Clementine

Clara Cortés · Capítulo 2 de 34

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Clementine

dos.

 

Sin embargo, nunca supe qué pintaba exactamente en casa de Mark.

Quiero decir, realmente nunca sentí que mi sitio estuviera en aquel piso. Supongo que por eso siempre estuve un poco sola en el apartamento. Las paredes eran blancas y me parecían muy frías y vacías, así que pasaba muchísimo tiempo mirándolas e imaginando cosas colgadas de ellas: cuadros, pósteres, banderas de colores como las que tenía en mi primera habitación cuando era pequeña. Esas me gustaban. Sin embargo, los meses pasaron y la pared continuó desnuda, y no me atreví a proponer el más mínimo cambio por miedo a que todo se derrumbase.

Nunca he pensado que la casa de Mark pudiera considerarse el hogar de nadie. Yo solo me mudé por huir mis padres, creyendo que hacerlo solucionaría la sensación de estar estancada, pero lo único que Mark tuvo durante meses fue un supuesto atractivo físico y el don de saber moverse para mí. Ni siquiera recuerdo bien el principio de nuestra relación, aunque sé que fue una locura: lo hacíamos en la cama, o en el sofá, o en el baño, y yo intentaba sentirme real durante aquellas distracciones.

Si algo sabía de Mark en aquella época era que él era sólido.

Tardó poco en acostumbrarse a mi (no) presencia. Es lo que tiene ser una mitad, formar parte de una sombra y permanecer todo el rato callada: la gente se amolda fácilmente a ti, o, más bien, tú te amoldas a ellos, acoplándote en los huecos que te dejan y retorciéndote para encajar. Al principio no me di cuenta de que lo mío estaba siendo eso, contorsionismo; me presentó a sus amigos como su chica y yo empecé a sentirme un poco menos mía; le vi mezclar nuestra ropa en la lavadora y, aunque me horrorizó verle mirar mis bragas tan de cerca, me tragué un grito. Al fin y al cabo, aquellos eran sus dominios. Todo lo que hubiera bajo su techo debía pertenecerle.

El silencio era mi manera de pagar cama y comida. Creo que él estaba contento con eso, porque a veces me miraba con esos ojos de párpados un poco caídos y me lo decía: «Clementine, eres muy buena chica». Yo me lo tomaba de forma normal, supongo, ni bien ni mal, porque no me parecía mal piropo.

El problema es que no era un piropo, pero ninguno de los dos, por razones distintas, lo vimos. A él le parecía un comentario inocente, hasta positivo, y a mí simplemente algo aceptable porque quería quedarme aunque la casa fuera incómoda y se pareciera más a una cárcel que a un nido.

Mi molestia se convirtió en búsqueda con el paso de los meses. Buscaba sitios donde sentarme, donde no tuviera la sensación de manchar, donde mis pies no se mojaran de cerveza los domingos. Notaba las suelas tan pegajosas al intentar alejarme que al final me quedaba quieta y, mientras tanto, el cerco se fue cerrando, cerrando, cerrando, y, de repente, solo me quedó un sitio donde quedarme:

Él.

No solo me doblé para contentarle, sino que me enredé a su alrededor como una planta. Crecí en torno a Mark. Él era un invernadero, y yo una rosa rara que solo podía florecer bajo su luz fluorescente.

Pero creo que no florecí. Creo que mengüé. Aunque eso tampoco lo vimos.

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