Bodas de luto
70. Dos por una
Mamen me había dicho en alguna ocasión que teníamos que cenar un día con una antigua profesora de su escuela de enfermeras con la que mantenía muy buenas relaciones y que sabía que estaba muy interesada en todo lo relacionado con el cortijo del Fraile. Precisamente aquella tarde, al enterarse del expediente abierto a Mamen en La Esperanza, llamó para interesarse por ella. Yo, que acababa de llegar a la casa de Mamen, insistí en que la invitase a cenar esa misma noche, ya que así podíamos decirle claramente que si ella podía hacer algo ante el director del hospital ese era el momento de hacerlo. Aceptó y tres horas más tarde nos juntamos a cenar en el restaurante «El Faro», en la carretera, a la entrada de El Alquián, la profesora, que se llamaba Dora, Pablo, su marido, Mariluz, que tenía también buena amistad con ella, Jaime, su novio, Mamen y yo. A la joven pareja ecologista sí había vuelto a verles Mamen, pero yo no había tenido noticias de ellos desde el numerito de la cornisa.
Mariluz y Jaime estuvieron toda la noche cogiéndose la mano por debajo de la mesa, así que parecía que les iba muy bien.
—No pidáis mero, por favor —dijo enseguida Mamen.
—¡Pero si a los restaurantes de El Alquián a lo que se viene es a comer el mero de roca! —exclamó Pablo.
Entonces Mamen, como era de esperar, les soltó toda la historia de la pesca ilegal y abusiva de los franceses en la zona y de que estaban terminando con el mero de Almería. Jaime y Mariluz renunciaron enseguida a ese pescado, pero no Pablo, que había venido a comerse un buen mero y no lo iba a dejar por muchos ecologistas y franceses que se pusiesen por medio:
—Puede que tengas razón, Mamen, mejor dicho, no dudo que la tienes, pero ya es tarde; los meros están ya cadáveres en la cocina y si yo no me como uno de ellos se lo va a comer otro esta noche o mañana. De modo que lo siento mucho, querida, pero yo he venido a comer mero y lo voy a comer.
—No es verdad que dé lo mismo porque estén ya muertos. Si tú y quince personas más no los coméis esta noche, descuida que el dueño o el jefe de cocina se ocuparán de decir a los franceses que les ha sobrado mercancía y que no hace falta que pesquen más meros mañana.
—¿De verdad no me vas a dejar que pida mero, Mamen?
—Pablo, deja ya el mero, no es tan importante —dijo Dora.
—No, que se lo coma, Dora. Un mero más o menos en realidad da igual. Es una tontería darle más vueltas. Pero me tienes que prometer, Pablo, que en adelante harás un esfuerzo por no comer mero de cabo de Gata —dijo Mamen para zanjar el asunto.
—Prometido. Pero no sé si sabéis los ecologistas que ahora justamente se está empezando a producir aquí en Andalucía, desconozco el sitio, el mero de granja. Dentro de unos años va a ser como la trucha, que toda la que se vende en los mercados es de factoría.
De primero pedimos todos platos vegetales: pimientos rojos asados, tomates rellenos, berenjenas rebozadas y espárragos verdes. De segundo todos pescados, pero solo un mero, el de Pablo. Los demás tomamos salmonetes, atún y pez espada.
Dora era una mujer de unos cuarenta y cinco años, muy delgada, callada, de expresión cariñosa y una mirada inteligente. Llevaba el pelo muy corto con unos largos pendientes que parecían ser la única concesión al arreglo femenino que había hecho. Pablo, su marido, que tenía más o menos su edad, era un hombre corpulento y de maneras un poco toscas. Estaba todo el tiempo pendiente de demostrarnos su autoridad sobre su mujer dándole consejos aunque no viniesen a cuento, corrigiendo o avalando sus opiniones, levantando su voz sobre la de ella, etc. Dora no se ofendía nunca, le permitía todo respondiéndole siempre con una cálida sonrisa; tan solo a veces nos pedía a los demás disculpas con los ojos, un poco avergonzada por el modo de ser de su hombretón. Yo primero pensaba que vaya
mostrenco que le había caído a Dora; que una mujer sensible y lista como ella no se merecía a esa pesada mula dando coces todo el tiempo. Pero me acordé de que Mamen me había dicho que tres años atrás Dora había tenido una aventura con un novio de la juventud y que Pablo lo llevó tan mal que hasta enfermó gravemente. Y que eso le había cambiado el carácter haciéndole más posesivo. Observándoles con más atención me fui dando cuenta de que habían logrado entre ellos, a pesar de todo, un magnífico grado de convivencia y eso no podía ser solo por casualidad o por la experiencia de la infidelidad. Incluso les pude sorprender en algún momento en una mirada cómplice y de casi infantil ternura. Al final de aquella larga velada pude comprender que Pablo la necesitaba afectivamente de una forma tan grande y tan imperiosa como el tamaño de su cuerpo y lo abrupto de sus modales. Y que tenía verdadero pánico de que Dora le abandonase. Su forma de ser era solo un modo de disfrazar su gran dependencia. Por eso lo más bonito de todo era ver las permanentes demostraciones que ella le hacía de que nada ni nadie le apartarían nunca más de él.
Mariluz y Jaime, por su parte, parecían una pareja dispuesta a rodar un anuncio de alguna bebida refrescante. Guapos, jóvenes, felices, sonrientes, con ropa nueva a la moda joven de El Corte Inglés y empeñados en demostrar a la concurrencia que todo lo que enseñaban, formas y contenido, era muy auténtico. De todos modos, y a pesar de sus poses, parecía que les iba muy bien, porque no perdían la ocasión, aunque no estuviésemos pendientes de ellos, de cogerse la mano, mirarse sonriendo o darse un beso.
Pero Mamen me dijo más tarde que en el servicio, ese sitio misterioso de bares y restaurantes donde las mujeres no pueden resistir contarse los secretos sobre los hombres, Mariluz le había dicho que también veía de vez en cuando a Quique. «Se quedó, el pobre, tan deprimido, que no encontré otra solución», me comentó que le dijo. No cabe duda de que se aprende mucho en una hora frente al vacío.
A mitad de los pescados Pablo alzó la copa y dijo que teníamos que brindar por algo importante. Entonces Mamen dijo que sí, que había un motivo importante, que a la semana siguiente nos íbamos a casar en el faro
de Gata. Brindamos entre risas y caras alegres y los cuatro dijeron que no se perderían la ceremonia.
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