Clementine

Clara Cortés · Capítulo 29 de 34

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Clementine

veintinueve.

 

 

Él estaba ahí. Estaba ahí, estaba ahí, estaba ahí.

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treinta.

 

Conocía todos sus horarios. Me los sabía como si no me hubiera ido nunca, de memoria, al dedillo. Nada había cambiado en aquella prisión. Todo seguía igual, ni un objeto se había movido de su sitio.

Habían pasado diecisiete días desde mi marcha cuando volví. Recuerdo que leí en algún sitio que todo se vuelve un poco permanente si lo repites durante veintiún días seguidos, y ahora me pregunto si estropeé algo entrando allí con tanta impulsividad.

No me sorprendió ver que todo estaba tal y como lo había dejado, aunque no sé por qué esperaba encontrar allí aquella suspensión tan incómoda. Era el mismo tipo de sensación que tenía estando en casa de Blythe, pero al mismo tiempo completamente distinta: el tiempo no pasaba igual en ninguno de los dos lugares pero, al igual que la habitación de ella había sido una burbuja, aquel piso se mantenía como si hubiera sido abandonado durante una inundación.

El hecho de que pareciera haber sobrevivido a un desastre me generó una satisfacción triste y extraña. Era ridículo que me gustara la imperturbabilidad de aquel microuniverso, pero disfrutaba de que mi ausencia no hubiera modificado ni un ácaro y del hecho de que el mundo de Mark no variara en absoluto conmigo y sin mí.

Entrar en casa de Mark cuando sabía que él no estaría fue también parte de la terapia. Eso había decidido.

La sesión de aquel día había sido intensa cuanto menos, pero también interesante. Me sentía llena de resistencia ante mi propio cerebro, y en parte lo detestaba por tener la atención puesta en él aunque yo no le importara. ¿Por qué tenía que ser así? Cada vez tenía más ganas de hablar, sí, pero cuando lo intentaba aún parecía costarme. Me había sentado a la mesa con un cierto sentimiento de orgullo, porque había sido yo quien había cogido el autobús hasta allí, quien había abierto la puerta de la cafetería y quien había sonreído primero de forma educada. Sin embargo, en cuanto superamos la charla ligera que había siempre al principio, Jay comenzó:

—¿Hay algo que haya pasado esta semana que quieras contarme?

Aún no había vuelto a la cueva del monstruo cuando me lo preguntó, así que no tuve que mentirle. Sin embargo, no significaba que no hubieran pasado otras cosas. Hablar con ella a menudo no hacía que no siguiera quedándome en blanco por las tardes, que me agobiara si no estaba con otras personas o que me subiera algunas noches a la cama de Blythe desde el colchón donde yo dormía para que me abrazara. Seguía temiendo cerrar los ojos cada vez que entraba en la bañera, porque siempre encontraba allí la cara vieja de mi madre al abrirlos, llena de furia, sentada frente a mí y compartiendo el agua caliente. Mi madre quería ahogarme hasta que mi opinión cambiara. Sin embargo, algo que Jay sí que hacía era darme explicaciones: sin decirme ella nada, porque prefería que llegara yo sola al camino, me iba dando las claves para responder a mis propias preguntas, y a veces solo necesitaba repetir todo lo que yo decía con sus propias palabras para que, al verlas desde su perspectiva, sintiera infinito alivio. No es que fuera algo que no hubiera sentido antes con nadie (tenía todo el apoyo de Blythe, al fin y al cabo), pero Jay era una persona de fuera, una extraña, y estaba preparada para poder ayudarme.

Por alguna razón, la idea de psicóloga que había tenido siempre en la cabeza había sido demasiado cercana a la de médico, alguien que sacaría conclusiones de lo que yo le contara de forma fría y que luego me despacharía rápidamente. Pero Jay no era así. Y me calmaba muchísimo la mente, despedirme de ella las tardes que hablamos, volver a casa con la sensación de que me había quitado un poco de peso de encima porque se lo había dejado en las manos a ella.

Y lo único que hacíamos era hablar.

—Estoy bien, pero también cansada. Es toda esta rutina, me parece. No… no sé qué hacer con ella, la casa se me viene un poco encima.

Jay asintió.

—¿Quieres contarme un poco más sobre eso?

—Bueno…

Me paré a pensarlo. Sabía qué se me pasaba por la cabeza, pero no tenía vocabulario suficiente para ponerle un nombre a todo. Era raro no conocer los nombres de los sentimientos que me producía volver allí. Todas las palabras que se me ocurrían para ellos eran básicas e inadecuadamente insuficientes. Para ser sinceros, había esperado que Jay las encontrara por mí, porque había hecho eso otras veces. Aunque claro, ¿cómo iba a hacerlo si no intentaba yo antes hablarle un poco sobre ello? No podía meterse en mi mente, como yo había pensado que haría cuando la conocí. Tenía que explicárselo primero para obtener una respuesta.

Aunque, cuando lo hiciera, ¿me la daría? ¿Me había regalado alguna vez soluciones así como así? No me acordaba.

—Es solo… Es solo que no es agradable después de haber vivido allí durante tanto tiempo. No es que no me guste, pero me siento… atrapada, supongo. No es como cuando estaba con Mark, porque con él no me daba cuenta. Creo que esa era la clave, que no lo sabía. Por eso aguantaba. Pero con Blythe, Monica y Paul, viviendo con ellos, soy consciente de las cosas que me faltan, como dinero y un sitio donde caerme muerta. Y es eso precisamente. Me he… me he dado cuenta, hablando contigo y luego volviendo allí, de que ninguna casa en la que he vivido ha sido nunca mía. Ni siquiera la casa de mi madre. He pasado como una inquilina por todas, durante veinticinco años, y ahora vuelvo a ser el parásito de alguien y le ha tocado a Blythe. Sé que ellos no me dirían que molesto, pero eso es lo peor: que a lo mejor ya los estoy molestando. Porque llevo ya dos semanas y algo allí y solo puedo ayudar con las tareas domésticas, pero me como su comida y uso su luz y su agua y sus cosas. Y ella dice que no pasa nada, que está encantada de que esté allí y de ayudarme, pero ¿y si miente? ¿Y si simplemente no quiere que me sienta mal? Pensar… pensar en eso constantemente, estar clavada en ello todo el rato… Eso me agota.

Me eché hacia atrás en la silla. Jay me miró con los labios apretados y las cejas inclinadas hacia los lados. Asintió.

—Está bien. Entiendo que lo que más te preocupa ahora mismo… que lo que más te preocupa es el tema de encontrar un hogar y de estar molestando a Blythe y a su familia mientras.

—Sí.

—¿Habéis seguido buscando algún posible trabajo para ti? Por curiosidad.

—Bueno… Tengo una entrevista el martes que viene. Pero no creo que salga. Ya no creo… Ya no creo en nada, no sé.

Asintió.

—Yo creo que tienes dentro una presión muy fuerte. Que te sientes sobrecogida por la sensación de no pertenencia, puede ser, por la expulsión tan repentina que has sufrido. Como has dicho, puede que fuera algo que ya estaba antes ahí, cuando vivías con Mark, y que solo te hayas parado a sentirlo ahora. Yo veo que lo que más sientes es desesperanza por no poder conectar con esa presión para trabajar en ella… ¿Puede ser?

Desesperanza. Por no poder soltar la presión.

Sí.

—Sí… Puede.

Suspiró muy pequeñito, inclinando las cejas. Parecía apenada. Y la pena no es un algo bueno, probablemente, pero cuando vi su expresión y supe identificarla al momento… Me gustó. Me hizo sentir cosas que ella sintiera algo también, como un agradecimiento: gracias por sentir algo por mí.

—Vale. Clementine, ¿querrías probar una cosa? Es un ejercicio de reconexión, aunque no tenemos que hacerlo si te sientes incómoda.

Ejercicio. ¿Cómo el de la silla? Me eché un poco hacia atrás.

—¿Qué es?

—Solo tienes que cerrar los ojos. Consiste en centrar la atención en tu cuerpo, pero no tienes que preocuparte, yo te voy acompañando desde aquí. Creo que va a resultarte algo más suave que el del otro día —añadió, con una sonrisa muy pequeña, como si me hubiera leído la mente.

Aunque claro, por supuesto que lo ha hecho.

—Eh… bueno. Me fío. Podemos intentarlo.

—Vale. Ponte cómoda y cierra los ojos.

Lo hice, porque por aquel entonces ya confiaba en Jay (o lo intentaba y era más fácil). Porque, después de todo lo que había escuchado, cerrar los ojos no podía hacernos ningún mal a ninguna de las dos.

—Asegúrate de que estás a gusto, Clementine. Quiero que te centres en tu cuerpo. Lleva primero la atención a tu cabeza, fíjate en ella, en cómo se siente. En el peso que tiene y en el espacio que ocupa. En cómo es por dentro. Intenta aprender sus proporciones, conócela cuanto puedas. Cuando lo tengas, deja que el foco se deslice por tu cuello hacia tus brazos.

Me imaginé que hubiera allí algo diferente a la masa de neuronas blandas y sangrientas que sentía normalmente, como una luz o algún tipo de punto, y lo que surgió de la nada en la inmensidad negra que tenía en la cabeza fue una inundación.

Tan solo eso: agua en un espacio oscuro.

Apareció de la nada, como si se hubiera abierto un portal que la hubiera dejado venir desde otro sitio. Yo fui testigo de la subida. Lo cubrió todo — mi nariz, mis orejas y sus recovecos, mis ojos, los globos y las cuencas— hasta que no hubo más espacio y, después, sin avisar siquiera, las compuertas de mi cuello se abrieron y todo cayó.

Mi cuerpo se convirtió un desagüe. Y empezó a llenarlo todo.

Mi atención —aquel líquido parduzco que había aparecido de la nada— empezó a coger consistencia y a colarse por mis brazos y a llegar a mis dedos. Las palabras de aquella acompañante externa me decían por dónde tenía que ir. Entró en mi estómago y en mi hígado y hasta en el apéndice, gracias a ella, porque me lo dijo, y pensé que nunca había sentido mis órganos hasta ese momento. Era muy extraño notarlos funcionar, pero me alegré de que lo hicieran. La sensación siguió bajando por mis piernas, según me indicaba, tocándome después las rodillas y los pies por dentro.

Y, de repente, en alguna parte de aquel océano tan denso, la voz de Jay apareció. Mucho más fuerte, quiero decir, no como un patrón a seguir sino como una sirena. Me sacó de aquel barro aguado y me hizo volver a escuchar.

—Ahora que sientes tu cuerpo, Clementine, coge toda la energía y llévatela al centro. Llévalo todo al pecho. Júntalo y dime qué sale de todo, qué sientes.

Lo hice, aunque fue difícil porque el agua es muy resbaladiza.

—No… no estoy muy segura.

—¿Qué cosas te vienen a la mente cuando te centras en eso? ¿Cómo se siente, qué piensas?

—Es… es muy denso. Es algo denso, aunque resbale…

—¿Qué más?

La voz de Jay estaba muy lejos. Quería decirle que hablara más alto; tenía que esforzarme de verdad por seguir escuchándola. ¿Por qué había disminuido tanto el tono de voz? ¿A dónde estaba yendo?

—¿Qué forma tiene lo que llevas en el pecho ahora?

El barro dejó el agua y empezó a crecer dentro de mi cuerpo. Pensé, «Vaya, aquí hay demasiado espacio». Estaba hueca, a pesar de los órganos, a pesar de lo que había sentido. Era mucho más grande por dentro. El barro subió y subió, y me dediqué a mirarlo crecer ahí en el centro, en mi pecho, como Jay me había dicho.

Empezó a coger una forma curiosa. Me incomodó. Cuando me revolví se tambaleó un poco, así que me detuve para que no le pasara nada.

—Es un… es un castillo de arena, como los que se hacen en la orilla de la playa. Si me muevo, se mueve. No quiero que llegue a caerse.

—¿Cómo reacciona tu cuerpo a la presencia del castillo?

—Se tensa a su alrededor. Para que no peligre.

—¿Te sientes tensa?

—Un poco.

—Intenta relajarte. Recuerda que esa energía ha salido y ha estado en el resto de tu cuerpo, y que ahora se concentra todo ahí. Intenta no pensar en el castillo. Mira dentro, ¿hay algo?

Miré. Era una espectadora externa, como en muchísimos otros aspectos de mi vida, así que pude asomarme. Fue fácil.

De alguna parte salía un fulgor muy suave, como si alguien hubiera encendido la hoguera.

—Hay… una luz.

—Háblame de ella. ¿Puedes describirla?

El crecimiento del castillo se detuvo. El barro, al secarse, se reforzó. Intenté localizarla para poder verla del todo: estaba justo en el centro, suspendida en una de las salas.

Tragué saliva pesadamente.

—Es naranja. Y pequeña. Está en el centro del castillo. Está caliente, pero no quema.

—¿Hace algo?

—No. Está quieta. Vibra… vibra un poco en el sitio.

—¿Algo más?

Apoyé las manos en el alféizar de una de las ventanas y las aparté. El barro estaba caliente, como si se estuviera preparando para algo.

—No lo sé. Aunque es pequeña, calienta el castillo.

—¿Qué emociones dirías que salen gracias a la luz? ¿Qué te hace sentir?

Me concentré.

—Me hace sentir… compañía. Quiero decir, acompañada. Bueno, tal vez no exactamente, porque no es como si estuviéramos juntas. Pero me… me gusta que esté ahí. Creo que, a pesar del barro… creo que ha sido ella la que me ha enseñado por dentro. La que me ha llevado a recorrerlo todo. Y nunca había sentido mi cuerpo así, así que… se lo agradezco. No sé si tiene sentido.

—Todo lo que dices tiene sentido, Clementine.

Guau.

Tragué saliva y también un par de lágrimas.

—Gracias.

—¿Estás cómoda con lo que te ha enseñado la luz?

—Sí. Aunque ahora me da un poco de miedo perder esto para siempre.

Jay me regaló un silencio. Esperó unos segundos. Luego, como resurgiendo de un pozo, su voz volvió.

—¿Cómo crees que podrías recuperar lo que estás sintiendo para la próxima vez?

Y la respuesta vino a mí como si ya la supiera: liberando a la luz, sacándola del castillo.

Le dije que tenía toda esa tensión dentro y que me daba ganas de gritar. No quiso sacarme de aquel mundo en el que me había hundido, pero buscó otras formas de hacer que me desahogara y que no implicaran gritar en medio de la cafetería. La luz titiló un momento, obedeciendo a lo que yo sentía, y entonces toda la estructura se sacudió. Encogí el cuello. No estaba segura de si seguía temiendo que todo se derrumbase o que el barro duro y seco aplastara la lucecita en su caída.

No te preocupes. Está bien. Tenía que pasar esto, de todas formas.

Decidí confiar en ella ciegamente y me solté. Y ella se esforzó. Hizo fuerza para hacerse más grande, se expandió por las habitaciones mientras las paredes temblaban y yo perdí el miedo al desastre.

La dejé hacer. Porque al final, en aquel universo interno lleno de barro en el que me había caído a través de mi cuello-desagüe todo era oscuro excepto ella. Y el castillo le estaba impidiendo brillar más, así que no podía ser malo que lo derrumbara, ¿verdad? No si eso permitía alumbrarlo todo. No si eso proyectaba un poco de luz sobre mi diafragma y mi vejiga y mis riñones. No si me llenaba de luz a mí.

—Puedes abrir los ojos cuando te sientas cómoda —murmuró Jay—. Tómate tu tiempo para dejar el castillo.

—Ya estoy fuera.

—Bien.

Poco a poco, desde arriba (a la altura de mi cuello, probablemente, porque supuse que ahí estaba la salida), me despedí en voz baja y me fui alejando. Abrí muy despacio los ojos. Jay estaba ahí, al otro lado, con la vista clavada en mi cara y con la suya iluminada por la cafetería a mi espalda. Tenía una expresión minúscula y muy reconfortante en el rostro. Pestañeé.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

Tardé un momento en contestar.

—Estoy… bien. Me siento un poco rara. Me siento pesada y ligera al mismo tiempo, tengo… tengo que decidirlo.

Jay se rio un poco, pero en el buen sentido.

—¿Puedes explicarte un poco más?

—Bueno…

Intenté describirle el barro de alguna forma, pero creo que las palabras que encontré para expresar lo que me había hecho no se parecían mucho. Al llegar al castillo, dudé: se me ocurrió de pronto que él era él y la que luz era ella, y se lo comenté. Jay sonrió. Algo pareció gustarle en mi nivel de sorpresa y de repente, como si justo se le hubiera ocurrido, preguntó:

—¿Cómo has sacado la luz de ahí dentro?

Me quedé callada un minuto.

—Me he hecho más grande y las paredes se han abierto.

Ella sonrió. Yo me di cuenta tarde de que había usado un «me» en vez de un «la». Le eché un vistazo, inquieta, pero no dijo nada. Se lo guardó para sí, igual que su sonrisa medio orgullosa medio comprensiva.

Poco después de eso nos despedimos.

El castillo destrozado se había quedado grabado en mi cabeza. Supongo que aparecí en casa de Mark cuando no estaba para comprobar si realmente quedaban solo las ruinas.

El primer día no toqué nada, de todas formas; sentía de alguna forma la obligación de mantener un cierto respeto. Me quedé allí plantada, como una mala hierba, y fue cuando se me ocurrió de pronto que tal vez era mi ocasión para atormentarle. Que a lo mejor había sido enviada por una fuerza superior (probablemente una Diosa) para cobrar algún tipo no de venganza, sino de justicia.

¿No seguía yo siendo un fantasma, al fin y al cabo? «Mira a tu alrededor, Clementine. Todo esto es tuyo. Adelante, pequeña: puedes moverlo».

El segundo día fue cuando me atreví. Mark seguía sin haberse molestado en quitar la llave de debajo de la puerta, así que solo había necesitado un panfleto publicitario para poder pescarla; en parte, se merecía que lo rondase. Tras aquella conversación conmigo misma y la liberación me había reconciliado un poco con mi condición de espíritu y pensé que, si siendo así tenía alguna misión, esta sería volverle loco.

Así que cambié sus cosas de sitio.

No había diferencias relevantes. Nadie habría dicho que hubiera cosas fuera de lugar en la casa, porque eran cambios que habrían pasado desapercibidos en un juego de antes-y-después. Sin embargo, de alguna forma, sabía que Mark notaría algo raro. No al principio, sino con el tiempo; se daría un golpe con el pico de la mesa al pasar, perdería tiempo preguntándose por qué y cuándo había decidido cambiar el orden de los cubiertos en el cajón, y recordaría que ya había comprado pasta de dientes tres veces en una semana al sacar el tercer bote vacío del vaso donde mi viejo cepillo aún seguía sentado. Crecería una inquietud en su pecho que él no podría explicar y, para mí, serían pequeñas victorias que yo, como espíritu nuevo, me anotaría.

Era otra forma de extenderse. Era otra forma de ocupar todas las habitaciones, era otra manera de reconquistar.

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