Bodas de luto

Rafael Alcazar · Capítulo 2 de 101

Páginas del PDF

Bodas de luto

1. Dos bellas flores

Me despertaron unas gotas de agua en la cara que imaginé por unos instantes cagadas de paloma. Luego, al abrir los ojos, me encontré con las risas y los cuerpos espléndidos de Marita y Rosana en bikini. Pensé que me tomaban el pelo cuando me dijeron que había dormido durante más de hora y media. Ya no corría ninguna brisa en el porche y tenía el polo mojado de sudor y pegado al cuerpo. Me invitaron a darme un baño en la playa privada. ¿Quién podía negarse ante aquellos cuerpazos coronados por unas deliciosas sonrisas?

Las dos hermanas hicieron equipo contra mí y me dieron no sé cuántas aguadillas, pero poco importaba si eso me daba licencia para tocar y apresar sus cuerpos. Ellas también se dieron sus buenos tragos, ya que yo no tenía más remedio que hacer el papel del macho fuerte. Temiendo que Marita pudiese molestarse estuve todo el tiempo haciendo esfuerzos para que mis ojos y mis manos no se fueran más veces hacia Rosana que hacia ella. Tras un par de forcejeos en los que el contacto con las sirenas se alargó más de lo habitual, el pequeño demonio de la entrepierna se me puso nervioso y en el bañador creció un bulto imposible de ocultar. Ellas lo vieron, (seguro que estaban al acecho) se rieron y se hizo un pequeño alto en el combate.

—Lo siento, chicas, no está el agua suficientemente fría.

Después del baño nos sentamos de nuevo todos en el porche a merendar.

La criada, una moza del cercano pueblo de La Isleta del Moro, de unos veintitantos años y pelo denso muy negro como corresponde a una tópica y típica andaluza, trajo zumo, café y mantecados y se reanudó la conversación

como si no hubiese existido ninguna pausa tras la comida. Otra vez era Marita la que más hablaba. Otra vez la gracia y la perspicacia con que abordaba cualquier tema secuestraban mi atención hasta quedarme embelesado. Pero lo que Marita tardaba varios minutos en construir lo derribaba Rosana en un segundo haciendo acelerar mi pulso con un flechazo de sus ojos o un oportuno movimiento de su torso.

Y así, embobado y saltando de una a otra flor como una abeja, llegó la noche y la hora de cenar. Yo, para corresponder a la hospitalidad de la familia, seguí exhibiendo mi simpatía y mi habilidad con la oratoria. Pero, sobre todo, para hacerme valer ante esas dos imponentes muchachas.

OceanofPDF.com