Clementine

Clara Cortés · Capítulo 15 de 34

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Clementine

quince.

 

 

Le dije a Liv que Mark había ido a ayudar a un amigo a la otra punta de la ciudad y que si podía pasarme por su casa para no quedarme sola. Esperé abajo a que viniera a buscarme, sin cambiarme de ropa y sin siquiera un abrigo, y el frío fue la confirmación de que lo que había pasado era real y no me lo había inventado.

Mark estaba tan cansado de mí (por mí) que se había ido.

El coche roñoso de Liv paró junto a los cubos de basura que había ante nuestro edificio y casi escuché que chasqueaba la lengua como todas las veces que tenía que echarse un poco hacia atrás para que no le bloquearan la puerta. Me levanté y ella se dobló para abrirme sin levantarse, aunque el brazo apenas le daba para empujarla y tuve que ayudar.

Se quedó mirándome un momento.

—Tía, que yo vengo en pijama, ¿por qué te has arreglado?

Me encogí de hombros.

—Era lo que llevaba puesto.

—Pues me gusta. Aunque debes tener frío. Ya te pediré que me lo dejes en algún momento, es bonito.

—Puedo regalártelo. Ya no lo quiero, no lo voy a usar más.

Me senté y me abroché el cinturón sin mirarla, pero sentía los ojos clavados en mí. A lo mejor tenía que haberme ahorrado eso último para que no sospechara que algo iba mal, pero estaba cansada y ni siquiera quería pensar en nada. Al cabo de unos segundos, sin embargo, lo dejó y simplemente soltó un leve suspiro antes de mirar por el retrovisor y arrancar.

El primer tramo lo hicimos el completo silencio. Sentía un poco de vergüenza, como tiempo atrás, cuando salía por la noche, me quedaba sin transporte y tenía que llamar a mi padre para que viniera a buscarme. Notaba que ella esperaba a que yo empezara hablar por voluntad propia, y me sorprendió que al menos se esforzara en ello, pero lo cierto es que no tenía ganas de empezar ni de dar explicaciones. Me acurruqué contra la ventana y en un momento dado intenté poner la radio para que al menos hubiera allí algún sonido, pero ella la apagó de golpe como si supiera que habría intentado esconderme en eso. Fue un gesto un tanto violento y me sentí más presionada que con nada de lo que hubiera hecho hasta entonces, así que me replegué. Me abracé el cuerpo, pegué la frente a la ventana y solté un suspiro.

Al final, como yo no hablaba, ella cogió mi silencio, hizo con él una bola y lo desechó.

—¿Vas a decirme qué ha pasado?

Intenté hacerme la loca y me puse a mirar por la ventana, mostrando indiferencia.

—No sé cómo se llama el chaval —respondí—. Creo que es Tom o John o algo parecido. Mark ha tenido que ir a echarle un cable y me ha dicho que, como no sabía si iba a volver esta noche, mejor no me quedase sola…

—¿Pero te crees que soy tonta? Te temblaban las rodillas cuando estabas esperando a que aparcara.

—Si estaba sentada.

—Pues imagínate.

Eché la cabeza hacia atrás, cansada. Si cerraba los ojos solo podía ver la cara de Mark, roja, a punto de llorar e hinchada, así que decidí abrirlos y limitarme a mirar hacia fuera.

Él se había ido antes de que le viera llorar porque eso podría romperle.

—¿Qué es? —insistió, esta vez un poco más suave—. Vamos, Clem, a mí no tienes que mentirme.

—Se ha ido. Hemos discutido y creo que le he destrozado.

—¿Tú? ¿Tú a él?

—Sí. —Subí las piernas al asiento y me abracé las rodillas—. Parecía muy triste.

—Vamos, como tú todo el tiempo.

Me sentía tan culpable que ni siquiera tenía espacio en el corazón para estar también dolida. No la miré. Escuché cómo suspiraba y su mano se situó en mi hombro brevemente, apretándolo un poco, animándome como pudo y de la única forma que se le ocurrió.

No se puede decir que funcionara.

—¿Te ha hecho algo?

—Estás obsesionada. No —respondí—. Él no me ha hecho nada, he sido… Esta vez he sido yo, ha sido todo mi culpa.

—Bueno, no pasa nada. Cuando lleguemos a casa me cuentas, ¿vale? — Se detuvo un momento, como si no estuviera segura de añadir algo más, pero al final acabó aclarándose la garganta y lo dijo—: No quiero que pienses que no puedes contarme las cosas, o que para no asustarme tienes que mentirme. No importa lo que pase con él, Clem, te juro que no voy a juzgarte. Solamente me da miedo que te pueda pasar algo.

Aquel era el argumento que oía todas las veces. Salía de las bocas de las personas importantes para mí y me ataba de pies y manos como si fuera una cuerda.

—Ya lo sé, Liv. Todos queréis que no me pase nada. Todos estáis preocupados por mí por algo, pero no dejáis que yo me preocupe por mí, como si no pudiera hacerlo. Estáis tan agobiados porque no vaya a ser capaz que ni me dejáis intentarlo… y yo solo quiero comprobar si puedo.

 

Kristen se cubrió mejor con su chaqueta y le di las gracias por el té que me había traído.

—No es nada, espero que te guste. Aunque no sé si es bueno que te lo tomes a estas horas.

—Estaré bien, tranquila.

Asintió, soltó un leve suspiro e intercambió una mirada con Liv que ignoré, centrándome en mi móvil. Le había escrito unos cuantos mensajes a Mark, pero no los había leído todavía. Tenía unas ganas terribles de llamarlo y pedirle que volviera para suplicarle perdón. Tenía que darle muchas explicaciones. Tenía que decirle que no había ningún otro tío y asegurarle que sí que le quería, explicar que su casa no era solo un lugar para quedarme y que, aunque tuviera otro techo, siempre elegiría el suyo… Pero tenía que intentar decidir cuánto tenían todas esas cosas de real, antes. Tenía que creérmelo primero si de verdad quería poder afirmarlo.

Ahora, sí que sí, no podía volver a mentirle. Ni aunque fuera a mi manera, con aquella forma de no contar las verdades.

—¿Te preparamos el sofá? Yo voy a acostarme ya, mañana por la mañana tengo que madrugar porque voy a pasar el día en mi casa estudiando, pero volveré por la tarde para seguir desde aquí las elecciones.

Por un momento me había olvidado de que era día siete de noviembre y de que al día siguiente tendríamos presidente nuevo.

—Tranquila, Kris, con una manta me apaño. Descansa.

—Vale. Buenas noches, bonita.

—Buenas noches.

Liv se quedó conmigo en el salón un poco más, pero su conversación apuntaba a un solo puerto y ya le había dejado claro que no estaba por la labor, así que al final también se acabó acostando. Entonces me quedé sola. Observé su salón y, tocando la manta, pensé que en aquel piso me sentía segura y cómoda y un poco protegida, como si todos mis problemas se hubieran quedado al otro lado de la puerta a pesar de la presión y de todo lo que Liv pensaba. Era extraño. Había estado visitando aquel piso durante al menos seis años, porque ella había vivido allí siempre y le gustaba ofrecerme que me quedase (lo cual aceptaba a menudo, ya que estaba relativamente cerca de la universidad), pero hasta entonces su casa nunca había sido para mí un refugio. Simplemente, era un lugar de paso.

Me pregunté qué había cambiado entonces, por qué había decidido empezar a ir allí de forma distinta, y al tirar de aquel hilo encontré que todo comenzaba en el momento en que había coincidido con Blythe.

Desde que la conocía todos los sectores de mi vida se habían desequilibrado, pero aquella casa había seguido pareciendo lo suficientemente segura como para volver siempre.

Me dormí con esa nube negra rondándome la cabeza, sin poder despistarla, y a la mañana siguiente estaba tan triste que no me habría levantado si Liv no hubiera venido a despertarme.

(Aunque lo hice, y fingí que me encontraba mejor, y hasta desayuné algo).

Nos pasamos el resto del día juntas sin hacer nada, en silencio. Cuando volvió Kris después de comer pusimos las noticias y tuvimos la televisión de fondo hasta que el escrutinio estuvo muy avanzado y vimos que tenía pocas posibilidades de cambiar.

Liv parecía la más afectada. Me sentía un poco mal por alegrarme de que la situación del país la distrajera de mis problemas, pero en vez de preocuparme me senté en el sillón a su lado y me detuve a observar aquel desastre en silencio, casi como si no me afectara. Ella se llevó la mano al corazón y la dejó allí durante el último tramo, que duró varias horas, enfadándose y repitiendo que no se podía creer lo que estaba ocurriendo («¿Estás de coña, Florida? ¿Después de lo del Pulse? ¡¿Vais a dejar que sea el presidente?!»); cuando por fin se hizo oficial que los republicanos habían ganado, Kris soltó un suspiro, se retiró el pelo de la cara y fue directa a la despensa para sacar una botella de vodka. Mi amiga se secó una lágrima y murmuró que todo era una mierda y que no quería vivir en un país así y, aunque sabía que en mi fuero interno tampoco podía creer que ese hombre fuera el nuevo presidente electo, sentía el cerebro como hecho de corcho. No podía reaccionar.

Acabé decidiendo que lo mejor era marcharme.

—Chicas, me vuelvo a casa.

—¿Con la que se ha debido montar en la calle? ¿Te vas ahora?

—Sí. Me apetece estar sola. Aunque gracias por dejarme quedarme. Bebed mucho por mí, ahogad también mis penas.

—Como veas. ¿Te pedimos un Uber?

—Puedo pedirlo yo.

Estaban tan absolutamente desoladas que ni siquiera tuvieron ganas de insistir o acompañarme.

Supongo que fui a casa porque no tenía ningún otro sitio a donde ir. Estaba triste y cansada y ni siquiera quería pensar en lo que había pasado en el mundo porque, si me paraba a analizar aquello, la situación me comería y no podría con todo. Tenía un agujero en el pecho enorme desde que había llegado a la conclusión de que todo lo malo de mi vida sucedía a causa de Blythe, y no sabía qué hacer para remendarlo.

(La verdad es que no había sido exactamente a causa de Blythe, sino más bien desde que la había conocido).

(O, más bien, desde que había querido besarla).

(Pero lo cierto es que ella no había hecho nada malo. Simplemente había sido simpática conmigo, extremadamente amable, como haría con cualquier otro ser humano sobre la Tierra. ¿Por qué no podía pensar en ella como en una amiga? ¿Por qué esa palabra no podía ser suficiente para mí?).

Me sorprendió encontrar a Mark en casa cuando abrí la puerta. El apartamento olía horrible y todo tenía ese aire extraño de desastre sostenido. Daba la sensación de que, aunque sabía que se había ido y había vuelto, él no se hubiera movido del sitio desde que me fui.

Su rostro se iluminó al verme, como si pensase que no iba a volver, como si me hubiera estado esperando durante horas. Lo primero que hizo fue dar un paso hacia mí para recibirme; yo retrocedí instintivamente como respuesta. El corazón me latía muy rápido y lo sentía apretado en un puño, incapaz de resistirse al miedo, incapaz de no sentir inquietud.

Él lo notó, se detuvo a tiempo y me observó con ojos extremadamente tristes.

Le vi así, con el alma desnuda como nunca, y descubrí que me dolía.

—Y-yo… —Su voz sonaba poco usada, y carraspeó como para aclararla y que le entendiera mejor—. Lo siento mucho, Tin, yo… no sé qué… Lo siento.

Me mordí el labio y sentí que tenía ganas de llorar. Él, aprovechando que había girado la cabeza, volvió a intentar acercarse.

—Tin, lo siento, no tengo… no tengo ni idea de qué me pasó, yo…

—No te… no te preocupes.

Se detuvo, como si con aquello le hubiera cortado. Recuerdo que, cuando alzó la cabeza para mirarme, algo en sus ojos me pareció terriblemente confundido; o no, más bien decepcionado, como si aquella no hubiera sido la respuesta correcta, como si al aceptar sus disculpas hubiera algo que yo no había hecho bien.

Lo cierto es que no había podido resistirme a su tristeza. Jamás lo había viso así de arrepentido, tan frágil, y su cuerpo blando me daba ganas de correr a abrazarlo para protegerle del dolor. Tenía la sensación de que no había esperado que aquello fuera a ser tan sencillo, o tal vez pensaba que iba a hacerle luchar un poco más para recuperarme, pero algo en mi pecho había aleteado al verle y mi lengua se había movido antes de que pudiera valorar la situación. Me había emocionado que él pensara que valía la pena humillarse con las lágrimas, porque sabía que ese era el significado que tenían para él, y supongo que valoré el esfuerzo antes de pensarlo demasiado.

Nada importaba. Daba igual lo que había hecho, porque lo que importante era lo que estaba haciendo ahora, lo que sentía en el presente, y le perdonaba. Le perdonaba por todo.

O eso pensaba, porque eso era lo que mi corazón pedía.

Pero, cuando intenté moverme hacia él, me di cuenta de que en realidad no podía tocarle. No podía acercarme más.

—Mark, creo… creo que… creo que deberíamos hablar.

Le vi asentir con el rabillo del ojo, decidido a escuchar lo que tuviera que decir. Intenté ordenar las palabras para que expresaran exactamente lo que yo quería (mi arrepentimiento, la necesidad de disculpas, que iba a intentar ser mucho mejor, que estaba cansada), pero apenas me veía capaz de juntar tres seguidas sin morirme de vergüenza.

—Mark, yo… no… No he sido… No sé si es lo mejor que tú y yo… Eh… —Cogí aire. Necesitaba una pausa—. Creo que no te hago bien.

—¿Qué? —Abrió la boca, y cuando despegó los labios pareció que la mandíbula se le caía. Intenté explicarme, pero dio otro paso hacia mí, sobresaltándome—. Clementine. No, no, no, Clementine, tú no… tú no puedes… no puedes dejarme. No puedes irte de aquí.

¿Irme? No tenía ningún sitio, ¿irme a dónde? Le dediqué una mirada sorprendida y casi estuve a punto de reírme, porque aquello no tenía sentido.

¿Creía que iba a irme yo?

—¿Qué?

Sus manos apretaron mis brazos y solo entonces me di cuenta de que se había acercado lo suficiente como para agarrarme. Me estaba tocando, me levantó del suelo e hizo que le mirara. Sus ojos estaban rojos y desesperados.

Esas palabras. Que insinuara que yo iba a irme. Y que no las hubieran dicho mis amigas ni ninguna persona que no supiera de nosotros, sino que la idea fuese suya.

Y, solo porque había salido de él, me atreví a planteármelo: «Le voy a dejar».

El cuerpo se me revolvió, excitado y sorprendido y lleno de miedo por lo que pudiera pasarme si de verdad lo hacía.

Ni siquiera me imaginaba un mundo en el que yo me levantara, le dijera «No puedo más» y desapareciera de allí.

Me soltó y cayó de rodillas a mis pies. En un momento estaba levantado, sosteniéndome en el aire, y al siguiente había caído derrotado frente a mí y parecía un castillo en ruinas. Casi lloraba. Levantó la cabeza y buscó mis manos, que estaban frías y sentía como si fueran de otra persona, y las juntó sobre su boca como si estuviera rezando.

—No me dejes, Clementine. Te quiero. Sé que a veces… sé que a veces pierdo los nervios, pero no soy malo, ¿eso lo sabes? De verdad que intento ser bueno. Pero no puedes irte, no puedes dejarme, yo… Me moriré si te vas. No puedo… Sin ti, yo…

—Mark, no voy a…

—Te quiero —interrumpió, sin pararse a escucharme. Había enterrado la cara en mis palmas, y sentir tal devoción por su parte lo transformó de pronto en un niño perdido, en un ser sin familia que solo necesitaba mi aprobación—. Clementine, el mundo se va a la mierda, pero yo te quiero. Haría cualquier cosa por ti. Tienes que creerme, tienes… Me crees, ¿no es cierto? —Cogió aire y me besó las manos con urgencia—. Por favor, Clementine, lo siento. Lo siento muchísimo. No va a pasar nunca más, lo prometo. Pero no me dejes.

«Estoy tan enamorado».

Y, mientras no me miraba, allí arrodillado y suplicándome con las mismas palabras que había pensado usar yo, sonreí. Me soltó las manos y enredó los brazos alrededor de mi cuerpo, y yo le peiné la cabeza mientras me reía en silencio y pensaba que me gustaba cuando lo decía así, enamorado, como si estuviera maldito y todo fuese mi culpa.

—Entonces, ¿me quieres? —pregunté, recreándome en su agonía.

—Por supuesto que sí, Clementine. Me moriría sin ti. Te quiero más que a nada en este mundo.

Siguió trepando por mi cuerpo cual serpiente arrepentida y yo temblé de puro placer anticipatorio, justo como haría una reina.

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