Clementine

Clara Cortés · Capítulo 26 de 34

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Clementine

veintiséis.

 

Pensaba en Mark. No quería pensar en él, pero existía permanentemente ahí, en algún lugar al fondo de mi mente.

Mi cabeza era un pozo enorme, o así es como la imaginaba, y Mark estaba abajo del todo sin ninguna intención de salir.

Por las noches tenía conversaciones con él. Hablaba yo, sobre todo. Él no me quería escuchar, pero no le quedaba otra, porque era un producto de mi cabeza. Solo existía si se sentaba a escucharme. Aquellas noches, solos en espacios vacíos, me inclinaba ante él y le decía, con esperanzas muy pequeñas:

—Me ahogo. A veces… me ahogo. Y necesito respirar. Durante un tiempo. Hasta que aclare las cosas en mi cabeza.

A lo que él respondía:

—¿Y cómo sé que volverás?

Nunca quería saber por qué me ahogaba. Incluso en mi imaginación, lo único que le interesaba era cuándo estaría de vuelta.

Intentaba preguntarle por qué me odiaba tanto. Acabé pensando que eso era lo que pasaba. Nuestros diálogos privados estaban cargados de indiferencia por su parte y de sentimientos por la mía. Yo quería saber. Era lo único que quería, tener respuestas. Entender las cosas. Pero él sacudía la cabeza y solo contestaba, como si no me debiera nada más:

—Has intentado engañarme, pero yo sé exactamente cómo funcionas. Nunca podrás cambiar lo que ha pasado. Sé cómo te mueves y cómo hablas y el espacio que ocupas. Sé de qué color tienes los ojos y sé que has intentado despistarme, que intentas culparme a mí, pero lo cierto es que… no puedes. No puedes hacer eso, Clementine. La responsabilidad no es mía. Yo nunca hice nada. Nunca lo he hecho.

Pensaba mucho en él, aunque no quisiera, y pensaba en las cosas que decía y en el hecho de que las dijeras así.

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