ella y así lo he hecho hasta ahora.
Pero aunque hubiese querido desvelarlo seguramente tampoco hubiese podido porque yo en otra ocasión posterior intenté volver solo y no di con el sitio, es muy difícil recordar referencias en el mar. Pero está entre la punta de La Polacra, frente a Rodalquilar y la punta que dicen de la Media Naranja, ya camino del pueblo de Carboneras.
Fuimos nadando hasta unas rocas puntiagudas que sobresalían del agua a unos ciento cincuenta o doscientos metros de la costa. Allí me hizo quitar el bañador y seguir solo con las gafas de bucear que ella se había preocupado de traer. Tengo fresca en la memoria la imagen bella y divertida de su delgado cuerpo de pez, moreno, desnudo, con cuatro grandes pedazos de gasa y esparadrapo en las rodillas y los codos.
Nadamos todavía un largo trecho mar adentro y llegamos al cráter de un volcán sumergido a no más de dos o tres metros de la superficie. Era un círculo casi perfecto de unos cien metros de diámetro. Nos pusimos las gafas. Ella reía sin parar. Se zambulló bajo el agua y yo la seguí. No podía creerlo. Dentro del cráter se había formado un microsistema de vida alucinante. Plantas de multitud de colores, peces en mucha más cantidad que fuera del cráter y también de muchos más colores y con una luz especial —por el material más claro y reflectante del interior del cráter, luego lo comprobé— que convertían el lugar en una increíble y enorme pecera natural. Yo me frotaba los ojos. No puede ser, esto no es real. Salí a
la superficie y me volví a sumergir. Ahí estaba, un oasis submarino en una zona precisamente desértica tanto fuera como dentro del agua. Había tantos peces y plantas y tan diferentes que parecía que solo podía explicarse si alguien los hubiese metido allí a propósito para construir un acuario. La temperatura del agua, dentro del cráter, era más cálida, eso se notaba claramente. Pero del fondo debían surgir, además, algunas emanaciones que propiciaran y explicaran ese estallido de vida y color. Mamen disfrutaba como nunca y se reía de mi asombro. Se había mimetizado con los pececillos y se deslizaba como uno más entre ellos por el agua reflejándose en su cuerpo continuos destellos de colores, los colores de las plantas sobre las que pasaba. Algo extraordinario, mágico. Ella nadaba casi sin mover los miembros, se deslizaba, muy despacio y yo podía seguirla sin problema.
Parecía, no estoy exagerando, que hasta los pececillos la saludaban. No solo no se asustaban, sino que nos miraban con unos ojillos muy abiertos, curiosos, simpáticos, acogedores. No creo que haya en ningún zoo marino del mundo un lugar tan maravilloso como el secreto de Mamen.
Una vez fuera, mientras nos vestíamos, me dijo que nunca se lo había enseñado a nadie, ni siquiera a sus compañeros del grupo ecologista. Ni a sus mejores amigos. Y que este era no el único, pero sí su secreto motivo de su lucha, y que se había asociado a ParqueGata especialmente por defender esta pequeña balsa de vida exultante; y que estaba tan enamorada del lugar que estaba dispuesta a hacer lo que fuese por salvarlo, bombas incluidas.
—Y yo contigo —dije rotundo.
Desgraciadamente, no he vuelto a ver ese lugar. Pero sé que allí está en el mar y seguirá siendo de Mamen mientras siga escondido a tanto depredador que anda suelto.
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