Clementine
treinta y uno.
Pero al final, de alguna forma, la pieza más importante fue mi padre.
Creo que nadie habría apostado a que alguien tan poco destacado pudiera jugar un papel decisivo en nada, y menos aún en mi vida, pero supongo que él había estado siempre allí, en las sombras. A su manera, al acecho, como una tercera variable oculta e imprevista dispuesta a alterarlo todo.
Qué hombre.
Mi madre llamó por teléfono la mañana del 18 de enero (veintiún días) con la respiración entrecortada y el tono más agudo que había usado en años. Ahora me pregunto cuánto tiempo se había pasado practicando aquel falso hiperventilar; ella no era capaz de preocuparse tanto. Supongo que su talento había consistido siempre en ser tan buena actriz que conseguía engañarnos a todos, incluso a los que ya la conocíamos. Pero fue curioso, me parece, que incluso después de que yo me hubiera distanciado el tiempo suficiente como para salir de su influencia, el tono de su voz y la llamada siguieran afectándome. No tanto como podrían haberlo hecho, supongo, pero eso daba igual; creo que, por mucho que me separara, siempre habría un hilo invisible que nos uniría a mí y a mi madre.
Tal vez un trozo de carne que me olvidaría de devolver.
—Clementine. Clementine, tu padre… —Hizo una pausa.
Cuando lo dijo así, con ese tono, lo primero que pensé es que había muerto. Fue la conclusión inmediata, y es curioso que ese pensamiento me diera tanta impresión de repente. Sigo sin considerarme alguien que estuviera unida a su padre, pero, por alguna razón, el pensamiento de no volver a tenerle ahí permanentemente me causó muchísimo impacto, como si acabase de desaparecer una pared de mi casa (si hubiera tenido una). Con el teléfono en la mano, me quedé mirando de pronto ese espacio vacío que me conectaba directamente con la calle, y la vulnerabilidad de estar desprotegida y de no poder apoyarme ahí nunca más empezó a bajarme por los hombros y a mojarme todo el cuerpo.
Aquel hombre que podía haber sido cualquiera era sin embargo alguien, pensé, y que de repente ya no lo fuera —que no existiera— era una opción muy terrible.
Mi padre. El hombre que había perdido el corazón y que había ganado la forma de una sombra y la presencia de una criatura diluida. Si de verdad había muerto, pensé, tal vez aquello no significara nada. ¿Cuándo había sido? ¿Durante mi ausencia, hacía apenas unas horas, o mucho antes? ¿Fue cuando yo nací, poco después? ¿O el día en que se casó? A lo mejor era algo que había pasado con el tiempo. El tono de mi madre indicaba una alarmante sorpresa, como si no se lo esperase, pero también era cierto que ella nunca había estado pendiente. Nunca se había parado a mirar. Él era el verdadero espíritu de mi casa, el original, del que yo había aprendido y del que decidí de pronto que quería apartarme para dejar de ser parte de él.
—¿Qué… qué ha pasado?
—Le ha dado un infarto, Clementine. Ay, Dios mío, ¿no te lo dije? Te dije que tenía que cuidarse, te dije que tendría que ir al médico, hacerse revisiones aunque fuera… ¿Y ahora? Ahí le tienes. Dios mío…
—¿Está…? —Se me atragantó la segunda palabra.
—Está en el hospital ahora mismo. Jesús, ¡estaba tan asustada! A la próxima, lo mato.
Me senté en el suelo, con una mano en el corazón y el pulso volviéndome a su sitio. ¿Por qué era así? Se me ocurrió que tal vez había alguien escuchándola. Por eso había sido, por eso se había puesto de aquella forma y había empezado con la pantomima.
—¿Está bien?
—Bueno, hasta ahora lo estaba. Ya veremos luego. Le han ingresado. No puedo creer que me haya hecho esto, de verdad.
—¿Hecho…?
—Sí. ¿Porque sabes qué, Clementine? Él es como tú. Sí, los dos sois lo mismo. Existís para hacerme rabiar, para llenarme de disgustos.
Me pregunté cómo tener un infarto podría ser algo que hicieras a propósito para hacer rabiar a alguien, o cómo desear una vida propia podía estar motivado por querer darle a alguien un disgusto. La dejé hablar, sin embargo. Parecía haberse olvidado de que había decidido rechazarme, y yo no quise recordarle nada. Simplemente esperé unos minutos antes de colgar, pensando. Tenía la cabeza funcionando a toda velocidad. ¿Qué había pasado? ¿Y qué me había pasado a mí, en tan solo un minuto?
Mi padre había estado muerto. Eso era. Mi padre había estado muerto durante un segundo. Por un momento había existido la posibilidad de que ya no existiera, y estar tan cerca de ese nuevo estadio en mi vida me resultó impresionante, porque realmente podía haber ocurrido. Y, aunque mi madre lo hubiera desmentido, ¿quién sabe? A lo mejor en otra línea temporal esas eran las noticias. Tal vez podía no haberse recuperado, tal vez podían haber sido las consecuencias finales y a largo plazo de aquel amor.
Cuando Blythe volvió de la universidad me encontró sentada en el colchón donde yo dormía, al lado de su cama. Me preguntó si me había pasado mucho rato mirando el techo o si me había atrevido a hacer algo un poco más interesante, pero luego me miró otra vez y puso cara de extrañeza.
—¿Ha pasado algo?
—Mi padre está en el hospital. Ha tenido un infarto —murmuré. Alcé la cara para mirarla y me encontré con su preocupación—. Blythe, me parece que tengo que volver.
Me miró durante un rato más antes de acercarse, aún con sus cosas de la universidad encima. Se sentó a mi lado, su brazo contra mi brazo. Tras unos segundos en silencio murmuró un «¿cuándo?» quedo y, cuando abrí la boca para responder a eso, preguntó:
—Además, ¿por qué lo has decidido? No vas a volver con tus padres.
Sacudí la cabeza y me encogí de hombros, pero no me miraba, así que me aclaré la garganta.
—No. Vuelvo a casa de Mark.
—Lo sé, por eso. ¿Qué ha pasado exactamente?
Tras un momento de silencio intenté explicarle aquello sobre la realidad en la que mi padre moría y le hablé sobre la pérdida de tiempo. Sobre que ya no quería ser un fantasma. Le confesé mis apariciones en el piso y que no quería que mi vida fuera así, así que tenía que ir aunque me asustase porque tenía que ser allí donde completase aquella estúpida metamorfosis. Pero regresaría. Intentaría tardar poco, lo menos posible.
Se lo prometí.
—Creo en ti, pero me da un poco de miedo que vuelva a absorberte — confesó—. Me parece que salir de allí te costó mucho, y la idea de que vuelvas… me agobia.
Me conmovió.
—Pero las cosas son distintas ahora —murmuré, observándola anonadada por toda aquella inseguridad—. Creo que he cambiado un poco, creo que soy más resistente. Además, me voy solo a matar al monstruo. Luego abandonaré del todo ese castillo.
No estoy muy segura de que supiera de qué hablaba exactamente, pero sonrió con la cabeza echada para atrás contra la cama y luego me miró. Tenía una expresión un poco triste en los ojos, pero también orgullosa, como si hubiera sabido desde siempre que yo llegaría a ese punto.
—Te voy a echar de menos —murmuró.
—Voy a volver enseguida. Y mientras tanto seguiremos viéndonos. No vas a tener tiempo de echarme de nada.
Me observó durante unos segundos y luego se giró un poco más en mi dirección.
—¿Te puedo dar un beso de despedida?
Se me ocurrió en un segundo que tal vez si me lo daba entonces tendría que marcharme en ese instante, para no estropearlo, pero también pensé que si tenía que ser así valdría la pena y asentí igualmente, ya que en esa pregunta había habido una palabra que había eclipsado todas las demás.
—Claro, sí…
Con cuidado, Blythe movió una mano hasta acunar mi cara y luego se inclinó sobre mí despacio. Rozó mi mejilla con su boca. Yo solté un suspiro.
Me miró con una expresión llena de pena. Cogí aire y, después de tanto tiempo, le hice la pregunta que había estado atormentándome:
—Blythe, ¿estamos bien? —Solté el aire. Ella subió las cejas y me apresuré a seguir antes de que dijera nada—: Quiero decir… Han pasado muchas cosas desde entonces y nunca llegué a preguntártelo, pero… Cuando nos besamos, quiero decir, cuando te besé… No sé si estuvo bien.
—¿En tu casa?
—Sí.
Ella volvió a reclinar todo el cuerpo contra la cama, soltando un suspiro. Sonrió, pero no supe identificar bien qué significaba eso.
—Cuando giraste la cara yo ya llevaba un tiempo queriendo que lo hicieras. Además, por cómo estábamos ese día supongo que no fue tan sorprendente. Me habría gustado tener tiempo entonces para hablar de ello, que Mark no hubiera venido tan pronto, y después… No estaban las cosas para presionarte. —Me miró—. Respecto a lo que me has preguntado, no sé si estuvo mal o bien. No puedo ser imparcial en ese tema. Porque a mí personalmente, en ese momento… no me importó.
El corazón me dio un vuelco.
—Pero… me apartaste en Nochevieja.
—Ya, pero porque me parecía que ibas a hacerlo por despecho y por tristeza. Y si volvemos a besarnos no quiero que sea así, Clem. Yo quiero que sientas algo.
—Siento algo.
—Yo también. —Nos miramos—. Siento muchas cosas.
Me moví un poco hacia ella y se revolvió. Parecía muy nerviosa. Bajó la vista. Con cuidado y tímidamente, le busqué las manos.
—No quiero que te pase nada, Clementine. Quiero estar todo el rato contigo, y protegerte si puedo, pero también darte tu espacio. No quiero quitarte nada. Y quiero… no lo sé, que estemos juntas. Y que… que nos toquemos todo el rato.
—Yo también —murmuré, porque sabía a qué se refería. Aunque solo tuviera la punta del dedo sobre mí, la energía de Blythe se me contagiaba y me hacía sentir mucho más viva—. Yo también quiero que hagamos eso.
Se mordió el labio. Sonreí un poco, muerta de nervios.
—¿Era ese el beso de despedida que me querías dar?
Se puso un poco roja y negó.
—No.
—¿Y ahora puedo besarte? —pregunté, y el calor del valor de hacerlo me llenó entera, desde los huesos hasta los músculos y hacia fuera, activando todos los mecanismos.
Esa luz, de nuevo, se expandió.
Y Blythe dijo que sí.
Asintió de forma pequeña y muchas veces, como si estuviera impaciente. Sus manos se movieron descoordinadas para recoger y poner a un lado sus cosas de la universidad, que habían estado apoyadas en su regazo todo el tiempo. Yo me moví un poco más hacia delante. El corazón iba a explotarme en el pecho. Incliné la cabeza en dirección a la suya y ella también echó hacia delante el cuerpo.
Cuando nos besamos, a los pocos segundos, ella empezó a reír. Reía como si no lo hubiera hecho jamás o como si estuviera tan feliz que no pudiera retenerlo. Luego se movió más cerca. Cambió de posición las piernas para ponerlas a ambos lados de las mías y me cogió la cara con ambas manos. Y yo lo hice también. Me pegué a su cuerpo y nuestras narices chocaron y, al besarnos por tercera vez, ya no nos separamos hasta la mañana siguiente.
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