Bodas de luto
46. El inspector Requejo
La bomba, colocada por Iván en un sitio estratégico, en un lateral de la panza del vehículo en su parte más estrecha, hizo estragos en la máquina, la partió literalmente en dos, y desde ese día ya no volvió a trabajar. La máquina se quedó ahí reventada, en el mismo lugar donde trabajaba, como cuatro o cinco meses me dijeron los chicos; al cabo de este tiempo vinieron con un enorme camión y una grúa y se la llevaron al parecer ya para chatarra. La bomba provocó también, además de los daños materiales, numerosas polémicas y debates en los medios de comunicación, enfrentamientos entre los propios socios del «club» de la carretera por la costa, enfrentamientos con la empresa de la excavadora y con la constructora que iba a asfaltar, peleas entre grupos de opinión diferentes, etc., y a la postre el paro definitivo de las obras. Fue el gran éxito inesperado. Las obras de la carretera de la costa se darían por concluidas para siempre ahí, donde reventó la máquina, en ese lugar y en ese momento.
Aunque los promotores de la carretera no podían imaginarlo ni tras producirse el «accidente».
La Guardia Civil y la policía actuaron tal y como habíamos previsto. La idea de que el que se quedaba vigilando junto a la excavadora hasta el momento de la explosión permaneciese en una tienda de campaña en el Playazo —Juanma, que tenía un brazo escayolado, pasó un par de días con su novia Lucinda— resultó un gran acierto, porque la Guardia Civil, al ser avisada antes de lo que teníamos previsto, montó los controles en las carreteras principales enseguida, y desde luego a Juanma no le habría dado tiempo ni a llegar a mitad de camino de Almería si hubiese hecho la retirada
en esa dirección. La policía, que tenía la lista de todos los integrantes del grupo ecologista, empezó a llamarlos a sus casas. En un primer momento ningún familiar sabía dónde estaban. Luego ya alguno habló de una fiesta y finalmente uno de los chicos dio la pista definitiva al llamar para decir que volvía más tarde. Los llevaron a comisaría y todos los muchachos confesaron, como estaba previsto, que no se habían movido del piso de Mamen en un montón de horas. El comisario sospechaba, ¡cómo no!, que eso era mentira, pero confiando en encontrar alguna pista más tarde los dejó marchar a casa.
Sin embargo, a los tres o cuatro días la policía no tenía nada.
Absolutamente nada, ni una huella, ni una pista, ni un testigo. Los chicos se habían aplicado bien. Entonces el comisario, presionado por los propietarios y empresarios, llamó al inspector Requejo, un tipo con un aspecto rudo que llamaba a engaño, ya que era más listo y culto de lo habitual para un policía de provincias, y le urgió a que del modo que fuese obtuviera resultados en unos días. Requejo decidió, con arreglo a no sé qué peregrina razón, encerrarlos de nuevo en la comisaría y presionarlos mediante intensos interrogatorios para que alguno de los muchachos se rajase y contase algo.
Yo sabía también que más tarde o más temprano eso iba a ocurrir, así que reaccioné con rapidez y busqué a uno de los mejores abogados de Almería obligando al inspector a tenerlo que llamar para que estuviese delante siempre que hiciese cualquier interrogatorio a cualquiera de los chicos. Para ellos, tanto tener un buen abogado a su lado como comprobar que seguían contando conmigo les reforzó la moral de tal modo que ya no había peligro de que soltasen prenda. El inspector no tuvo más remedio que dejarlos libres a todos a las 48 horas. Pero entonces Requejo se fue a por mí. Las fotos que yo había realizado el día de los encadenamientos y que había hecho para justificar mis contactos con el grupo ecologista si algún testigo aparecía diciendo que me había visto con ellos en un bar o donde fuese, resultó paradójicamente el camino por el que me relacionaron con el grupo.
Si no hubiese hecho las fotos, o no se hubiesen publicado en los periódicos y otros medios, seguramente no me habrían relacionado con ellos. Pero allí estaban las fotos a gran tamaño, en cuyo pie, y por mi propio prurito de autoría, figuraba escrito mi nombre. El comisario lo vio muy claro
enseguida: la colocación de la bomba había estado muy bien organizada, sin un fallo, y no creía al grupo de muchachos capaces de hacerlo solos: tenía que haber con ellos «una cabeza pensante». También sabía bien que solo podía sacar algo de los chicos montándoles el número en los interrogatorios y ahí precisamente aparecí yo rápido al quite. (Debería haber tomado alguna precaución, pero no lo hice por ganar todo el tiempo posible).
Requejo incluso lo relacionó:
—Este tío sabe muy bien dónde está el punto flaco. ¡Joder que lo sabe!
Como que seguramente ha ideado él la coartada y puede que les haya ayudado a organizar toda la acción. ¡Por mis santos cojones!
Requejo me llamó primero sin acusarme formalmente de nada:
—Se trata solo de un pequeño intercambio de opiniones en el que espero que no tenga usted inconveniente.
—Ninguno, ya sabe que estoy investigando la historia del crimen del Fraile y preparando un programa para la televisión.
—También sé que ha hecho buena amistad con ese grupo de acción que se autodenomina ParqueGata.
—Son unos simples amantes de la naturaleza, un grupo ecologista. Y en todo caso lo correcto sería decir que he hecho amistad con un miembro de ese grupo, no con el grupo.
—Un miembro femenino, ya lo sé. Y no me diga que por amor no se hace cualquier cosa.
—¿Como qué?
—Sabe a qué me refiero.
—Sospecho que trata de relacionarme con ese asunto de la bomba. —
¿Y qué?
—Que no creo a esos chicos capaces de poner una bomba.
—Ni yo. ¿Dónde estuvo usted el día 17 entre las 9.30 y las 11 horas de la noche?
—El jueves estuve cenando en casa de don Antonio Manuel Romero, a quién imagino que usted conoce…
—Le conozco, claro, y a sus hijas. No pierde usted el tiempo, investiga muy deprisa en Almería.
Me despidió rogándome antes —ordenándome, estaba muy claro— que no abandonase Almería y advirtiéndome de que si no tenía inconveniente me llamaría de nuevo en un par de días.
—Estoy a su disposición.
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