Bodas de luto
2. Dorada y femenina
La vi dorada sobre el gris de la colina mirando al mar y dueña del paisaje que se ofrecía ante mis ojos. Decidí acercarme de inmediato. Terminé la cerveza que tomaba a la puerta del bar de Los Escullos y seguí mirándola mientras me limpiaba el sudor de la frente antes de empezar a caminar. Las torres de vigilancia de la costa dominando desde un alto el vaivén del mar estaban ejerciendo sobre mí un magnetismo irresistible en ese viaje por Almería. Esta era diferente. No estaba en el acantilado, sino como a unos trescientos metros tierra adentro varada en una pequeña meseta. Pero, además, su forma cónica era más acusada y las piedras mejor pulimentadas.
Sí, era mucho más femenina que las otras torres.
Mientras me acercaba a ella se iba mimetizando cada vez más con el color de la tierra. Pero aun así y a pesar del sol que implacablemente lo devoraba todo y confundía en su exceso de luz, seguía ella allí dominadora absoluta del lugar.
Traspasé la puerta de la torre y corrí a buscar refugio en la sombra raquítica del mediodía que el muro dibujaba. Estaba completamente vacía en su interior y, sin tejado, se abría entera al cielo. Buscaba el sitio más adecuado para hacer el encuadre cuando me di cuenta. Los pequeños ventanucos, el agujero del centro, la falta de almenas y defensas… No estaba dentro de una torre de vigilancia…
—¿Le gusta el molino? —oí a mi espalda.
Quien me quitaba de los labios la palabra era un hombre delgado de unos cincuenta años, bien afeitado, de gestos relajados y con el aspecto pulcro, delicado y poco desgastado de los hombres de ciudad que no
trabajan en exceso; pero con un sombrero de paja como los labriegos de la zona.
—Sí que me gusta —dije poniendo en los ojos el mismo deseo de posesión que un niño ante el escaparate del juguete de moda.
El hombre lo advirtió.
—Es mío. Si quiere se lo vendo.
Dejó escapar una sonrisa. El tono de su voz y sus gestos eran los de una persona educada y amable. Pero lo había dicho con tanta suficiencia, dando a entender que tenía otras muchas cosas y que se podía permitir el lujo de venderme cualquiera de ellas, que comprendí que estaba ante un rico señorito andaluz.
—Incluyendo parcela: este redondel llano de al lado que antes fue la era.
—Sí que me gustaría comprarlo, ya lo creo, pero no puedo. ¿Tengo aspecto de rico?
En todos mis anteriores viajes y en los días que llevaba de caminata por Almería, cuando me encontraba frente a un palacete, una casa antigua o una torre, siempre me gustaba imaginar cómo lo restauraría y arreglaría para vivir allí. Y hasta guardaba en un álbum separado las fotos de las que más me habían gustado con la intención de poder comprar, años más adelante, cuando tuviese dinero, alguna de ellas.
—Para tener una cámara como esa hay que ser rico —dijo el hombre.
Se refería a la Leica M3 que llevaba colgada al cuello y a la que ya había notado que dirigía su mirada de vez en cuando. Me acerqué hasta él para que pudiese ver mejor la cámara fotográfica.
—¿Es usted aficionado a la fotografía?
—Yo solo un poco. Pero mi padre fue el pionero de la fotografía en Almería. Hay fotos suyas en el museo municipal. Tenía varias cámaras y un cuarto oscuro. Se preparaba él mismo muchas veces las emulsiones. Su cámara favorita era una Leica parecida a la suya que se trajo de Alemania un poco antes de que empezase la guerra mundial. Ahora la tengo yo en casa.
—¿Puedo hacer otras fotos? —le dije mientras cambiaba de objetivo para exhibir un tanto infantilmente mi equipo.
—¿Trabaja usted de fotógrafo? —me dijo.
—De vez en cuando. Un segundo trabajo. En realidad lo hago por afición —dije con esfuerzo mientras rodilla en tierra y la cabeza casi pegada al suelo sacaba una difícil perspectiva contrapicada.
—¿Y cuál es su trabajo principal, si no es indiscreción?
—La televisión. Soy realizador de documentales.
En aquellos años decir televisión era como hablar de las puertas del paraíso.
—Mi casa está ahí al lado, junto al mar. Pasamos aquí los veranos. ¿Le gustaría comer con nosotros?
—Bueno… no quiero molestar…
—Está hecho. Me llamo Antonio Manuel Romero —dijo tendiéndome la mano.
—Gracias. Mi nombre es Andrés Posadas.
—Todo lo que usted ve alrededor menos aquel monte más alto y una estrecha franja de la costa es mío. Y otra cosa que, trabajando en televisión, seguro que le va a interesar. El cortijo donde tuvo lugar el crimen de Bodas de Sangre, el libro de García Lorca, también es mío.
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