Bodas de luto
57. Agente exterior
Recibí en el hotel una inesperada llamada de don Luis Miguel Rivera, el presidente de la asociación de empresarios del Campo de Níjar. Me citó en un popular bar de tapas del centro, la «Cervecería Toribio». Cuando tras saludarme pidió al camarero una ración de jamón de Huelva ya sabía que me iba a pedir algo.
—Pero de ese que tenéis para clientes especiales —recalcó.
Tras decirme que Antonio Manuel le había hablado muy bien de mí me preguntó si yo estaría dispuesto a hacer un documental sobre la costa de cabo de Gata para la asociación.
—En principio claro que sí.
—Le pagaríamos muy bien.
—Eso es lo principal —dije sonriendo un poco cínicamente.
—Empezamos a entendernos —me dijo.
—Además, me encanta la costa de Almería.
—Y a todos los visitantes. Es nuestro tesoro. Por eso la obligación de los almerienses debe ser procurar que nuestros visitantes se sientan a gusto y se queden el mayor tiempo posible.
—Eso también lo piensan los ecologistas —no pude reprimirme.
—Ahí quería llegar yo, señor Posadas. Este documental formará parte de una campaña para contrarrestar la actividad de los ecologistas defendiendo nuestros derechos y subrayando que el terrorismo no puede ser nunca un instrumento de reivindicación en una sociedad moderna. Por eso necesitamos que deje usted claro desde el primer momento que no está del lado de los ecologistas y que no comparte sus ideas ni sus estrategias.
Me sorprendió la contundencia con la que me lo planteó. Llegué a pensar si no tendría una grabadora escondida y si esta cita no formaba parte de una estrategia coordinada con la policía. Incluso puede que el acoso exagerado del hospital sobre Mamen formara parte también de esta estrategia contra los ecologistas.
—Don Luis Miguel, se equivoca usted si piensa que yo tengo alguna relación con los ecologistas almerienses. Solo he hecho amistad con un miembro de ese grupo y no precisamente por su condición de ecologista. Es verdad que por intervención de esta persona, que me ayuda en mi investigación, les hice unas fotos el día aquel que se encadenaron en la Delegación. Pero me trajo algunas complicaciones y le dije que no quería saber nada más de sus amigos. Y en eso ella ha sido honesta y no me ha vuelto a molestar con ese tema. Por otra parte, yo soy un profesional y si me comprometo con un trabajo no dejo que influyan en ello mis opiniones personales. No existirían los publicistas si esto no fuera así.
—Me alegra oírle. Por cierto, le habrá hecho ella algún comentario sobre el atentado con bomba…
—Quizás no debería decirlo, pero está bien contenta. Respecto a otros detalles es muy discreta.
—¿Y le ha dicho o ha oído si ha habido discrepancias en el grupo en relación al atentado? —me preguntó.
—¿A qué se refiere?
—Me resulta extraño ver en el mismo grupo a hijos de amigos propietarios y a hijos de jornaleros…
—Pasa lo mismo con el fútbol o los toros…
—No es igual.
—¿No entiende cómo un heredero puede tirar bombas a su tejado?
—Lo ha dicho perfectamente…
—Bueno, hay gente a quien le gusta más las ciudades, los bares, los sitios concurridos y a otros les gusta el campo abierto y los parajes solitarios.
Le dejé un poco desarmado. Salí yo mismo en su rescate.
—Usted está seguro de que mi amiga y los de su grupo han puesto la bomba. ¿Quiere saber mi opinión?
—Desde luego.
—Los muchachos a los que yo hice las fotos si cogen una bomba les explota en las manos. Por lo menos los que yo vi. Lo que no sé es si hay otro tipo de gente en el grupo. O si recurrieron a alguna persona de fuera para realizar el atentado, que también podría ser.
Esta insinuación tan tópica del «agente exterior» le hizo a don Luis Miguel quedarse un rato pensativo considerando la cuestión. Pero creo que no picó. Más bien todo lo contrario, porque no volví a oír una palabra sobre el documental. Aunque eso lo tenía claro desde el primer momento.
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