Clementine
veintitrés.
Volví al día siguiente por la tarde con un par de tabletas de chocolate que sabía que a Mark le gustaban y la sensación de estar llena de cosas por dentro. Sabía que eso no solucionaría nada (y de hecho me sentía bien con cómo estaba todo, con la tensión, con la sensación de estar manteniéndome en mi sitio), pero quería establecer una especie de tregua para que ninguno de los dos tuviera que pedir disculpas. Como si ese chocolate fuera una forma de decirle que no pasaba nada, que podía estar enfadado, pero que yo no quería retractarme tampoco y que eso estaba bien. Más o menos. De alguna manera, me parecía bien y lógico.
Sin embargo, como supongo que era de esperar, aquello no funcionó. Probablemente tenía que haberme adelantado y haber pensado en ciertas variables importantes… como, por ejemplo, que aquella había sido siempre su estrategia y que justo por eso mismo no iba a funcionar con él.
Pero no lo hice. Me confié pensando que todo estaría bien porque yo tenía la intención de que lo estuviera, y, cuando salí de la ducha con el pelo mojado y sintiéndome mucho más cómoda con ropa limpia, encontrarme la cara enfadada y ofendida de Mark fue una sorpresa que podría haberme ahorrado.
—¿Qué coño haces aquí, por qué has venido?
Su cara mostraba una ira desmedida para deberse simplemente a mi presencia.
—¿Qué?
—Vete. —Avanzó hacia mí y retrocedí dos pasos. Se detuvo al verme hacerlo, como si no esperara que hubiera automatizado tanto esa reacción, y entrecerró los ojos un poco—. ¿Qué haces aquí?
—¿Perdón?
—¿Te atreves a volver, en serio? ¿Después de lo de ayer?
—No… no lo entiendo.
Me daba la sensación de que había habido un punto en la conversación en la que ambos nos habíamos perdido. Me abracé el cuerpo para comprobar que estaba entera y preparada para lo que fuera a venir a continuación, por si acaso lo siguiente que él decía tenía el volumen suficiente para descuadrarme, pero mi capacidad de construcción de barreras no era tan rápida y él me vio poniendo ladrillos. Y le molestó. Se hinchó como un gallo, como había ocurrido tantas otras veces, y, al darme cuenta de que la mirada que me dirigió significaba tormenta, me dio un miedo terrible.
—Te atreviste a decir todas esas cosas. Te atreviste a… a dejarme en ridículo. ¡Y el mensaje! ¿Cómo pudiste? ¿Quién te crees que eres para tratar a alguien así, Clementine?
Me encogí un poco, doblándome sobre mí. ¿Cuándo había yo «tratado así» a alguien?
—Mark, no sé qué…
—¿No querías un descanso? ¿No estabas «harta de mí», no decías que «no podías más»?
Dio otro paso. Yo lo deshice. Me había echado ya del pequeño pasillo que conectaba el salón y la cocina con la habitación. No me estaba tocando, pero había conseguido dirigirme hacia fuera.
—«No me conoces de nada, no soy estúpida» —se burló. Había agudizado mucho la voz, como imitando la mía—. ¿Ah, no, no lo hago? ¿De verdad? Pues ya verás, Clementine, como tenía razón en todo.
Dios, qué manera más terrible de decir mi nombre.
—Para —murmuré.
—¿Que pare de qué? Eres tú la que ha venido, Clementine, eres tú la que ha entrado.
No lo digas, le rogué. No lo digas así.
Blythe me llamaba de aquella forma, Clementine, usándolo entero, cuidando mi nombre. Cuando ella lo decía parecía diferente. Parecía algo que no hubiera malgastado mi madre. Cuando ella lo pronunciaba era dulce, suave e importante, pero escuchándolo de aquella otra boca me pareció de pronto que estaba mancillado y perdido y que no se mereciera existir.
No quería que me quitara eso. Si me llamaba así iba a robarme también esa magia, y mi cabeza no iba a soportarlo.
—No… No lo…
—Márchate —me cortó, sin darle más importancia a cómo yo temblaba —. Y no vuelvas. No vuelvas hasta que hayas pensado en ello, hasta que compruebes que sin mí te mueres, hasta que aparezcas con una disculpa por esa puerta. Vamos, largo. No quiero verte más.
Me encogí y me encogí y me encogí y retrocedí y retrocedí y, de repente, estaba fuera.
Y cuando cerró la puerta, que sonó como un balazo, aún tardé un par de segundos en darme cuenta de que seguía viva.
Me costó.
No noté que todo el cuerpo me temblaba hasta que empecé a bajar las escaleras despacio. Nunca me he sentido tan alterada y acelerada y tensa como entonces, pero además me daba la sensación de que me había quedado como en suspensión. Como si pudiera ponerme a flotar sobre el suelo. Cuando llegué abajo fue como si me hubiera llevado mucho más tiempo hacer el camino de siempre, y fue gracioso que una de las vecinas entrara justo en ese momento y me mirara como si yo no debiera estar en el edificio, como si ese no fuera mi portal.
Así que salí, y hacerlo fue de repente superdefinitivo, como si ya no fuera a poder entrar nunca más.
La noche y la mañana anterior parecían muy lejanas en mi memoria, pero sabía que no lo eran y que por eso no podía volver a casa de Blythe. Porque sería patético hacerlo, porque prácticamente acabábamos de despedirnos y porque no podía estar molestándola siempre. Por eso la descarté. Por eso no fui a buscarla, aunque ahora, en retrospectiva, creo que es lo que debería haber hecho.
Tampoco sirve de nada lamentarse.
Me moví por la ciudad como si alguien estuviera empujándome. Me empujaba la falta de peso, o tal vez me arrastrara la culpa. Sentía que se me había olvidado algo detrás, por ejemplo mi cuerpo, pero ya no podía volver a buscarlo.
Creo que noté mi propio paso de humano a fantasma, y sonreí al pensar que era en parte irónico que nunca hubiera creído en ellos y ahora me hubiera convertido en uno.
Hacía al menos dos años que no cogía el autobús que llevaba a casa de mis padres. Hacerlo pareció un retroceso y, entre el resto de la gente que viajaba a Pittsfield o Springfield o a pueblos similares, me sentía una espía. Sabía que nadie se bajaría en Lenox porque ese sitio estaba reservado para mí. Era solo mío. ¿Quién iría allí voluntariamente, quién lo elegiría?
Mi mente gris y nublada se rebozó en el pensamiento de que todo el mundo se enfadaría conmigo por tener que hacer una parada extra solo por mí.
El viaje fue más largo que en coche, aunque se suponía que los dos iban por la misma carretera y, cuando bajé en la ridícula estación de autobuses y me di cuenta de que no había nadie esperando para recogerme, caí en la cuenta de que ni siquiera había avisado de que iba a ir. No lo había pensado, o no había habido tiempo. Simplemente había ido directa a la estación, había esperado dos horas a que saliera el siguiente bus hacia allí y lo había cogido. ¿Qué esperaba, que la conexión cósmica que me unía a mi madre la avisara de que iba a aparecer por allí? Debía haber sabido ya que no funcionaba así exactamente.
De modo que anduve.
La casa que mis padres habían comprado hacía unos años era de un deprimente color gris, pero me gustaba. La había mirado siempre con una nostalgia un poco tonta que se debía, con bastante probabilidad, al hecho de que en realidad no había llegado a vivir allí nunca. Era una parte de la vida de mis padres en la que yo ya no estaba. Cuando entraba siempre me sentía protegida pero, si me quedaba demasiado tiempo, o al menos esa era mi impresión, la propia casa hacía un esfuerzo y me expulsaba antes de que me acomodara demasiado, como para ahorrarme el mal trago de tener que elegir marcharme yo.
Una de mis cosas favoritas eran el jardín y las camomilas que crecían a ambos lados de la puerta. También el hecho de que, desde la distancia, cuando aún era de día y no podía saberse si había alguna luz encendida dentro, pareciera que allí no vivía nadie. Imaginé de pronto que era una casa vacía, abandonada, y tomé la decisión inmediata de asaltarla y quedarme a vivir allí para siempre. De hacer de ese castillo mi casa. Me refugiaría y no le diría a nadie que me había escondido dentro, y podría mantenerme oculta para siempre, regando sigilosamente las plantas que mi madre consideraba malas hierbas y, ya que ahora era traslúcida, sin tener que volver a preocuparme de tonterías como la supervivencia o qué comer.
Pero pensar en salvar algo que mi madre quería muerto me hizo recordarla de golpe, y desperté de pronto para encontrarme plantada en la entrada y con una mano sobre el timbre que no había llegado a tocar.
En cuanto lo hice, abrió la puerta.
No quise hacer la cuenta del tiempo que debía haber estado esperando mientras yo me quedaba ahí, embelesada, y de cómo eso debía haberla matado lentamente. Su cara estaba roja y tenía los labios apretados en una expresión que nunca le había hecho parecer tan niña y tan enfadada y tan tonta. Era una criatura que había estado permanentemente frustrada y triste. Me observó con una mirada encendida que no supe interpretar muy bien al principio, y sacó un brazo largo y blando de aquella guarida amurallada para hundir los dedos en mi carne y tirar de mí hacia sí.
—Pasa adentro, ¡ahora!
Las paredes empezaron a caerse en cuanto avancé.
Me lanzó a un lado como si fuera un trapo viejo y me llevé la mano al brazo instintivamente. Podía sentir su agarre aunque ya no me tocara, así de fuerte había sido. Ni siquiera tuve tiempo para reaccionar. Sacó la cabeza, como para comprobar si alguien de fuera la había visto hacer eso y luego dio un portazo que hizo que toda la estructura temblase.
Y se volvió hacia mí.
—¡¿Qué has hecho, Clementine?! ¡¿Qué has hecho, qué has hecho?!
—¿Qué…?
Sus ojos. Solo podía ver sus ojos. Los tenía al rojo vivo, como si fuera a comerme, como si me quisiera matar.
¿Qué había hecho? ¿Qué podía haber sido tan malo como para desatar semejante rabia?
—¡Has dejado a Mark! ¡Dios mío! ¡¿Qué demonios te pasa, cómo se te ocurre?! ¡¿Cómo has podido hacer eso, en qué estás pensando?!
—Pero mamá, me…
Me duele, pensé, cubriéndome el brazo. Me duele, pensé, llevándome la otra mano al corazón.
Había dos bandos en el mundo y mi madre siempre me había enfrentado. En veinticinco años, jamás habíamos coincidido en el mismo espacio, pero tampoco habíamos estado nunca tan separadas como en ese momento, aquel día, a aquellas horas. Y no había salidas, allí. Mi padre no iba a venir a buscarme ni nadie iba a pararla. En aquel momento estábamos solas su decepción, ella y yo, y no había ninguna posibilidad de que las dos primeras no cayeran con toda su fuerza sobre mí.
—¡Cállate! ¡Por Dios, Clementine, eres tonta! ¿Cómo se te ocurre? — Empezó a pasear por el hall, rápida y nerviosamente, y se tiró del pelo como si quisiera arrancárselo—. ¿Qué es lo que te pasa, como has podido ser tan estúpida?
—¡No hemos cortado! Madre, solo… solo… nos estamos… dando un tiempo. Tenía que descansar. Necesitaba despejarme. Mamá, no me grites, por favor…
No solía llamarla «mamá». Aquella estaba siendo la muestra más clara de debilidad que había mostrado en años.
—Oh, por favor, Clementine. Mark me ha llamado hace un rato. Por supuesto que has cortado con él, ¿qué te crees, que es estúpido? ¿O que yo soy tonta? Me lo ha contado él mismo. Estaba destrozado, el pobre… Criatura… Casi se echa a llorar al otro lado del teléfono. No me puedo creer lo estúpida que eres. ¿Cómo has podido? ¿Qué pasa contigo, Clementine?
—P-pero… Y-yo…
—No tartamudees, por Dios. Habla. ¡Habla!
Mi cuerpo empezó a temblar. Como antes, como lo había hecho cuando me había ido de casa, como cuando había ido hasta la estación. Había hecho sol por primera vez en varios días —habían sido unas Navidades lluviosas —, y de repente me di cuenta de que no debía estar allí. Y de que no recordaba cómo había llegado. Miré a mi alrededor y sentí que no podía respirar, porque lo último que había visto eran las camomilas y me era imposible recuperar las razones por las que había decidido aparecer antes allí que en cualquier otro lugar en el mundo.
Me estaba agobiando. Me llevé la mano al pecho y ella dio un golpe en la pared al lado de la puerta tan fuerte que me hizo saltar.
—¡Clementine, he dicho que hables!
—¡Para! —exclamé, encogiendo el cuerpo. Me llevé las manos a la cabeza—. Por favor, dame… un respiro…
Se rio.
—¿Respiro? ¿Qué estás diciendo? ¿Qué te pasa ahora, si puede saberse?
—Quería… quería descansar. Por eso le dije a Mark… Pero es él quien me ha echado hoy, madre. —Alcé los ojos hacia ella, suplicando—. Estaba enfadado conmigo, me dijo que me marchara. Por eso he venido aquí, por eso pensé que tal vez… si me quedara un tiempo…
—¿Quieres quedarte aquí?
En el silencio que se formó mientras ella estiraba una horrible sonrisa pudo oírse perfectamente cómo se partía en dos mi corazón.
—¿De verdad piensas quedarte aquí, después de lo que has hecho? ¿En esta casa? ¿Pretendes que te acoja después de cometer el peor error de tu vida, después de dejar a Mark, que es lo mejor que te ha pasado?
«¿Lo mejor?». Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero aun así conseguí aguantarme.
—¿Lo mejor, dices? —murmuré, dolida—. No, madre, Mark no ha sido…
—Cállate. No quiero oírte. Fuera de mi casa, Clementine. No quiero verte hasta que recapacites.
—Pero… N-no…
—No. Ningún pero. Márchate, venga.
Y me abrió la puerta, girando la cara para no mirarme, con el brazo firme y la piel del cuello blanda y temblando.
Volver a la calle después de los minutos que había pasado dentro fue una derrota extraña. Miré hacia arriba y vi al fantasma de una catástrofe ya pasada volando sobre mí, observándome con resignación y encogiéndose de hombros antes de decir: «Te he estado siguiendo, pero no me escuchabas. No me has dejado avisarte. Lo siento, Clementine, por no haber sido más evidente».
Le indiqué con un gesto que se fuera y que no se preocupara, que había sido mi culpa. Estiró los labios hacia abajo en una mueca increíblemente triste y se marchó.
Hice el camino de nuevo, esta vez siendo consciente de todos mis pasos, y se me hizo muy largo. Estaba atardeciendo. El cielo estaba precioso y pensé que el naranja era tan bonito que me pondría a llorar.
Al llegar a la estación, el hombre de la taquilla me dijo que ya no pasarían más buses a Boston hasta el día siguiente. «Muchachita, es muy tarde. Mañana por la mañana habrá más. Por cierto, no serás la hija de los Lane, ¿no? Eres igualita que tu madre».
Le dije que sí y le dediqué mi mejor sonrisa. Luego le pregunté si le importaría que me quedase allí toda la noche. Mentí diciendo que había aparecido por sorpresa y que mis padres no estaban en casa y él, que se lo creyó todo, me ofreció una manta reservada para el del turno de noche y me dijo que, si me entraba el hambre, tenía galletas que había hecho su mujer. Las rechacé, pero acepté la manta.
Iba a ser una noche larga y fría.
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