Clementine

Clara Cortés · Capítulo 12 de 34

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Clementine

doce.

 

 

Antes, cuando Mark decía que me quería, podía oír en sus palabras que aquello no tenía nada que ver con amor, sino con tenerme. Con poseerme entera y conseguir que le perteneciese por completo. Cuando Mark decía «te quiero» aprendí a entenderlo como un «quiero algo, y ese algo es una persona, eres tú, así que te quiero a ti», y estoy casi segura de que para él significaba lo mismo. Y fue extraño, supongo, darme cuenta de que lo había sabido casi desde el principio, pero era algo que había estado siempre ahí. Puede que fuera lo que encontré tan interesante en un primer momento, cuando pensaba que me sentía atraída por él: esa capacidad para expresar sus deseos con fuerza y, sobre todo, de incluirme en ellos como si yo fuera otra cosa.

Una cosa más entre tantas. Creo que siempre ha sido una habilidad especial de Mark hacerme sentir así.

Ahora creo que me ahogaría la sensación de que alguien sintiese todo eso por mí con semejante urgencia. Además de sentirlo lo exigía, porque pienso, ¿y si yo no hubiera sido tan importante? ¿Y si solo fui un complemento? A veces, justo después de que Mark me hubiera dicho «te quiero» un par de veces, simplemente me alejaba e intentaba mirarlo desde fuera, preguntándome qué sería de mí si dejase de ser, para él, tan imprescindible. Había aprendido a sostenerme en esas palabras, a ser algo que quería (y no necesariamente amaba), pero no estaba segura de en qué me convertiría sin esa necesidad suya. ¿En polvo? ¿En hielo? ¿Sería escarcha?

En las pesadillas que me acosaban de vez en cuando, Mark siempre se plantaba ante mí para observarme con ojos huecos e infinitas sonrisas. Abría la boca y decía que estaba enamorado de mí, pero, al darse la vuelta, yo me deshacía como si fuera de humo y la función de él durante el tiempo que estuvimos juntos hubiera sido contenerme. Eso era yo: no algo tangible, sino alguien que para ser necesitaba un continente.

Los días que soñaba eso me despertaba sudando, asustada, con una exclamación en los labios cerrados y el corazón en la boca.

Y cuando me giraba a mirarlo, dormido a mi lado y respirando tranquilo, mi único pensamiento era: «¿Qué te he hecho? ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo, por qué me elegiste, por qué?».

 

Lo peor es que noté cómo empezó a esforzarse.

Mi intento de tranquilizarlo no había tenido para nada ese resultado, aunque él intentaba engañarme haciéndome creer que sí. Era todo lo contrario, de hecho. Un día hasta me compró bombones (madre mía) esperando que eso me hiciese tanta ilusión como para, no sé, recuperarme. Insistía en sacarme más a menudo, e incluso me llevó a un sitio que no era aquel horrible garito con fútbol y olor a grasa. Por una parte, he de reconocerlo, me sentía sobrecogida. Era genial. Era como volver a empezar a salir, pero mejor: era como si lo anterior no hubiera sido en serio, como si hubiésemos superado un periodo de prueba y ahora fuera el de verdad. Eso era lo que tenía que haber pasado desde el principio y, aunque aquel ensayo nos hubiera llevado tres años, digamos que había valido la pena. Así me sentía. Como en un sueño de nuevo, como de vacaciones.

Pero, Dios, sabía de sobra que era una pantomima.

No estoy segura de si solo era yo o si los dos sabíamos que estaba fingiendo. Era como si actuase en una obra de teatro que no llegaba a acabar, así que tenía que mantener el papel y la sonrisa y las ganas de seguir interpretando. Parte de mí intuía que me estaba castigando por hacerle sentir esas cosas, pero luego le miraba y veía que no, que en realidad estaba contento. Era satisfacción porque había obtenido una recompensa a cambio de su esfuerzo, y para mí, verle feliz suponía, en parte, un cierto alivio. Así que continué. Sonriendo y abrazándole y acostándome con él, y luego observándole cuando ya se había dormido.

En realidad, con que estuviera tranquilo ya me valía.

El tiempo restante lo empleaba en echar de menos a Blythe.

Mantenerlo a escondidas fue más duro de lo que me había imaginado.

Mark se levantaba tarde todas las mañanas y salía de casa a eso de las doce para llegar al trabajo a la una. En toda nuestra convivencia no creo que le viera madrugar ni una sola vez, y, en cierto modo, me había pegado aquella vagancia extrema de ser incapaz de estar despierta antes de las once. Sin embargo, durante aquellos días empecé a ponerme alarmas y a madrugar porque quería hablar con ella nada más empezar el día, saludarla antes de que entrara a clase y tomarme el café mientras hablábamos.

Sobre todo adoraba leer todos los libros que ella estaba empeñada en recomendarme, y no sé cómo lo hacía, pero no fallaba con ninguno.

—Tienes que leer Fun Home de Alison Bechdel. Es impresionante, creo que te va a flipar.

—Acabo de leer un libro que me ha hecho pensar en ti todo el rato. Tengo que dejártelo para que lo leas, se titula Girl meets boy, de Ali Smith.

—Clem, Clem, Clem, acabo de terminarme Una habitación propia de mi querida Virginia y no podría estar más enamorada. ¿Por qué no lo había leído antes? La quiero.

Yo leía y leía y leía, y aunque no nos viésemos en persona me daba la sensación de que con todos esos mensajes y por todos aquellos libros poco a poco nos íbamos conociendo.

Luego él se levantaba todo despeinado, yo le saludaba contenta y despejada, le daba un beso en los labios y me volvía a leer.

—No volveré tarde, Tin. Voy a intentar salir un poco pronto para coger el tren de antes, ¿te parece?

—Sí, sí, no te preocupes, sin problema.

Resulta que siempre había existido un punto en el sofá donde encajaba perfectamente mi cuerpo, y me planté allí.

Cuando volvía del trabajo, le decía a Blythe que tenía que apagar el móvil y me liberaba para él. Vino muy cariñoso durante varios días. Se quitaba la chaqueta y la dejaba tirada en el suelo, venía hasta mí y ronroneaba, cariñoso, mientras me tocaba el cuerpo y me atraía hacia sí. Seguirle el juego también era parte de la representación. Lo hacíamos, o se lo hacía, y luego nos íbamos a dormir casi sin haber cenado y yo esperaba a que empezara el día siguiente para levantarme pronto, encender el móvil y preguntarle a Blythe «¿Qué tal?» esperando recibir pronto una de sus respuestas.

14/10/16 - Pues mira, todo muy bien, pero ¿quién me mandaría a mí hacer una segunda

carrera?

16/10/16 - ¡Bien! Hoy me quedo a cuidar a Paul, que sigue un poco dolorido por el

posoperatorio. ¿Tú cómo vas?

18/10/16 - Mal, estoy HASTA LAS NARICES DE ESTUDIAR, solo quiero dormir.

¿Cuándo quedamos?

20/10/16 - Vale, no puedes regañarme, pero hoy me he quedado en casa. Aunque dada la

hora que es casi podría decirse que he madrugado, así que tampoco es que la haya cagado tanto…

8:46 a. m. - ¿Para qué has madrugado si no ha sido para estudiar, si puede saberse?

8:46 a. m. - … Estoy cocinando. He preparado lasaña. Los salados no son mi fuerte, pero

lo estoy intentando.

8:46 a. m. - Es mentira, te has dormido.

8:47 a. m. - A ver, sí, me he dormido. Tenía que coger el metro de las siete y media y he

abierto los ojos a las ocho, pero lo de la lasaña va en serio y la berenjena del relleno me está quedando riquísima, así que ha valido la pena.

En realidad me lo pasaba genial siendo así con ella, hablando como si no existiera problema alguno, queriendo pensar (y no pensar, también, a veces) que parecía que flirteaba conmigo.

Y, cuando algo así me atacaba, valoraba con cuidado si era un pensamiento en el que podía quedarme, o, por el contrario, algo que tenía que despachar enseguida.

A veces también nos llamábamos. Era cuando ella tenía un hueco entre clases, o cuando prefería hablar conmigo en vez de irse a la biblioteca a estudiar, pero intentaba evitarlo porque me resultaba muy extraño y me hacía sentir increíblemente fuera de mi zona de confort.

—Pero bueno, Clementine Lane, ¿cuándo piensas quedar conmigo?

Me sentía inútil escuchando su voz y teniendo que contestarle a través del teléfono. Para mí era lo más antinatural del mundo.

—Eh…, bueno, creo que solo tengo libres las horas que tú te pasas en la uni…

—Podría saltarme alguna clase si quisiera. Además, no es por presionar, pero tengo muchas ganas. Hace mucho que no te veo.

—¿Cómo puede ser eso por «no presionar»? —Solté una risa que pretendía ocultar que estaba nerviosa.

—Créeme, presionarte sería si me pusiera a explicarte de verdad las ganas que tengo.

Y con eso me moría y resucitaba y estaba lo suficientemente contenta como para no preocuparme de nada más en todo el día, pasara lo que pasase.

Me inspiraba. Al cabo de varias semanas, un día descubrí que de eso se trataba todo. Leerla u oírla era como beber de su existencia, como si me pusiera al sol después de mucho tiempo. Hacía que creciera como una flor bonita y no como una mala hierba, y yo cada vez era más alta y más verde y más grande, sana y con raíces que se hacían fuertes, y cada vez que pensaba en hacer cosas nuevas invocaba a Blythe en mi cabeza y le decía: «Quiero hacerlas todas contigo».

Todo estaba bien si aquel equilibrio se mantenía. Cosas menores, como tener sexo por las noches con Mark o borrar todas las selfies que me sacaba para ella, servían para mantener los dos platos de la balanza en vilo. Ella decía que tenía una cara preciosa y me devolvía una mueca o una papada magnífica, y yo no quería que aquello terminara nunca, así que cambié su nombre en mi teléfono y empecé a llamarla solo «ella».

Por protección, Blythe era Her.

Lo suficientemente ambiguo para poder mentir, lo suficientemente relevante para que se me sacudiera el corazón si me hablaba.

Ella, ella, ella, ella; Blythe, Blythe, Blythe, Blythe.

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