Clementine

Clara Cortés · Capítulo 27 de 34

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Clementine

veintisiete.

 

—¿De verdad te parece esto presión? —preguntó con las comisuras de los labios hacia abajo.

Quería contestarle que sí, pero sabía que no. No era presión exactamente. Que me hiciera sentir incómoda no significaba que fuera eso. Blythe carraspeó, como queriendo que respondiera, y yo sacudí la cabeza.

—No, supongo que no.

—Sabes que estoy preocupada.

—Ya.

—Creo que te va a hacer muy bien.

—Vale.

Blythe había tenido que volver a clase a principios de enero y yo había estado yendo con ella. No hacía mucho aparte de leer (era lo único que me ayudaba a desconectar del todo), atender a algunas de sus clases o esperarla fuera, pero el hecho de tener que levantarme a una hora determinada y tener algo que hacer ya fue suficiente para ayudar a organizar un poco mi cabeza. Me imaginaba un calendario, con horas para cada cosa en el que, por primera vez, todo era estable y normal, y tener esa rutina me hizo tranquilizarme.

Sin embargo, al final de aquella semana, Blythe se sentó a mi lado con expresión pesada y me dijo que teníamos que hablar. Al principio no me asusté. Quiero decir, ¿qué habría podido decirme? No tenía mucho de lo que preocuparme allí, se suponía. Al menos, aparentemente. Pero ella, con sus ojos grandes, me miró de aquella forma, y, tras un momento, me caló el hecho de que podía no ser una conversación cualquiera.

Justo cuando estaba a punto de preguntar, despegó los labios y murmuró:

—Clem, ¿cuántos días hace que…? Uhm. Bueno. ¿Cuántos días hace que Mark te expulsó?

Lo dijo así y me dio la sensación de que hasta ella le otorgaba cierto estatus de deidad, como si conociera su poder y en parte lo sintiera.

Me hubiera gustado tener que pensarlo. Quiero decir, ojalá no hubiera sabido la cifra al instante y me hubiera llevado al menos dos segundos decirlo, pero no era así. Porque, en realidad, en todo ese tiempo no había leído, ni hablado con ella, ni atendido a sus clases. No había estado completa, al cien por cien. Una parte de mí, por pequeña que fuera, seguía pendiente de aquel cronómetro que aún funcionaba dentro de mí.

—Diez.

—Diez —repitió con tono calmado—. Diez días son bastantes, ¿no crees?

—No lo sé —murmuré, con el pulso un poco acelerado. Una idea terrible se me pasó por la cabeza—. ¿También quieres que me vaya?

—¿Qué? No, no. ¿Cómo voy a querer eso, Clementine? Me encanta que estés aquí, adoro que te quedes. —Se acercó un poco—. No, yo solo… quería hablar de otra cosa, pero no tiene nada que ver con que te marches.

Aunque me encogí un poco en el sitio, asentí.

—¿Qué es?

—Le he hablado a una amiga mía de ti. Se llama Jay, Jamie. La vi al volver a la uni. Está estudiando un máster de Psicología, acabó la carrera hace dos años y creo que podría gustarte hablar con ella. De lo que quieras, de Mark si te apetece, de tu madre… De lo que te apetezca.

Una barrera gigante creció alrededor de mi corazón, apretándolo. Me eché un poco para atrás, alejándome de ella.

—Creía que tú no harías eso —musité, sintiendo que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—¿El qué?

—¿Una psicóloga?

—¿Qué pasa?

—¿De verdad crees que eso es lo que necesito, un psicólogo? ¿Tan mal estoy que hace falta que…?

—Clem. —Volvió a intentar acercarse, pero yo me aparté de nuevo—. Clementine, vamos. Irías a un médico de cabecera si empezaras a encontrarte mal físicamente, ¿no es así? Y Jay es inofensiva. Bueno, cualquier psicóloga lo es, en realidad. Hablar con una no puede hacerte nada malo. De hecho, lo único que puede hacer es ayudarte. —Consiguió cogerme la mano y esta vez no me moví, pero tampoco quise ceder tan pronto—. Venga, Clem. No pierdes nada por ir. ¿De verdad te parece esto presión?

Fue entonces cuando le contesté que no y ella dijo que estaba preocupada, aunque eso ya lo sabía. Porque, efectivamente, como había dicho, hacía ya diez días y se lo notaba. Lo había visto. Habían sido en parte unas vacaciones para mí, un periodo en el que se suponía que había tenido tiempo para curarme, pero, en vez de llevar a cabo ese gran proyecto, lo único que había hecho había sido… morir. O dejar de existir casi del todo. Hacer lo que hacía siempre, vaya, desconectar y perderme cosas de mi propia vida, que desapareciera el tiempo. Y Blythe había sido testigo.

Era raro encontrar a alguien capaz de ver cosas en mí, y supongo que parte de mi frustración estaba en que se hubiera dado cuenta y estuviera intentando encontrar una solución real. No estaba acostumbrada a ese tipo de cosas y me incomodaba. Limitaba mis poderes, me anclaba al presente para que no me perdiera y no me dejaba adelantarme y esperar en el futuro. Habían sido diez días sin casa, cinco de maravillosa y absurda rutina, pero ya había acabado. Y ya era hora de despertar.

Los ojos de Blythe me miraban insistiendo en todo lo que no quería repetirme. Quería acercarse, pero temía asustarme. Y de repente pensé, ¿por qué tenía que hacerlo así? Blythe se merecía mi confianza. No había hecho nada malo nunca. Y no quería ir, no quería tener que hablar con nadie de mi vida o de mi desgracia, pero ella pensaba que me vendría bien y no quería decepcionarla. Murmuré que me lo pensaría y ella asintió, sonriendo un poquito, esperanzada, antes de levantarse para dejarme un poco de espacio. La miré marcharse. Me sentí casi como si fuera una enferma a la que nadie pudiera tratar bien, y lo que quedaba de día me hundí en las sábanas con los ojos cerrados, aunque sin poder dormirme.

Dos días después le dije que iría a ver a su amiga, y la llamó para ver si podía quedar con ella esa misma tarde.

—¿Vas a venir conmigo? —pregunté.

—No puedo, esto es entre ella y tú.

Fue fácil encontrar a la chica cuando llegué allí. Solo había tres personas en el sitio, y, por rango de edad, supuse que sería la que estaba sentada al fondo, en el rincón más apartado. La cafetería donde me había citado no era muy grande, más bien un espacio alargado y algo lúgubre con un pasillo que conectaba dos salas pequeñas con mesas y butacas viejas por doquier. Como si me hubiera sentido, en cuanto di el primer paso hacia ella levantó la vista, y una sonrisa extremadamente amable se extendió por su rostro cuando me indicó con una mano que me acercara, como si me hubiera estado esperando muchísimo tiempo.

—¿Clementine?

—Sí. Eh… ¿Jay? —Asintió y, cuando agarró mi mano, la sacudió un par de veces y luego me soltó.

—Eso es. Encantada de conocerte. Me alegro muchísimo de que al final hayas venido, Blythe me ha hablado de ti y tenía muchas ganas de conocerte. ¿Quieres sentarte?

Su tono sonó formal, casi profesional. Yo tenía el cuerpo tieso como una tabla. Solo quería irme de allí, pero entonces me acordé de los ojos de Blythe y de lo preocupada que estaba.

Y, aunque rechazaba toda idea sobre este encuentro, miré fijamente la silla, agarré el respaldo y me senté.

Jay sonrió.

—Bueno, ¿qué tal estamos?

—Bien —respondí, tirando de las mangas de un jersey prestado—. Aunque todo esto es un poco raro, me parece.

—¿Hablar conmigo?

—Sí, un poco.

—¿Por qué crees que es raro?

Ugh. Las preguntas que no eran preguntas. Por alguna razón esperaba que hiciera eso, pero saberlo no me hacía sentir menos incómoda.

—Porque sé que se supone que tengo que hablarte de mis supuestos problemas y eso, pero solo he venido por Blythe. Porque ella quería. En realidad no sé ni por dónde empezar, nunca he hecho nada que se le parezca a ir a terapia.

—Esto no es terapia, Clementine. O sea, lo sería si yo fuera terapeuta, pero de momento no lo soy.

Se rio un poco, pero de forma contenida. Yo eso ya lo sabía porque Blythe me lo había explicado, pero realmente, en algún momento, Jay lo sería. Y supuse que se comportaría con sus verdaderos pacientes como iba a comportarse ahora conmigo. Esto era un ensayo, estaba practicando. Cogí todo el aire que me cupo en los pulmones. No sabía cómo había llegado allí, pero ya quería irme. Pensé en si todas mis razones para quedarme se reducían a Blythe, a no decepcionarla, y al caer en ello me subió una horrible urgencia por el cuerpo que me hizo pensar que iba a reventar.

Pero no quería explotar. Me puse de pie de pronto.

—¿Te apetece un café? A mí mucho. Si quieres uno puedo traerlo.

—Eh… Sí, vale. ¿Un capuchino?

—Marchando. Voy a por él.

Aunque me había llevado a un sitio pequeño y no muy concurrido, los metros que puse entre Jay y yo para acercarme a la barra me resultaron un respiro. No tardé ni dos minutos en ir y volver (hubieran sido más si el chico no hubiera insistido en que él se encargaba de llevarnos luego las cosas), pero me dieron el espacio que necesitaba para pensar, para creerme que estaba allí, para localizarme en el sitio y reconocer mi cuerpo. «Esos son mis pies», pensé, mirándolos mientras volvía, «los que me han traído. Y no van a traicionarme. Estoy aquí, ya no puedo irme. Me van a ayudar».

Repetí eso como un mantra, «me van a ayudar, me van a ayudar, me van a ayudar», esperando que en alguna de esas veces tal vez calase.

Al sentarme de nuevo, le dediqué una sonrisa un poco más sincera.

—Ahora lo traen. Yo invito. Por estar robándote tiempo, y eso.

En realidad el dinero que había traído era de Liv. Me lo había dejado «por los viejos tiempos», y me lo había puesto en la mano como si fuera una contrabandista muy poco discreta.

—No me robas nada. —Jay me observó durante unos segundos y luego sonrió de forma muy amable—. Bueno, dime, Clementine: ¿cómo te sientes por estar aquí?

—Ya te lo he dicho, rara. Aún no tengo muy claro por qué he venido.

—Blythe me ha dicho que estás con ella ahora.

—¿Qué? —Me eché un poco hacia atrás, con el corazón acelerado.

—Sí, ¿no? Me ha dicho que estás viviendo con ella. He pensado que a lo mejor querías empezar por ahí.

—Ah, uhm…

El camarero vino con las cosas y clavé la vista en él mientras lo dejaba todo en la mesa. Nos había puesto un platito con un par de galletas, y me sonrió ligeramente antes de marcharse. Yo cogí la taza con ambas manos y dejé que el vapor me tapara la cara.

—Tampoco sé exactamente qué contarte sobre eso.

—Tal vez… ¿cómo has acabado viviendo allí?

—Bueno… Tuve una pelea con mi novio hace menos de dos semanas y me echó.

—¿Te echó de casa? —preguntó, inclinándose hacia delante. Su rostro no mostraba sorpresa, sino la preocupación que podría haber sentido alguien con quien estuviera tomando un café de verdad y que no fuera a analizarme.

—Sí. Bueno, primero me fui yo. Lo hago a veces, cuando nos peleamos… Me marcho. Lo llevo mejor así, normalmente.

—Entiendo por eso que sucede más o menos a menudo, lo de vuestras peleas.

—Sí. Últimamente más. Se estaba poniendo más… nervioso, no sé. Se enfadó porque me fuera y esta vez tuve que buscar otro sitio donde quedarme, así que… llamé a Blythe.

Jay asintió.

—Entonces dices que tiene un carácter un poco difícil y que en los últimos meses habéis tenido varias peleas. ¿Es eso? —preguntó, y yo asentí —. Y que por eso has estado yéndote de casa.

No me parecía haber dicho que había estado yéndome como si hubiera sido algo regular pero, mirándolo desde sus palabras, vi que sí había sido así. Que en ello había habido una repetición, una rutina.

Volví a coger todo el aire que pude, aunque fue solo para acabar encogiéndome de hombros.

—Supongo. —Clavé la vista en el café. La espuma se había quedado pegada a los bordes de la taza—. Lo único es que no pensé que esta vez no me fuera a dejar volver.

—¿Cómo te hace sentir que haya hecho eso?

—No lo sé. Tonta. Muy tonta, como… como él dijo. —Sonreí, incómoda, al recordarlo—. Dijo que no podría vivir sin él.

—¿Crees que eso es cierto?

—Bueno, no tengo casa. Ni trabajo, ni dinero. Así que parece que sí.

Ella guardó silencio un momento. Con delicadeza —me pareció que no quería ofenderme—, se llevó la taza a los labios y bebió.

—Según yo lo veo, parece que te sientes frustrada por la situación y un poco inquieta por lo que vaya a pasar, pero también… conforme. Es como si hablaras de ello con cierta distancia. ¿Puede ser?

Sonreí de nuevo de forma nerviosa. Me parecía que lo que tenía que hacer era eso, sonreír, parecer cómoda con la situación mientras se la contara y ella me diera un feedback que en realidad no estaba segura de haberle pedido.

—A lo mejor es un poco porque no me lo creo. Me da la sensación de que todo esto no ha pasado de verdad, ¿sabes? Como si fuera parte de un sueño. Pero aquí estoy, así que supongo que no estoy soñando y que ya no me… ahogo.

Que usara ese verbo llamó su atención. Lo noté. Subió un poco las cejas y, por primera vez y durante un momento, la vi realmente como a una aliada que quisiera ayudarme y no supiera por dónde empezar. Alguien que no estuviera enterada de nada. Y me agobió tener que profundizar en eso para que tuviera toda la información necesaria, tener que volver sobre todo por enésima vez y, lo que era peor, expresarlo en voz alta.

Así que intenté quitarle importancia.

—Pero da igual, yo… No lo llevo tan mal, en realidad. Ya te he dicho que he venido por Blythe, no porque realmente piense que necesito…, no sé, hablar de ello, o lo que sea.

—Pero has venido tú, ¿no? —preguntó. Alcé la vista, sorprendida por lo poco violenta que me sonó la pregunta. Los ojos de Jay eran cálidos de repente, suaves, igual que su boca—. Quiero decir, aunque haya sido por Blythe, has venido tú. Has sido tú la que has entrado y la que te has sentado, me parece.

«Me parece». Me acordé de cuando me había quedado mirando mis propios pies y había intentado convencerme de que habían sido ellos quienes me habían traído. Asentí.

—Sí.

—Vale, bien. Clementine, me ha llamado la atención una cosa que has dicho. He entendido que no te sientes muy conectada con lo que ha estado pasando últimamente, pero que encuentras alivio en ello. ¿Quieres hablarme de eso un poco más?

La respuesta automática fue «no», pero aquella palabra no llegó a salir de mis labios. No tuvo tiempo. De repente una idea me cruzó la mente, y fue que, dijera lo que dijera, ella tendría que creerme. Quiero decir, Jay no tenía otra versión que contrastar, no sabía nada de lo que había pasado. Yo podía inventármelo allí mismo, en el momento, y ella tendría que asentir con aquella expresión respetuosa y amable y seguir indagando en cualquiera fuera la mentira.

Aquello, por estúpido que pareciera, me dio la fuerza extraña de tener el control. Y no había esperado encontrar eso al ir allí, pero me gustaba la posibilidad de engañarla. Suponía un apoyo.

Hasta que habló. Añadió algo más, dijo algo que me pareció algo que podría haber dicho Blythe y, tan rápido como había tomado la primera decisión, me ablandé: en tan solo un momento.

—¿Sabes? Me da la sensación de que tú sola te has dado cuenta del problema. O de que has dado con la clave de él hace mucho tiempo y que lo que necesitas en realidad es que todo el mundo te deje espacio para solucionarlo a tu ritmo y a tu modo, pero que nadie lo entiende. ¿Es eso? A lo mejor me estoy precipitando.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Al principio pensé que no podría contestar, así que simplemente sacudí la cabeza porque había acertado, pero ella esperó hasta que recuperara la voz.

—No es… tan fácil. Tengo un nudo en el cuerpo. Y muchas cosas resultan un problema. Y todo el mundo tiene una opinión buena al respecto.

—Entiendo que la presión es lo peor.

—Sí, en parte. Porque ya me he acostumbrado a lo otro. Y cuando intento escuchar lo que todo el mundo quiere que haga me bloqueo. De hecho, a veces me… me salgo. No tiene mucho sentido, pero es como si dejara de participar, y lo veo todo desde arriba. Como una peli. Como si yo no estuviera mientras pasan las cosas, aunque mi cuerpo se haya quedado ahí.

Sé por Blythe que Jay tuvo la primera duda respecto a mí justo en ese momento, después de que dijera eso. Para mí fue como una confesión, el decirlo en voz alta después de tanto tiempo y quitarme aquel secreto de encima, pero Jay visualizó de pronto una montaña grandísima (yo estaba sentada en lo alto, con una pierna colgando de cada ladera, colocada justo en el pico blanco y sonriendo en la ignorancia de no saber dónde estaba o cómo había llegado hasta allí) que no podía abarcar. Se lo confesó justo después, cuando hablaron, porque mi amiga la llamó para preguntar por mí y le dijo: «No sé si estoy capacitada para hacer esto bien. Hoy he tenido una sensación… Ha sido una sensación extraña. De grandeza cósmica. Clementine es como un pájaro que tiene la jaula abierta pero no se escapa, ¿cómo voy a llegar hasta ahí?».

«Pero tienes que ser tú, yo creo. Eres perfecta para echarle una mano».

«Lo sé. Sentí eso también. Y voy a hacerlo lo mejor que puedo y sé, prometido».

Jay no era alguien que regalase promesas. Lo descubrí con el tiempo. Solo usaba fórmulas mágicas si sabía que podría cumplirlas, o, al menos, si sabía que intentaría hacerlo con todas sus fuerzas, y puedo asegurar que no fue una excepción en este caso; puso en mí muchísima energía.

Así que aquella vez, aquel encuentro, fue solo el principio.

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