Clementine
ocho.
Recogí mi cuerpo del suelo y lo saqué de casa sin hacer ruido para que Mark no me oyera marchar.
No tengo ni idea de a dónde fui. Caminé en línea recta todo lo que pude hasta que me olvidé incluso de mi nombre. A eso de las once recibí un mensaje de Liv diciendo que estaba muy cansada y que tenía resaca y que si le daba permiso para mandarle mi número a Blythe, porque se lo había pedido. Accedí sin saber mucho a qué lo hacía; así de entumecido tenía el cerebro.
Solo quería dormir y llorar. Estuve a punto de contarle lo que había pasado, pero me contuve en el último momento; decírselo no supondría simplemente hablar o quejarse, porque sería iniciar una batalla para la que no tenía fuerzas en ese momento.
Mark tenía razón cuando decía que Liv le odiaba igual que él odiaba a Liv. No podía evitarlo. Él aseguraba que tenía celos de lo bien que iba nuestra relación, pero cuando yo nos miraba desde fuera no veía que hubiese nada que envidiar. Aun así, es cierto que ella no le aguantaba. No podría hablar con mi amiga de él. A veces se atrevía a preguntarme qué tal nos iba, pero yo siempre esquivaba el tema con toda la agilidad posible. No me gustaba tener que mantener una cara de póker mientras ella no paraba de meterse con mi novio y repetía de forma constante lo tonta que era por no dejarle.
Semejante fijación y odio acababan por agotarme.
Llamé a Liv la primera vez que Mark me gritó como lo había hecho la otra noche. La pelea me había dejado aturdida y pensé en ella porque lo único que quería era llorar y dormir y en el piso no podría hacerlo. Sabía que me acogería. Marqué su número y ella dijo que fuese cuando quisiera, que siempre tendría abierta su casa, pero que Kristen estaba pasando allí unos días y tendría que dormir en el sofá porque en la cama no había sitio para las tres. También intentó preguntarme qué había sucedido. Reconocí con infinita vergüenza que estaba un poco asustada de cómo se había puesto Mark y quería alejarme hasta que la cosa se calmase. Ella dijo que no me preocupara y que me esperaba, y colgó. No añadió ni una palabra más por teléfono. Supongo que fue porque no quería avisarme de la que me iba a caer en cuanto llegara, y supongo también que hizo bien, porque no habría ido.
Kris abrió la puerta y me abrazó antes de que me diera tiempo a verle la cara. Sus brazos me apretaron tan fuerte que sentí que me faltaba el aire, y luché para sacar la cara de su hombro y poder ver a Liv allí. Tenía una expresión demasiado seria y el ceño tan fruncido que parecía que le partía por la mitad el rostro. Nos miramos durante unos segundos, yo aún entre los brazos de su novia y sin prestarle atención a lo que me susurraba (creo que decía «lo siento»), y creo que lo vi venir entonces, antes de que mi amiga separara los labios.
Empezaron a caerle de la boca sapos y culebras y sentí que me recibía como a un refugiado de guerra o a una maltratada.
—¿Te ha pegado ya? ¿Lo ha hecho, es eso, como yo predije?
Aquello me enfureció. Había ido allí para meditar, porque bajo el mismo techo que Mark no habría podido pensar en nada, y lo que encontré fue un castigo en forma de «te lo dije». No había allí nada de refugio, sino de todo lo contrario.
Kristen me cogió la mano y me rogó que me quedase. Por ella no me fui de allí. Liv y yo nos miramos hasta que pareció ceder y también me pidió que me quedara, porque lo sentía, y dijo que estaba encantada de que hubiera ido.
Aguantó exactamente cuarenta y cinco minutos antes de que su lengua se desatase de nuevo sobre él, sobre la situación y sobre todo lo que había hecho mal.
Sentía la expresión de Liv como una pérdida. Sabía que pensaba que yo era una víctima y que todas sus sospechas sobre Mark se habían confirmado, pero no era así, aunque ella no lo viera. Daba igual si yo intentaba decírselo. Su desprecio sin filtros y sus comentarios desconsiderados me hicieron ver que había olvidado por completo por qué estaba yo allí y lo que quería decir mi presencia, cómo me sentía. Ese fue el problema principal. Me recriminó tanto haberle permitido gritarme que me prometí a mí misma que nunca volvería allí a confesarme si podía evitarlo, porque hacerlo sería exponerse a un bombardeo. Liv me dejaría dormir en su casa, porque siempre lo haría, pero el precio sería un juicio y llevar esa losa. Sentirme otra vez ciega y tonta, como siempre.
Sé que en el fondo lo hacía con buena intención, pero me agotaba. Me dejaba hueca, como un reloj sin cuerda ni engranajes, como un globo cerrado pero vacío. Liv me quería y por eso se preocupaba, pero pensaba tan poco en mí al preocuparse que me desestabilizaba hasta el punto de dejarme sin sitios en los que estar.
Por eso me callé aquel día tras la fiesta, por eso preferí contenerme. Incluso me mandó un par de audios, sonando aún dormida y algo atontada por la resaca. Le respondí un simple «sí» a su «entonces, ¿puedo darle tu número?», y no le dije que estaba en la calle ni que tenía frío ni que seguía llevando la misma ropa de ayer. De hecho, no le dije nada más. Apagué el móvil para ahorrar la poca batería que me quedaba, me senté en un banco cualquiera y me bloqueé.
Hacía eso muchas veces. Era mi estrategia favorita cada vez que algo me sobrepasaba.
Había aprendido a hacerlo a base de ensayo y error, con el tiempo. A veces tenía la sensación de que en realidad lo único que hacía era quedarme dormida durante horas cuando teníamos una bronca, o cuando hacía algo que me incomodaba, o cuando me quedaba a su lado pero en realidad no quería estar allí. Ahora sabía esquivar mentalmente casi todos nuestros momentos juntos, lo que significa que no era plenamente consciente de tres cuartas partes de mi vida. Aquellas cosas, las peleas en especial, eran archivadas como si nunca hubieran ocurrido. Mi cerebro se desconectaba durante horas, se lo perdía y, al cabo del tiempo, cuando intentaba acceder a aquella parte de mi memoria, nada. No había nada, y si lo había, yo no era capaz de alcanzarlo. En realidad casi lo consideraba un milagro, porque descansaba casi como si mi espíritu se marchara a otra parte para no sufrir los daños. Cuando algo me pasaba con Mark, a veces incluso aunque fuera algo bueno, mi mente se iba y volvía cuando la cosa ya estaba calmada.
Aprendí a hacer eso tiempo atrás y ahora, cuando lo necesitaba, simplemente pasaba. No tenía que invocarlo. La niebla me rodeaba y era una nulidad segura, casi agradable, algo que no me hacía sentir el mal, y que justo por eso estaba bien.
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