Clementine
veinte.
Blythe siguió escribiéndome con absoluta normalidad. Parecía tan tranquila en sus mensajes que hasta llegué a preguntarme si de verdad había pasado algo, y el remordimiento se transformó primero en duda y luego en una inquietud calmada. Lo achaco a que no la vi durante varios días. Me vino bien, supongo, mantener las distancias físicas sin que dejara de hablarme. Me sentía como un animalito muy pequeño, porque estaba asustada, pero aun así necesitaba la atención.
A los dos días me puso un emoticono, el corazón azul, y luego una taza de café aclarando que era chocolate. Y eso fue todo.
Era raro, pero también agradable porque, cada vez que mi móvil vibraba, mi cuerpo lo hacía también.
Pasaron solo seis días hasta que me preguntó si quería quedar. Creo que me morí durante veinte segundos enteros cuando leí ese mensaje, pero fue el tiempo que necesitó para añadir:
10/12/16 - Oye, ¿al final vamos a vernos?
5:24 p. m. - Lo digo porque te invité a un banquete, por si no te acuerdas, y el otro día lo
hablé con Paul y dijo que él está encantado de preparar la cena navideña siempre que fuera un poquito antes que todas las demás, para que no se le juntaran.
5:25 p. m. - Ah, ¿era en serio?
5:25 p. m. - ¿Pero cuándo te digo yo algo que no lo sea?
Me latía el corazón rapidísimo y le respondí que tendría que preguntar, pero que, si lo decía de verdad, yo estaba encantada de ir. Ella contestó que me tomara mi tiempo pero que esperaba recibir buenas nuevas porque se moría de ganas de verme.
Liv hubiera hecho un comentario despectivo sobre «mi carcelero», pero Blythe no era Liv. Me llevé la mano al pecho y le di las gracias antes de decirle que tenía que desconectarme.
Y, por sorprendente que parezca, sí que fui. A Mark no le importó. Le dije que unos amigos me habían invitado, que él no los conocía, y en vez de desconfiar como siempre, respondió que vale y que disfrutara. No entendí a qué vino aquel cambio, pero lo agradecí sin querer entrar en detalles, no fuera a cambiar de idea y prohibírmelo.
La cena fue entretenida. Me puse mi jersey más feo, porque ella me lo había pedido, y cuando me vio aparecer con él se rio diciendo que estaba segura de que no era el peor de mi armario (el suyo parecía haber sido vomitado por un gato; me ganaba de largo en la competición de jerséis horripilantes). «No es por nada, pero si consideras que es feo, no has tenido auténtica ropa navideña en tu vida». Me hizo pasar y Paul soltó un resoplido al ver mis pintas, como diciendo «otra igual de tonta que mi hermana», aunque luego decidió ignorar que parecía que no nos estuviéramos tomando en serio su cena y nos mandó terminar de poner los platos y los entrantes que había preparado con, palabras textuales, «mucho mimo». «Y luego encargaos vosotras de llevar las fuentes, anda, que pesan». Le observé volver a la cocina con aquella diadema de reno en la cabeza, y Blythe me guiñó un ojo a la par que me pasaba cosas para que las colocáramos juntas.
El corazón me iba rápido y a veces nuestros dedos se tocaban, pero ella no parecía sentir nada fuera de lo normal, lo cual no sé si me parecía un alivio o una decepción.
—Espero que te guste la receta de pollo de mi padre, Clementine, porque si no vamos a tener que echarte de esta familia.
Monica puso la fuente humeante delante de mí, el chico se lo agradeció y el intercambio de platos, copas y cuencos que se produjo entre los tres anfitriones me dejó un momento privado para saborear la palabra «familia» y notar cómo me bajaba por el cuerpo.
No era un término al que me hubiera expuesto demasiado.
Recordé aquella fotografía que había encontrado durante mis días de crisis, cuando había buscado de forma desesperada alguna muestra de que lo que había entre Mark y yo era real. No había tenido muchas expectativas desde un principio, ya que solo quería literalmente cualquier cosa que me confirmara un poco más nuestra relación como algo sólido y fuerte, pero aun así me vi terriblemente frustrada por no ser capaz de dar con una sola prueba de que no me había inventado los últimos tres años. No había nada. Mark no había sido nunca de sacarse fotos, pero no me había dado cuenta de que en tanto tiempo no había conseguido ni una sola en la que saliéramos juntos o en la que se le viera toda la cara. Era como si fuera un fantasma, o peor aún, un vampiro cuya imagen no pudiera capturarse.
Lo único que quedaría grabado para siempre, y es eso lo que vi en aquella carpeta que había olvidado en lo más profundo de mi ordenador, era aquella pose incómoda en la que nos inmortalizaron a mi padre, mi madre y a mí en la única boda a la que habíamos ido.
Estuve mirando la foto durante un rato porque aparecíamos como si en realidad no fuéramos parientes. La distancia entre nosotros era poca, a simple vista, pero había algo en la postura de mis progenitores que dejaba claro que evitaban tocarse aunque casi se estuvieran rozando. Se suponía que los dos tenían que poner una mano sobre mí, cada uno en un hombro, pero, mientras los dedos de mi madre se hundían en mi carne, blancos de tanto apretarme la piel, la mano de mi padre parecía estar flotando en el espacio, como si se hubiera dado un calambrazo, o peor, como si hubiera decidido no apoyarla en el último momento. Yo, que sonreía, tenía una expresión rara: mi boca parecía algo torcida, como si estuviera a punto de abrirla para preguntar algo, y aunque miraba al frente, se notaba que tenía el cuerpo un poco orientado hacia mi padre, con una leve intención de movimiento, como si quisiera haber querido saber que ocurría y por qué me había dejado ir.
Ni siquiera en la ficción de un momento congelado formábamos una imagen mínimamente estable.
La foto había sido sacada en una boda a la que mi madre había insistido mucho en ir. Nos había comprado ropa buena sin preguntarnos si queríamos llevarla, y volcó tanta pasión en nuestro aspecto que daba la sensación de que quería demostrar que éramos seres humanos decentes porque ella nos había adecentado. No sé ante quién quería probarlo, pero me pareció que deseaba que lo viera alguien superior que nos fuera a recompensar por haber camuflado las ruinas. Durante toda la ceremonia nos dijo que nos comportásemos como si se lo dijera a un par de niños, «hacedme el favor», y ella bebió y bailó y habló con un montón de viejas amigas mientras nosotros nos controlábamos para que nadie pensara que, fuera de allí, en la libertad de nuestra casa, éramos simples bestias.
La novia era una antigua compañera suya de la universidad, de hecho de ambos, que había estado «muy mal casada» (palabras de mi madre) y había conseguido el divorcio por fin en 2009. Su nueva pareja era un hombre tan apuesto e importante que ni mi madre pudo evitar bromear (y el término «bromear» es un poco relativo, en este caso) sobre las buenas jugadas y las ganas de imitarlas. Me hacía gracia que fantasease con la idea de irse cuando sabía que en realidad no lo haría nunca, porque no podía, porque había demasiadas fuerzas ultrapoderosas que se lo impedían. Tenía tanto miedo de decepcionar al que consideraba su pastor que ni siquiera lo valoraba realmente, pero aun así había algo de gracioso en su manera de beber y reír y hundir los codos en los costados de otras mujeres que, como ella, miraban a la afortunada con un poco de envidia. Supongo que por eso el día de la boda parecía tan resignada como la recuerdo, y que por eso me apretó tan fuerte hombro al sacarnos la foto: porque necesitaba una certeza, sentirme, algo que la mantuviera bien atada al suelo y que le hiciera recordar qué era lo que había escogido, por qué no debía pecar y por qué valía la pena quedarse atascada en aquel círculo del infierno.
Si hubiésemos estado desnudos no habríamos sido más vulnerables. Era imposible que fuera más evidente que nosotros tres, encerrados para siempre en aquel retrato, en realidad no éramos una familia.
Paul me sirvió primero y lo agradecí con mi vocecilla silenciosa, pero apenas podía comer. Estaba intentando invocar con todas mis fuerzas el recuerdo de mis padres (sus brazos y sus piernas y sus caras, porque, Dios mío, de repente no recordaba sus caras), y me tragué el pollo deseando que a su paso deshiciera el nudo en la garganta que aquella palabra había apretado.
No puedo evitar sentir que fui inútil el resto de la cena. Acabó rápido, sin embargo, después de la no muy larga sobremesa durante la que el anfitrión habló de mil cosas suyas; Paul, como su hermana, tenía el don de lograr que todo lo que dijera le hiciera una persona terriblemente interesante. Después Blythe me llevó a la entrada y enrolló la bufanda alrededor de mi cuello antes de abrir la puerta. Creo que llevaba sintiendo mi cansancio desde hacía un buen rato y no había sabido muy bien cómo cortar antes la charla. Por alguna razón, ella siempre lo veía todo hasta niveles incomprensibles.
La miré fijamente, diciendo que me lo había pasado muy bien en la cena —la palabra que de verdad quería decir era «gracias», gracias por hoy, gracias por incluirme, gracias por darme años de vida—, y ella sonrió y respondió que siempre que quisiera podía volver. También me retiró un mechón de la cara. Tenía esa mirada otra vez, la que había llevado cuando había venido a mi casa a cuidarme el día del beso, y mi corazón se aceleró simplemente por verla tan bonita.
Pero lo único que pude decir cuando abrí la boca, por alguna razón, fue «lo siento».
—¿Lo sientes? ¿Por qué? —Su boca se volvió una «o» y frunció un poco el ceño, inclinando a un lado la cabeza—. ¿Has hecho algo mal?
Me sentía como una niña pequeña que dice que ya tiene edad para hacer sola algo y falla en el último momento.
—No sé si… he estado muy a la altura. De la fiesta.
—Anda, ni que hubieras quedado con el presidente.
Ladeó la boca de aquella forma en la que lo hacía a veces, confiada y también algo orgullosa, y creo que me sonrojé solo por cómo movió los labios.
De verdad debí hacerlo, porque cuando vio mi expresión pareció chocarle tanto que su sonrisa desapareció. Más tímida, cogió de nuevo los dos extremos de la bufanda y tiró de ellos mientras los miraba.
—Creo que sé a qué te refieres. Pero no tienes que pedir perdón por algo que no has hecho. Sé cómo son las cosas, Clem. —Alzó brevemente los ojos—. Es un privilegio tenerte, siempre. Y me gustaría que supieras que estas puertas van a estar abiertas. Mi casa es tu casa. Y siempre que lo necesites… No tienes que pedir perdón, porque siempre puedes venir a verme.
Notaba la cara caliente y los ojos me picaban como si fuera a llorar.
Ella bajó los brazos y volvió a mirarme.
—No vas a molestar nunca. Y si un día estás algo angustiada o triste, como hoy, no tenemos que hacer esto.
Me rozó la mano y por alguna razón supe que después de eso tendría que irme. Que era una despedida, y además la despedida perfecta, porque yo no tendría oportunidad de decir nada más.
—Quedemos otro día, Clementine. Esta semana. Tengo mucho que enseñarte.
—Esta semana. Vale.
Siempre me preguntaré hasta qué punto era Blythe consciente de lo que se me pasaba por la cabeza incluso antes de que me diera cuenta yo. Siempre me preguntaré hasta qué punto sabía exactamente cuánta información darme y qué decir.
—¿Qué tal te lo has pasado?
La indiferencia del tono de Mark, en contraste, parecía una piedra que alguien hubiera tirado contra el centro de mi espalda. No levantó la vista al entrar, ni siquiera le bajó el volumen al fútbol. Por supuesto, tampoco se giró. Le dije que bien, pero, como la respuesta no me importaba realmente, me alejé de allí para darme una ducha.
No estuvo nada receptivo cuando salí con el pijama puesto e intenté darle conversación. Contestó con monosílabos cuando le pregunté qué tal el trabajo y la cena y quién iba ganando y, aunque ni siquiera me había mirado, cuando le dije que estaba cansada e iba a meterme en la cama, hizo un mohín y murmuró que me divirtiera.
Se me aceleró un poco el corazón, a modo de advertencia. Aun así, al cabo de unos segundos, me descubrí preguntando:
—¿Está todo bien?
Primero sonrió como si pensase que era estúpida. Pude ver su cara hacerse grande desde donde estaba, a un lado del sofá, y también cómo se levantaba despacio como si quisiera saborear mi sufrimiento. Cuando me miró, inclinando ligeramente la cabeza, me di cuenta de que todos sus movimientos parecían terriblemente calculados. Parecía haber estado esperándome toda la tarde y tener ganas de pelea.
No me dio tiempo a repasar mentalmente todas las cosas que podía haber hecho mal antes de que él cerrara los ojos despacio y extendiera por su cara una enorme sonrisa.
—¿Sabes qué, Clementine? No, no pasa nada. Nunca pasa nada. Todo va bien, así que vete a dormir.
Avanzó en mi dirección y me encogí como una niña, pero ni siquiera llegó a rozarme el brazo cuando pasó a mi lado para ir a la cocina.
Comparar la frivolidad de mi madre y la frialdad insoportable de Mark era demasiado fácil. Las dos estaban pensadas para castigarme por las cosas que hacía y las que no hacía y las que no me daba cuenta de que tenía que hacer, y ambos eran expertos en aplicarlas. Al marcharme de allí volví a recordar la foto y la palabra que la había invocado, y se me ocurrió de pronto que aquellas dos personas —la esclava perpetua y el torturador— no solo funcionaban en mí como factores límite, sino que eran mi única familia. La que me quedaba, después de la despedida de mi padre. Eran los únicos sobre la Tierra a quienes me atrevía a llamar así, porque no conocía a nadie más que quisiera aguantar aquella carga, y aquel pensamiento no solo me pareció descorazonador sino concluyente. Como si nunca pudiera ser mentira. Como si todo el mundo fuera a creérselo, ahora que yo había llegado a él.
Porque la familia era para siempre, ¿no? Algo asignado de lo que nunca podrías desprenderte. Algo permanente, unido para siempre a ti, que te conocía más que tú misma y que tenía todo el poder para controlarte.
Y, sin embargo, no había sentido nada de eso cuando Paul me había incluido en la suya con la facilidad de una conversación aislada. No había presión en su voz, ni prisa, ni sensaciones malas. Lo había mencionado como si fuera una tontería y el sentimiento había sido tan grande que había conseguido paralizarme, pero no para mal, simplemente con el desconcierto de que no sabía cómo aceptarlo.
Parecía imposible salir de entre aquellas dos piedras. Tenía los hombros encajados y no me podía mover.
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