Clementine
cinco.
A veces me daba la sensación de que me había quedado para siempre atascada en los dieciocho. Siempre me llevaba unos segundos calcular cuánto había pasado desde entonces, y, si me preguntaban, tenía que esforzarme en recordar que no, que ahora tenía veintidós, veintitrés o veinticuatro años y que seguía creciendo. La suma aparecía todas las veces, de todas formas, y por alguna razón la diferencia siempre causaba algo de impacto.
Intenté analizar por qué hacía eso. No había pasado nada relevante en mi vida aquel año excepto que cumplí la mayoría de edad, pero no creía que eso, ni la universidad, ni el carné de conducir fueran cosas relevantes. La gente lo valoraba. Para mí no supuso ningún cambio en el mundo o en mi comportamiento. Pero entonces, ¿qué pasó? ¿De qué me di cuenta a los dieciocho?
Tras mucho meditarlo, creo que fue a esa edad cuando por fin entendí que estaba sola del todo.
Mi madre no me cuidaba, pero parecía tener una extraña obsesión con que lo hiciera todo bien. Tenía una opinión que dar sobre todo lo que me atañía. Por ejemplo, siempre pensó que no iba a ser capaz de vivir sola; algo la había hecho creer fervientemente que, sin su presencia o la de alguien que me protegiese, moriría. Me tenía por un ser que no sabía ser por sí mismo. A veces me preguntaba si creía esas cosas porque ella también sentía nuestra conexión y me consideraba un simple trozo de carne colgando que se moría por reabsorber.
«¿Te lo imaginas, Clementine?», me retaba a mí misma. «¿Que tu madre pulsara un botón y toda tu vida se rebobinara hasta volver a ella, a ser parte de la piel de su cuello o la grasa de sus caderas o los tendones de sus pies? ¿Te imaginas que se da cuenta de que le robaste un pedazo y quiere recuperarlo como sea?».
No lo he dicho nunca, pero cuando Mark y yo llevábamos apenas dos meses de relación, estuve a punto de dejarle. Mi madre apareció en la casa el día que tomé la decisión, como si lo hubiera intuido, como si tuviera un sexto sentido para todas mis malas decisiones. Parecía terriblemente frustrada. Nada más entrar comenzó a gritarme, como si los astros le hubieran dicho que iba a hacer algo fatal y le hubieran encomendado la misión de hacerse con la situación y arreglarla.
«Mark es un buen hombre, Clementine», dijo, y usó esas palabras, «buen hombre», como si Mark no tuviera solo veintiséis años, como si estuviéramos en los cincuenta y como si se esperara de nosotros que él me mantuviera y yo tuviera sus hijos. Estuvo veinte minutos hablando de la estabilidad, del confort, de lo tranquila que estaba desde que él había aparecido y de que no podía dejar que se me escapara. «No te hagas eso, Clementine», repitió cien veces. «No lo estropees».
Yo no se lo había dicho. Que fuera a dejarle. No se lo había dicho a nadie, solo lo había pensado durante mucho tiempo, casi desde el principio. Después de aquel festival, cuando nos encontramos y empezamos a salir oficialmente, me di cuenta de que la forma que tenía Mark de estar conmigo me incomodaba. Me excitaba, sí, pero en el momento en el que empezaba a besarme, cuando su lengua me mojaba la boca y la cara y sus manos me tocaban por dentro, siempre me quería marchar. Era mejor mirarle que tener un contacto real, ese era el problema; me gustaba más el pensamiento que la acción. Y por eso había valorado la idea de marcharme, y encima, de hacerlo sin siquiera despedirme.
¿Cómo había adivinado ella eso? Nunca lo supe, pero, cuando empezó su discurso, tuve la certeza que había dejado de poder contar con su apoyo. No le había dicho nunca nada de cómo éramos Mark y yo juntos, y ya jamás se lo contaría porque no podía dejar de oír «buen hombre, buen hombre, buen hombre», así que estaba sola ante lo que pasara, incluso si por aquel entonces no temía que algo pasase.
Si en el futuro quería salir de allí, ella no me abriría la puerta.
Creo que el problema fue que siempre tuvo en la cabeza una versión alternativa de mí que había existido desde mucho antes de mi nacimiento. Su niña ideal sería rubia como ella, le quedaría bien el color rosa y podría llenarla de lazos de la cabeza a los pies; había estado veinte años macerando aquella imagen, a esa pequeña persona que siempre había tenido nombre, pero cuando la búsqueda de su existencia dio frutos solo salí yo: otra Clementine. Creo que se dio cuenta de que no era ella nada más verme la cara. Sin embargo, su impaciencia había hecho que encargara toquillas y sábanas y una cuna tallada, el nombre perfecto escrito por todas partes, así que establecimos un acuerdo que acepté: ella lo usaría para mí y yo me quedaría aquel nombre aunque en realidad perteneciera a su otro bebé, el verdadero.
El médico tuvo que darme más de una palmada para hacerme llorar y al final lo hice por pura educación; cuando me apartaron de su cuerpo desnudo para lavarme, le vi la cara de alivio aunque ella había intentado ocultarla. Pasamos varios días en observación tras el parto, días en los que no dejó de mirarme como si quisiera preguntarme quién era yo exactamente, y al final me llevó en brazos hasta su casa intentando entender qué había hecho mal para que naciera una niña que no cumplía absolutamente ninguna de sus expectativas. Creo que sospechaba que había hecho algo con la otra. Se sentía tan mal que ni siquiera le habló a mi padre de eso, solo guardó sus sentimientos y fue acumulando decepciones y molestias desde entonces. Siempre ha tenido sospechas y ha sentido, en general, una enorme desaprobación, pero al final supongo que tuvo que aprender a conformarse con intentar arreglar lo que le había tocado para que se pareciera un poco a la verdadera Clementine.
Durante mis primeros dieciocho años, yo también quise moldearme. Es decir, luché violentamente por entrar en sus cánones, pero no creo que fuera consciente. Estaba desesperada por ser aquella otra chica, porque ella se contentara y valerle y, de pronto, a la edad de dieciocho, lo entendí. Comprendí que nunca lo haría del todo bien porque yo no era suficiente, así de sencillo, y que nada de aquello era mi culpa o responsabilidad de mi madre. A los dieciocho años, de repente supe todo aquello, y fue un alivio y una desilusión a partes iguales.
Tras casi dos décadas de aquel esfuerzo exasperante, algo explotó. Empecé a ser consciente de que nunca podría hacer nada, aunque sí podía intentar encontrar un término medio. Había aprendido a odiar la idea de resultar decepcionante, así que estudié lo que ella quería, intenté cumplir sus esquemas y me quedé con Mark; no le ponía especial intención a ello, apenas me esforzaba como antes, pero las cosas seguían estables a pesar del agobio y de que, de alguna forma, pareciera que todo siempre peligraba.
«Por favor, no lo estropees, Clementine».
El problema es que las costumbres, lo queramos o no, crean siempre dependencia.
Blythe me había preguntado mi edad durante nuestra charla. Ella tenía veintitrés años. Cumpliría veinticuatro el mes siguiente, y había pensado organizar también una fiesta, «Aunque un poco más discreta que esta, creo». Entonces me preguntó cuántos tenía yo, y por primera vez en mi vida contesté mi edad sin hacer la suma. «Veinticuatro», repitió, sonriendo un poco. Era imposible, pero sentí que ella notaba que no estaba acostumbrada a decir ese número de forma segura.
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