Bodas de luto

Rafael Alcazar · Capítulo 46 de 101

Páginas del PDF

Bodas de luto

43. La Paca

Lo de que la Paca viviese en Puebloblanco no era cierto. Dolores Montoya me lo aseguró. En cambio, lo del cortijo de El Alquián sí que lo había oído, pero no podía darme ningún detalle más. Antes había hablado de nuevo con Pedro de Los Escullos y le había contado que mi visita a El Alquián no había tenido ningún resultado porque no había sabido dar con el sitio. Le pregunté si sería difícil localizar de nuevo a su amigo para ver si me podía dar algún dato más concreto sobre la situación del cortijo. Pedro me dejó a los dos días un aviso en el hotel, le llamé y me fui corriendo a Los Escullos.

Su amigo me esperaba allí.

—El cortijo donde vive se llama El Hualix —me dijo.

Yo no recordaba haber visto ese nombre por ningún lado cuando estuve; pero la zona que Sixto me señalaba en el mapa era más o menos por la que yo había andado. No lo entendía, aunque siempre estaban las dudas suscitadas por los caminos que ya no eran los mismos que los marcados en el mapa. Me despedí de Pedro y de su amigo Sixto para salir de inmediato hacia El Alquián.

Fui por la carretera todo lo deprisa que el pequeño Opel me permitía impulsado por un estado de ansiedad que ni podía evitar ni sabía interpretar su causa o significado. Antes de llegar a la zona urbana de El Alquián volví a desviarme a la derecha y meterme, en principio, por el mismo sitio que la primera vez. Ahora no había camiones y eso era peor porque no veía a nadie a quien preguntar. Di vueltas y vueltas y empecé a perder la calma porque no solo seguía sin poder preguntar a nadie, sino que tampoco veía por ningún sitio ni una sola indicación ni nombre alguno en las puertas de

los cortijos. Para colmo, hacía un calor sofocante y no corría una brizna de aire. Entonces fue cuando vi a lo lejos la silueta de un hombre que por sus andares y ritmo supe enseguida que era un jubilado dando el paseo recomendado por el médico. Bajé del coche y fui a pie a su encuentro. Al llegar a su altura le pregunté directamente:

—Disculpe, ¿sabe usted dónde está el cortijo de El Hualix?

—¿El de la sobrina de la Paca, la de Bodas de Sangre? —dijo dejando escapar una sonrisa.

—Sí —contesté con excitación.

—¿Es usted periodista?

—No exactamente. Soy de televisión.

—¿De televisión? ¿Y dónde tiene la cámara?

—Ahora es solo para preguntar algunas cosas y hacer el guion.

—Debía haberse traído la cámara porque si ya es muy difícil que vea a la Paca una vez, dos es imposible.

El hombre tenía, seguro, más de setenta años, pero disfrutaba de su buena salud. No había parado de andar ni siquiera al saludarme y seguía a su ritmo su camino doblando ahora a la derecha.

—¿Sabe entonces usted dónde está el cortijo de El Hualix? —insistí.

—Hacia allá vamos —dijo tranquilo sin mirarme—. Es un paseíto.

Tenga un poco de paciencia.

—Perdone…, es que llevo una hora dando vueltas sin encontrar rastro de ese cortijo.

—No es la primera vez que me encuentro con un periodista por aquí.

—¿Tengo competencia?

—No, de eso hace tiempo.

Me contó Juan, que así se llamaba este hombre, que él no era andaluz, que era de Teruel. Pero que había conocido a Felisa, su compañera, hacía seis años en Benidorm durante unas vacaciones de invierno con el Imserso y que, desde entonces, vivían en una casita a las afueras de El Alquián. Solo el mes y medio o dos meses de más calor se iban a su casa de Alustante.

—¿A ella no le gusta pasear?

—No, prefiere las telenovelas —dijo sonriendo.

—Nadie es perfecto —se me escapó.

—Pero, a pesar de esta y otras discrepancias, fregamos los platos juntos y somos todo lo felices que pueden serlo dos viejos resabiados, pero sin mala leche.

Yo seguía andando a su lado. Giramos de nuevo a la derecha y me señaló con el brazo.

—Allí al fondo está. Esa es la entrada.

Llegamos por fin a las puertas del cortijo de El Hualix: una vieja verja metálica cerraba el acceso a un camino que separaba dos largos invernaderos de plástico, abiertos por los extremos a una brisa inexistente, sembrados de tomates. Me sonaba haber estado ya en ese sitio. Al fondo vimos cruzar a una mujer.

—Esa es precisamente la sobrina de la Paca, la dueña del cortijo. O

puede que la Paca sea la verdadera dueña de El Hualix y la sobrina se está aprovechando, ¿quién sabe?, eso dice alguno —comentó con malicia.

Me acordé entonces de que en ese camino entre los dos invernaderos era donde estaba uno de los camiones a los que me había acercado el día anterior.

—¡Pero si el otro día pregunté por la Paca a esa misma mujer y me dijo que no sabía nada, que no tenía ni idea de dónde podría estar!

—¿Así que ni idea, dijo?

—Sí, me engañó como a un pardillo, según parece.

—Ya lo creo.

Seguimos andando en paralelo a una tapia baja de piedra. Vimos otros dos invernaderos y el edificio del cortijo.

—En esa casa vive la sobrina, su marido y sus hijos. Luego, ¿ve usted esa otra construcción más baja que hay detrás? La puerta de más acá creo que es un almacén, en la siguiente está encerrada la Paca. Dice la sobrina que para que no se escape. Pero digo yo que encerrada en esa especie de garaje, ¿cómo no se va a querer escapar? Yo la he oído alguna vez cuando he entrado a por tomates y pimientos, pero no la he visto nunca. A ver si usted tiene más suerte, yo sigo mi camino.

—¿Y lleva mucho tiempo la Paca ahí encerrada?

—Creo que sí, que muchos años. Dicen que está loca y por lo que la he oído hablar me parece que es verdad. No me extraña, a mí con que me

encierren un mes ya me vuelvo loco. Imagínese usted años y años… Adiós.

—Adiós y muchas gracias.

Volví rápidamente a las puertas de entrada del camino principal.

Carmen, la sobrina, seguía por allí. Le grité que si el cortijo era el de El Hualix y me contestó que no. Insistí en que me habían dicho que sí y que aquí vivía la Paca.

—Le han engañado —me contestó secamente alejándose de donde yo estaba.

Hice como que me marchaba y esperé a que ella desapareciera. Volví al lugar de la tapia donde me despedí de Juan, salté al interior y me encaminé deprisa hacia donde me había dicho que estaba la Paca. Llegué a la ancha puerta de esa especie de garaje y la llamé por su nombre. Me contestó al cabo de unos segundos una voz asustada y ronca:

—¡Sácame de aquí!

—¿Es usted Paca?

—¡Quiero salir! —respondió con voz resquebrajada.

—¿Pero es usted la Paca?

—¡Sí. Quiero salir! —gritó más alto y más desgarrado.

En ese mismo momento vi que venía hacia mí corriendo un perro enorme y detrás Carmen, la sobrina, y un hombre, que por la edad debía de ser su marido, también corriendo y con un azadón en la mano. Eché a correr yo igual y cuando estaba ya saltando la tapia el maldito perro me enganchó del zapato y después de forcejear un poco, al ver que llegaba el hombre, saqué el pie y lo dejé allí entre sus dientes. Tuve que ir hasta el coche con un solo zapato y luego comprarme un nuevo par en Almería.

Mientras volvía de El Alquián conduciendo me sentía indignado por las bochornosas condiciones de aislamiento en que mantenían a la Paca y estuve considerando todo el tiempo si debía denunciarlo a la policía.

Pensándolo ahora creo que fui un cobarde por no hacerlo. Era verdad que estaba encerrada por sus familiares y quienes la cuidaban. Como lo era que ellos contaban con los argumentos de que estaba loca y que quería escaparse; y que seguro que la investigación de la Guardia Civil habría terminado en nada. Pero creo que, a pesar de todo, debía haber hecho algo

por aquella mujer encerrada tanto tiempo y en unas condiciones tan inhumanas, cuya voz rota, desgarrada, desesperada, suplicando salir de allí, aún resuena en mis oídos.

OceanofPDF.com