Clementine

Clara Cortés · Capítulo 19 de 34

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Clementine

diecinueve.

 

 

El beso con Blythe se había reproducido cien veces en mi cabeza como la mejor escena de un clásico de los noventa, como una de estas películas que aún parecen un poco descoloridas y donde la ropa de todo el mundo es especialmente extraña e irrelevante. En la repetición, sin embargo, todo duraba un poco más, y a mí me daba tiempo a descubrir si ella realmente me devolvía el beso o solo me estaba apartando. La culpabilidad de haberlo hecho sin permiso y de no haber tenido en cuenta la presencia invisible de Mark desaparecía en aquella ensoñación, solo unos segundos, y mi estómago daba un vuelco cuando me descubría flotando sobre el suelo y subiendo más y más y más.

Y entonces miraba abajo, a la realidad de lo que había pasado, y me daba una arcada justo antes de que mi cuerpo cayera rápidamente desde una altura equivalente a un séptimo piso.

Ay, cuánto lloré.

Sentía que tenía el cerebro dividido, como si alguien me hubiera separado ambos hemisferios y mi cuerpo ya no respondiera bien. No sabía qué hacer ni dónde meterme. Era consciente de que, en parte, estaba haciendo un mundo de una cosa extremadamente pequeña, y no había nada que deseara más que creer que dijo de verdad eso de «no pasa nada», pero no podía evitarlo. Seguía volviendo. Todos los nervios aún me latían excitados cada vez que me acordaba, y no sabía qué hacer para dejar de sentirme tan bien y tan mal.

Si soy sincera, lo cierto es que no recordaba bien cómo había sucedido. Quiero decir, no técnicamente. Las cosas importantes —cómo se sentían sus labios contra los míos o qué movimientos había hecho para acoplarse a mí — ya no estaban. No podía recuperar las sensaciones. Pero aun así era perfectamente consciente de que aquello había pasado, de que la había besado, y ni siquiera la culpabilidad podía evitar que pensara que por fin, por fin, lo había hecho.

(Clem, la has besado, la has besado después de todo este tiempo. Después de todo este tiempo, por fin has besado a Blythe).

Y cada vez que lo pensaba me sentía más culpable.

Porque Mark lo había sabido desde el principio y yo había tenido la cara de negárselo cada vez que me decía que estaba viendo a otra persona. Porque Mark se había dado cuenta de que había alguien antes que yo, porque había sido tremendamente obvia y, aun después de traicionarle, todavía me había atrevido a ser tan descarada como para decirle que no todas las veces.

—¿Qué te pasa? —me preguntó al día siguiente, parándose junto a la puerta de su cuarto. Era martes, pero libraba. Yo había pasado el día en la cama. Parecía algo decepcionado porque no me hubiera dignado a salir, aunque tampoco insistió para que lo hiciera.

—Nada —murmuré, intentando no mirarle para que no viera que tenía los ojos hinchados—. Ayer me bajó la regla, me siento bastante mal.

Chasqueó la lengua y se fue. Yo me escondí un poco más bajo el edredón, buscando que no quedara ni una sola rendija por donde pudiera entrar el frío.

A la media hora me trajo un té y lo dejó en la mesilla sin decir nada. Luego volvió al salón y escuché desde la cama cómo ponía una película.

No toqué la taza porque era la misma que había usado Blythe.

Lo cierto es que pensar en ellos dos era mezclar dos elementos reactivos y usar mi cuerpo como vaso de precipitados. Una vez conseguida la reacción —lo cual, en este plano de la realidad, ya había ocurrido— ya nunca podría separarlos. Para mí, en mi cabeza, sus átomos estaban demasiado unidos. Supongo que habían sido siempre un poco parte de la misma cosa, Mark y Blythe. Desde el principio había intentado poner distancia entre los dos, delimitando el espacio que ocupaba en mí cada uno, pero cuando uno de sus nombres aparecía en mis labios no podía dejar atrás el del otro. Estaban entrelazados. Tampoco podía distinguir ya cuál había sido la importancia de cada uno o su responsabilidad en lo bueno y en lo malo que me había pasado, lo cual me mataba, porque necesitaba números; mi cerebro dividido, roto por la lobotomía, quería porcentajes. Porcentajes de la culpa. Pero no podía tenerlos, porque no era así como funcionaba la vida real, así que lo eché todo sobre mí… para variar un poco.

No dejaba de preguntarme qué habría pasado si hubiera podido distinguirlos.

Supongo que en parte sabía la respuesta en el caso de Mark, porque era como había vivido los últimos tres años, pero ahora era diferente. Ya he hablado varias veces de mi estática parálisis sensitiva, y lo cierto es que la aparición de Blythe (y Blythe entera, con su pasión por el mundo y su extensa sabiduría) me había enseñado a desecharla. Creo que no me había sentido tan implicada en nuestra relación hasta entonces, y, probablemente, sin ella nunca habría tenido tan claro que le quería. Que quería a Mark, quiero decir, que preocuparme y angustiarme y ese nudo permanente en mi corazón debían venir de quererle.

Que, aunque fuera de manera extraña, aunque supusiera que me ahogara la simple idea de perderle, eso hacía.

Y, aunque una intuición rara murmuraba en mi oído que había algo que debía haber entendido mal (que querer no debía doler como me dolía), como no había querido a nadie antes, la ignoré y supuse que el amor debía significar eso.

Y me aliviaba tanto haber llegado a esa conclusión que lloraba.

«Pero llorar es bueno —me dije, para consolarme—. Llorar significa que te importa. Y si te importa, Clementine, a lo mejor por fin has aprendido a sentir algo».

Pero lloro mucho, me contesté.

«Entonces a lo mejor es que le adoras».

Intenté centrarme en las últimas semanas, en cómo habían sido increíbles incluso los días en los que yo solo había querido poner distancia entre los dos, y me agarré a la sensación de que incluso con todo lo malo, Mark y yo seguíamos allí. Habíamos durado. Habíamos pasado muchísimo tiempo juntos y ahora éramos una unidad.

Aunque yo hubiera sido tan horrible como para haberla besado, (y aunque siguiera soñando con ella algunas noches), Mark y yo permanecíamos estables como una molécula de agua que, aunque no tiene los enlaces más fuertes del mundo, siempre vuelve a formarse.

Lo que pasa es que las moléculas de agua necesitan dos átomos de oxígeno, no solo uno, para ser una molécula de agua de verdad.

A lo mejor no iba a volver nunca al mundo donde él era el único, pero, angustia y culpa incluidas, tal vez no fuera tan malo. Tal vez podía encontrar verdaderas ventajas. Podía aprender de lo que había pasado, sacar conclusiones, no darle mayor importancia y guardar la experiencia enteramente para mí. Nunca más tendría que hablar de ello. Nadie más excepto yo sabría qué había pasado. Bueno, menos ella. Pero no lo diría, porque era buena, porque era discreta y porque en nada de lo que hacía había mala intención. Podría hablar con ella. Se lo diría directamente, me presentaría en su casa para contárselo y estaba segura de que lo comprendería a la perfección.

Su cara apareció ante mis ojos aunque tuviera la cabeza hundida en la oscuridad de mi refugio, y el pecho se me calentó por la simple idea de volver a tenerla cerca.

Porque, a pesar de todo, al volver a Blythe debía reconocer que en un mundo donde su opuesto absoluto no existiera, lo único que habría sería felicidad.

Porque parte de toda la felicidad de ese mundo sería solo ella.

Ella, ella, ella, ella. Blythe, Blythe…

¿por qué, Blythe?

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